De Spectaculis
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Original / primary: Spanish Gemini
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Sobre los espectáculos. Siervos de Dios, conoced cuál es el estado de la fe, cuál la razón de la verdad y cuál el precepto de la disciplina que, entre otros errores seculares, elimina también los placeres de los espectáculos; reconocedlo vosotros, que os acercáis a Dios con mayor intensidad, y vosotros, que ya habéis testificado y confesado que os habéis acercado, para que nadie peque por ignorancia o por disimulo. Pues es tal la fuerza de los placeres que prolongan la ignorancia hasta convertirla en ocasión y corrompen la conciencia hasta convertirla en disimulo. Quizás, ante ambos, todavía halaguen a alguien las opiniones de los paganos, quienes en esta causa suelen argumentar contra nosotros de la siguiente manera: que nada obstaculiza la religión en el alma y en la conciencia con tales consuelos externos de los ojos o de los oídos, y que, en verdad, Dios no se ofende por el deleite del hombre, del cual, manteniendo el temor y el honor debidos a Dios, no sería un crimen disfrutar en su tiempo y en su lugar. Sin embargo, nos disponemos precisamente a demostrar cómo tales cosas no son compatibles con la verdadera religión y el verdadero obsequio hacia el verdadero Dios. Hay quienes piensan que los cristianos, un género dispuesto a la muerte, son educados en esta obstinación mediante la renuncia a los placeres, para que así desprecien más fácilmente la vida al haber cortado, por así decirlo, sus ataduras, y no deseen lo que ya han hecho superfluo para sí mismos, de modo que esto se considere definido más por este consejo y previsión humana que por un precepto divino. Por supuesto, les pesaba incluso a los perseverantes morir por el Señor en medio de tantos placeres. Aunque, aun si así fuera, tal obstinación de la disciplina debía obediencia a un consejo tan apropiado.
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Ahora bien, no hay nadie que no pretenda también esto: que todas las cosas fueron instituidas por Dios y atribuidas al hombre, como proclamamos, y que, por supuesto, son buenas, como todo lo que proviene de un buen autor; que entre estas se cuentan todas aquellas cosas de las que se componen los espectáculos, por ejemplo, el caballo, el león, las fuerzas del cuerpo y las suavidades de la voz; por tanto, que no puede parecer ajeno ni enemigo de Dios lo que consiste en su propia creación, ni debe considerarse prohibido a los siervos de Dios lo que no le es enemigo, porque tampoco le es ajeno. Ciertamente, incluso las construcciones de los lugares, las piedras, el cemento, el mármol, las columnas, son cosas de Dios, quien las dio para el uso de la tierra; pero también los actos mismos se realizan bajo el cielo de Dios.¡ Qué sabia argumentadora se cree a sí misma la ignorancia humana, especialmente cuando teme perder algo de los goces y frutos del siglo! En fin, puedes encontrar a más personas a quienes el peligro del placer, más que el de la vida, aparta de esta secta. Pues incluso el necio no teme a la muerte como algo debido, pero ni siquiera el sabio desprecia el placer como algo deseado, ya que para el necio y para el sabio no hay otra gracia de la vida que el placer. Nadie niega, porque nadie ignora lo que la naturaleza sugiere espontáneamente, que Dios es el creador del universo y que ese universo es tan bueno como entregado al hombre. Pero como no conocen a Dios profundamente, sino solo por derecho natural y no por derecho familiar, desde lejos y no desde cerca, es necesario que ignoren cómo ordena o prohíbe administrar lo que instituyó, así como cuál es la fuerza rival que, desde el lado opuesto, adultera los usos de la creación divina, porque no puedes conocer ni la voluntad ni al adversario de aquel a quien conoces menos. Por tanto, no solo hay que considerar de quién fueron instituidas todas las cosas, sino por quién fueron pervertidas. Pues así aparecerá para qué uso fueron instituidas, si aparece para cuál no. Hay mucha diferencia entre la corrupción y la integridad, porque hay mucha entre el institutor y el interpolador. Por lo demás, todas las especies de males, que incluso los paganos prohíben y defienden como indudables, consisten en obras de Dios. Ves que el homicidio se realiza con hierro, veneno o encantamientos mágicos: el hierro es tanto obra de Dios como las hierbas y los ángeles.¿ Acaso el autor previó estas cosas para la muerte del hombre? Sin embargo, aniquila toda especie de homicidio con un precepto único y principal: no matarás. Asimismo,¿ quién puso en el siglo el oro, el bronce, la plata, el marfil, la madera y cualquier materia que se busca para fabricar ídolos, sino Dios, el autor del siglo?¿ Acaso, sin embargo, para que estas cosas sean adoradas contra él? Sin embargo, la mayor ofensa recae en él por la idolatría.¿ Qué no es de Dios que ofende a Dios? Pero cuando ofende, dejó de ser de Dios, y cuando dejó de serlo, ofende. El hombre mismo, autor de todas las infamias, no solo es obra de Dios, sino también su imagen; y, sin embargo, tanto en cuerpo como en espíritu, se apartó de su institutor. Pues no recibimos los ojos para la concupiscencia, ni la lengua para la maledicencia, ni los oídos para receptáculo de la maledicencia, ni la garganta para el crimen de la gula, ni el vientre para la sociedad de la gula, ni los genitales para los excesos de la impudicia, ni las manos para la violencia, ni los pasos para una vida errante, ni el espíritu fue insertado en el cuerpo para que se convirtiera en pensador de insidias, fraudes e iniquidades. No lo creo. Pues si Dios, el exigente de la inocencia, odia toda malignidad e incluso la malicia pensada, indudablemente no consta que haya creado lo que condena para el resultado de las obras, aunque las mismas obras se administren a través de lo que él creó, cuando esta es toda la razón de la condenación: la perversa administración de la creación por parte de los creados. Nosotros, pues, que al conocer al Señor hemos examinado también a su rival, que al descubrir al institutor hemos detectado también al interpolador, no debemos ni maravillarnos ni dudar: cuando esa fuerza del interpolador y ángel emulador desvió desde el principio al hombre mismo, obra e imagen de Dios y poseedor de todo el universo, de su integridad, cambió toda su sustancia, instituida junto con él para la integridad, junto con él hacia la perversidad contra el institutor, para que, en aquello mismo que le había dolido que fuera concedido al hombre y no a él, hiciera al hombre reo ante Dios y estableciera su propia dominación.
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Instruidos con esta conciencia contra la opinión de los paganos, volvámonos más bien a las dudas de los nuestros. Pues la fe de algunos, ya sea más simple o más escrupulosa, exige la autoridad de las Escrituras para esta renuncia a los espectáculos y se mantiene en la incertidumbre porque no se denuncia de manera significativa ni nominal la abstinencia de tal tipo a los siervos de Dios. Ciertamente, en ninguna parte encontramos, como está abiertamente establecido: no matarás, no adorarás ídolos, no cometerás adulterio, no admitirás fraude, definido tan explícitamente: no irás al circo, no irás al teatro, no mirarás el certamen ni el espectáculo. Pero encontramos que esa primera voz de David también pertenece a esta especie: feliz el hombre, dice, que no fue al consejo de los impíos, no se detuvo en el camino de los pecadores ni se sentó en la cátedra de la peste. Pues aunque parece haber predicado a aquel justo porque no se comunicó en el consejo y en la asamblea de los judíos que consultaban sobre matar al Señor, la Escritura divina se divide siempre ampliamente, dondequiera que la disciplina se fortalezca según el sentido del asunto presente, de modo que aquí tampoco la voz sea ajena a la prohibición de los espectáculos. Pues si llamó consejo de impíos a unos pocos judíos de entonces,¿ cuánto más a tal asamblea de pueblo pagano?¿ Son los paganos menos impíos, menos pecadores, menos enemigos de Cristo que los judíos de entonces?¿ Qué decir de que el resto también coincide? Pues en los espectáculos se está sentado en una cátedra y se está de pie en un camino; llaman caminos y ejes a los perímetros de las gradas y a las divisiones de los asientos populares a través de la pendiente; también se denomina cátedra. El mismo lugar está situado en el anfiteatro para la asamblea. Por tanto, entendamos dicho de manera general: infeliz el que haya ido a cualquier consejo de impíos, se haya detenido en cualquier camino de pecadores y se haya sentado en cualquier cátedra de peste. Cuando se dice algo más, también se puede interpretar de manera especial. Pues incluso ciertas cosas pronunciadas de manera especial tienen un sentido general. Cuando Dios amonesta o reprende a los israelitas sobre la disciplina, ciertamente se dirige a todos; cuando amenaza con la destrucción a Egipto y a Etiopía, ciertamente dicta sentencia sobre todo pueblo pecador. Así, todo pueblo pecador es Egipto y Etiopía, de la especie al género, del mismo modo que todo espectáculo es consejo de impíos, del género a la especie.
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Para que nadie piense que estamos argumentando con sutilezas, me volveré a la autoridad principal de nuestro sello. Cuando entramos en el agua y profesamos la fe cristiana en las palabras de su ley, testificamos con nuestra boca que hemos renunciado al diablo, a su pompa y a sus ángeles.¿ Qué será lo supremo y principal en lo que se cuenten el diablo, su pompa y sus ángeles, sino la idolatría? De la cual, todo espíritu inmundo y malvado, por así decirlo, porque no hablaré más de esto. Por tanto, si resulta que toda la parafernalia de los espectáculos consiste en la idolatría, indudablemente estará predeterminado que el testimonio de nuestra renuncia en el bautismo también pertenece a los espectáculos, los cuales están entregados al diablo, a su pompa y a sus ángeles, precisamente a través de la idolatría. Conmemoraremos los orígenes de cada uno, en qué cunas han crecido en el siglo, luego los títulos de algunos, con qué nombres son llamados, luego los aparatos, con qué supersticiones son instruidos, luego los lugares, a qué presidentes están dedicados, luego las artes, a qué autores se atribuyen. Si algo de esto no perteneciera a un ídolo, eso no pertenecerá ni a la idolatría ni a nuestra renuncia.
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Sobre los orígenes, como asuntos más secretos y desconocidos para la mayoría de los nuestros, no había que investigar en otra parte que no fueran los instrumentos de la literatura pagana. Existen muchos autores que han publicado comentarios sobre este asunto. De ellos se transmite así el origen de los juegos: Timeo refiere que los lidios, extranjeros de Asia, se establecieron en Etruria bajo el mando de Tirreno, quien había cedido ante su hermano en la disputa por el reino. Por tanto, en Etruria, entre otros ritos de sus supersticiones, instituyen también espectáculos en nombre de la religión. De allí los romanos toman prestados los artistas, el tiempo y la denominación, de modo que los juegos fueran llamados' ludii' por los lidios. Pero aunque Varrón interpreta' ludii' de' ludo', es decir, del juego, así como llamaban' ludii' a los lupercos porque corren jugando, sin embargo, considera ese juego propio de los jóvenes, de los días festivos, de los templos y de las religiones. Nada ya sobre la causa del nombre, cuando la causa de la cosa es la idolatría. Pues incluso cuando los juegos se llamaban indistintamente Liberalia, sonaban manifiestamente al honor del padre Líber. Pues los juegos se hacían primero para Líber por parte de los rústicos debido al beneficio que le atribuyen, gracias a la demostración del vino. Después, los juegos llamados Consualia, que al principio honraban a Neptuno. Pues llaman al mismo también Consus. Después, Rómulo llamó Ecurria a los juegos para Marte; aunque también defienden los Consualia para Rómulo, porque los dedicó a Conso, dios, como quieren, del consejo, es decir, de aquel con el que entonces ideó para sus soldados el rapto de las vírgenes sabinas para matrimonios. Un consejo ciertamente honesto, y aun ahora justo y lícito entre los mismos romanos, por no decir ante Dios. Pues esto también contribuye a la mancha del origen, para que no creas que es bueno lo que tuvo su inicio en el mal, en la impudicia, en la violencia, en el odio, en un institutor fratricida, en el hijo de Marte. Y ahora el altar de ese Conso está sumergido en el circo, en las primeras metas bajo tierra, con una inscripción de este tipo: CONSUS CONSILIO MARS DUELLO LARES POTENTES. Sacrifican ante él en los idus de julio los sacerdotes públicos, y el 21 de agosto el flamen Quirinalis y las vírgenes. Después, el mismo Rómulo instituyó juegos para Júpiter Feretrio en el Capitolio, los cuales Pisón transmite que fueron llamados Tarpeios y Capitolinos; después de él, Numa Pompilio hizo juegos para Marte y Robigo( pues también fingieron una diosa de la roya); después Tulio Hostilio, después Anco Marcio y los demás. Quiénes, a quiénes, en qué orden y a qué ídolos instituyeron los juegos, está expuesto en Suetonio Tranquilo o en aquellos de quienes Tranquilo recibió la información. Pero esto será suficiente para el reato de idolatría del origen.
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Añádese al testimonio de la antigüedad la posteridad que le siguió, mostrando la forma del origen a partir de los títulos de este tiempo también, mediante los cuales se señaló a qué ídolo y a qué superstición se dedicaban los juegos de ambos géneros. Pues los Megalenses y los Apollinares, asimismo los Cereales, los Neptunales, los Latiares y los Florales se celebran en común; los demás juegos tienen causas de superstición a partir de los natalicios y solemnidades de los reyes, de las prosperidades públicas y de las fiestas municipales. Entre los cuales, incluso las ediciones testamentarias honran las memorias de los particulares, eso también según la antigüedad de la institución. Pues desde el principio los juegos se consideraban de dos tipos: sagrados y fúnebres, es decir, para los dioses de las naciones y para los muertos. Pero sobre la idolatría no hay diferencia para nosotros, bajo qué nombre y título, mientras llegue a los mismos espíritus a los que renunciamos. Que hagan lo que quieran para sus muertos, que hagan lo que quieran para sus dioses; de igual modo hacen para sus muertos como para sus dioses; una es la condición de ambas partes, una la idolatría, una nuestra renuncia contra la idolatría.
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Común es, pues, el origen de los juegos de ambos géneros, comunes también los títulos, como de causas comunes. Es necesario que tengan aparatos comunes según el reato general de la idolatría, su fundadora. Pero el despliegue de los juegos circenses es un poco más pomposo, a los cuales pertenece propiamente este nombre: la pompa que precede, probando en sí misma de quiénes son, por la serie de simulacros, por el cortejo de imágenes, por los carros, por las tensas, por los armamaxas, por los asientos, por las coronas, por los despojos. Cuántos sacrificios sagrados, además, preceden, intervienen y suceden, cuántos colegios, cuántos sacerdotios, cuántos oficios se mueven, lo saben los hombres de aquella ciudad en la que se asienta la asamblea de los demonios. Si esas cosas se administran con menor cuidado por las provincias debido a menores fuerzas, sin embargo, todos los circenses en todas partes deben ser atribuidos a aquel lugar de donde se piden, de allí deben ser investigados, de donde se toman. Pues incluso un arroyo tenue desde su fuente y un brote pequeño desde su rama contiene la cualidad de su origen. Que se preocupe la ambición o la frugalidad de ello. Cualquier pompa del circo ofende a Dios: aunque lleve pocos simulacros, en uno solo hay idolatría; aunque arrastre una sola tensa, es el carro de Júpiter; cualquier idolatría, instruida de forma sórdida o moderadamente rica y espléndida, es censurada por el crimen de su naturaleza.
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Para tratar también sobre los lugares según el propósito, el circo está consagrado principalmente al Sol. Su templo está en medio del espacio y su efigie brilla desde el frontón del templo, porque no pensaron que debía consagrarse bajo techo a quien tienen al aire libre. Afirman que el primer espectáculo fue editado por Circe para su padre el Sol, como quieren, y argumentan a partir de ella la denominación del circo. Ciertamente, la hechicera realizó el negocio para ellos bajo este nombre, de quienes era sacerdotisa, es decir, para los demonios y ángeles.¿ Cuántas idolatrías reconoces, pues, en el hábito de aquel lugar? Cada uno de los ornamentos del circo es un templo individual. Atribuyen los huevos al honor de los Cástores, quienes no se avergüenzan de creer que nacieron de Júpiter en forma de cisne. Los delfines vomitan para Neptuno, las columnas sostienen a las Sessias por las siembras, a las Messias por las cosechas, a las Tutulinas por la tutela de los frutos; ante ellas, tres altares sirven a tres dioses: a los Grandes, Poderosos y Valientes. Piensan que son los mismos samotracios. La enormidad del obelisco, como afirma Hermateles, está prostituida al Sol. Su escritura es de donde es su censo: la superstición es de Egipto. El consejo de los demonios se enfriaba sin su Madre Magna; por eso ella preside allí en el euripo. Conso, como dijimos, se esconde bajo tierra en las metas de Murcia. El ídolo hizo también a estas: pues quieren que Murcia sea la diosa del amor, a quien dedicaron un templo en esa parte. Observa, cristiano, cuántos nombres inmundos han poseído el circo. Te es ajena la religión que tantos espíritus diabólicos han ocupado. Sobre los lugares, ciertamente, es lugar de retractación para prevenir la interrogación de algunos.¿ Qué, dices, si entro en el circo en otro tiempo, estaré en peligro de contaminación? No hay prescripción sobre los lugares. Pues no solo estos conciliábulos de espectáculos, sino también los templos mismos puede visitarlos el siervo de Dios sin peligro para la disciplina si hay una causa simple y urgente, que no pertenezca al negocio o deber propio de ese lugar. Por lo demás, incluso las plazas, el foro, los baños, los establos y nuestras propias casas no están en absoluto sin ídolos: todo el siglo lo han llenado Satanás y sus ángeles. Sin embargo, no porque estemos en el siglo caemos de Dios, sino si tocamos algo de los crímenes del siglo. Por tanto, si entro en el Capitolio o en el Serapeo como sacrificador o adorador, caigo de Dios, del mismo modo que si entro en el circo o en el teatro como espectador. Los lugares no nos contaminan por sí mismos, sino lo que se hace en los lugares, por lo cual hemos discutido que los lugares mismos pueden ser contaminados: nos contaminamos por las cosas contaminadas. Por eso conmemoramos a quiénes están dedicados tales lugares, para demostrar que son de ellos las cosas que se hacen en esos lugares a los que los lugares mismos están dedicados.
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Ahora sobre el artificio con el que se exhiben los circenses. La cosa ecuestre era antiguamente simple: se hacía sobre el lomo, y ciertamente era de uso común; no era reo. Pero cuando fue forzada a los juegos, pasó del don de Dios a los oficios de los demonios. Por tanto, esta especie se atribuye a Cástor y Pólux, a quienes Estesícoro enseña que los caballos fueron distribuidos por Mercurio. Pero también Neptuno es ecuestre, a quien los griegos llaman' hippios'. Han consagrado los seis caballos a Júpiter, las cuadrigas al Sol, las bigas a la Luna. Pero también el primer Erictonio se atrevió a uncir carros y cuatro caballos y a insistir victorioso sobre las ruedas rápidas. Erictonio, hijo de Minerva y Vulcano, y ciertamente de la lujuria caída a la tierra, es un portento demoníaco, más aún, el diablo mismo, no una serpiente. Si, en verdad, el argivo Tróquilo es el autor del carro, dedicó esa obra suya primero a Juno. Si Rómulo mostró primero la cuadriga en Roma, creo que él mismo también está inscrito entre los ídolos, si es el mismo Quirino. Con tales autores, las cuadrigas producidas merecidamente vistieron también a los aurigas con los colores de la idolatría. Pues al principio solo hubo dos, el blanco y el rojo. El blanco estaba dedicado al invierno por las nieves cándidas, el rojo al verano por el rubor del sol; pero después, movidos tanto por el placer como por la superstición, otros consagraron el rojo a Marte, otros el blanco a los Céfiros, el verde a la Madre Tierra o a la primavera, el azul al Cielo y al Mar o al otoño. Pero como toda especie de idolatría ha sido condenada por Dios, ciertamente también se condena aquella que se profana con los elementos mundanos.
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Pasemos a las cosas escénicas, de las cuales ya hemos mostrado tanto el origen común como los títulos iguales según la denominación misma desde el principio de los juegos y la administración unida con la cosa ecuestre.¿ El aparato? También es consorte por esa parte, por la cual se va a la escena desde los templos y altares y aquella infelicidad de incienso y sangre entre flautas y trompetas, con dos árbitros muy contaminados de funerales y sagrados, el disignador y el arúspice. Así, cuando pasamos de los orígenes de los juegos a los circenses, desde allí ahora nos dirigiremos a los juegos escénicos. Por el vicio del lugar, el teatro es propiamente un santuario de Venus. De este modo, en fin, este género de obra salió al siglo. Pues a menudo los censores destruían los teatros que nacían precisamente entonces, preocupándose por las costumbres, cuyo peligro inmenso preveían por la lascivia, de modo que ya aquí la sentencia de ellos cede en testimonio a los paganos, estando de acuerdo con nosotros y, para nosotros, en la exageración de la disciplina, incluso la prerrogativa humana. Por tanto, Pompeyo Magno, menor que su propio teatro, cuando hubo construido aquella fortaleza de todas las torpezas, temiendo alguna vez la censura de su memoria, colocó encima un templo de Venus y, llamando al pueblo a la dedicación mediante un edicto, no lo llamó teatro, sino templo de Venus, al cual, dijo, hemos añadido gradas de espectáculos. Así, encubrió la obra condenada y que debe ser condenada con el título de templo y engañó a la disciplina con la superstición. Pero conviene a Venus y a Líber. Esos dos demonios conspirados y conjurados entre sí son de la embriaguez y la lujuria. Por tanto, el teatro es también casa de Venus y de Líber. Pues también llamaban propiamente Liberalia a otros juegos escénicos, además de los dedicados a Líber, que son las Dionisias entre los griegos, también instituidas por Líber. Y hay ciertamente en las artes escénicas el patrocinio de Líber y Venus. Las cosas que son privadas y propias de la escena, sobre el gesto y la flexión del cuerpo, inmolan a la blandura de Venus y de Líber, disueltos aquellos por el sexo, estos por el lujo. Pero las cosas que se realizan con voz, movimientos, órganos y letras tienen como patrones a Apolo, las Musas, Minerva y Mercurio. Odia, cristiano, a aquellos cuyos autores no puedes no odiar. Ya ahora queremos sugerir sobre las artes y sobre aquellos cuyos autores execramos en los nombres. Sabemos que los nombres de los muertos no son nada, así como tampoco sus simulacros; pero no ignoramos quiénes operan bajo esos nombres instituidos, se alegran y mienten sobre la divinidad, es decir, los espíritus malvados, los demonios. Vemos, pues, que también sus artes están dedicadas a los honores de aquellos que habitan los nombres de sus autores, y que no están libres de idolatría aquellas cuyos institutores son tenidos por dioses incluso por eso. Más aún, en lo que respecta a las artes, debemos haber percibido más profundamente que los demonios, previéndose desde el principio entre otros contaminantes de la idolatría también los de los espectáculos, con los cuales apartar al hombre del Señor y obligarlo a su honor, inspiraron también los ingenios de tales artes. Pues no habría sido procurado por otros lo que iba a llegar a ellos, ni lo habrían editado a través de otros hombres entonces que a través de aquellos en cuyos nombres, imágenes e historias establecieron que se realizaría el negocio de la falacia de la consagración para sí mismos. Para que se complete el orden, entremos también en la retractación de los certámenes.
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El origen de estos es por la proximidad de los juegos. De allí también ellos mismos, instituidos como sagrados o fúnebres, se hacen para los dioses de las naciones o para los muertos. Asimismo los títulos: Olimpia para Júpiter, que en Roma son los Capitolinos, asimismo Nemea para Hércules, Istmia para Neptuno, los demás diversos certámenes de los muertos.¿ Qué extraño, pues, si el aparato de los certámenes ensucia la idolatría con coronas profanas, con presidentes sacerdotales, con ministros colegiados, con la sangre misma de los bueyes al final? Para completar sobre el lugar común, por el colegio de las artes musicales, minervales y apolinares, también marciales por el duelo, por la trompeta en el estadio, emulan al circo, que ciertamente es un templo y él mismo del ídolo cuyas solemnidades celebra. Pero también las artes gimnásticas las produjeron las disciplinas de los Cástores, Hércules y Mercurios.
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Resta el reconocimiento de aquel espectáculo tan insigne y tan aceptado. Se llamó' munus' por el oficio, puesto que oficio es también nombre de' munus'. Los antiguos pensaban que hacían un oficio a los muertos con este espectáculo, después de que lo templaron con una atrocidad más humana. Pues antiguamente, como se creía que las almas de los difuntos eran propiciadas con sangre humana, compraban cautivos o esclavos de mala condición y los inmolaban en las exequias. Después, plugo encubrir la impiedad con el placer. Por tanto, a los que habían preparado, instruidos con las armas con las que entonces y como podían, solo para que aprendieran a ser asesinados, pronto, en el día edicto de las ofrendas, los entregaban ante los túmulos. Así consolaban la muerte con homicidios. Este es el origen del' munus'. Pero poco a poco, llevados a tanta gracia, a tanta crueldad, porque no se satisfacía el placer de las fiestas si no se disipaban también cuerpos humanos con fieras. Lo que, pues, se sacrificaba a los muertos, ciertamente se atribuía a la parentación; cuya especie, por tanto, es idolatría, puesto que también la idolatría es una especie de parentación: tanto esta como aquella sirven a los muertos. En los ídolos de los muertos, sin embargo, consisten los demonios. Para considerar también los títulos, aunque este género de edición haya pasado de los honores de los muertos a los honores de los vivos, digo las cuesturas, las magistraturas, los flaminados y los sacerdotios, cuando, sin embargo, la dignidad del nombre se mantiene por el crimen de la idolatría, es necesario que todo lo que se administra bajo nombre de dignidad comparta también sus manchas, de la cual tiene sus causas. Lo mismo interpretaremos sobre los aparatos que deben atribuirse en el despliegue de los honores mismos, que las púrpuras, que los fasces, que las cintas, que las coronas, que en fin las asambleas, los edictos y las comidas del día anterior no son sin la pompa del diablo, sin la invitación de los demonios.¿ Qué voy a perorar sobre el lugar horrendo, que ni los perjurios soportan? Pues el anfiteatro está consagrado con nombres más numerosos y ásperos que el Capitolio: es templo de todos los demonios. Tantos espíritus inmundos se sientan allí como hombres caben. Para concluir también sobre las artes, sabemos que Marte y Diana son los presidentes de ambos juegos.
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Suficientemente, creo, hemos cumplido el orden, cuántas y de cuántas maneras los espectáculos cometen idolatría, sobre los orígenes, los títulos, los aparatos, los lugares, los artificios, para que estemos seguros de que no nos corresponden en ninguna parte, a nosotros que renunciamos a estos ídolos. No porque el ídolo sea algo, como dice el apóstol, sino porque lo que hacen, lo hacen a los demonios que consisten, ciertamente, en las consagraciones de los ídolos, ya sean de los muertos o, como piensan, de los dioses. Por tanto, pues, como ambas especies de ídolos son de una sola condición, mientras que los muertos y los dioses son uno, nos abstenemos de ambas idolatrías. No menos despreciamos los templos que los monumentos, no conocemos ningún altar, no adoramos ninguna efigie, no sacrificamos, no hacemos parentaciones. Pero tampoco comemos del sacrificio y de la parentación, porque no podemos comer la cena de Dios y la cena de los demonios. Si, pues, liberamos la garganta y el vientre de las contaminaciones, cuánto más abstendremos nuestras cosas más augustas, los oídos y los ojos, de los placeres ofrecidos a los ídolos y a los muertos, que no se digieren en los intestinos, sino que se digieren en el espíritu y el alma mismos, cuya limpieza pertenece más a Dios que la de los intestinos.
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Ahora, interpuesto el nombre de idolatría, que solo el sujeto debería bastar para la renuncia a los espectáculos, tratemos ya por otra razón, en abundancia, especialmente por aquellos que se halagan a sí mismos porque no se ha prescrito nominalmente tal abstinencia. Como si se pronunciara poco también sobre los espectáculos, cuando se condenan las concupiscencias del siglo. Pues así como la concupiscencia del dinero, de la dignidad, de la gula, de la lujuria o de la gloria, así también es la concupiscencia del placer; y especie de placer son también los espectáculos. Creo que las concupiscencias nombradas generalmente contienen en sí también los placeres, y los placeres entendidos igualmente de manera general se discuten especialmente también en los espectáculos.
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Por lo demás, hemos referido arriba sobre la condición de los lugares, que no nos contaminan por sí mismos, sino por las cosas que allí se hacen, por las cuales, una vez que han bebido la contaminación, entonces también la escupen hacia otros. Que se preocupe, pues, como dijimos, el título principal, la idolatría; las demás cualidades de las cosas mismas, por el contrario, soportémoslas todas como de Dios. Dios ordenó tratar al Espíritu Santo, como tierno y delicado por el bien de su naturaleza, con tranquilidad, lenidad, quietud y paz, no inquietarlo con furor, bilis, ira o dolor.¿ Cómo podrá esto convenir con los espectáculos? Pues todo espectáculo no es sin conmoción del espíritu. Pues donde hay placer, allí también hay estudio, por el cual, ciertamente, el placer sabe; donde hay estudio, allí también hay emulación, por la cual el estudio sabe. Además, donde hay emulación, allí también hay furor, bilis, ira, dolor y el resto de estas cosas, que con estas no convienen a la disciplina. Pues incluso si alguien disfruta de los espectáculos modesta y probamente según la condición de su dignidad, edad o incluso naturaleza, no obstante, no es de ánimo inmutable y sin pasión tácita del espíritu. Nadie viene al placer sin afecto, nadie sufre el afecto sin sus casos. Los casos mismos son incentivos del afecto. Por lo demás, si cesa el afecto, no hay placer, y ya es reo de vanidad aquel que acude allí donde no consigue nada. Pero creo que también la vanidad nos es ajena.¿ Qué decir de que él mismo se juzga a sí mismo al estar puesto entre aquellos cuyos actos, sin querer, confiesa ser detestador? Para nosotros no es suficiente si nosotros mismos no hacemos tal cosa, si no nos conferimos con los que hacen tales cosas. Si veías a un ladrón, dice, corrías con él. Ojalá ni siquiera en el siglo viviéramos junto con ellos. Pero, sin embargo, en las cosas seculares nos separamos, porque el siglo es de Dios, pero las cosas seculares son del diablo.
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Cuando, pues, se nos prohíbe el furor, somos apartados de todo espectáculo, incluso del circo, donde propiamente preside el furor. Mira al pueblo que viene a ese espectáculo ya con furor, ya tumultuoso, ya ciego, ya excitado por las apuestas. El pretor es lento para él, siempre sus ojos se revuelven en la urna con las suertes. Después, ante la señal, cuelgan ansiosos, una sola es la voz de una sola demencia. Reconoce la demencia por la vanidad:' ha enviado', dicen, y anuncian mutuamente lo que fue visto por todos a la vez. Tengo el testimonio de la ceguera: no ven qué es lo enviado, piensan que es el pañuelo; pero es la figura del diablo precipitado desde lo alto. Por eso, pues, se va hacia furias, ánimos, discordias y lo que no es lícito a los sacerdotes de la paz. De allí maldiciones, improperios sin justicia de odio, incluso sufragios sin mérito de amor.¿ Qué van a conseguir de lo suyo los que actúan allí, que no son de los suyos? A no ser, quizás, solo esto, por lo cual no son de los suyos: se entristecen por la infelicidad ajena, se alegran por la felicidad ajena. Lo que sea que deseen, lo que sea que abominen, les es ajeno; así también el amor entre ellos es ocioso y el odio injusto.¿ O acaso, por ventura, es lícito amar sin causa como odiar sin causa? Dios, ciertamente, prohíbe odiar incluso con causa, quien ordena amar a los enemigos; Dios tampoco permite maldecir incluso con causa, quien ordena bendecir a los que maldicen. Pero,¿ qué hay más amargo que el circo, donde ni siquiera perdonan a sus príncipes o ciudadanos? Si algo de esto, por lo que el circo se enfurece, corresponde en algún lugar a los santos, también en el circo será lícito; pero si en ninguna parte, por eso tampoco en el circo.
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De igual modo, se nos ordena apartarnos de toda impudicia. Por tanto, de esta manera también nos separamos del teatro, que es el consistorio privado de la impudicia, donde nada se aprueba sino lo que en otra parte no se aprueba. Así, su máxima gracia está en gran medida compuesta de la suciedad que el atelano gesticula, que el mimo representa incluso a través de asuntos femeninos, exterminando el sentido del sexo y del pudor, de modo que se sonrojan más fácilmente en casa que en la escena; la cual, finalmente, el pantomimo sufre desde la infancia en su cuerpo para poder ser un artista. Incluso las mismas prostitutas, víctimas de la lascivia pública, son exhibidas en la escena, más miserables ante la presencia de las mujeres, ante quienes únicamente se ocultaban, y son paseadas ante los rostros de toda edad y de toda dignidad; el lugar, el precio, el elogio, incluso aquello que no es necesario, se proclama, incluso( callo sobre el resto) aquello que convenía que permaneciera oculto en las tinieblas y en sus guaridas para no contaminar el día. Que se sonroje el senado, que se sonrojen todos los órdenes; que esas mismas destructoras de su propio pudor, espantadas por sus gestos ante la luz y el pueblo, se sonrojen al menos una vez al año. Pero si toda impudicia debe ser execrada por nosotros,¿ por qué habría de ser lícito escuchar lo que no es lícito decir, cuando sabemos que incluso la bufonería y toda palabra vana han sido juzgadas por Dios?¿ Por qué habría de ser igualmente lícito ver lo que es un crimen hacer?¿ Por qué lo que, al ser pronunciado por la boca, contamina al hombre, no habría de considerarse que contamina al hombre al ser admitido por los oídos y los ojos, cuando los oídos y los ojos aparecen ante el espíritu y no puede mantenerse puro aquel cuyos servidores son mancillados? Tienes, pues, también la interdicción del teatro a partir de la interdicción de la impudicia. Si despreciamos la doctrina de la literatura secular por considerarla necedad ante Dios, se nos prescribe suficientemente también sobre aquellas especies de espectáculos que, con la literatura secular, despliegan la escena lúdica o agonística. Pero si las tragedias y comedias son actrices de crímenes y lascivias, sangrientas y lascivas, impías y pródigas, la conmemoración de ninguna cosa, ya sea atroz o vil, es mejor: lo que se rechaza en el hecho, tampoco debe ser recibido en el dicho.
18
Y si sostienes que el estadio también es nombrado en las Escrituras, ciertamente lo obtendrás. Pero no negarás que lo que se hace en el estadio es indigno de tu vista: puñetazos, patadas, bofetadas y toda petulancia de la mano, y cualquier combate del rostro humano, es decir, de la imagen divina. No aprobarás en ninguna parte las carreras vanas, los lanzamientos y los saltos más vanos; en ninguna parte te agradarán las fuerzas injuriosas o vanas, ni tampoco el cuidado del cuerpo artificial, como si superaras la plástica de Dios, y odiarás a los hombres cebados por el ocio de Grecia. También la lucha es un negocio del diablo: el diablo derribó a los primeros hombres. El mismo caestus es una fuerza serpentina, tenaz para apresar, tortuosa para envolver, líquida para escurrirse. No tienes uso para las coronas;¿ por qué buscas placeres a partir de las coronas?
19
¿ Esperaremos ahora a buscar también el repudio del anfiteatro en las Escrituras? Si podemos sostener que la crueldad, la impiedad y la ferocidad nos están permitidas, vayamos al anfiteatro. Si somos tales como se dice que somos, deleitémonos con la sangre humana. Es bueno cuando los culpables son castigados.¿ Quién, a menos que sea un culpable, negará esto? Y, sin embargo, no conviene que los inocentes se alegren del suplicio de otro, cuando al inocente le corresponde más bien dolerse de que un hombre, su igual, se haya vuelto tan culpable como para ser consumido tan cruelmente. Pero¿ quién me garantiza que los culpables son sentenciados siempre, ya sea a las fieras o a cualquier otro suplicio, de modo que no se inflija también a la inocencia, ya sea por la venganza del juez, por la debilidad de la defensa o por la insistencia del interrogatorio?¡ Cuánto mejor es, pues, no saber cuándo se castiga a los malos, para no saber tampoco cuándo perecen los buenos, si es que tienen buen juicio! Ciertamente, los gladiadores inocentes entran en el ludus para convertirse en víctimas del placer público. Incluso los que son condenados al ludus,¿ qué clase de enmienda es que pasen de un delito menor a convertirse en homicidas? Pero esto lo he respondido a los paganos. Por lo demás, lejos esté que el cristiano aprenda más tiempo sobre la aversión a ese espectáculo. Aunque nadie puede expresar todo esto más plenamente que quien todavía lo mira. Prefiero no cumplirlo que recordarlo.
20
¡ Qué vana, o mejor dicho, desesperada es, pues, la argumentación de aquellos que, sin duda, por la evasiva de perder el placer, pretenden que no se determina en las Escrituras, ni especial ni localmente, ninguna mención de tal abstinencia que prohíba directamente al siervo de Dios insertarse en tales asambleas! He escuchado recientemente una nueva defensa de cierto deleite. El sol, dice, es más, incluso el mismo Dios mira desde el cielo y no se contamina. Ciertamente, el sol también lleva sus rayos a la cloaca y no se mancilla. Ojalá, sin embargo, Dios no mirara ninguna de las infamias de los hombres, para que todos escapáramos al juicio. Pero mira los latrocinios, mira las falsedades, los adulterios, los fraudes, las idolatrías y los mismos espectáculos.¿ Y por eso, entonces, nosotros no miraremos, para no ser vistos por Aquel que mira todas las cosas? Comparas, hombre, al reo y al juez: al reo, que es reo porque es visto; al juez, que es juez porque ve.¿ Acaso, pues, también fuera de los límites del circo nos dedicamos al furor, y fuera de los confines del teatro nos entregamos a la impudicia, y a la insolencia fuera del estadio, y a la falta de misericordia fuera del anfiteatro, puesto que Dios tiene ojos incluso fuera de las cámaras, las gradas y las tabernas? Nos equivocamos: en ninguna parte y nunca se excusa lo que Dios condena; en ninguna parte y nunca es lícito lo que siempre y en todas partes no es lícito. Esta es la integridad de la verdad y, la que se le debe, la plenitud de la disciplina y la igualdad del temor y la fe de la obediencia: no cambiar la sentencia ni variar el juicio. No puede ser otra cosa lo que es verdaderamente bueno o malo.
21
Todas las cosas, sin embargo, están fijadas según la verdad de Dios. Los paganos, entre quienes no hay plenitud de verdad porque Dios no es su maestro de verdad, interpretan el mal y el bien según su arbitrio y lascivia: en un lugar es bueno lo que en otro es malo, y en otro es malo lo que en otro es bueno. Así, pues, sucede que quien en público apenas se levanta la túnica por necesidad de la vejiga, en el circo no se la quitará de otra manera, a menos que exponga todo su pudor ante el rostro de todos; de modo que quien protege los oídos de su hija virgen de toda palabra sucia, él mismo la lleve al teatro ante esas voces y gesticulaciones; y quien en las plazas reprime o detesta a alguien que disputa con la mano, el mismo en el estadio dé su voto a combates más graves; y quien se horroriza ante el cadáver de un hombre muerto por ley común, el mismo en el anfiteatro se incline desde arriba con ojos pacientes sobre cuerpos desgarrados, disipados y sucios en su propia sangre; es más, quien venga al espectáculo para aprobar el castigo de un homicida, el mismo obligue al gladiador al homicidio con látigos y varas contra su voluntad; y quien pide un león para cualquier homicida notable, el mismo pida para el gladiador atroz el rudis y el gorro como premio, y a aquel, una vez acabado, lo reclame incluso para el espectáculo de la boca, reconociendo con más gusto de cerca a quien quiso matar desde lejos, tanto más duro si no pudo.
22
¿ Qué tiene de extraño? Esa desigualdad de los hombres que mezclan y cambian el estado del bien y del mal por la inconstancia del sentido y la variedad del juicio. Pues, en efecto, los mismos autores y administradores de los espectáculos, a esos aurigas, escénicos, atletas y gladiadores tan amados, a quienes los hombres entregan sus almas y las mujeres incluso sus cuerpos, por quienes se comprometen en aquello que reprueban, los deponen y disminuyen por el mismo arte por el que los engrandecen; es más, los condenan manifiestamente con ignominia y disminución de su condición, apartándolos de la curia, de la tribuna, del senado, de los caballeros y de todos los demás honores, al mismo tiempo que de ciertos ornamentos.¡ Qué perversidad! Aman a quienes castigan, deprecian a quienes aprueban, engrandecen el arte, marcan al artista.¿ Qué clase de juicio es que alguien sea oscurecido por aquello por lo que se hace merecedor? Es más,¡ qué gran confesión de una mala cosa! Cuyos actores, aunque sean los más aceptados, no están sin tacha.
23
Puesto que, por tanto, la memoria humana, incluso con el estrépito de la gracia del placer, juzga que deben ser condenados privándolos de los bienes de las dignidades hasta un cierto escollo de infamia,¿ cuánto más la justicia divina toma medidas contra tales artistas?¿ Acaso agradará a Dios aquel auriga, perturbador de tantas almas, ministro de tantas furias, de tanto estado, como un sacerdote coronado o coloreado como un alcahuete, a quien el diablo adornó para ser arrebatado en un carro contra Elías?¿ Agradará también aquel que cambia sus rostros con la navaja, infiel hacia su propio rostro, al que, no contento con hacerlo cercano a Saturno, a Isis y a Líber, lo expone además a los insultos de las bofetadas, como si jugara según el precepto del Señor? Sin duda, el diablo también enseña a ofrecer pacientemente la mejilla para ser golpeada. Así también elevó a los trágicos con coturnos, porque nadie puede añadir un codo a su estatura: quiere hacer mentiroso a Cristo. Ahora bien, pregunto si a Dios le agrada la obra misma de las máscaras, Él que prohíbe que se haga toda semejanza,¡ cuánto más la de su imagen! El autor de la verdad no ama lo falso; ante Él, todo lo que se finge es adulterio. Por consiguiente, no aprobará una voz que miente sobre el sexo y las edades, que asegura amores, iras, gemidos y lágrimas: pues condena toda hipocresía. Por lo demás, cuando en la Ley prescribe que es maldito quien se viste con ropas femeninas,¿ qué juzgará del pantomimo, que incluso se curva con ademanes femeninos? Ciertamente, también aquel artista de los puñetazos saldrá impune. Pues tales cicatrices de los caestus, callos de los puños y orejas deformadas recibió de Dios cuando era plasmado; por eso Dios le prestó los ojos, para que desfallezcan al ser golpeado. Callo sobre aquel que opone un hombre al león ante sí, para que no sea poco homicida quien después degüella al mismo.
24
¡ Cuántas veces hemos probado hasta ahora que nada de lo que se atribuye a los espectáculos es agradable a Dios!¿ Pero es congruente para el siervo de Dios lo que no es agradable a Dios? Si hemos demostrado que todas las cosas fueron instituidas por causa del diablo y dispuestas a partir de las cosas del diablo( pues nada es del diablo si no es lo que no es de Dios o lo que desagrada a Dios), esto será la pompa del diablo, contra la cual renunciamos en el sello de la fe. Pero aquello a lo que renunciamos, no debemos participar ni de hecho, ni de palabra, ni de vista, ni de presencia. Por lo demás, así renunciamos y rescindimos el sello al rescindir su testimonio.¿ Acaso queda, pues, que exijamos una respuesta de los mismos paganos? Que ellos nos renuncien ya si es lícito a los cristianos usar el espectáculo. Y, sin embargo, de aquí es de donde más entienden que alguien se ha hecho cristiano: por el repudio de los espectáculos. Por tanto, niega manifiestamente quien elimina aquello por lo que es reconocido. Pero¿ qué esperanza queda en un hombre de tal clase? Nadie pasa al campamento de los enemigos sin haber arrojado sus armas, sin haber abandonado las insignias y los sacramentos de su príncipe, sin haber pactado perecer al mismo tiempo.
25
¿ Acaso reflexionará en ese momento sobre Dios, estando allí donde no hay nada de Dios? Tendrá paz, supongo, en su ánimo mientras compite por el auriga; aprenderá la castidad atónito ante los mimos. Es más, en todo espectáculo no ocurrirá mayor escándalo que ese mismo culto más esmerado de mujeres y hombres. La misma complacencia, la misma conspiración o disensión entre ellos en los favores, por el comercio, avivan chispas de lascivia. Nadie, finalmente, al entrar en el espectáculo piensa en otra cosa que en ser visto y ver. Pero, mientras el trágico vocifera,¿ él recordará las exclamaciones de algún profeta y, entre los modos de los flautistas afeminados, compondrá consigo mismo un salmo, y cuando los atletas actúen, él dirá que no se debe devolver el golpe?¿ Podrá, pues, también ser amonestado sobre la misericordia, fijado en las mordeduras de los osos y las esponjas de los retiarios?¡ Que Dios aparte de los suyos tal deseo de un placer destructivo! Pues,¿ qué clase de cosa es ir de la iglesia de Dios a la iglesia del diablo, del cielo, como dicen, al cieno?¿ Fatigar después alabando al histrión aquellas manos que habrás levantado hacia Dios?¿ Dar testimonio al gladiador con la boca con la que habrás pronunciado el Amén al Santo, decir εἰς αἰῶνας ἀπ' αἰῶνος a otro que no sea Dios y Cristo?
26
¿ Por qué yo no habría de ser penetrable también por tales demonios? Pues ocurrió un ejemplo, siendo testigo el Señor, de aquella mujer que fue al teatro y regresó de allí con un demonio. Por tanto, en el exorcismo, cuando el espíritu inmundo era reprendido por haberse atrevido a atacar a una fiel, dijo constante y muy justamente: Lo hice en lo mío, la encontré en lo mío. Consta también que a otra se le mostró un sudario en sueños la noche de aquel día en que había escuchado a un trágico, siendo nombrado el trágico con reproche, y que esa mujer no estuvo en el mundo más allá del quinto día. A lo cual, ciertamente, se sumaron otros documentos sobre aquellos que, al comunicarse con el diablo en los espectáculos, cayeron del Señor. Pues nadie puede servir a dos señores.¿ Qué tienen en común la luz con las tinieblas?¿ Qué la vida con la muerte?
27
Debemos odiar esas asambleas y reuniones de los paganos, aunque solo sea porque allí se blasfema el nombre de Dios, allí se reclaman leones cotidianos contra nosotros, de allí se decretan persecuciones, de allí se envían tentaciones.¿ Qué harás al ser sorprendido en ese estuario de votos impíos? No como si pudieras sufrir algo allí por parte de los hombres( nadie te reconoce como cristiano), sino reflexiona sobre lo que sucede contigo en el cielo.¿ Dudas de que en ese momento, en el que el diablo se enfurece contra la iglesia, todos los ángeles miran desde el cielo y señalan a cada uno, quién dijo una blasfemia, quién la escuchó, quién prestó su lengua, quién sus oídos al diablo contra Dios?¿ No huirás, pues, de los asientos de los enemigos de Cristo, de esa cátedra de pestilencias y del mismo aire que, desde arriba, se cierne mancillado por voces criminales? Serán dulces, si se quiere, y agradables y sencillos, incluso algunas cosas honestas. Nadie prepara el veneno con hiel y eléboro, sino que introduce ese mal en platos condimentados y bien sazonados, y sobre todo dulces. Así también el diablo imbuye lo que prepara como letal con las cosas más gratas y aceptables de Dios. Considera todas las cosas allí, ya sean fuertes, honestas, sonoras, canoras o sutiles, como gotas de miel de un recipiente envenenado, y no hagas tanto caso a la gula del placer como al peligro a través de la suavidad.
28
Que se sacien con tales dulces sus convidados: suyos son los lugares, los tiempos y el anfitrión. Nuestras cenas, nuestras bodas aún no son. No podemos recostarnos con ellos, porque tampoco ellos con nosotros: la cosa está dispuesta por turnos. Ahora ellos se alegran, nosotros nos afligimos. El mundo, dice, se alegrará, vosotros estaréis tristes. Lloraremos, pues, mientras los paganos se alegran, para que, cuando ellos comiencen a llorar, nosotros nos alegremos, para no llorar entonces también nosotros, si ahora nos alegramos por igual. Eres delicado, cristiano, si también en el mundo codicias el placer; es más, demasiado necio si consideras esto como placer. Ciertos filósofos dieron este nombre a la quietud y a la tranquilidad; en ella se alegran, en ella se distraen, en ella incluso se glorían. Tú suspiras por las metas, la escena, el polvo y la arena. Quisiera que dijeras: no podemos vivir sin placer, nosotros que debemos morir con placer. Pues,¿ qué otra cosa es nuestro deseo que lo que también es el de los apóstoles, salir del mundo y ser recibidos junto al Señor? Aquí está el placer, donde también está el deseo.
29
¿ Acaso ahora piensas exigir este espacio con deleites?¿ Por qué eres tan ingrato como para no tener por suficientes tantos y tales placeres aportados a ti por Dios, ni reconocerlos? Pues,¿ qué hay más agradable que la reconciliación con Dios Padre y Señor, que la revelación de la verdad, que el reconocimiento de los errores, que el perdón de tantos crímenes pasados?¿ Qué mayor placer que el hastío del placer mismo, que el desprecio de todo el mundo, que la verdadera libertad, que la conciencia íntegra, que la vida suficiente, que el no tener miedo a la muerte?¿ Que pisoteas a los dioses de las naciones, que expulsas a los demonios, que haces curaciones, que buscas revelaciones, que vives para Dios? Estos son los placeres, estos son los espectáculos santos, perpetuos y gratuitos de los cristianos; en ellos interpreta para ti los juegos circenses, contempla las carreras del mundo, cuenta los tiempos que se deslizan, los espacios recorridos, espera las metas de la consumación, defiende las sociedades de las iglesias, levántate ante la señal de Dios, erígete ante la trompeta del ángel, gloríate ante las palmas de los mártires. Si te deleitan las doctrinas escénicas, tenemos suficientes letras, suficientes versos, suficientes sentencias, suficientes cánticos, suficientes voces, y no fábulas, sino verdades, no estrofas, sino simplicidades.¿ Quieres también pugilatos y luchas? Están a mano, no pequeñas y muchas. Mira la impudicia derribada por la castidad, la perfidia vencida por la fe, la crueldad aplastada por la misericordia, la petulancia ensombrecida por la modestia, y tales son entre nosotros los combates en los que nosotros mismos somos coronados.¿ Quieres, además, algo de sangre? Tienes la de Cristo.
30
¡ Qué espectáculo, sin embargo, está cerca: la venida del Señor, ya indudable, ya soberbia, ya triunfante!¡ Qué exultación la de los ángeles, qué gloria la de los santos que resucitan!¡ Qué reino el de los justos desde entonces!¡ Qué ciudad la nueva Jerusalén! Pero, en efecto, quedan otros espectáculos: aquel último y perpetuo día del juicio, aquel inesperado para las naciones, aquel objeto de burla, cuando tanta antigüedad del mundo y tantas de sus generaciones serán consumidas por un solo fuego.¡ Qué amplitud de espectáculo entonces!¿ Qué admiraré?¿ De qué me reiré?¿ Dónde me alegraré, dónde exultaré, viendo a tantos reyes que eran anunciados como recibidos en el cielo, gimiendo junto con el mismo Júpiter y sus propios testigos en las profundidades de las tinieblas? Asimismo,¿ a los gobernadores perseguidores del nombre del Señor, insultando contra los cristianos que se derriten en llamas más crueles que aquellas con las que ellos mismos fueron crueles?¿ A quiénes más?¿ A aquellos sabios filósofos sonrojándose ante sus discípulos que arden juntos, a quienes persuadían de que nada pertenecía a Dios, a quienes afirmaban que las almas o no existían o no regresarían a sus cuerpos originales?¿ Incluso a los poetas temblando no ante el tribunal de Radamanto ni de Minos, sino ante el del inesperado Cristo? Entonces los trágicos serán más dignos de ser escuchados, más vocales, ciertamente, en su propia calamidad; entonces los histriones serán conocidos, mucho más sueltos a través del fuego; entonces será visto el auriga todo rojo en la rueda llameante; entonces los atletas serán contemplados, no en los gimnasios, sino en el fuego, a no ser que ni siquiera entonces quisiera verlos, pues preferiría dirigir mi mirada insaciable hacia aquellos que se enfurecieron contra el Señor. Este es, diré, el hijo del carpintero o de la prostituta, el destructor del sábado, el samaritano y el que tiene un demonio; este es a quien rescatasteis de Judas, este es aquel azotado con cañas y bofetadas, deshonrado con salivazos, bebido con hiel y vinagre; este es a quien los discípulos robaron a escondidas para que se diga que resucitó, o el hortelano lo retiró para que sus lechugas no fueran dañadas por la frecuencia de los que iban y venían. Para que veas tales cosas, para que exultes con tales cosas,¿ qué pretor, o cónsul, o cuestor, o sacerdote te lo ofrecerá por su liberalidad? Y, sin embargo, esto ya lo tenemos de algún modo por la fe, representado por el espíritu que imagina. Por lo demás,¿ cuáles serán aquellas cosas que ni ojo vio, ni oído oyó, ni subieron al corazón del hombre? Creo que son más gratas que el circo y ambas cáveas y todo estadio.