De Testimionio Animae
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Original / primary: Spanish Gemini
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IV. SOBRE EL TESTIMONIO DEL ALMA. Se requiere una gran curiosidad y una memoria mucho mayor para estudiar, si alguien desea extraer de los escritos más aceptados de los filósofos, poetas o de cualquier maestro de doctrina y sabiduría secular testimonios a favor de la verdad cristiana, de modo que sus rivales y perseguidores sean refutados por su propio instrumento, culpables tanto de error contra sí mismos como de iniquidad contra nosotros. Algunos, en efecto, en quienes ha persistido tanto el esfuerzo de la curiosidad como la tenacidad de la memoria respecto a la literatura antigua, han compuesto obras para nosotros de este modo: conmemorando y atestiguando en cada caso la razón, el origen, la tradición y los argumentos de las sentencias, mediante los cuales se puede reconocer que no hemos adoptado nada nuevo o prodigioso, sobre lo cual no nos sirvan también de apoyo los escritos comunes y públicos, si es que hemos desechado algún error o admitido alguna equidad. Pero ni siquiera ante sus propios maestros, por lo demás probadísimos y selectos, se inclinó la dureza humana por su incredulidad, allí donde chocan con los argumentos de la defensa cristiana. Entonces los poetas son vanos, cuando describen a los dioses con pasiones y fábulas humanas; entonces los filósofos son duros, cuando llaman a las puertas de la verdad. Hasta aquí será tenido por sabio y prudente quien se haya pronunciado casi como cristiano, mientras que, si ha pretendido alguna prudencia o sabiduría, ya sea despreciando las ceremonias o refutando el siglo, es marcado como cristiano. Por tanto, ya no tendremos nada que ver con la literatura y la doctrina de una felicidad perversa, a la cual se le cree más en lo falso que en lo verdadero. Allá ellos, si es que han pronunciado algo sobre un Dios único y solo. Es más, que no se mencione nada en absoluto que el cristiano reconozca, para que no pueda reprocharlo. Pues lo que se ha mencionado, ni todos lo saben, ni los que lo saben confían en que sea firme. Tanto falta para que los hombres asientan a nuestros escritos, a los cuales nadie llega a menos que ya sea cristiano. Invoco un testimonio nuevo, es más, más conocido que toda literatura, más agitado que toda doctrina, más vulgar que toda edición, mayor que todo el hombre, es decir, todo lo que es del hombre. Ponte en medio, alma; ya seas una cosa divina y eterna según la mayoría de los filósofos, con mayor razón no mentirás; ya seas mínimamente divina, puesto que eres mortal, como le parece solo a Epicuro, con mayor razón no deberás mentir; ya seas recogida del cielo o concebida de la tierra, ya seas compuesta de números o de átomos, ya comiences con el cuerpo o seas introducida después del cuerpo, de cualquier parte y de cualquier modo que hagas del hombre un animal racional, sumamente capaz de sentido y de ciencia. Pero no te invoco a ti, que formada en las escuelas, ejercitada en las bibliotecas, alimentada en las academias y pórticos áticos, vomitas sabiduría. Te llamo a ti, simple, ruda, impolita e idiota, tal como te tienen quienes solo te tienen a ti, esa misma de la encrucijada, de la calle, del taller. Necesito tu impericia, puesto que nadie cree en tu poca pericia. Exijo de ti lo que traes contigo al hombre, lo que has aprendido a sentir ya sea por ti misma o por cualquier autor tuyo. No eres, que yo sepa, cristiana. Pues el cristiano suele hacerse, no nacer. Sin embargo, ahora los cristianos reclaman de ti un testimonio, de una extraña contra los tuyos, para que al menos se avergüencen ante ti de que nos odien y se burlen de nosotros por aquellas cosas que ahora te mantienen consciente.
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No agradamos al predicar a Dios bajo este nombre único como el único, de quien provienen todas las cosas y bajo quien está el universo. Da testimonio, si así lo sabes. Pues también a ti te oímos pronunciar abierta y libremente, como no nos es permitido a nosotros, en casa y fuera:« si Dios lo da» y« si Dios quiere». Con esa voz significas que alguien existe y le confiesas toda potestad, a cuya voluntad miras, y al mismo tiempo niegas que los demás sean dioses, mientras los nombras por sus propios nombres: Saturno, Júpiter, Marte, Minerva. Pues solo confirmas como Dios a aquel a quien llamas Dios, de modo que, cuando a veces también llamas dioses a aquellos, pareces usar un término ajeno y como prestado. Tampoco te es oculta la naturaleza de Dios, a quien predicamos.« Dios es bueno, Dios hace el bien» es tu voz. Ciertamente, añades,« pero el hombre es malo», reprochando oblicua y figuradamente, mediante la proposición contraria, que el hombre es malo precisamente porque se ha alejado del Dios bueno. Además, puesto que entre nosotros la bendición de toda bondad y benignidad ante Dios es el sacramento supremo de la disciplina y la conducta, pronuncias« que Dios te bendiga» tan fácilmente como es necesario para un cristiano; pero cuando conviertes la bendición de Dios en maldición, confiesas, al decirlo, que toda su potestad sobre nosotros consiste según nosotros. Hay quienes, aunque no nieguen a Dios, no lo consideran ciertamente inspector, árbitro y juez, en lo cual, sin duda, nos rechazan más, nosotros que volamos hacia esa disciplina por el temor del juicio predicado, honrando así a Dios, mientras lo liberan de los cuidados de la observación y de las molestias de la vigilancia, a quien ni siquiera atribuyen ira. Pues si Dios, dicen, se irrita, es corruptible y pasional; además, lo que sufre y lo que se corrompe también puede sufrir la muerte, la cual Dios no sufre. Pero los mismos, en otro lugar, al confesar que el alma es divina y conferida por Dios, caen en el testimonio del alma misma que debe ser retorcido contra la opinión anterior. Pues si el alma es divina o dada por Dios, sin duda conoce a su dador, y si lo conoce, sin duda también lo teme, y finalmente teme al autor.¿ O acaso no teme a aquel a quien preferiría propicio antes que irritado?¿ De dónde, pues, el temor natural del alma hacia Dios, si Dios no sabe irritarse?¿ Cómo se teme a quien no sabe ser ofendido?¿ Qué se teme, sino la ira?¿ De dónde la ira, sino de la vigilancia?¿ De dónde la vigilancia, sino del juicio?¿ De dónde el juicio, sino de la potestad?¿ De quién es la potestad suprema, sino solo de Dios? De aquí, pues, alma, te basta de tu conciencia, sin que nadie se ría ni te lo prohíba, predicar:« Dios ve todas las cosas»,« a Dios me encomiendo»,« Dios devolverá» y« Dios juzgará entre nosotros».¿ De dónde tienes esto, tú que no eres cristiana? Y así, a menudo, ceñida con la cinta de Ceres, vestida con el palio de Saturno, envuelta en el lino de la diosa Isis, finalmente, en los mismos templos, imploras a Dios como juez. Estás bajo Esculapio, adornas a Juno en el aire, calzas a Minerva con cascos de formas oscuras, y no atestiguas a ninguno de los dioses presentes. En tu foro apelas a un juez de otra parte, en tus templos toleras a otro dios.¡ Oh testimonio de la verdad, que ante los mismos demonios te hace testigo de los cristianos!
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En verdad, cuando afirmamos que existen demonios, ciertamente, como si no lo probáramos también, nosotros que los expulsamos solo de los cuerpos, algún adulador de Crisipo se burla. Tus execraciones responden que existen y que soportan la abominación. Llamas demonio al hombre por la inmundicia, la malicia, la insolencia o cualquier mancha que nosotros atribuimos a los demonios por la necesidad del odio inoportuno. Finalmente, pronuncias« Satanás» en toda vejación, desprecio y detestación, a quien nosotros llamamos el ángel de la malicia, artífice de todo error, interpolador de todo el siglo, por quien el hombre fue engañado desde el principio para que excediera el precepto de Dios, y por ello, entregado a la muerte, desde entonces infectó a todo el género humano con su semilla, haciéndolo también transmisor de su propia condenación. Sientes, pues, a tu destructor, y aunque solo los cristianos o cualquier secta ante el Señor lo conozcan, tú también lo conoces, mientras lo odias.
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Ahora bien, en lo que respecta a tu sentencia más necesaria, en cuanto tiende a tu propio estado, afirmamos que permaneces después de la disfunción de la vida y esperas el día del juicio, y según tus méritos eres destinada al tormento o al refrigerio, ambos sempiternos; para soportar los cuales, necesariamente volverán a ti la sustancia original y la materia y memoria del mismo hombre, porque no podrías sentir nada de mal o de bien sin la facultad de la carne pasional, y no habría razón para el juicio sin la exhibición de aquel que mereció la pasión del juicio. Esa opinión cristiana, aunque mucho más honesta que la pitagórica, que no te transfiere a las bestias, aunque más plena que la platónica, que te devuelve incluso la dote del cuerpo, y aunque más grave que la epicúrea, que te defiende de la muerte, sin embargo, por su nombre, es atribuida solo a la vanidad, al estupor y, como se dice, a la presunción. Pero no nos avergonzamos si nuestra presunción está contigo. Pues primero, cuando recuerdas a algún difunto, lo llamas« pobre», no ciertamente como arrebatado del bien de la vida, sino como ya adscrito a la pena y al juicio. Por lo demás, llamas a los difuntos« seguros» en otras ocasiones. Profesas tanto el inconveniente de la vida como el beneficio de la muerte. Además, los llamas« seguros» si alguna vez, fuera de la puerta, con viandas y manjares, te retiras a los sepulcros para ofrecer sacrificios por ti misma o regresas de ellos más relajada. Pero yo exijo tu sentencia sobria. Llamas« pobres» a los muertos cuando hablas de lo tuyo, cuando estás lejos de ellos. Pues en el banquete no podrías reprochar su suerte como si estuvieran presentes y recostados con ellos. Debes adular a aquellos por quienes vives más alegremente.¿ Llamas, pues,« pobre» a quien no siente nada?¿ Qué decir de que maldices como si sintiera, cuando haces su memoria con el mordisco de alguna ofensa? Imprecas que la tierra sea pesada y tormento para las cenizas ante los infiernos. Igualmente, por la parte buena, a quien debías gratitud, imploras refrigerio para sus huesos y cenizas y deseas que descanse bien ante los infiernos. Si no hay pasión para ti después de la muerte, si no hay perseverancia del sentido, si finalmente no eres nada una vez que has dejado el cuerpo,¿ por qué mientes sobre ti misma, como si pudieras sufrir algo más allá? Es más,¿ por qué temes en absoluto la muerte, si no hay nada que experimentar después de la muerte? Pues aunque se puede decir que la muerte se teme no porque amenace con algo más allá, sino porque corta la comodidad de la vida, sin embargo, cuando superas igualmente los inconvenientes mucho más numerosos de la vida, diluyes el miedo con la ganancia de la parte más grave y ya no debe temerse la pérdida de los bienes, que se compensa con otro bien, es decir, la paz de los inconvenientes. No debe temerse lo que nos libera de todo lo temible. Si temes dejar la vida porque la conoces como óptima, ciertamente no debes temer a la muerte, que no conoces como mala. Pero cuando la temes, sabes que es mala. No sabrías que es mala, ni la temerías, si no supieras que hay algo después de la muerte que la hace mala, para que la temas. Omitamos ahora la forma natural de temer la muerte. Nadie tema lo que no puede evitar. Por otra parte, me uno a la parte de la esperanza más alegre después de la muerte. Pues en casi todos está innato el deseo de fama después de la muerte. Sería largo enumerar a los Curcios y Régulos o a los hombres griegos, cuyos elogios innumerables son por la muerte despreciada debido a la fama póstuma.¿ Quién no se esfuerza hoy por frecuentar la memoria después de la muerte, de modo que conserve su nombre ya sea por obras literarias, por la simple alabanza de las costumbres o por la ambición de los mismos sepulcros?¿ De dónde el alma hoy desea algo que quiere después de la muerte y prepara con tanto esmero lo que será usura después del óbito? No se preocuparía en absoluto por lo posterior si no supiera nada de lo posterior. Pero quizás estés más segura del sentido después de tu partida que de la resurrección, de la cual somos marcados como presuntuosos. Sin embargo, esto también es predicado por el alma. Pues si alguien pregunta por algún difunto hace tiempo como si estuviera vivo, ocurre de inmediato decir:« Ya se ha ido y debe volver».
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Estos testimonios del alma, cuanto más verdaderos, tanto más simples; cuanto más simples, tanto más vulgares; cuanto más vulgares, tanto más comunes; cuanto más comunes, tanto más naturales; cuanto más naturales, tanto más divinos. No creo que a nadie puedan parecerle frívolos y ridículos si reflexiona sobre la majestad de la naturaleza, de la cual se estima la autoridad del alma. Cuanto concedas a la maestra, tanto adjudicarás a la discípula. La naturaleza es la maestra, el alma la discípula. Lo que una enseñó o la otra aprendió, ha sido transmitido por Dios, el maestro, ciertamente, de la misma maestra. Qué pueda presumir el alma sobre el institutor principal, está en ti estimarlo a partir de la que está en ti. Siente a aquella que hace que sientas. Reflexiona sobre el vate en los presagios, sobre el augur en los presagios, sobre el previsor en los eventos.¿ Es extraño si, dada por Dios al hombre, sabe adivinar? Tan extraño como si conoce a aquel de quien fue dada. Incluso engañada por el adversario, recuerda a su autor, su bondad, su decreto, su propio fin y al adversario mismo. Así,¿ es extraño si, dada por Dios, canta lo mismo que Dios dio a conocer a los suyos? Pero quien no haya pensado que tales erupciones del alma son la doctrina de la naturaleza y de la conciencia congénita e innata y de los secretos tácitos, dirá más bien que el uso de las opiniones ventiladas entre el vulgo y de los escritos publicados ya ha corroborado, como un vicio, el hablar de tal manera. Ciertamente, el alma es anterior a la letra, el discurso anterior al libro, el sentido anterior al estilo, y el hombre mismo anterior al filósofo y al poeta.¿ Acaso, pues, debe creerse que antes de la literatura y su divulgación los hombres vivieron mudos ante tales pronunciamientos?¿ Nadie hablaba de Dios y su bondad, nadie de la muerte, nadie de los infiernos? El discurso mendigaba, creo; es más, ni siquiera podía existir, cesando incluso entonces aquello sin lo cual ni siquiera hoy puede ser más feliz, más rico y más prudente, si aquello que hoy es tan fácil, tan asiduo, tan cercano, estuvo de algún modo en los labios, no existió antes de que las letras hubieran germinado en el siglo, antes de que Mercurio, creo, hubiera nacido. Pero,¿ de dónde, ruego, les ocurrió a las mismas letras conocer y diseminar en el uso del habla lo que ninguna mente había concebido jamás, ni lengua pronunciado, ni oído escuchado? Pero, en verdad, cuando las escrituras divinas, que están entre nosotros o los judíos, en cuyo olivo silvestre hemos sido injertados, anteceden por mucho a las letras seculares, de las cuales solo una pequeña parte tiene alguna antigüedad, como enseñamos en su lugar para demostrar su fe, y si el alma ha usurpado estas elocuencias de las letras, ciertamente habrá que creer que son de las nuestras, no de las vuestras, porque son más poderosas para instruir al alma las anteriores que las posteriores, las cuales, incluso ellas, soportaban ser instruidas por las anteriores, cuando, aunque concedamos que fue instruida por las vuestras, la tradición pertenece, sin embargo, al origen principal, y es totalmente nuestro lo que sea que haya ocurrido que hayáis tomado y transmitido de lo nuestro. Siendo esto así, no importa mucho si la conciencia del alma fue formada por Dios o por las letras de Dios.¿ Qué quieres, pues, hombre, que haya salido de las sentencias humanas de tus letras hacia esta callosidad del uso común?
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Cree, pues, en los tuyos y, por nuestros comentarios, cree tanto más en los divinos, pero por el arbitrio del alma misma, cree igualmente en la naturaleza. Elige cuál de estos observas más fielmente como hermana de la verdad. Si dudas de tus letras, ni Dios ni la naturaleza mienten. Para que creas tanto en la naturaleza como en Dios, cree en el alma; así sucederá que también creas en ti mismo. Ella es ciertamente a quien tanto valoras, cuanto ella te valora a ti, de quien eres todo, que es todo para ti, sin la cual no puedes ni vivir ni morir, por la cual descuidas a Dios. Pues cuando temes hacerte cristiano, consúltala.¿ Por qué, adorando a otro, nombra a Dios?¿ Por qué, cuando al maldecir marca a los espíritus, pronuncia demonios?¿ Por qué se atestigua ante el cielo y se detesta ante la tierra?¿ Por qué en un lugar sirve y en otro invoca a un vengador?¿ Por qué juzga sobre los muertos?¿ Por qué tiene las palabras de los cristianos, a quienes no quiere ni oídos ni vistos?¿ Por qué nos dio esas palabras o las recibió de nosotros?¿ Por qué enseñó o aprendió? Tienes por sospechosa la conveniencia de la predicación en tanta inconveniencia de la conducta. Eres vano si reputarás tal cosa solo a esta lengua o a la griega, que se consideran cercanas entre sí, para negar la universalidad de la naturaleza. No solo a los latinos ni a los argivos les cae el alma del cielo. De todas las naciones es un solo hombre, el nombre es variado, una sola alma, voz variada, un solo espíritu, sonido variado, propia a cada nación es el habla, pero la materia del habla es común. Dios está en todas partes y la bondad de Dios en todas partes, el demonio en todas partes y la maldición del demonio en todas partes, la invocación del juicio divino en todas partes, la muerte en todas partes y la conciencia de la muerte en todas partes, y el testimonio en todas partes. Toda alma proclama por su propio derecho lo que a nosotros ni siquiera se nos concede murmurar. Merecidamente, pues, toda alma es tanto rea como testigo, en tanto rea de error, en cuanto testigo de la verdad, y estará ante las aulas de Dios el día del juicio sin tener nada que decir. Predicabas a Dios y no lo buscabas, abominabas a los demonios y los adorabas, invocabas el juicio de Dios y no creías que existiera, presumías los suplicios infernales y no te precavías, sabías el nombre cristiano y perseguías el nombre cristiano.