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De Virginibus Velandis
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Original / primary: Spanish Gemini
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Proemio.
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Casi no existe entre todos los libros montanistas de Tertuliano uno en el que aplique mayor fuerza para defender la disciplina de los montanistas de la culpa de novedad que el tratado Sobre el velo de las vírgenes; de ahí que se crea merecidamente que fue redactado en los inicios del tiempo que él mismo pasó entre los montanistas. Ciertamente, el muy docto Remigio Ceillier opina que el libro Sobre el velo de las vírgenes es el más reciente de todos, porque en ninguna otra obra, ni siquiera en el libro Sobre la corona, donde en el cap. 14 parece haber exigido la misma materia allí tratada, lo cita Tertuliano. Pero esta conjetura no prueba nada, dado que el libro Sobre la Corona fue redactado antes que este Sobre el velo de las vírgenes, y en otras obras no percibimos que Tertuliano haya tenido ocasión alguna de alegarlo; pero, sea como fuere, al menos es evidente que este opúsculo fue escrito en el cisma, ya que respira demasiado abiertamente el genio de Montano; pues pronto, en el cap. 1, dice: La justicia primero estuvo en sus rudimentos; después, por la ley y los profetas, avanzó hacia la infancia; luego, por el Evangelio, hirvió hasta la juventud; ahora, por el Paráclito, se compone en la madurez. La ocasión para que Tertuliano redactara este librito se la dio la costumbre de ciertas iglesias, tanto de Occidente como de muchas otras de Grecia o de Oriente, de velar a las vírgenes en la Iglesia, mientras que, por el contrario, en la iglesia africana la mayoría de las vírgenes cristianas caminaban con la cabeza descubierta. Por lo cual, en este libro, contra la costumbre de su patria, en la que solo las casadas se velaban, muestra que ella no puede prescribir contra la verdad, lo cual, según la anotación del ilustre Dupin, es cierto cuando se trata de un dogma, pero no cuando se trata de una disciplina de poca importancia. LUMP.
2.1
ARGUMENTO.
2.1
-- Tertuliano, habiendo sido objeto de injurias y tratado como hereje debido a una disputa, al parecer, con los griegos sobre el velo de las vírgenes, arremete desde el principio contra sus detractores, que se jactan de la costumbre, y proclama que la costumbre no puede prescribir contra la verdad.
2.2
De ahí que sostenga que la costumbre de velar a las vírgenes es mejor, no reprobada en la Sagrada Escritura, es más, recomendada por el Apóstol, confirmada por la disciplina de la Iglesia, apoyada por muchos ejemplos de santos y sancionada por los mismos peligros de las vírgenes no veladas. EDD.
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CAPÍTULO PRIMERO.
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Habiendo ya cumplido con el asunto propio de mi opinión, mostraré también en latín que nuestras vírgenes deben velarse desde que han hecho la transición de su edad: esto lo exige la verdad, a la cual nadie puede prescribir, ni el espacio de los tiempos, ni el patrocinio de las personas, ni el privilegio de las regiones, pues de estas cosas casi siempre la costumbre, nacida de alguna ignorancia o simplicidad, se corrobora con el uso a través de la sucesión y así se reivindica contra la verdad. Pero nuestro Señor Cristo se llamó a sí mismo la verdad, no la costumbre. Si Cristo es siempre, y anterior a todos, igualmente la verdad es una cosa sempiterna y antigua. Vean, pues, aquellos para quienes es nuevo lo que para sí es viejo. La herejía no la vence tanto la novedad como la verdad. Cualquier cosa que piense contra la verdad, esto será herejía, incluso una vieja costumbre. Por lo demás, cada uno ignora lo que ignora por su propia culpa. Pero lo que se ignora debía ser buscado, así como debe ser recibido lo que se reconoce. La regla de la fe es, ciertamente, una sola, única, inmóvil e irreformable, a saber: creer en el único Dios omnipotente, creador del mundo, y en su Hijo Jesucristo, nacido de la virgen María, crucificado bajo Poncio Pilato, resucitado al tercer día de entre los muertos, recibido en los cielos, sentado ahora a la diestra del Padre, que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, mediante la resurrección también de la carne. Manteniéndose esta ley de la fe, las demás cosas de la disciplina y de la conducta admiten ya la novedad de la corrección, operando ciertamente y progresando hasta el fin la gracia de Dios. ¿Qué clase de cosa es que, operando siempre el diablo y añadiendo diariamente a los ingenios de la iniquidad, la obra de Dios haya cesado o haya dejado de progresar? Puesto que por ello el Señor envió al Paráclito, para que, dado que la mediocridad humana no podía captarlo todo de una vez, poco a poco fuera dirigida, ordenada y llevada a la perfección la disciplina por aquel vicario del Señor, el Espíritu Santo. Aún, dice, tengo muchas cosas que deciros, pero todavía no podéis sobrellevarlas: cuando venga aquel Espíritu de verdad, os guiará a toda la verdad y os anunciará las cosas venideras. Pero también arriba pronunció sobre esta obra suya. ¿Qué es, pues, la administración del Paráclito sino esta: que la disciplina es dirigida, que las Escrituras son reveladas, que el intelecto es reformado, que se progresa hacia lo mejor? Nada sin edad, y todas las cosas esperan su tiempo. Finalmente, el Eclesiastés dice: Tiempo para cada cosa. Mira cómo la misma criatura es promovida poco a poco hacia el fruto. Primero es un grano, y del grano surge un arbusto, y del arbusto brota un arbolillo: después las ramas y las hojas se fortalecen, y se expande todo el nombre de árbol, luego surge la hinchazón del germen y la flor se desprende del germen, y de la flor se abre el fruto; este también, rudo durante algún tiempo e informe, dirigiendo poco a poco su edad, se educa en la mansedumbre del sabor. Así también la justicia (pues el mismo Dios es de la justicia y de la criatura) primero estuvo en sus rudimentos, temiendo a Dios por naturaleza: después, por la Ley y los Profetas, avanzó hacia la infancia: luego, por el Evangelio, hirvió hasta la juventud: ahora, por el Paráclito, se compone en la madurez. Este será el único maestro que debe ser llamado y venerado después de Cristo. Pues no habla por sí mismo, sino las cosas que son mandadas por Cristo. Este es el único antecesor, porque es el único después de Cristo. Quienes recibieron a este, anteponen la verdad a la costumbre. Quienes escucharon a este, que profetiza hasta ahora y no desde hace mucho, cubren a las vírgenes.
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CAPÍTULO II.
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Pero no quiero, por el momento, atribuir esta costumbre a la verdad. Que sea costumbre por un tiempo, para que también oponga costumbre a la costumbre. Por Grecia y algunas de sus barbaries, muchas iglesias esconden a sus vírgenes. Existe también bajo este cielo esta institución en algún lugar, para que nadie atribuya esa costumbre a la gentilidad griega o bárbara. Pero yo he propuesto aquellas iglesias que los mismos Apóstoles o varones apostólicos fundaron, y creo que antes que algunos otros. Tienen, pues, también aquellas la misma autoridad de costumbre, oponen tiempos y antecesores más que estas posteriores. ¿Qué observaremos, qué elegiremos? No podemos rechazar una costumbre que no podemos condenar, por no ser extraña, porque no es de extraños, con quienes, ciertamente, compartimos el derecho de paz y el nombre de fraternidad. Una sola fe tenemos con ellos, un solo Dios, el mismo Cristo, la misma esperanza, los mismos sacramentos del lavatorio. Lo diré de una vez: somos una sola Iglesia. Así, lo que es de los nuestros es nuestro. Por lo demás, divides el cuerpo. Sin embargo, aquí, como suele hacerse en todas las cosas variamente instituidas, dudosas e inciertas, debía aplicarse un examen sobre cuál de las dos costumbres tan diversas convenía más a la disciplina de Dios. Y, sin duda, debe elegirse aquella que incluye a las vírgenes, conocidas solo por Dios, a quienes, además de que la gloria debe ser buscada de Dios y no de los hombres, también se debe sentir vergüenza por su propio bien. Confundirías a una virgen más alabándola que vituperándola: porque la frente del delito es más dura, habiendo aprendido la impudicia por el mismo y en el mismo delito. Pues nadie habría aprobado esa costumbre que niega a las vírgenes mientras las muestra, a menos que fueran algunos tales cuales las vírgenes mismas. Pues tales ojos querrán ver a la virgen, cuales tiene la virgen que quiere ser vista. Se desean mutuamente los mismos tipos de ojos. Es de la misma libido ser visto y ver. Es tanto de un varón santo ruborizarse si ha visto a una virgen, como de una virgen santa si ha sido vista por un varón.
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CAPÍTULO III.
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Pero ni siquiera entre las costumbres quisieron distinguir aquellos santísimos antecesores. Sin embargo, era más tolerable entre nosotros hasta hace poco que se comunicara con ambas costumbres. La cosa estaba permitida al arbitrio, de modo que cada una quisiera ser cubierta o prostituida, así como casarse: lo cual tampoco se obliga ni se prohíbe. La verdad estaba contenta de pactar con la costumbre, para que tácitamente, bajo el nombre de costumbre, disfrutara de sí misma aunque fuera en parte. Pero puesto que el conocimiento había comenzado a progresar, para que, mediante la licencia de ambos modos, surgiera el indicio de la parte mejor, inmediatamente aquel adversario de los bienes, y de muchas instituciones, hizo su obra. Las vírgenes de los hombres se pavonean contra las vírgenes de Dios, con la frente claramente desnuda, excitadas a una temeraria audacia. Y parecen vírgenes aquellas que pueden pedir algo a los varones, y mucho menos tal hecho, a saber, que sus rivales, tanto más libres cuanto que son siervas solo de Cristo, se entreguen a ellos. Nos escandalizamos, dicen, porque otras caminan de otra manera: y prefieren escandalizarse a ser provocadas. El escándalo, si no me equivoco, no es un ejemplo de algo bueno, sino de algo malo, que edifica hacia el delito. Las cosas buenas no escandalizan a nadie, a menos que sea a una mente mala. Si es bueno la modestia, la vergüenza, el desdén por la gloria buscando agradar solo a Dios, reconozcan su maldad las que se escandalizan de tal bien. ¿Qué, pues, si también los incontinentes dijeran que se escandalizan de los continentes, debe revocarse la continencia? ¿Y para que no se escandalicen las que se han casado muchas veces, debe rechazarse la monogamia? ¿Por qué no se quejan más bien estas de que les es escándalo la petulancia, la impudicia de una virginidad ostentosa? Por causa de tales cabezas mercenarias, pues, que sean arrastradas las vírgenes santas a la Iglesia, avergonzándose de ser reconocidas en medio, temiendo ser descubiertas, llamadas como para un estupro. Pues no menos tampoco quieren sufrir esto. Toda publicación de una virgen buena es una pasión de estupro. Y, sin embargo, sufrir la violencia de la carne es menos, porque viene del oficio de la naturaleza. Pero cuando el espíritu mismo es violado en la virgen, al quitarle el velo, aprendió a perder lo que protegía. ¡Oh manos sacrílegas, que pudieron quitar el hábito dedicado a Dios! ¿Qué peor habría hecho algún perseguidor si hubiera sabido que esto fue elegido por la virgen? Desnudaste a la joven de su cabeza, y ya toda la virgen no es para sí: se ha hecho otra. Levántate, pues, verdad, levántate, y como si fuera de la paciencia, irrumpe: no quiero que defiendas ninguna costumbre; pues ya también aquella, bajo la cual disfrutabas, es borrada. Demuestra que eres tú la que cubres a las vírgenes. Interpreta tú misma tus Escrituras, que la costumbre no conoce. Pues si las conociera, nunca existiría.
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CAPÍTULO IV.
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En cuanto a que también es costumbre argumentar desde las Escrituras contra la verdad, inmediatamente se nos opone que el Apóstol no hizo mención de las vírgenes donde predefine sobre el velo, sino que solo nombró a las mujeres: cuando, si hubiera querido que también las vírgenes se cubrieran, habría pronunciado también sobre las vírgenes junto con las mujeres nombradas: como allí, dice, donde trata sobre las nupcias, declara qué debe observarse también sobre las vírgenes. Por tanto, que no están contenidas en la ley de cubrirse la cabeza, como no nombradas en esta ley; es más, de esto se revela, porque no se les ordena, ya que ni siquiera son nombradas. Pero también nosotros retorcemos la misma argumentación. Pues quien sabía hacer mención de otras de ambos géneros, digo de virgen y de mujer, es decir, no virgen, por causa de distinción, en aquellas en las que no nombra a la virgen, al no hacer distinción, muestra la comunión de condición. Por lo demás, pudo aquí también establecer la diferencia entre virgen y mujer, como dice en otro lugar: Está dividida la mujer y la virgen. Por tanto, a las que no dividió, al callar, las dejó inalteradas. Sin embargo, porque allí está dividida la mujer y la virgen, no patrocinará aquí también esa división, como algunos quieren. Pues cuantas cosas dichas en otro lugar no valen, donde ciertamente no han sido dichas, a menos que sea la misma causa que en otro lugar, para que baste lo dicho una vez. Aquella causa de virgen y mujer está lejos de esta especie. Está dividida, dice, la mujer y la virgen. ¿Por qué? Porque la no casada, es decir, la virgen, piensa en las cosas que son del Señor, para que sea santa, en cuerpo y en espíritu. La casada, en cambio, es decir, la no virgen, piensa en cómo agradar al marido. Esta será la interpretación de aquella división, no teniendo lugar en este capítulo, en el que no se ha pronunciado sobre las nupcias, ni sobre el ánimo y el pensamiento de la mujer y de la virgen, sino sobre cubrirse la cabeza. De cuya discrepancia no queriendo que hubiera ninguna, el Espíritu Santo, con el nombre único de mujer, quiso que se entendiera también a la virgen, a la cual, al no nombrarla propiamente, no la separó de la mujer, y al no separarla, la unió a aquella de la que no la separó. ¿Es nuevo ahora, pues, usar el vocabulario principal y que las demás cosas, sin embargo, se entiendan en ese vocabulario, donde no hay necesidad de distinguir individualmente la universalidad? Naturalmente, el compendio del discurso es grato y necesario: puesto que el discurso prolijo es oneroso y vano. Así también estamos contentos con los vocablos generales, que comprenden en sí el intelecto de los especiales. Por tanto, ya sobre el vocablo mismo. El vocablo natural es hembra, el general del vocablo natural es mujer. General también es el especial, virgen, o casada, o viuda, o cuántos nombres de edad se añadan. Sujeto, pues, es al general el especial, porque el general es anterior: y lo subsiguiente al antecesor, y lo proporcional a lo universal: y en él se entiende a lo que está sujeto, y en él se significa, porque en él está contenido. Así ni la mano, ni el pie, ni ninguno de los miembros desea ser significado, estando nombrado el cuerpo. Y si dijeras mundo, allí estará también el cielo, y lo que hay en él, el sol y la luna, y las estrellas, y los astros, y la tierra, y los mares, todo el censo de los elementos. Habrás dicho todas las cosas, cuando hayas dicho aquello que consta de todas. Así también, nombrando a la mujer, nombró todo lo que es de la mujer.
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CAPÍTULO V.
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Pero puesto que usurpan el nombre de mujer de tal manera que no piensan que corresponde, sino a aquella sola que ha conocido varón; debe ser probado por nosotros que la propiedad de ese vocablo pertenece al sexo mismo, no al grado del sexo, porque comúnmente también las vírgenes son consideradas así. Cuando este género del segundo hombre fue hecho por Dios en ayuda del hombre; aquella hembra fue llamada inmediatamente mujer, todavía feliz, todavía digna del paraíso, todavía virgen. Será llamada, dice, mujer. Tienes, pues, un nombre, no digo ya común a la virgen, sino propio, que desde el principio la virgen obtuvo. Pero ingeniosamente algunos quieren que se haya dicho sobre el futuro, Será llamada mujer, como si fuera la que sería esto, cuando hubiera renunciado a la virginidad: puesto que también añade: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne. Muestren, pues, primero dónde está esa sutileza, si sobre el futuro fue llamada mujer, ¿qué vocablo recibió mientras tanto? Pues no puede haber estado sin un vocablo de su cualidad presente. Por lo demás, ¿qué clase de cosa es que la que en el futuro sería llamada con un nombre designado, en el presente no fuera llamada con nada? A todos los animales Adán les puso nombres, y a ninguno por la condición futura, sino por la institución presente, a la cual cualquier condición sirviera, siendo llamada esto, lo que desde el principio quiso; ¿qué era, pues, lo que se llamaba entonces? Y sin embargo, cuantas veces se nombra en la Escritura, es llamada mujer, antes de ser casada, y nunca virgen cuando es virgen. Este nombre entonces fue uno para ella, y cuando nada se dijo de modo profético. Pues cuando la Escritura refiere que estaban desnudos los dos, Adán y su mujer, ni esto piensa sobre el futuro como si hubiera dicho su mujer en presagio de esposa, sino porque también la no casada es su mujer, como de la sustancia de él: Este, dice, hueso de mis huesos, y carne de mi carne, será llamada mujer. De aquí, pues, por tácita conciencia de la naturaleza, la divinidad misma de la psique lo llevó al uso del lenguaje, sin saberlo los hombres (así como otras muchas cosas, que podremos mostrar en otro lugar que suelen hacerse y decirse por la Escritura), que llamemos a nuestras mujeres esposas. Aunque también hablamos impropiamente algunas cosas; pues también los griegos, que usan más el vocablo de mujer en la esposa, tienen otros vocablos propios de la esposa. Pero prefiero atribuir este uso al testimonio de la Escritura. Pues donde dos se hacen una sola carne mediante el nexo del matrimonio, carne de carne, y hueso de huesos, es llamada según el origen su mujer, de cuya sustancia comienza a ser considerada hecha esposa. Así, mujer no es por naturaleza nombre de esposa, sino esposa es por condición nombre de mujer. Finalmente, mujer puede decirse y no esposa, pero no mujer, esposa no puede decirse, porque ni serlo. Constituido, pues, el nombre de la nueva hembra, que es mujer, y explicado lo que fue antes, es decir, el nombre asignado, se convierte ya a la razón profética, para decir: Por esta dejará el hombre a su padre y a su madre. Tan separado está el nombre de la profecía, cuanto también de la persona misma, que no dijo ciertamente sobre la misma Eva, sino sobre aquellas hembras futuras, a las que nombró en la matriz del género femenino. De otro modo, no iba Adán a dejar a su padre y a su madre, a quienes no tenía, por Eva. Por tanto, no pertenece a Eva, porque tampoco a Adán, lo que se dijo proféticamente. Pues se predijo sobre la condición de los maridos, que por causa de la mujer iban a dejar a sus padres: lo cual no pudo caer en Eva, porque tampoco en Adán. Si la cosa es así, aparece que no por el futuro fue llamada mujer, a la cual el futuro no pertenecía. A ello se añade que él mismo dio la razón de ese nombre. Pues cuando había dicho: será llamada mujer, añadió: porque de su varón fue tomada, y él todavía virgen. Pero diremos también sobre el nombre de varón en su lugar. Nadie, pues, interprete el nombre hacia la profecía, que fue deducido de otra significación: especialmente cuando aparece, donde recibió el nombre sobre el futuro, allí ciertamente, donde es llamada Eva, con vocablo ya personal, porque el natural había precedido. Pues si Eva es madre de los vivientes, he aquí que es llamada por el futuro, he aquí que es anunciada esposa y no virgen. Este será el vocablo de la que va a casarse: pues de la casada viene la madre. Así aquí también se muestra que no sobre el futuro fue llamada entonces mujer, la que después iba a recibir el nombre de su condición futura. La respuesta es suficiente para esta parte.
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CAPÍTULO VI.
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Veamos ahora si también el Apóstol observa la forma de ese vocablo según el Génesis, atribuyéndolo al sexo, llamando así mujer a la virgen María, del mismo modo que el Génesis a Eva. Pues escribiendo a los Gálatas: Envió, dice, Dios a su Hijo hecho de mujer; la cual ciertamente consta que fue virgen, aunque Hebión resista. Reconozco también al ángel Gabriel enviado a la virgen; pero cuando la bendice, la cuenta entre las mujeres, no entre las vírgenes: Bendita tú entre las mujeres. Sabía también el Ángel que mujer se dice también a la virgen. Pero también a estas dos cosas parece que alguien se respondió ingeniosamente: puesto que ciertamente María está desposada, por eso tanto por el Ángel como por el Apóstol fue pronunciada mujer: pues desposada es en cierto modo casada: sin embargo, entre en cierto modo y verdadero, hay bastante diferencia al menos en el lugar: pues en otro lugar así ciertamente debe tenerse. Ahora, en verdad, no pronunciaron a María mujer como si ya fuera casada, sino como hembra, aunque no fuera esposa, como si esto se hubiera dicho desde el principio. Pues aquello debe prejuzgar, de donde desciende la forma. Por lo demás, en lo que pertenece a este capítulo, si aquí se iguala a la desposada, para que por eso María haya sido llamada mujer, no como hembra, sino como casada; ya entonces Cristo no nació de virgen, porque de desposada, que dejó de ser virgen con este nombre. Pero si nació de virgen, aunque de desposada, sin embargo íntegra, reconoce que mujer se dice también a la virgen, también a la íntegra. Aquí ciertamente nada puede parecer dicho proféticamente, como si el Apóstol hubiera nombrado a la futura mujer, es decir, casada, al decir, hecho de mujer. Pues no podía nombrar a la mujer posterior, de la cual Cristo no había de nacer, es decir, la que ha conocido varón: sino aquella que estaba presente, que era virgen, y era llamada mujer por la propiedad de este vocablo, según la forma del principio, defendida para la virgen, y así para todo el género de las mujeres.
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CAPÍTULO VII.
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Pasemos ahora a revisar las razones mismas por las que el Apóstol enseña que la hembra debe velarse, si las mismas competen también a las vírgenes: para que de esto también conste la comunión del vocablo entre las vírgenes y las no vírgenes, mientras las mismas causas del velo se descubren en ambas partes. Si la cabeza de la mujer es el varón, ciertamente también lo es de la virgen, de la cual es aquella mujer que se casó: a menos que la virgen sea un tercer género monstruoso de su propia cabeza. Si a la mujer le es vergonzoso raparse o cortarse el cabello, ciertamente también a la virgen. Por consiguiente, que vea el siglo emulador de Dios si así miente el cabello cortado para adorno de la virgen, del mismo modo que se permite al niño. Por tanto, a quien igualmente no conviene raparse o cortarse, igualmente conviene cubrirse. Si la mujer es gloria del varón, ¡cuánto más la virgen, que también es gloria para sí misma! Si la mujer es del varón y por el varón, aquella costilla de Adán fue primero virgen. Si la mujer debe tener potestad sobre su cabeza, con mayor justicia la virgen, a quien pertenece lo que está en causa. Pues si es por los ángeles, a saber, los que leemos que cayeron de Dios y del cielo por la concupiscencia de las hembras; ¿quién puede presumir que tales ángeles, cuerpos ya manchados y reliquias de la libido humana, hayan deseado, de modo que no se hayan encendido más bien hacia las vírgenes, cuya flor incluso excusa la libido humana? Pues también la Escritura sugiere así: Y sucedió, dice, cuando los hombres comenzaron a ser muchos sobre la tierra, y les nacieron hijas; viendo los hijos de Dios a las hijas de los hombres, que eran hermosas, tomaron para sí mujeres de todas las que eligieron. Pues aquí el nombre griego de mujeres sabe a esposas, porque hay mención de nupcias. Cuando, pues, dice hijas de los hombres, manifiesta que presagia vírgenes, que todavía se contaban entre los padres. Pues las casadas se llaman de los maridos, cuando pudo haber dicho mujeres de los hombres, no nombrando igualmente adúlteros a los ángeles, sino maridos, mientras toman a las hijas de los hombres no casadas, las cuales dijo arriba que habían nacido, así también significó vírgenes nacidas arriba. Pero aquí, a los ángeles casadas, no sé qué otras nacidas, y después casadas. Debe, pues, ser ensombrecido un rostro tan peligroso, que lanzó escándalos hasta el cielo, para que, asistiendo ante Dios, ante quien es rea de los ángeles exterminados, se avergüence también ante los demás ángeles, y reprima aquella mala libertad de su cabeza, que ya ni siquiera debe ofrecerse a los ojos de los hombres. Pero también si aquellos ángeles hubieran deseado a las hembras ya contaminadas, tanto más por los ángeles debieron haberse velado, cuanto más por las vírgenes los ángeles pudieron haber delinquido. Si, además, el Apóstol añade el prejuicio de la naturaleza, que el honor de la mujer es la redundancia de los cabellos, porque la cabellera es como un cubrimiento; ciertamente este es el distintivo máximo de la virgen, cuyo adorno mismo es propiamente así, que, acumulado en el vértice, cubre la cima misma de la cabeza con el ámbito de los cabellos.
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CAPÍTULO VIII.
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Ciertamente, los contrarios de todas estas cosas hacen que el varón no se cubra la cabeza: a saber, porque no ha conseguido naturalmente la ambición de los cabellos, porque no le es vergonzoso raparse o cortarse, porque no por él se extraviaron los ángeles, porque es gloria e imagen de Dios, porque su cabeza es Cristo. Por tanto, cuando el Apóstol trata sobre el varón y la mujer, por qué aquella debe velarse y este, en cambio, no, aparece por qué también hizo silencio sobre la virgen: dejando entender, ciertamente, a la virgen en la mujer por la misma razón por la que tampoco nombró al niño como para ser contado en el varón, abarcando todo el orden de ambos sexos con vocablos propios, de mujer y de varón. Así Adán, incluso todavía íntegro, es llamado varón en el Génesis: Será llamada, dice, mujer, porque de su varón fue tomada. Así el varón Adán antes del encuentro de las nupcias, del mismo modo que Eva mujer. Por ambas partes el Apóstol pronunció suficientemente sobre la especie universal de cada sexo, y breve y plenamente, con una definición tan instruida. Toda, dice, mujer. ¿Qué es toda, sino de todo género, de todo orden? de toda condición, de toda dignidad, de toda edad. Puesto que todo es el conjunto, e íntegro, y no defectuoso en ninguna de sus partes. Parte, pues, de la mujer es también la virgen. Igualmente también sobre el varón no velándose: Todo, dice. He aquí dos nombres diversos, varón y mujer, todo cada uno. Dos leyes obnoxias mutuamente, de aquí velarse, de allí desnudarse. Por tanto, si por el hecho de que se haya dicho todo varón, es común el nombre de varón, incluso del que todavía no es varón, del masculino impúber: siendo común, sin embargo, el nombre según la naturaleza, es común también la ley de no velarse de aquel que entre los varones es virgen según la disciplina: ¿por qué no se ha prejuzgado igualmente que también la mujer virgen toda, nombrada mujer, esté contenida en el consorcio del nombre, para que esté contenida también en la comunión de la ley? Si para el varón no es mujer, tampoco el impúber es varón. Si no se cubre la virgen, porque no sea mujer, que se cubra el impúber, porque no sea varón. Que sea igual la venia de la misma virginidad. Así como las vírgenes no son obligadas a velarse, así los niños no sean ordenados a revelarse. ¿Por qué reconocemos en parte la definición del Apóstol absoluta sobre todo varón, y no retractamos por qué no nombró también al niño: en parte, en cambio, prevaricamos, siendo igualmente absoluta sobre toda mujer? Si alguien, dice, es contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni la Iglesia de Dios. Muestra que hubo alguna contención sobre esa especie, para cuya extinción usó todo el compendio: ni nombrando a la virgen, para mostrar que no se debe dudar sobre velarse, y nombrando a toda mujer, cuando había nombrado a la virgen. Así también los mismos corintios lo entendieron. Hoy, finalmente, los corintios velan a sus vírgenes; lo que enseñaron los Apóstoles, quienes aprendieron, aprobándolo.
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CAPÍTULO IX.
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Veamos ahora si, así como mostramos que los argumentos de la naturaleza y de la causa competen también a la virgen, así también los preceptos de la disciplina eclesiástica sobre la mujer miran a la virgen. No se permite a la mujer hablar en la iglesia, pero tampoco enseñar, ni bautizar, ni ofrecer, ni reivindicar la suerte de ningún munus varonil, mucho menos del oficio sacerdotal. Busquemos si algo de esto le es lícito a la virgen. Si a la virgen no le es lícito, sino que en todas las cosas está sujeta a la misma condición, y la necesidad de humildad se considera con la mujer, ¿de dónde le será lícito a ella esto único, que no le es lícito a toda hembra? ¿Qué prerrogativa merece contra su condición, si alguna es virgen y se propuso santificar su carne? ¿Por eso se le hace la venia del velo, para que entre en la iglesia notable e insigne, para que muestre el honor de la santidad en la libertad de la cabeza? Pudo ser honrada más dignamente con alguna prerrogativa varonil o de grado, o de oficio. Claramente sé que en algún lugar se colocó a una virgen en el viudato desde años no todavía veinte. A la cual, si el obispo le debía algún refrigerio, de otro modo ciertamente, salvo el respeto de la disciplina, podría haberlo prestado, para que tal milagro ahora, por no decir monstruo, no fuera denotado en la Iglesia: virgen viuda, esto ciertamente más portentoso, porque ni como viuda cubrió su cabeza: negándose a sí misma ambas cosas, y virgen, que sea contada como viuda, y viuda, que sea llamada virgen. Pero con esa autoridad se sienta allí sin cubrirse, con la que también la virgen. A cuya sede, además de los sesenta años, no solo univiras, es decir, casadas, a veces son elegidas, sino también madres, y ciertamente educadoras de hijos, a saber, para que, construidas por las experiencias de todos los afectos, conozcan fácilmente ayudar a las demás tanto con consejo como con consuelo, y para que, sin embargo, hayan recorrido aquellas cosas por las que la hembra puede ser probada. Así, nada le es permitido a la virgen para honor desde el lugar.
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CAPÍTULO X.
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Así tampoco sobre algunos insignias. Por lo demás, bastante inhumano, si las hembras, ciertamente subditas en todo a los varones, prefieren la nota honorífica de su virginidad, por la cual son sospechadas y circunspeccionadas y magnificadas por los hermanos, mientras que los varones, tantos vírgenes, tantos eunucos voluntarios, caminen con su ciego bien, no llevando nada que también a ellos los hiciera ilustres. Deberán también ellos mismos defenderse algunas insignias, o las plumas de los garamantes, o los stropulos de los bárbaros, o las cigarras de los atenienses, o los cirros de los germanos, o los estigmas de los britones: o, por el contrario, que se haga, que se escondan en la iglesia cubiertos de la cabeza. Estamos seguros de que el Espíritu Santo pudo haber suscrito tal cosa más a los masculinos, si hubiera suscrito a las hembras, puesto que, además de la autoridad del sexo, también por nombre de la misma continencia se debería haber honrado más a los masculinos; de los cuales, cuanto más ávido y cálido es el sexo hacia las hembras, tanto más laboriosa es la continencia de mayor ardor, y por tanto más digna de toda ostentación: si la ostentación es dignidad de la virginidad. ¿Pues no es que también la continencia aventaja a la virginidad, ya sea de los viudos, o de los que por consenso ya rechazaron la contumelia común? Pues la virginidad consta por gracia, la continencia, en cambio, por virtud. No concupiscer, a lo cual te has habituado concupisciendo, es un gran certamen. Pero de cuyo concupiscer hayas ignorado el fruto, fácilmente no concupiscerás, no teniendo adversario, la concupiscencia del fruto. ¿Cómo, pues, Dios no habría suscrito más a los varones algo tal en honor, o porque es más familiar, a saber, a su imagen, o porque trabaja más? Pero si nada al masculino, mucho más a la hembra.
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CAPÍTULO XI.
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Lo que omitimos más arriba, por parte de la discusión subsiguiente, para no dispersar su coherencia, lo resolveremos ahora con una respuesta. Pues donde fijamos nuestra posición sobre la definición absoluta del Apóstol, de que debe entenderse a toda mujer, incluso de toda edad, se nos objetaba desde el otro lado: "Entonces, desde el nacimiento y desde el primer nombre de la edad, la virgen debe cubrirse". No es así, sino desde el momento en que comienza a entenderse a sí misma, y a entrar en el censo de su naturaleza, y a salir de la condición de virgen, y a experimentar eso nuevo que pertenece a otra edad. Pues también los príncipes del género humano, Adán y Eva, mientras carecían de intelecto, vivían desnudos. Pero cuando probaron del árbol del conocimiento, no sintieron nada primero que vergüenza. Por tanto, cada uno marcó el intelecto de su propio sexo con una cobertura. Pero incluso si debe ser velada a causa de los ángeles, sin duda la ley del velo operará desde la edad en que las hijas de los hombres pudieron atraer la concupiscencia hacia sí y experimentar el matrimonio. Pues desde ese momento deja de ser virgen, desde el cual puede no serlo. Y por eso, entre Israel, es ilícito entregarla a un hombre sino después de la madurez atestiguada por la sangre: así, antes de este indicador, es una cosa inmadura. Por tanto, si es virgen mientras es inmadura, deja de ser virgen cuando se reconoce madura, y como no virgen, se aplica ya a la ley, así como a las nupcias. Y las desposadas tienen el ejemplo de Rebeca, quien, al ser llevada hacia un esposo aún desconocido, al conocerlo al mismo tiempo como aquel a quien había vislumbrado desde lejos, no soportó el forcejeo de la mano derecha, ni el encuentro del beso, ni la comunicación del saludo, sino que, confesando lo que había sentido, es decir, que estaba casada en espíritu, negó ser virgen al velarse allí mismo. ¡Oh, mujer ya de la disciplina de Cristo! Pues muestra que también las nupcias se realizan por la mirada y el ánimo, al igual que el estupro. A menos que algunos todavía velen incluso a Rebeca. En cuanto a las demás, es decir, las que no están desposadas, que se ocupe la postergación de los padres, que desciende de las dificultades o de los escrúpulos, que se ocupe también el propio voto de continencia. Nada pertenece a la edad que recorre sus propios espacios y paga sus propias deudas a la madurez. Otra madre en lo oculto, la naturaleza, y otro padre en lo latente, el tiempo, han casado a su hija con sus propias leyes. Mira a esa virgen tuya ya casada, tanto en el alma por la expectativa como en el cuerpo por la transfiguración, a quien tú preparas un segundo marido. Ya la voz se ha vuelto más grave, y los miembros se han completado, y el pudor se viste por todas partes, y los meses pagan sus tributos: ¡y tú niegas que sea mujer, a quien dices que experimenta las cosas de mujer! Si la unión con un hombre hace a la mujer, que no se cubran sino después de la misma pasión de las nupcias. Pero, de hecho, incluso entre los paganos son llevadas veladas ante el marido. Si, sin embargo, se velan para el desposorio, porque han sido mezcladas con el varón tanto en cuerpo como en espíritu mediante el beso y las manos derechas, por las cuales primero renunciaron al pudor del espíritu, mediante la prenda común de la conciencia, con la cual pactaron toda la confusión, ¡cuánto más el tiempo las velará, sin el cual no pueden ser desposadas, y bajo cuya urgencia dejan de ser vírgenes sin necesidad de esponsales! Los paganos también observan el tiempo, para que, por la ley de la naturaleza, devuelvan sus derechos a las edades. Pues envían a las mujeres a los negocios desde los doce años, y al varón desde dos años más, decidiendo la pubertad por los años, no por los esponsales o las nupcias. Se llama madre de familia aunque sea virgen, y padre de familia aunque sea impúber. Por nosotros ni siquiera se observan las cosas naturales, como si el Dios de la naturaleza fuera otro que el nuestro.
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CAPÍTULO XII.
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Reconoce también a la mujer, reconoce también a la casada, por los testimonios tanto del cuerpo como del espíritu, que padece tanto en la conciencia como en la carne. Estas son las tablas anteriores de los esponsales y nupcias naturales. Pon el velo exteriormente, a quien tiene la cobertura interiormente. Que se cubran también las partes superiores, cuya parte inferior no está desnuda. ¿Quieres saber cuál es la autoridad de la edad? Propón a ambas, a la inmadura comprimida en el hábito de mujer, y a la que, habiendo progresado en madurez, perdure en la virginidad con su hábito; más fácilmente se negará que aquella es mujer, que se creerá que esta es virgen. Tan grande es la fe de la edad, que ni siquiera puede ser obstruida por el hábito. ¿Qué decir de que incluso estas nuestras confiesan la mutación de la edad también por el hábito, y al mismo tiempo que se entendieron mujeres, se educan fuera de las vírgenes, quitando desde la misma cabeza lo que fueron: cambian el cabello, y se insertan la cabellera con una aguja más lasciva, profesando una feminidad abierta con los cabellos divididos desde la frente. Ya también buscan el consejo de la forma en el espejo, y maceran el rostro más hosco con el lavado, quizás lo interpolan con algún cosmético, lanzan el manto exteriormente, ajustan el calzado multiforme, llevan más instrumentos a los baños. ¿Qué necesidad hay de perseguir cada cosa? Sin embargo, los solos adornos manifiestos llevan consigo toda la feminidad. Pero quieren ser vírgenes solo por la desnudez de la cabeza, negando con un solo hábito lo que profesan con todo el conjunto.
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CAPÍTULO XIII.
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Si abusan del hábito a causa de los hombres, que lo cumplan también en esto, para que también entre los paganos se velen la cabeza. Ciertamente, que escondan en la iglesia su virginidad, la cual ocultan fuera de la iglesia. Temen a los extraños, que reverencien también a los hermanos: o que se atrevan constantemente, y que se vean como vírgenes en las plazas tal como se atreven en las iglesias. Alabaré el vigor, si negociaran algo de virginidad también entre los paganos. La misma naturaleza fuera que dentro, la misma institución entre los hombres y ante el Señor consiste en la misma libertad. ¿Por qué, pues, ocultan su bien fuera, pero lo divulgan en la iglesia? Exijo la razón; ¿es para agradar a sus hermanos, o al mismo Dios? Si al mismo Dios: es tan capaz de ver lo que sucede en lo oculto, como justo para remunerar lo que se hace solo para él. Finalmente, ordena que no pregonemos nada de lo que merecerá recompensa ante él, ni que lo compensemos con los hombres. Pero si se nos prohíbe hacer cualquier operación de limosna, incluso de un solo victoriato, con la izquierda consciente, cuántas tinieblas debemos derramar cuando ofrecemos a Dios una ofrenda tan grande, la de nuestro propio cuerpo y nuestro propio espíritu, cuando consagramos esa misma naturaleza. Por tanto, lo que no puede verse que se hace por Dios, porque Dios no quiere que se haga así, se sigue que se hace por gracia de los hombres: ciertamente, primero ilícito, como libidinoso por la gloria. Pues la gloria es ilícita para aquellos cuya prueba consiste en toda humillación. Y si la virtud de la continencia es conferida por Dios; ¿Por qué te glorías como si no hubieras recibido? Pero si no recibiste, ¿qué tienes que no te haya sido dado? Por esto mismo, sin embargo, consta que no te ha sido dada por Dios, porque no la ofreces solo a Dios. Veamos, pues, lo que es humano, si es firme y verdadero.
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CAPÍTULO XIV.
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Refieren a veces lo dicho por una, cuando se intentó por primera vez esta cuestión: "¿Y cómo solicitaremos a las demás para una obra de este tipo?". Ciertamente nos harán felices si son más, y no la gracia de Dios o los méritos de cada una. ¿Las vírgenes adornan a la iglesia, o la iglesia adorna a las vírgenes para Dios, o las recomienda? Se ha confesado, pues, que la gloria está en la causa. Además, donde hay gloria, allí hay solicitud; donde hay solicitud, allí hay coacción; donde hay coacción, allí hay necesidad; donde hay necesidad, allí hay debilidad. Por tanto, merecidamente, mientras no se cubren la cabeza para ser solicitadas por causa de la gloria, se ven obligadas a cubrir sus vientres por la ruina de la debilidad. Pues la emulación las produce, no la religión: a veces incluso el propio vientre es su Dios, porque la fraternidad de la virgen lo acepta fácilmente. Y no solo caen, sino que arrastran consigo una larga cuerda de delitos. Pues, llevadas al medio, y exaltadas por su bien publicado, y colmadas por los hermanos con todo honor y operación de caridad, mientras no se ocultan donde se ha cometido algo, piensan tanto deshonor como honor tuvieron. Si la cabeza descubierta se atribuye a la virginidad, si alguna virgen ha caído de la gracia de la virginidad, para no ser descubierta, permanece con la cabeza descubierta: y entonces ya camina con un hábito ajeno, es decir, el que la virginidad reclama para sí: permanece no obstante en el hábito, o al menos entonces ajeno, para no ser descubierta por la mutación. Conscientes de una feminidad ya indudable, se atreven a acercarse a Dios con la cabeza desnuda. Pero Dios y Señor, que es celoso, quien dijo: "Nada hay oculto que no será revelado", lleva a muchas incluso a la vista. Pues no se confesarán, sino traicionadas por los vagidos de sus propios infantes. ¿Cuántas más, no tendrás también sospechosas de más crímenes? Diré, aunque no quiera, difícilmente se hace mujer una vez, la que no teme hacerse, y la que ya hecha puede mentir ser virgen ante Dios. ¡Cuántas cosas se atreverá a hacer también respecto a su útero, para que ni siquiera la madre sea descubierta! Sabe Dios que ya ha llevado a los infantes a ser perfeccionados y llevados al parto íntegros, combatidos durante algún tiempo por las madres. Muy fácilmente conciben siempre, y muy felizmente dan a luz tales vírgenes, y ciertamente muy parecidos a los padres. Esta es la virginidad forzada e involuntaria que admite tales flagelos. La misma concupiscencia de no ocultarse no es púdica, padece algo que no es de virgen, el afán de agradar, ciertamente también a los hombres. Por mucho que quieras que se esfuerce con buena mente, es necesario que se ponga en peligro por la publicación de sí misma, mientras es golpeada por ojos inciertos y múltiples, mientras es cosquilleada por los dedos de los que señalan, mientras es amada demasiado, mientras se calienta entre abrazos y besos asiduos. Así se endurece la frente, así se gasta el pudor, así se disuelve, así se aprende a desear agradar de otra manera.
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CAPÍTULO XV.
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Pero, en verdad, la virginidad verdadera, total y pura no teme nada más que a sí misma; ni siquiera quiere soportar los ojos de las mujeres; tiene otros ojos; se refugia en el velo de la cabeza, como en un yelmo, como en un escudo, que proteja su bien contra los golpes de las tentaciones, contra los dardos de los escándalos, contra las sospechas, y los susurros, y la emulación, incluso el mismo rencor. Pues hay algo también entre los paganos que temer, lo que llaman fascinación, el resultado más infeliz de la alabanza y de una gloria demasiado grande. Esto a veces lo interpretamos como del diablo: pues es suyo el odio al bien, a veces lo atribuimos a Dios: pues es suyo el juicio de la soberbia, que exalta a los humildes y deprime a los altivos. Temerá, pues, la virgen más santa, incluso en nombre de la fascinación, por un lado al adversario, por otro a Dios: el ingenio lívido de aquel, la luz censora de este: y se alegrará de ser conocida solo para sí misma y para Dios. Pero incluso si a alguien se le ha dado a conocer, es sabia si ha obstruido el paso a las tentaciones. Pues, ¿quién se atreverá a presionar con sus ojos un rostro cerrado, un rostro que no siente, un rostro, por así decirlo, triste? Cualquier mal pensamiento será quebrantado por la misma severidad. Ya se niega a sí misma incluso ser mujer, la que oculta a la virgen.
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CAPÍTULO XVI.
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En esto consiste la defensa de nuestra opinión según la Escritura, según la naturaleza, según la disciplina. La Escritura establece la ley, la naturaleza atestigua, la disciplina exige. ¿A quién de estos aprovecha la costumbre de la opinión, o cuál es el color de la sentencia diversa? De Dios es la Escritura, de Dios es la naturaleza, de Dios es la disciplina. Todo lo que es contrario a esto, no es de Dios. Si la Escritura es incierta, la naturaleza es manifiesta, y por su testimonio la Escritura no puede ser incierta. Si se duda de la naturaleza, la disciplina muestra qué es lo más ratificado por Dios. Nada le es más querido que la humildad, nada más aceptable que la modestia, nada más odioso que la gloria y el afán de agradar a los hombres. Que sea, pues, para ti tanto la Escritura, como la naturaleza, y la disciplina, lo que hayas encontrado ratificado por Dios, tal como se te ordena examinar todas las cosas y seguir todo lo mejor. Resta también que nos convirtamos a ellas mismas, para que acepten esto más voluntariamente. Te ruego, ya seas madre, o hermana, o hija virgen, según los nombres de los años diría, vela tu cabeza: si madre, por los hijos: si hermana, por los hermanos: si hija, por los padres; todas las edades están en peligro en ti. Vístete con la armadura del pudor, rodea el vallado de la vergüenza, construye un muro para tu sexo, que ni deje salir tus ojos, ni admita los ajenos. Cumple el hábito de mujer, para que conserves el estado de virgen. Miente algo de estas cosas que están dentro, para que solo a Dios exhibas la verdad, aunque no mientes ser casada; pues te has casado con Cristo: a él entregaste tu carne, a él desposaste tu madurez. Camina según la voluntad de tu esposo. Cristo es quien ordena que tanto las esposas ajenas como las casadas sean veladas, ciertamente mucho más las suyas.
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CAPÍTULO XVII.
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Pero también os amonestamos a vosotras, mujeres que habéis caído en nupcias, de otra pudicia, para que no os deshagáis de la disciplina del velo, ni siquiera en un momento de hora, de modo que, porque no podéis rechazarla, la destruyáis de otra manera, no estando ni veladas ni desnudas, encendiendo. Pues algunas no velan la cabeza con mitras y lanas, sino que la atan, protegidas por la frente, pero donde propiamente está la cabeza, están desnudas. Otras, moderadamente con lienzos, creo, para no presionar la cabeza, ni bajados hasta las orejas, se cubren hasta el cerebro. Me compadezco, si tienen el oído tan débil que no pueden oír a través de la cobertura. Que sepan que la mujer es toda la cabeza. Sus límites y fines se extienden hasta donde comienza el vestido; cuanto pueden ocupar los cabellos sueltos, tanta es la región del velo, de modo que también se rodeen las cervices. Pues ellas mismas son las que deben estar sujetas, por las cuales debe haber potestad sobre la cabeza: el velo es su yugo. Os juzgarán las mujeres paganas de Arabia, que no solo la cabeza, sino también el rostro lo cubren tan totalmente, que, liberado un solo ojo, se contentan con disfrutar de la mitad de la luz, antes que prostituir todo el rostro, a quienes por eso una reina romana dice que son las más infelices, porque pueden amar más que ser amadas, cuando son felices incluso por la inmunidad de la infelicidad ajena, y ciertamente más frecuente, porque las mujeres pueden ser amadas más fácilmente que amar. Y la modestia de la disciplina pagana es más pura, y, por así decirlo, más bárbara. A nosotros el Señor, incluso mediante revelaciones, nos ha medido los espacios del velo. Pues a cierta hermana nuestra, un ángel en sueños, como si acariciara sus cervices golpeándolas: "Elegantes", dijo, "cervices, y merecidamente desnudas; es bueno que te veles desde la cabeza hasta los lomos, para que no te aproveche esa libertad de las cervices". Y ciertamente lo que dijeras a una, lo habrías dicho a todas. ¡Cuánta castigación merecerán también aquellas que, entre los salmos, o en cualquier mención de Dios, perseveran descubiertas! ¿Merecidamente también aquellas que en la misma oración colocan muy fácilmente una franja, o un vello, o cualquier hilo sobre el cerebro, y se opinan estar veladas, miden tanto su cabeza? Otras, para quienes es claramente mayor la palma que toda franja e hilo, no menos abusan de su cabeza, como cierta bestia más que ave, aunque emplumada, de cabeza breve, cerviz prolongada, el resto de paso alto. Dicen que esta, cuando tiene que esconderse, esconde solo la cabeza, claramente toda, en lo espeso, dejando el resto de sí al descubierto. Así, mientras está segura en la cabeza, desnuda donde es mayor, es capturada toda con la cabeza. Tales serán también estas, menos veladas de lo que es útil. Es necesario, pues, caminar en todo tiempo y todo lugar recordando la ley, preparadas e instruidas para toda mención de Dios: quien si estuviere en el pecho, será reconocido también en la cabeza de las mujeres. Que estas cosas, con buena paz para los que leen, anteponiendo la verdad a la costumbre, la paz y la gracia redunden de nuestro Señor Jesús, con Septimio Tertuliano, de quien es este opúsculo.

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