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TertullianScor 1 · spanish-geminiMore by Tertullian
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Original / primary: Spanish Gemini
1
Un gran mal surge de un pequeño escorpión terrestre. Tantos venenos como géneros, tantas pernicies como especies, tantos dolores como colores. Nicandro los describe y los retrata. Y, sin embargo, el único gesto de violencia de todos ellos proviene de la cola, no de la boca; esa cola será cualquier cosa que se prolongue desde la parte posterior del cuerpo y golpee. Así son los escorpiones: esa serie de nudos, con su veneno interior, una sutil venilla que se alza con un ímpetu arqueado, tensa su aguijón curvo en la cima, a modo de instrumento de tortura. De ahí que llamen escorpión a la máquina de guerra que, al retraerse, tensa los proyectiles. Ese aguijón es también una fístula de tenue abertura que vierte el virus con el que hiere dentro de la herida. El verano es el tiempo habitual del peligro; con el Austro y el Áfrico, su crueldad despliega sus velas. En cuanto a los remedios, los naturales son los más eficaces; algo también logra la magia con sus amuletos; la medicina acude con el hierro y la poción. Pues algunos beben preventivamente con premura; pero el coito los agota y vuelven a sentir sed. Para nosotros, la fe es la protección, si es que ella misma no es golpeada por la desconfianza de signarse al instante, de conjurar y de lanzar el talón contra la bestia. De este modo, en fin, a menudo hemos socorrido incluso a los paganos, dotados por Dios con esa potestad que el apóstol consagró cuando despreció la mordedura de la víbora.¿ Qué promete, pues, este estilo, si la fe está a salvo por sí misma? Que también esté a salvo por sí misma en otras ocasiones, cuando sufre sus propios escorpiones. Una amarga mediocridad, tanto para ellos como para nosotros, un género variado, armados de un solo modo y preparados en un tiempo determinado, y no por otra cosa que por el ardor. Esto, entre los cristianos, es la persecución. Cuando, por tanto, la fe se inflama y la iglesia arde según la figura de la zarza, entonces irrumpen los gnósticos, entonces se deslizan los valentinianos, entonces todos los que se oponen al martirio brotan calientes, ellos también, para ofender, herir, matar. Pues, sabiendo que muchos son simples y rudos, entonces débiles, y que la mayoría, en verdad, son cristianos al viento y si place, saben que nunca deben ser abordados más que cuando el miedo ha relajado el acceso del alma, especialmente cuando alguna atrocidad ya ha coronado la fe de los mártires. Así, arrastrando primero la cola desde los afectos, se acercan o flagelan como en el vacío:¿ es posible que hombres inocentes sufran esto? Para que pienses que es un hermano o un pagano de los mejores.¿ Es posible que se trate así a una secta que no molesta a nadie? Después, presionan: que los hombres perecen sin causa. Pues perecer, y sin causa, es la primera herida. Desde ahí, ya golpean: pero las almas simples no saben qué y cómo está escrito, dónde y cuándo y ante quién se debe confesar, salvo que esa simplicidad no es tal, sino vanidad, más aún, demencia, morir por Dios como quien me ha de salvar.¿ Así matará aquel que deberá salvar? Cristo murió una vez por nosotros, una vez fue asesinado para que no fuéramos asesinados. Si repite el turno,¿ acaso él también espera la salvación de mi muerte?¿ O es que Dios reclama la sangre de los hombres, sobre todo si rechaza la de toros y machos cabríos? Ciertamente, prefiere el arrepentimiento del pecador antes que su muerte.¿ Y cómo no desea la muerte de los pecadores? Estas y otras invenciones de los venenos heréticos,¿ a quién no clavarían, si no en la duda, al menos en el tormento, si no en la ruina, al menos en la bilis, si no en la muerte? Pero tú, si la fe vela, allí mismo, en lugar de la suela, lanza el anatema al escorpión y déjalo morir en su propio pus. Por lo demás, si ha saciado la herida, el virus se introduce y se apresura hacia las vísceras; al instante, todos los sentidos anteriores se entumecen, la sangre del alma se hiela, la carne del espíritu se marchita, la náusea del nombre se vuelve agria. Ya la misma mente busca dónde vomitar, y así la debilidad, una vez que ha sido golpeada, exhala la fe herida, ya sea hacia la herejía o hacia el siglo. Y ahora, en la presencia de las cosas, hay un ardor medio, la misma canícula de la persecución, proveniente, por cierto, del mismo cinocéfalo. A unos, el fuego; a otros, la espada; a otros, las bestias han probado como cristianos; otros, entre varas y garfios, habiendo degustado además el martirio, pasan hambre en la cárcel. Nosotros mismos, como liebres, presa destinada, somos sitiados desde lejos, y los herejes se abalanzan según su costumbre. Por tanto, el tiempo ha aconsejado templar con el estilo una triaca propia contra nuestras bestezuelas. Quien lea, beberá. Y no es una poción inútil. Si los dichos del Señor son dulces sobre la miel y los panales, de ahí provienen los pigmentos. Si la promesa de Dios mana leche y miel, esto es lo que saben los que se dirigen hacia allí.¡ Ay, sin embargo, de los que convierten lo dulce en amargo y la luz en tinieblas! Pues, de igual modo, los que se oponen a los martirios, interpretando la salvación como perdición, transforman lo dulce en amargo y la luz en tinieblas, y así, anteponiendo esta vida miserable a aquella beatísima, sustituyen lo amargo por lo dulce y las tinieblas por la luz.
2
Pero no debemos tratar aún del mártir bueno, sino primero del debido, ni antes de su utilidad que de su necesidad. La autoridad divina precede, si Dios ha querido y mandado tal cosa, para que quienes niegan el bien no sean persuadidas de lo conveniente, sino cuando hayan sido sometidas. Es digno que los herejes sean obligados al deber, no atraídos. La dureza debe ser vencida, no persuadida. Y, sin duda, se considerará como lo más óptimo aquello que se pruebe que ha sido constituido y mandado por Dios. Que soporten los evangelios un poco, mientras extraigo su raíz, la ley, mientras deduzco de allí la voluntad de Dios, de donde reconozco al mismo: Yo soy, dice, el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto. No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás imagen de lo que está en el cielo, ni en la tierra abajo, ni en el agua debajo de la tierra. No los adorarás ni les servirás. Pues yo soy el Señor tu Dios. Asimismo, en el mismo Éxodo: Vosotros mismos habéis visto que os he hablado desde el cielo. No os haréis dioses de plata, ni os haréis dioses de oro. Según esto, también en el Deuteronomio: Escucha, Israel, el Señor tu Dios es uno, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu alma. Y de nuevo: No olvides al Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. Temerás al Señor tu Dios, y a él solo servirás, y a él te adherirás, y en su nombre jurarás. No iréis tras dioses ajenos de los dioses de las naciones que os rodean, porque el Señor tu Dios es celoso en ti, no sea que, airado, se indigne y te extermine de la faz de la tierra. Pero también, proponiendo bendiciones y maldiciones: Bendiciones, dice, si escuchareis los preceptos del Señor vuestro Dios, cualesquiera que yo os mando hoy, y no os apartareis del camino que os mandé, para ir a servir a otros dioses que no conocéis. Sobre los cuales, debiendo ser extirpados de todas formas: Con perdición, dice, destruiréis todos los lugares en los que las naciones sirvieron a sus dioses, los cuales vosotros poseeréis en herencia, sobre los montes y colinas y bajo los árboles densos, y derribaréis sus altares, los volcaréis y trituraréis sus estatuas, y cortaréis sus bosques, y quemaréis al fuego las esculturas de sus mismos dioses, y destruiréis el nombre de ellos de aquel lugar. Aún más, insiste, cuando hubieran entrado en la tierra de la promesa y exterminado a sus naciones: Guárdate de seguirlas después de que hayan sido exterminadas de tu presencia, no sea que busques sus dioses diciendo:¿ de qué manera hacen las naciones a sus dioses, para que yo haga lo mismo? Pero también, si el mismo profeta, dice, se levantare en ti o soñare un sueño y te diere una señal o prodigio y viniere y dijere: vamos y sirvamos a otros dioses que no conocéis, no escuchéis la palabra de aquel profeta o soñador, porque el Señor vuestro Dios os tienta, para ver si teméis a Dios con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. Iréis tras el Señor vuestro Dios y a él temeréis, y guardaréis sus preceptos, y escucharéis su voz, y a él serviréis, y a él os adheriréis. El profeta, sin embargo, o aquel soñador morirá; pues ha hablado para seducirte apartándote del Señor tu Dios. Pero también bajo otro título: Si te rogare tu hermano de padre o madre, o tu hijo o tu hija, o la mujer que está en tu seno, o el amigo que es igual a tu alma, diciendo en secreto: vamos y sirvamos a otros dioses que no conoces, ni tus padres, de los dioses de las naciones que están cerca de ti o lejos, no quieras ir con él, ni le escuches. Tu ojo no se apiadará de él, ni le desearás, ni le salvarás; anunciando, anunciarás sobre él. Tus manos estarán sobre él en primer lugar para matarlo, y las manos de tu pueblo en los últimos, y lo apedrearéis, y morirá, puesto que buscó apartarte del Señor tu Dios. Añade también sobre las ciudades, si alguna de ellas hubiera decidido, por persuasión de hombres inicuos, pasar a otros dioses, que todos los que la habitan sean muertos, y que todas sus cosas sean anatema, y que todos sus despojos sean recogidos en todas sus salidas y quemados al fuego con todos sus utensilios y con todo su pueblo a la vista del Señor Dios, y no será habitable, dice, para siempre, no será reedificada más, ni se adherirá nada a tus manos de su anatema, para que el Señor se aparte de la indignación de su ira. También confió el orden de las maldiciones a la execración de los ídolos: Maldito el hombre que hiciere escultura o fundición, abominación, obra de las manos del artífice, y la colocare en lo escondido. En el Levítico, en verdad: No sigáis, dice, a los ídolos, y no os haréis dioses fundidos. Yo soy el Señor vuestro Dios. Y en otro lugar: Los hijos de Israel son mis siervos, mis muchachos. Estos son los que saqué de la tierra de Egipto. Yo soy el Señor vuestro Dios. No os haréis hechos por mano, ni estableceréis para vosotros escultura o estatua. Ni pondréis piedra de señal en vuestra tierra. Yo soy el Señor vuestro Dios. Y estas cosas, ciertamente, fueron dichas primero por Moisés, perteneciendo sin duda a todos aquellos a quienes el Señor Dios de Israel sacó de igual modo de Egipto, de un siglo supersticiosísimo, y de la casa de la servidumbre humana. Pero también, de ahí en adelante, toda la boca de los profetas suena con las voces del mismo Dios la misma ley suya, acumulándola con la restauración de los mismos preceptos, y no denunciando otra cosa primero y tan principalmente como guardarse de toda hechura y culto de los ídolos; como por David: Los dioses de las naciones son plata y oro, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen narices y no huelen, boca y no hablan, manos y no tocan, pies y no caminan. Serán semejantes a ellos los que los hacen y los que confían en ellos.
3
Y no creo que deba discutirse si Dios prohíbe dignamente que su nombre y su honor sean entregados a la mentira, si no quiere dignamente que aquellos a quienes arrancó del error de la superstición regresen de nuevo a Egipto, o si no permite dignamente que se aparten de él aquellos a quienes eligió para sí. Así, tampoco se esperará que sea retractado por nosotros si quiso que se observara la disciplina que quiso instituir y si castiga merecidamente la que quiso que fuera observada, cuando en vano la habría instituido si no hubiera querido que se observara, y en vano habría querido que se observara si no hubiera querido castigarla. Pues sigue que pruebe estas definiciones de Dios contra las supersticiones, tanto vencidas como también castigadas, puesto que de ellas consistirá toda la razón de los martirios. Moisés estaba ausente de Dios en el monte, cuando el pueblo, impaciente por su tan necesaria ausencia, busca producirse dioses para sí, por lo cual él mismo se perdió. Aarón es presionado y ordena que los pendientes de sus mujeres sean arrojados al fuego. Pues iban a perder, en juicio contra sí mismos, los verdaderos ornamentos de sus oídos: las voces de Dios. El fuego sabio funde la efigie del becerro, reprochándoles tener allí el corazón donde también tenían el tesoro, en Egipto, por supuesto, entre los otros animales, consagrador también de cierto buey. Así, tres mil hombres muertos por sus parientes más cercanos, porque habían ofendido a Dios, pariente tan cercano, dedicaron tanto los principios como los méritos de la transgresión. En los Números, cuando Israel se había desviado en Setim, se van a fornicar con las hijas de Moab, son invitados a los ídolos para que también fornicaran en espíritu, comen finalmente de sus cosas contaminadas, después también adoran a los dioses de la gente y son iniciados en Bel- Fegor. Por esta idolatría, hermana de la fornicación, veintitrés mil, muertos por espadas domésticas, ofrecieron sacrificio a la ira divina. Muerto Josué, hijo de Nun, abandonan al Dios de sus padres y sirven a los ídolos de los Baales y de las Astartés, y el Señor, airado, los entregó en manos de los que los saqueaban, y eran saqueados por ellos y vendidos a sus enemigos, y no podían en absoluto subsistir ante la faz de sus enemigos. Dondequiera que habían avanzado, la mano estaba sobre ellos para el mal, y fueron oprimidos fuertemente. Después de lo cual, Dios instituyó sobre ellos a los Jueces, a quienes entendemos como Censores. Pero ni siquiera a estos perseveraron en obedecer. Tan pronto como uno de los jueces moría, ellos se dedicaban a delinquir más que sus padres, yéndose tras los dioses de otros y sirviéndoles y adorándoles. Por tanto, el Señor, airado, puesto que, dice, esta gente ha transgredido mi pacto, que dispuse para sus padres, y no escucharon mi voz, y yo no me volveré para quitar al hombre de su faz de entre las naciones que dejó Josué al morir. Y así, a través de casi todos los anales de los jueces y después de los reyes, Israel pagó la ira de Dios con la guerra, el cautiverio y el yugo de los extranjeros, reservadas las fuerzas de las naciones circundantes, cuantas veces se desviaron de él, mayormente hacia la idolatría.
4
Si, por tanto, consta desde el principio que esta ha sido prohibida por tantos y tan grandes preceptos y nunca cometida impunemente por tantos y tan grandes documentos, y que ningún crimen tan soberbio es considerado ante Dios como una transgresión de este tipo, debemos entender voluntariamente que la intención de las denuncias y ejecuciones divinas ya entonces patrocinaba los martirios, no solo no debiendo ser dudados, sino incluso debiendo ser soportados, a los cuales, ciertamente, había hecho lugar prohibiendo la idolatría. Pues de otro modo los martirios no ocurrirían. Y, sin duda, había preestablecido su autoridad queriendo que ocurrieran aquellos a los que había hecho lugar. Pues ahora somos aguijoneados sobre la voluntad de Dios, y el escorpión redobla la herida, negando esta voluntad, acusándola, para que o bien insinúe otro dios, cuya voluntad no sea esta, o destruya el nuestro, cuya voluntad sea tal, o niegue totalmente la voluntad de Dios, si no puede negarlo a él mismo. Nosotros, sin embargo, luchando en otro lugar sobre Dios y sobre el resto del cuerpo de cada doctrina herética, ahora trazamos líneas seguras hacia una sola especie de combate, defendiendo la voluntad de aquel que no es otro dios que el de Israel, la cual hizo lugar a los martirios, tanto por los preceptos de la idolatría siempre prohibida como por los juicios de la castigada. Pues si, observando el precepto, sufro violencia, esto será de algún modo el precepto de observar el precepto, para que sufra aquello por lo cual podré observar el precepto, es decir, la violencia, cualquiera que sea la que me amenaza, debiendo ser evitada por la idolatría. Y, sin duda, quien impone el precepto, extorsiona la obediencia. No pudo, por tanto, no haber querido que ocurrieran aquellas cosas por las cuales constará la obediencia. Se me prescribe que no diga que hay otro dios, que no finja a Dios ni siquiera diciéndolo, no menos con la lengua que con la mano, ni adore a otro, ni de qué modo venga fuera de aquel único que así lo manda, a quien también se me ordena temer, para no ser abandonado por él, y amar con toda mi sustancia, para morir por él. Luchando por este sacramento, soy provocado por los enemigos. Soy igual a ellos, a menos que les entregue las manos. Defendiendo esto, lucho en la batalla, soy herido, soy destrozado, soy asesinado.¿ Quién quiso este final para su soldado, sino aquel que lo consignó con tal sacramento?
5
Tienes, pues, la voluntad de mi Dios. Se ha hecho frente a esta herida. Consideremos ahora otro golpe sobre la cualidad de la voluntad. Es largo mostrar que mi Dios es bueno, lo cual ya han aprendido de nosotros los marcionitas. Basta decir Dios, entretanto, para que sea necesario creer que es bueno. Pues quien haya presumido que Dios es malo, no podrá consistir en ambos: o deberá negar al Dios que consideró malo, o llamar bueno al que proclamó Dios. Por tanto, será buena también la voluntad de aquel que, si no es bueno, no será Dios. Probará esto también la bondad de la misma cosa que Dios quiso, digo el martirio, porque no quiso el bien sino el bueno. Sostengo que el martirio es un bien ante el mismo Dios, por quien también es prohibida y castigada la idolatría. Pues el martirio se opone y adversa a la idolatría. Pero oponerse y adversar al mal no puede sino ser bueno. No es que niegue que existe emulación tanto entre los malos como entre los buenos, pero otra es la condición de este título. Pues el martirio no lucha contra la idolatría desde alguna milicia común, sino desde su propia gracia; pues libera de la idolatría. Lo que libera del mal,¿ quién no lo proclamará bueno?¿ Qué otra cosa es la adversación de la idolatría y del martirio que la de la muerte y la vida? En tanto se considerará vida al martirio, en cuanto la idolatría a la muerte. Quien diga que la vida es un mal, tiene la muerte, a la cual llama bien. Es también esta una perversidad de los hombres: sacudir lo saludable, aceptar lo funesto, buscar lo peligroso, evitar los medicamentos, o desear morir finalmente antes que curarse. Pues también muchos rehúyen el auxilio de la medicina: pues hay muchos necios, muchos tímidos y malamente vergonzosos. Y es claramente como una crueldad de la medicina, del bisturí y del cauterio, del incendio de la mostaza; sin embargo, no por ello ser cortado, quemado, extendido y mordido es un mal, porque trae dolores útiles, ni porque entristece solamente, será rechazado, sino porque entristece necesariamente, será aplicado. El fruto excusa el horror de la obra. Finalmente, aquel que gime y brama entre las manos del médico, después colmará las mismas con recompensa y las proclamará artesanas óptimas y negará que sean crueles. Así también los martirios se enfurecen, pero para la salvación. Será lícito también a Dios curar para la vida eterna a través de fuegos y espadas y cualquier cosa amarga. Pero ciertamente admirarás al médico incluso en eso, que aplica cualidades de remedios casi iguales contra las cualidades de las dolencias, cuando ayuda como desde lo perverso, socorriendo a través de aquello por lo cual se sufre. Pues también calma los calores cargándolos más con calores, y apaga los ardores macerando más con la sed, y recoge los excesos de bilis con pociones amargas, y retira los flujos de sangre abriendo además una venilla. Pero a Dios, y ciertamente celoso, lo considerarás culpable si quiso luchar con la causa y, emulando la injuria, aprovechar, disolver la muerte con la muerte, dispersar el asesinato con el asesinato, discutir los tormentos con tormentos, evaporar los suplicios con suplicios, conferir la vida quitándola, ayudar dañando la carne, salvar arrebatando el alma. Es perversidad, lo que piensas que es razón; lo que consideras crueldad, es gracia. Así, Dios, curando lo eterno de lo momentáneo, magnifica a tu Dios por tu bien; caíste en sus manos, pero caíste felizmente. Él también cayó en tus enfermedades. El hombre siempre es el primero en dar trabajo al médico, finalmente él mismo se atrajo el peligro de muerte. Había recibido de su Señor, como de un médico, una disciplina bastante útil según la ley de vivir, para que comiera de todo, pero se abstuviera de un solo arbolito, que el mismo médico sabía que era inoportuno entretanto. Escuchó a aquel a quien prefirió y rompió la abstinencia. Comió lo ilícito y, saturado de transgresión, vomitó hacia la muerte, dignísimo de buena fe de perecer por completo porque quiso. Pero el Señor, sostenido el hervor del delito, hasta que fuera templado por el tiempo de la medicina, compuso poco a poco los remedios, todas las disciplinas de la fe y las mismas emuladoras del vicio, rescindiendo la palabra de la muerte con la palabra de la vida, limando el oído de la transgresión con el oído de la devoción. Así, también cuando aquel médico ordena morir, excluye el letargo de la muerte.¿ Por qué se queja ahora el hombre de sufrir por un remedio lo que no se quejó de sufrir por un vicio?¿ Disgusta ser asesinado para la salvación a quien no le disgustó ser asesinado para la perdición?¿ Sentirá náuseas ante el antídoto quien abrió la boca ante el veneno?
6
Pero si Dios nos hubiera propuesto los martirios en nombre de un combate, a través del cual experimentáramos con el adversario, para que, por quien el hombre fue voluntariamente derrotado, lo derrote ahora constantemente, aquí también prevalece la liberalidad más que la amargura de Dios. Pues quiso hacer al hombre, arrancado de la garganta del diablo por la fe, pisoteador de él también por la virtud, para que no solo hubiera escapado, sino que también hubiera vencido al enemigo. Amó, quien había llamado a la salvación, invitar también a la gloria, para que, quienes nos alegramos de haber sido liberados, exultemos también coronados. Estos juegos, solemnidades contenciosas y supersticiosos combates de los griegos, y de las religiones y de los placeres, con cuánta gracia el siglo los celebra, ya le fue permitido también a África. Aún Cartago inquieta a las ciudades individuales felicitándose por haber sido dotada con el juego pítico tras la vejez del estadio. Así, desde antiguo se creyó dignísimo confiar el experimento de los estudios, evaluar las artes de los cuerpos y de las voces por su excelencia, con el premio como juez, el espectáculo como juez, la sentencia como placer. Donde los combates son desnudos, no faltan las heridas; los puños golpean, los talones embisten, los cestos desgarran, los látigos laceran. Nadie, sin embargo, reprochará al presidente del juego porque expone a los hombres a la violencia. Las acciones por injurias están fuera del estadio. Pero, cuánto negocian aquellos cardenales y sangres y verdugones, atiende: coronas, ciertamente, y gloria y dote, privilegios públicos, estipendios cívicos, imágenes, estatuas y, cual puede prestar el siglo, eternidad por la fama, resurrección por la memoria. El mismo púgil no se queja de dolerse, pues quiere; la corona presiona las heridas, la palma oscurece la sangre; la victoria se hincha más que la injuria.¿ A este considerarás herido, a quien ves alegre? Pero ni siquiera el vencido reprochará su caída al agonoteta.¿ Será indecoroso para Dios sacar sus artes y disciplinas al medio, en este espacio del siglo, al espectáculo para los hombres y los ángeles y todas las potestades?¿ Probar la carne y el alma sobre la constancia y la tolerancia?¿ Dar a este la palma, a aquel el honor, a otro la ciudad, a otro los estipendios?¿ Incluso reprobar a algunos y apartarlos castigados con ignominia? Sin duda, le prescribes a Dios en qué tiempos o modos o lugares juzgue sobre su familia, como si no conviniera también al juez prejuzgar.¿ Qué ahora, si no hubiera expuesto la fe a los martirios en nombre de un combate, sino también de un provecho propio, no debía ella tener algún cúmulo de esperanza, a la cual obligara su estudio y suspendiera su voto, por el cual se esforzara en ascender, cuando los oficios terrenales también arden en grados?¿ O cómo hay muchas mansiones junto al Padre, si no es por la variedad de los méritos?¿ Cómo también una estrella distará de otra en gloria, si no es por la diversidad de los rayos? Además, y si convenía a la sublimidad de la fe alguna prolongación de claridad, debía ser tal aquel emolumento, que costara mucho: trabajo, tortura, tormento, muerte. Pero mira la compensación, cuando la carne y el alma se entregan— de las cuales nada es más querido en el hombre, una es mano de Dios, la otra aliento—, entregarse ellas mismas al provecho de aquellos cuyo es el provecho, erogarse ellas mismas para que se conviertan en ganancia, los mismos precios que también son la recompensa. Dios había previsto también otras debilidades de la condición humana, las insidias del adversario, las falacias de las cosas, las redes del siglo, incluso que la fe peligraría después del lavacro, que muchos perecerían de nuevo después de la salvación, los que hubieran desgastado el vestido nupcial, los que no hubieran preparado aceite para las antorchas, los que debían ser buscados por montes y selvas y ser traídos sobre los hombros. Puso, pues, segundos consuelos y extremos auxilios, el combate del martirio y el lavacro de sangre que seguiría después. De cuya felicidad dice David: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades han sido perdonadas y cuyos pecados han sido cubiertos. Bienaventurado aquel a quien Dios no imputará el delito. Pues propiamente a los mártires ya no se les puede reputar nada, a quienes en el lavacro se les depone la misma vida. Así, la caridad cubre la multitud de los pecados, la cual, ciertamente, amando a Dios con todas sus fuerzas, con las cuales lucha en el martirio, con toda su alma, la cual pone por Dios, esculpe al hombre mártir.¿ A estos remedios, consejos, juicios, espectáculos incluso, llamarás atrocidad de Dios?¿ Dios codicia la sangre del hombre? Y, sin embargo, me atrevería a decir, si también el hombre el reino de Dios, si también el hombre la salvación segura, si también el hombre la segunda regeneración. Ninguna compensación es envidiosa en la cual la razón de la gracia o de la injuria es común.
7
Que el escorpión siga incitando, ventilando a un Dios homicida; horrorizo, ciertamente, el aliento sucio de la blasfemia que apesta desde la boca herética, pero también abrazaré a tal Dios por la confianza de la razón, por cuya razón también él mismo se proclamó más que homicida desde la persona de su sabiduría, por la voz de Salomón. La sabiduría, dice, degolló a sus hijos. La sabiduría es la inteligencia. Sabiamente, ciertamente, degolló, mientras hacia la vida, y racionalmente, mientras hacia la gloria.¡ Oh ingenio de parricidio!¡ Oh artificio de crimen!¡ Oh argumento de crueldad, que por eso mata, para que no muera a quien mató! Y por eso,¿ qué sigue? La sabiduría es cantada con himnos en las salidas; pues se canta también la salida de los mártires. La sabiduría actúa en las plazas sobre la constancia; pues bien degüella a sus hijos. Sobre los muros más altos, confiada, dice, cuando ciertamente según Isaías exclama aquí: Yo soy Dios; y aquí vocifera: En el nombre de Jacob; y otro inscribe: En el nombre de Israel.¡ Oh buena madre! Deseo yo también ser reducido a sus hijos, para ser matado por ella; deseo ser matado, para ser hijo.¿ Pero solo degüella a sus hijos, o también los tortura? Pues escucho también en otro lugar a Dios diciendo: Los quemaré como se quema el oro, y los probaré como se prueba la plata. Ciertamente a través de los tormentos de los fuegos y de los suplicios, a través de los martirios examinatorios de la fe. Sabe también el apóstol a qué Dios ha adscrito, cuando escribe: Si Dios no perdonó a su propio hijo, sino que lo entregó por nosotros,¿ cómo no nos ha de conceder también con él todas las cosas? Ves cómo también la sabiduría divina degolló a su propio hijo, primogénito y unigénito, ciertamente para que viviera, más aún, para que redujera a los demás a la vida. Puedo decir con la sabiduría de Dios: Cristo es quien se entregó por nuestros delitos. Ya también la sabiduría se trucidó a sí misma. Las palabras no se saben solo por el sonido, sino también por el sentido, y no deben ser escuchadas solo por los oídos, sino también por las mentes. Cree en un Dios cruel quien no entiende. Aunque también para quien no entiende está puesta la sentencia, que reprima la temeridad de entender de otro modo. Pues,¿ quién, dice, conoció el sentido del Señor?¿ O quién fue su consejero, que le instruya, o quién le demostró el camino de la inteligencia? Pero, en verdad, la Diana de los escitas o el Mercurio de los galos o el Saturno de los africanos pudieron ser aplacados ante el siglo con víctimas humanas, y en el Lacio, hasta el día de hoy, la sangre humana es degustada por Júpiter en medio de la ciudad, y nadie se retracta o no presume alguna razón o la inestimable voluntad de su Dios. Si nuestro Dios también hubiera reclamado para sí los martirios en nombre de su propia hostia,¿ quién le habría reprochado la funesta religión y los lúgubres ritos y el altar como pira y el embalsamador como sacerdote, y no habría reputado más bienaventurado a quien Dios hubiera comido?
8
Nos detenemos, pues, en un primer paso y solo en esto desafiamos: si los martirios son preceptos de Dios, para que creas que los preceptos son racionales, si has conocido los preceptos, puesto que no hay nada que Dios no haya prescrito con razón. Si, en efecto, es honrada ante Él la muerte de sus religiosos, como canta David— no, opino, esa muerte común y deuda de todos, pues esa es incluso ignominiosa por el elogio de la transgresión y el mérito de la condenación—, sino aquella que se afronta en Él por el testimonio de la religión y la batalla de la confesión por la justicia y el sacramento. Como dice Isaías: Ved cómo perece el justo, y nadie lo acoge en su corazón, y los hombres justos son arrebatados, y nadie se percata; pues ante la faz de la injusticia perece el justo y será honra de su sepultura. Tienes aquí también la predicación y la remuneración de los martirios. Pues desde el principio la justicia sufre violencia. Tan pronto como Dios comenzó a ser adorado, la religión obtuvo la envidia. Quien había agradado a Dios es asesinado, y ciertamente por su hermano. Para que la impiedad persiguiera más fácilmente la sangre ajena, fue perseguida por la suya; finalmente, no solo la de los justos, sino también la de los profetas. David es hostigado, Elías es puesto en fuga, Jeremías es lapidado, Isaías es aserrado, Zacarías es asesinado entre el altar y el templo, asignando a las piedras las manchas perennes de su sangre. El mismo, clausura de la ley y de los profetas, no llamado profeta, sino ángel, es truncado con una muerte injuriosa en el pago de la danza de una joven. Y, ciertamente, quienes eran movidos por el espíritu de Dios eran dirigidos por Él mismo hacia los martirios, sufriendo incluso lo que habían predicado. Por consiguiente, también la triple fraternidad, cuando la dedicación de la imagen real urgía el deber, no ignoraron qué exigía la fe, que era la única en ellos que no había sido cautiva: a saber, que había que morir frente a la idolatría. Pues recordaban también a Jeremías escribiendo a aquellos a quienes amenazaba aquel cautiverio: Y ahora veréis a los dioses de los babilonios, de oro, de plata y de madera, ser llevados sobre los hombros, mostrando a las naciones el temor. Guardaos, pues, de ser vosotros semejantes a los extranjeros y de ser capturados por el temor mientras veis a las multitudes adorándolos detrás y delante, sino decid en vuestro corazón: a ti, Señor, debemos adorar. Así pues, dijeron con la confianza concebida de Dios, con qué vigor de ánimo sacuden aquellas amenazas condicionales del rey: No tenemos necesidad de responder a este mandato tuyo. Pues nuestro Dios, a quien adoramos, es poderoso para librarnos del horno de fuego y de tus manos, y entonces se hará manifiesto a ti que no serviremos a tu ídolo ni adoraremos la imagen de oro que has erigido.¡ Oh martirio, perfecto incluso sin la pasión! Suficientemente sufrieron, suficientemente fueron quemados, a quienes Dios protegió por ello, para que no parecieran haber mentido sobre su poder. Pues también a Daniel, suplicante de nadie más que de Dios y por ello denunciado y reclamado por los caldeos, la ferocidad cerrada y habitual de los leones lo habría devorado inmediatamente si la digna presunción de Darío sobre Dios hubiera debido ser engañada. Por lo demás, era necesario que todo predicador y adorador de Dios, que provocado a la idolatría hubiera negado la obediencia, sufriera, según el estado de aquella razón por la cual era necesario que la verdad fuera encomendada tanto a los presentes entonces como a los venideros después, por la cual su pasión, la de sus defensores, daría fe, porque nadie habría querido morir en vano, a menos que estuviera en posesión de la verdad. Tales preceptos y ejemplos desde el principio muestran la fe deudora del martirio.
9
Resta, no sea que la antigüedad haya tenido por ventura su propio sacramento, revisar la novedad cristiana, como si fuera otra respecto a Dios y, por consiguiente, también una disciplina rival, cuya sabiduría no supiera degollar a sus hijos. Claramente, otra es en Cristo la divinidad, la voluntad y la escuela, que mandó martirios o ninguno en absoluto o que deben entenderse de otra manera, que no exhorta a nadie a tal riesgo, que no promete nada a quienes sufren por Él, porque no quiere que sufran, y por ello, deduciendo los principios de los preceptos, dice: Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Esto, ciertamente, de modo absoluto a todos; después, propiamente a los apóstoles mismos: Bienaventurados seréis cuando os deshonren y os persigan y digan contra vosotros todo mal por mi causa; alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es mucha en el cielo: pues así hacían también a los profetas sus padres; para que incluso profetizara que ellos mismos habrían de ser asesinados siguiendo el ejemplo de los profetas. Aunque hubiera destinado toda esta persecución condicional solo a los apóstoles de entonces, ciertamente a través de ellos, con todo el sacramento, con la propagación del nombre, con la transmisión del Espíritu Santo, habría mirado también hacia nosotros en cuanto a la disciplina de afrontar la persecución, como discípulos hereditarios y brotes de la semilla apostólica. Pues incluso si se dirige de nuevo a los apóstoles: He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos, y: Guardaos de los hombres; pues os entregarán a los concilios y en sus sinagogas os azotarán y seréis llevados ante gobernadores y reyes por mi causa en testimonio para ellos y para las naciones, y el resto, entonces añade: Entregará, sin embargo, el hermano al hermano y el padre al hijo a la muerte, e insurgirán los hijos contra los padres y los matarán; manifestó claramente esta iniquidad hacia los demás, la cual no encontramos en los apóstoles. Pues ninguno de ellos sufrió que un hermano o un padre fuera traidor, lo que ya muchos de los nuestros han sufrido. Después, vuelve a los apóstoles: Y seréis odiados por todos por causa de mi nombre.¡ Cuánto más nosotros, a quienes corresponde ser entregados incluso por nuestros padres! Así, mediante esta misma mezcla, disponiendo ahora hacia los apóstoles, ahora hacia todos, derrama el mismo resultado del nombre sobre todos aquellos en quienes se haya asentado el nombre con la ley de su odio. Pero el que persevere hasta el fin, ese será salvo.¿ Perseverando en qué, sino en la persecución, en la entrega, en el asesinato? Pues no es otra cosa perseverar hasta el fin que sufrir el fin. Y por ello: No es el discípulo superior al maestro, sigue inmediatamente, ni el siervo superior a su señor, porque, puesto que el maestro y señor mismo sufrió persecución, entrega y asesinato, mucho más los siervos y discípulos deberán gastar lo mismo, para que no parezcan exentos de la iniquidad como si fueran superiores, cuando esto mismo debería bastarles para la gloria: ser igualados a las pasiones del Señor y maestro; para cuya tolerancia, edificando, advierte que no hay que temer a los que solo pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma, sino que el temor debe ser consagrado más bien a aquel que puede matar y perder tanto el cuerpo como el alma en el infierno.¿ Quiénes son estos matadores del solo cuerpo, sino los gobernadores y reyes mencionados arriba, hombres, opino?¿ Quién es también el dominador del alma, sino solo Dios?¿ Quién es este amenazador de fuegos, sino aquel sin cuya voluntad ni uno de los gorriones cae a tierra, es decir, ni una de las dos sustancias del hombre, carne o alma? Porque también el número de los cabellos está registrado ante Él. No temáis, pues, cuando añade además, valéis más que muchos gorriones, no en vano, es decir, no sin provecho, promete que caerán a tierra si elegimos ser muertos más por los hombres que por Dios. Todo aquel, pues, que me confesare ante los hombres, también yo confesaré en él ante mi Padre que está en los cielos. Y todo aquel que me negare ante los hombres, también yo lo negaré ante mi Padre que está en los cielos. Es una definición y razón manifiesta, opino, tanto de la confesión como de la negación, aunque la disposición es diversa. Quien se confiesa cristiano, testifica que es de Cristo; quien es de Cristo, es necesario que esté en Cristo. Si está en Cristo, ciertamente confiesa en Cristo cuando se confiesa cristiano. Pues esto no puede ser a menos que esté en Cristo. Además, al confesar a Cristo en Cristo, confiesa también a Cristo, quien está en Él, mientras él mismo está en Él, como cristiano. Pues incluso si dijeras el día, has mostrado la cosa de la luz, que proporciona el día, aunque no hayas dicho la luz. Así también, aunque no pronunció directamente el que me confesare, no es diverso el acto de la confesión cotidiana del sentido de la pronunciación dominical. Pues lo que es el que se confiesa, es decir, cristiano, también confiesa aquello por lo que lo es, es decir, a Cristo. Por consiguiente, quien se negó cristiano, negó en Cristo, al negar que está en Cristo, mientras niega que es cristiano; y al negar a Cristo en sí mismo, mientras se niega en Cristo, negará también a Cristo. Así también, quien haya negado en Cristo, negará a Cristo, y quien haya confesado en Cristo, confesará a Cristo. Habría bastado, pues, aunque el Señor hubiera pronunciado solo sobre confesar. Pues por la forma de la confesión se prejuzgaría también lo contrario, es decir, la negación, de igual modo que la negación es pagada por el Señor con la negación, así como la confesión con la confesión. Y por ello, cuando en la forma de la confesión se entiende también la condición de la negación, aparece que no pertenece a otro modo de negación el hecho de que el Señor pronunció sobre ella de otra manera que sobre la confesión, diciendo: quien me negare, no: quien en mí. Pues había previsto también que esta fuerza seguiría frecuentemente en la conquista del nombre, de modo que quien se hubiera negado cristiano, fuera obligado a negar también al mismo Cristo blasfemando. Como no hace mucho, horrorizados, luchamos contra el auspicio con toda la fe de algunos de esta manera. Así pues, será en vano decir: aunque me haya negado cristiano, no seré negado por Cristo, pues no negué a Él mismo. Pues por aquella negación será retenido igualmente, porque al negarse cristiano, negando a Cristo en sí mismo, también negó a Él mismo. Pero es más que también amenaza con la confusión a la confusión: quien se haya avergonzado de mí ante los hombres, también yo me avergonzaré de él ante mi Padre que está en los cielos. Pues sabía que la negación se forma sobre todo a partir de la confusión, que el estado de la mente consiste en el rostro, que la herida de la vergüenza es anterior a la del cuerpo.
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Pero quienes no piensan que la confesión está constituida aquí, es decir, no dentro de este ámbito de la tierra ni a través de este tránsito de la vida ni ante los hombres de esta naturaleza común,¡ qué presunción es contra todo el orden de las cosas que deben experimentarse en estas tierras y en esta vida y bajo las potestades humanas! Sin duda, cuando las almas hayan salido de los cuerpos y comiencen a ser examinadas a través de cada uno de los niveles de los cielos sobre el recibimiento y a ser interrogados aquellos arcanos sacramentos de los herejes, entonces habrá que confesar ante las verdaderas potestades y los verdaderos hombres, los Teletos y Acinetos y Abascantos de Valentín. Pues los nuestros, dicen, ni el mismo Demiurgo aprobaba constantemente a los hombres, a quienes consideró como gota de un cubo y polvo de la era y saliva y langostas, incluso los igualó a las bestias irracionales. Claramente, así está escrito. Sin embargo, no por ello debe entenderse otro género de hombre fuera de nosotros, a quienes, puesto que consta que existen, pudo equiparar por comparación, a salvo la propiedad del género y la singularidad. Pues ni siquiera si la vida está viciada, de modo que fuera comparada con los despreciados por ser juzgada digna de desprecio, ha sido eliminada la naturaleza, de modo que se considere otra en su nombre. Pero la naturaleza se conserva, aunque la vida se inunda, ni Cristo conoce otros hombres que aquellos de quienes dice:¿ Quién dicen los hombres que soy yo? y: Como queréis que hagan con vosotros los hombres, así haced también vosotros con ellos. Mira si ha conservado el género, de quienes espera también el testimonio de sí mismo y a quienes manda el turno de la justicia. Pero si me exigiera que se me mostraran aquellos hombres celestiales, más fácilmente Arato delineará a Perseo y a Cefeo y a Erígone y a Ariadna entre los astros.¿ Quién, sin embargo, prohibió al Señor determinar manifiestamente que la confesión de los hombres debía hacerse también allí donde abiertamente pronunció que la suya sería, de modo que estuviera puesto así: quien me confesare ante los hombres en los cielos, también yo confesaré en él ante mi Padre que está en los cielos? Debió haberme librado de este error de la confesión terrenal, que no habría querido que asumiera si hubiera prescrito la celestial, porque no conocía otros hombres fuera de los habitantes de la tierra, sin que ni siquiera el mismo hombre fuera visto entonces todavía en los cielos.¿ Qué fe, además, de las cosas, para que después de la partida, elevado a las alturas, fuera probado allí, adonde no podría llegar si no fuera ya probado, allí fuera examinado sobre el recibimiento, adonde no podría llegar si no fuera para ser admitido? Al cristiano el cielo le está abierto antes que la Vía; porque no hay vía al cielo, sino para quien el cielo está abierto; el cual, quien lo haya alcanzado, entrará.¿ Qué potestades porteras me afirmas junto a la superstición romana, un tal Barno y Fórculo y Limentino?¿ Qué potestades ordenas desde las cancelas? Si alguna vez leíste en David: Abrid las puertas, príncipes, las vuestras, y sean levantadas las puertas eternas, y entrará el rey de la gloria; si asimismo oíste en Amós: El que edifica su ascenso a los cielos y funda su efusión sobre la tierra, sabe también que aquel ascenso fue allanado desde entonces por las huellas del Señor y la entrada desde entonces abierta por las fuerzas de Cristo, y que ninguna demora o cuestión en el umbral ocurrirá a los cristianos, que no han de ser distinguidos allí, sino reconocidos, ni interrogados, sino admitidos. Pues incluso si piensas que el cielo está todavía cerrado, recuerda que el Señor dejó sus llaves aquí a Pedro y a través de él a la Iglesia, las cuales cada uno, interrogado y confesado, llevará consigo. Pero el diablo asegura que hay que confesar allí para persuadir que hay que negar aquí. Hermosos documentos, ciertamente, enviaré por delante, buenas llaves llevaré conmigo, el temor de aquellos que solo matan el cuerpo, pero no hacen nada al alma: seré encomendado por la deserción de este precepto, estaré honestamente en los cielos, yo que no pude estar en los terrenales, soportaré potestades mayores, yo que cedí ante las menores, mereceré ciertamente ser admitido ya excluido. Todavía basta decir: si hay que confesar en los cielos, también aquí hay que negar. Pues donde está lo uno, allí está lo otro. Pues todas las cosas rivales concurren. También la persecución deberá ser agitada en los cielos, que es la materia de la confesión o de la negación.¿ Qué esperas, pues, audacísimo hereje, para trasladar todo el orden de la conmoción cristiana a las alturas y, en primer lugar, colocar el mismo odio al nombre allí donde Cristo preside a la diestra del Padre? Allí constituirás también las sinagogas de los judíos, fuentes de persecuciones, ante las cuales los apóstoles sufrieron azotes, y los pueblos de las naciones con su circo, donde fácilmente exclaman:¿ Hasta cuándo el tercer género? Pero también a nuestros hermanos y padres e hijos y suegras y nueras y domésticos nuestros debéis exhibir allí, a través de los cuales la entrega ha sido dispuesta; asimismo reyes y gobernadores y potestades armadas, ante las cuales la causa debe ser luchada. Habrá ciertamente también cárcel en el cielo carente de sol o luminosa para los ingratos y cadenas tal vez de cinturones y el potro, el eje mismo que tortura. Entonces, si el cristiano debe ser lapidado, granizos estarán presentes; si debe ser quemado, rayos están a mano; si debe ser asesinado, la mano de Orión armado obrará; si debe ser terminado por las bestias, el septentrión enviará osos, el zodiaco toros y leones. Quien haya perseverado hasta el fin, este será salvo.¿ Entonces también el fin en los cielos y la pasión y el asesinato y la primera confesión?¿ Y dónde la carne necesaria para todas estas cosas?¿ Dónde el cuerpo, que solo tiene que ser muerto por los hombres? Esta razón cierta nos ha mandado estas cosas incluso a modo de juego, ni nadie expulsará el obstáculo de esta prescripción, de modo que no sea obligado a trasladar todo el orden de la persecución, toda su causa y forma, allí donde haya dado foro a la confesión. Puesto que la confesión se deduce de la persecución y la persecución termina en la confesión, y no pueden no seguir juntas las cosas que disponen tanto la entrada como la salida, es decir, el principio y el fin. Pero también el odio al nombre estará aquí y la persecución estalla aquí y la entrega produce aquí y la interrogación obliga aquí y la carnicería se enfurece aquí; pero la confesión o la negación borra todo este orden en la tierra. Por tanto, si las demás cosas aquí, tampoco la confesión en otro lugar; si la confesión en otro lugar, tampoco las demás cosas aquí. En verdad, no en otro lugar las demás cosas, por tanto, tampoco la confesión en el cielo. O si quieren que sea otra la razón de la interrogación y de la confesión celestial, ciertamente también deberán construir su orden allí, otro lejos y diverso de esta disposición que se nota en las Escrituras. Y podemos decir: ellos verán, mientras este orden de la interrogación y confesión terrenal, que discurre a partir de la materia de la persecución y de la discordia pública, sea totalmente salvo, por su propia fe, de modo que se crea así, tal como se escribe, y se entienda así, tal como se oye. Aquí soportamos todo el orden, no destinando el mismo Señor otra región del mundo.¿ Qué añade, pues, después del término de la confesión y de la negación? No penséis que he venido para traer paz a la tierra, sino espada, ciertamente a la tierra. He venido, pues, a dividir al hombre contra su padre y a la hija contra su madre y a la suegra contra su nuera, y los enemigos del hombre serán los de su casa. Pues así se hace, de modo que el hermano entregue al hermano a la muerte y el padre al hijo y los hijos insurgan contra los padres y los hagan morir. Y quien haya perseverado hasta el fin, este sea salvo. Hasta tal punto todo este orden de la espada dominical, no enviada al cielo, sino a la tierra, constituye también allí la confesión, que, perseverando hasta el fin, habrá de sufrir la muerte.
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Defendemos, pues, que la misma forma pertenece también a las demás cosas respecto al estado del martirio. Quien más, dice, haya hecho incluso su alma que a mí, no es digno de mí, es decir, quien haya preferido vivir negándome que morir confesándome, y: quien haya hallado su alma, la perderá, pero quien la haya perdido por mi causa, la hallará. Pues de igual modo halla la suya quien niega, ganando la vida, como perderá en el infierno quien piensa ganar la vida negando. Pero perderá la suya para el presente quien, confesado, es asesinado, pero también la hallará para la vida eterna. Finalmente, los mismos gobernadores, cuando exhortan a la negación, dicen:¡ Salva tu alma! y:¡ No pierdas tu alma!¿ Cómo hablaría Cristo, sino cómo sería tratado el cristiano? Pero cuando prohíbe meditar la respuesta ante el tribunal, instruye a sus siervos, promete que el Espíritu Santo responderá, y cuando quiere que el hermano sea visitado en la cárcel, ordena el cuidado del confesor, y cuando afirma que Dios hará justicia a sus elegidos, consuela sus pasiones, incluso en la parábola de la semilla después del terreno secado, figura el ardor de las persecuciones. Si estas cosas no se aceptan tal como se pronuncian, sin duda saben a algo distinto de lo que suenan, y habrá una cosa en las voces, otra en los sentidos, como alegorías, como parábolas, como enigmas. Cualquier viento de argumentación que hayan concebido estos escorpiones, con cualquier agudeza que se hayan estrellado, ya hay una línea: serán desafiados a las cosas mismas, si se tramitan según las Escrituras. Puesto que entonces se significará otra cosa en las Escrituras, si no se encuentra lo mismo en las cosas. Pues lo que está escrito, esto deberá suceder. Además, entonces sucederá lo que está escrito, si no sucede de otra manera. He aquí, sin embargo, que también somos odiados por todos los hombres por causa del nombre, tal como está escrito, y somos entregados incluso por los cercanos, tal como está escrito, y somos llevados ante las potestades y somos interrogados y somos torturados y confesamos y somos asesinados, tal como está escrito. Así el Señor dictó. Si dictó estas cosas de otra manera,¿ por qué no suceden de otra manera las cosas que dictó, es decir, tal como dictó? Pero no suceden de otra manera que como dictó; por tanto, tal como suceden, así dictó, y tal como dictó, así suceden. Pues ni habría sido lícito que sucedieran de otra manera que como dictó, ni Él mismo habría dictado de otra manera que como habría querido que sucedieran. Así, estas Escrituras no significarán otra cosa que lo que reconocemos en las cosas: o, si aún no se hacen las cosas que se predican,¿ cómo estas cosas que se hacen no han sido predicadas? Pues no son predicadas estas cosas que se hacen, si son otras las que se predican y no estas que se hacen. Pero ahora, puesto que son las mismas cosas en los hechos las que se creen dichas de otra manera en las voces,¿ qué pasaría si se encontraran hechas de otra manera? Pero esta será la perversidad de la fe: no creer lo probado, presumir lo no probado. A cuya perversidad opondré también esto: que, si estas cosas, que se hacen así tal como están escritas, no serán las mismas que se predican, las otras tampoco deberían hacerse así tal como están escritas, para que ellas mismas no corran el peligro de ser excluidas por el ejemplo de estas, puesto que hay una cosa en las voces y otra en las cosas, y queda que ni siquiera las predicadas se vean, cuando hayan sucedido, si se predican de otra manera que como han de suceder.¿ Y cómo se creerán las cosas que no habrán sido predicadas porque no están predicadas tal como suceden? Así, los herejes, al creer que las cosas que se predican no son como están probadas, creen aquellas que ni siquiera están predicadas.
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¿ Quién conocería ahora la médula de las Escrituras mejor que la misma escuela de Cristo? A quienes el Señor adoptó como discípulos para enseñarles ciertamente todas las cosas y nos los designó como maestros para enseñarnos ciertamente todas las cosas.¿ A quién habría declarado mejor la figura de su voz que a aquel a quien reveló la efigie de su gloria, a Pedro, a Juan, a Santiago y después a Pablo, a quien hizo también partícipe del paraíso antes del martirio?¿ O es que también ellos escriben de otra manera que como sienten, maestros de falacia, no de verdad? Pedro, ciertamente, a los pónticos: Pues¿ qué gloria, dice, si no delinquiendo sois castigados, soportáis? Pues esta es la gracia, en esto habéis sido llamados, porque también Cristo sufrió por nosotros, dejándoos ejemplo a vosotros, para que sigáis sus huellas. Y de nuevo: Amados, no temáis la combustión que se hace en vosotros para tentación, como si os ocurriera algo nuevo. Pues en la medida en que participáis de las pasiones de Cristo, alegraos, para que también en la revelación de su gloria os alegréis exultando. Si sois deshonrados en el nombre de Cristo, bienaventurados sois, porque la gloria y el Espíritu de Dios reposa en vosotros, con tal de que ninguno de vosotros sufra como homicida o ladrón o malhechor o entrometido en lo ajeno; si, sin embargo, como cristiano, no se avergüence, sino glorifique al Señor en este nombre. Juan, en verdad, que también pongamos nuestras almas por nuestros hermanos; exhorta negando que haya temor en la dilección. Pues la dilección perfecta echa fuera el temor, porque el temor tiene castigo, y quien teme no es perfecto en la dilección.¿ Qué temor es preferible entender, sino el autor de la negación?¿ Qué dilección perfecta afirma, sino la que ahuyenta el temor y anima la confesión?¿ Con qué castigo castiga el temor, sino con el que el negador habrá de recibir, debiendo ser muerto con cuerpo y alma en el infierno? Y si enseña que hay que morir por los hermanos,¿ cuánto más por el Señor, suficientemente instruido también por su Apocalipsis para persuadir estas cosas? Pues el Espíritu había mandado al ángel de la iglesia de los esmirniotas: He aquí que el diablo arrojará a algunos de vosotros a la cárcel, para que seáis tentados diez días. Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida. Asimismo a los de Pérgamo sobre Antipas, fidelísimo mártir, muerto en la morada de Satanás. Asimismo, a los de Filadelfia, que sería liberado de la última tentación, quien no había negado el nombre del Señor. Desde entonces promete a todos los vencedores ahora el árbol de la vida y el perdón de la segunda muerte, ahora el maná oculto con la piedrecita blanca y el nombre desconocido, ahora el poder de la vara de hierro y la claridad de la estrella de la mañana, ahora la vestidura blanca y no ser borrado del libro de la vida y ser hecho columna en el templo de Dios en el nombre de Dios y del Señor y de la Jerusalén celestial inscrita, ahora sentarse con el Señor en su trono, lo que alguna vez se negaba a los hijos de Zebedeo.¿ Quiénes son estos tan bienaventurados vencedores, sino propiamente los mártires? Pues de ellos son las victorias, de quienes también las batallas, y de ellos, en verdad, las batallas, de quienes también la sangre. Pero también entretanto, bajo el altar, las almas de los mártires descansan plácidamente y alimentan la paciencia con la confianza de la venganza y, vestidas con estolas, usurpan la blanca claridad, hasta que también otros completen el consorcio de su gloria. Pues también de nuevo una innumerable multitud vestida de blanco y distinguida con palmas de victoria es revelada, ciertamente triunfando sobre el Anticristo, como dijo uno de los presbíteros: Estos son los que vienen de aquella gran presión y lavaron su vestidura y la blanquearon en la sangre del Cordero. Pues el vestido del alma es la carne. Las suciedades, ciertamente, se lavan con el bautismo, pero las manchas se blanquean con el martirio. Porque también Isaías promete de lo rojo y carmesí lo níveo y lanoso. También la gran Babilonia, cuando es descrita ebria de la sangre de los santos, sin duda su embriaguez es servida con las copas de los martirios, cuya forma de temor se muestra igualmente qué habrá de traer. Pues entre todos los réprobos, más aún, ante todos, los tímidos. Pero a los tímidos, dice, después a los demás, la parte en el estanque de fuego y azufre. Así el temor en su epístola, al cual la dilección echa fuera, tiene castigo.
13
Pablo, en verdad, apóstol del perseguidor, que primero derramó la sangre de la Iglesia, después, cambiando la espada por el estilo y convirtiendo la espada en arado, lobo rapaz Benjamín, después él mismo trayendo alimento según Jacob,¡ cómo recomienda los martirios ya deseables también para sí mismo! Cuando, alegrándose por los tesalonicenses: Para que, dice, nos gloriemos en vosotros en las iglesias de Dios por vuestra tolerancia y fe en todas las persecuciones y presiones, con las que soportáis el ostentamen del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos de su reino, por el cual también sufrís. Como también a los romanos: No solo eso, sino también exultando en las presiones, ciertos de que la presión perfecciona la tolerancia, la tolerancia, sin embargo, la prueba, la prueba, sin embargo, la esperanza, la esperanza, sin embargo, no confunde. Y de nuevo: Y si hijos y herederos, herederos ciertamente de Dios, coherederos, sin embargo, de Cristo; si ciertamente sufrimos juntos, para que también con Él seamos glorificados. Pues reputo que las pasiones de este tiempo no son dignas de la gloria que ha de ser revelada en nosotros. Y por ello, después,¿ quién, dice, nos separará de la dilección de Cristo?¿ La presión o la angustia o el hambre o la desnudez o el peligro o la espada? Según lo que está escrito: Por tu causa somos muertos todo el día; hemos sido contados como ovejas de degüello, pero en todas estas cosas supervencemos por aquel que nos amó. Pues tenemos persuadido que ni la muerte ni la vida ni la virtud ni la sublimidad ni la profundidad ni otra condición podrá separarnos de la dilección de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro. Pero también a los corintios, enumerando sus pasiones, determinó ciertamente que había que sufrir: En trabajos más abundantemente, en cárceles más frecuentemente, en muertes más a menudo, de los judíos cinco veces cuarenta menos una recibí, tres veces azotado con varas, una vez lapidado, y el resto. Las cuales, si parecerán más molestias que martirios, sin embargo, de nuevo: Por lo cual, dice, tengo por bueno en las debilidades, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por Cristo. También en lo anterior: Que en todas las cosas somos atribulados, pero no coangustiados, y tenemos necesidad, pero no tenemos necesidad extrema, que somos agitados por persecuciones, pero no somos abandonados, que somos derribados, pero no perecemos, siempre llevando alrededor la mortificación de Cristo en nuestro cuerpo. Pero también si, dice, nuestro hombre exterior se vicia, la carne ciertamente por la fuerza de las persecuciones, pero el interior se renueva día a día, el alma ciertamente por la esperanza de las promesas. Pues lo que para el presente es temporal y leve de nuestra presión, por el sobrepaso hacia el sobrepaso, perfecciona un eterno peso de gloria, no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven. Pues las cosas que se ven son temporales, diciendo sobre las molestias, las que, sin embargo, no se ven, son eternas, prometiendo sobre los premios. A los tesalonicenses, en verdad, escribiendo sobre las cadenas, afirmó ciertamente bienaventurados a aquellos a quienes se les había dado no solo creer en Cristo, sino también sufrir por Él. El mismo, dice, combate teniendo, el cual también en mí visteis y ahora oís. Pues incluso si soy libado sobre el sacrificio, me alegro y me alegro con todos vosotros, de igual modo también vosotros alegraos y alegraos conmigo. Ves cómo define la felicidad del martirio, a la cual le añade solemnidad por el gozo mutuo. Como finalmente se hizo próximo a su voto, cómo exultando por su perspectiva escribe a Timoteo: Pues yo ya soy libado, y el tiempo de mi disolución se acerca; he combatido el buen combate, he consumado la carrera, he guardado la fe; resta la corona, la cual el Señor me devolverá en aquel día, ciertamente de la pasión. Suficientemente también él mismo habló arriba: Fiel es la palabra. Pues si hemos muerto con Cristo, también viviremos con Él, si sufrimos, también reinaremos con Él, si negamos, también Él nos negará: si no creemos, Él es fiel, no puede negarse a sí mismo. No te avergüences, pues, del martirio de nuestro Señor, ni de mí, su encadenado; porque había predicho: Pues no nos dio Dios espíritu de temor, sino de virtud y de dilección y de sana mente. Pues con virtud sufrimos por la dilección en Dios, y con sana mente, cuando sufrimos por la inocencia. Pero también dondequiera que prescribe la tolerancia,¿ a qué más que a las pasiones la mira? Dondequiera que aparta de la idolatría,¿ qué le antepone más que los martirios?
14
Ciertamente, ordena someterse a los romanos ante todas las potestades, porque no hay potestad que no provenga de Dios, y porque no en vano lleva la espada, y porque es ministro de Dios, pero también, dice, vengadora en ira para quien haya hecho el mal. Pues también había anticipado: los príncipes no son motivo de temor para la buena obra, sino para la mala.¿ Quieres, pues, no temer a la potestad? Haz el bien y recibirás alabanza de ella. Es, por tanto, ministra de Dios para ti para el bien. Pero si haces el mal, teme. Así pues, no ordena someterse a las potestades con la ocasión de frustrar el martirio, sino con la provocación de vivir bien, incluso bajo el respeto de aquellas, como auxiliares de la justicia, como ministras del juicio divino que aquí también prejuzga sobre los culpables. Después, también ejecuta cómo quiere que te sometas a las potestades, ordenando: dad a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto; es decir, lo que es del César al César, y lo que es de Dios a Dios; pero el hombre es solo de Dios. Pedro había acordado, ciertamente, que el rey debe ser honrado, pero de tal manera que el rey sea honrado cuando insiste en sus propios asuntos, cuando está lejos de los honores divinos; porque también el padre y la madre son amados con Dios, no comparados. Por lo demás, no será lícito amar a nadie por encima de Dios, ni siquiera al alma.
15
¿ Son, pues, también volubles las cartas de los apóstoles?¿ Y somos nosotros almas simples en todas partes y solo palomas que vagan voluntariamente? Creo que por deseo de vivir. Que así sea, en verdad, para que los sentidos se alejen de las letras. Sin embargo, qué es lo que los apóstoles sufrieron, es doctrina manifiesta. Entiendo esto solo recorriendo los Hechos, no busco nada más. Las cárceles allí, y las cadenas, y los azotes, y las piedras, y las espadas, y los ataques de los judíos, y las asambleas de las naciones, y los edictos de los tribunos, y las audiencias de los reyes, y los tribunales de los procónsules, y el nombre del César no tienen intérprete. Que Pedro sea azotado, que Esteban sea oprimido, que Santiago sea inmolado, que Pablo sea desgarrado, están escritos con su propia sangre. Y si el hereje quisiera la fe del comentario, los instrumentos del imperio hablarán, como las piedras de Jerusalén. Leemos las vidas de los Césares: Nerón fue el primero en ensangrentar la fe naciente en Roma. Entonces Pedro es ceñido por otro, cuando es atado a la cruz. Entonces Pablo alcanza el nacimiento de la ciudadanía romana, cuando renace allí con la generosidad del martirio. Dondequiera que lea esto, aprendo a sufrir; y no me importa a qué maestros del martirio siga, si al sentido o al final de los apóstoles, salvo que reconozco el sentido en los finales. Pues nada habrían sufrido que no hubieran sabido de antemano que debían sufrir. Cuando Ágabo había profetizado también con gestos las cadenas para Pablo, los discípulos, llorando y orando para que no se confiara a Jerusalén, habían orado en vano. Pues él, animado por lo que siempre había enseñado, dijo:¿ Qué hacéis llorando y entristeciendo mi corazón? Pues yo no solo habría deseado sufrir cadenas en Jerusalén, sino también morir por el nombre de mi Señor Jesucristo. Y así cedieron diciendo: hágase la voluntad del Señor; confiando, ciertamente, en que las pasiones pertenecen a la voluntad de Dios. Pues no habían intentado retenerlo con un consejo de disuasión, sino de afecto, deseando al apóstol, no disuadiendo el martirio. Pero si ya entonces Pródico o Valentín estuvieran presentes sugiriendo que no se debe confesar en la tierra ante los hombres, menos temo que Dios tenga sed de sangre humana ni que Cristo exija el turno de la pasión como si él mismo fuera a obtener la salvación de ella, habría escuchado inmediatamente del siervo de Dios lo que el diablo había escuchado del Señor: apártate, Satanás, me eres escándalo. Está escrito: adorarás al Señor tu Dios y a él solo servirás. Pero también ahora deberá escuchar, en la medida en que mucho después vertió esos venenos, que no dañarán fácilmente a ninguno de los débiles, a menos que alguien no haya bebido primero o incluso bebido en exceso esta nuestra poción de fe.

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