The Taking of Ilios
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Original / primary: Spanish Gemini
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el fin de la guerra de largo sufrimiento que se prolongaba en el tiempo
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y la emboscada, obra de la argiva Atenea, domadora de caballos,
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al instante, al apresurarme yo, tras abrirme un largo relato,
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cántalo, Calíope, y la antigua contienda de los hombres
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de la guerra decidida, resuélvela con un canto veloz.
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Ya, al rodar el décimo año,
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se extendía Enio, anciana e insaciable de matanzas,
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para troyanos y dánaos; y mientras los hombres eran masacrados,
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las lanzas se habían fatigado, y las amenazas de las espadas morían,
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se apagaba el estrépito de las corazas, y se debilitaba la retorcida
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armonía, rota, de los tahalíes que sostenían los escudos,
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los escudos ya no soportaban resistir el golpe de las jabalinas,
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se aflojaban los arcos curvos, caían las veloces flechas.
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Los caballos, unos, lejos, junto al pesebre inactivo,
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gimiendo lastimeramente con la mirada baja por sus compañeros de yugo,
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y otros, añorando a sus aurigas muertos.
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Yacía el Pelida, teniendo consigo a su compañero muerto,
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y el anciano Néstor se lamentaba por su hijo Antíloco,
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y Áyax, tras liberar su vigoroso cuerpo con una herida autoinfligida,
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bañó su odiada espada en el torrente de sangre de su locura.
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Y para los troyanos, ultrajados por los arrastres de Héctor,
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mientras gemían, no solo había un dolor local,
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sino que, lamentándose también por los duelos de los de lengua extranjera,
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respondían con lágrimas a los aliados de muchas lenguas.
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Lloraban los licios a Sarpedón, a quien antaño su madre
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envió a Troya, enorgulleciéndose del lecho de Zeus,
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y al caer por la lanza de Patroclo, hijo de Menecio,
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el aire paterno se derramó llorando sangre.
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Y bajo la noche traicionera, encadenado por un sueño funesto,
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los tracios lloraban a Reso; y ante su destino,
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la madre de Memnón se ciñó una nube celestial,
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Eos, robando la luz del día sombrío.
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Y las mujeres del Termodonte, amantes de la guerra,
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golpeándose el pecho redondo, aún sin florecer,
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lloraban a la virgen de mente guerrera, Pentesilea,
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quien, tras acudir a la danza de la guerra, pródiga en huéspedes,
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dispersó con mano femenina una nube de hombres
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hacia las naves junto al mar; pero Aquiles, enfrentándose a ella solo con su lanza,
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la mató, la despojó y le dio sepultura.
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Y aún permanecía toda Ilión bajo sus torres construidas por los dioses,
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erguida sobre cimientos inamovibles,
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y el pueblo de los aqueos se angustiaba por la penosa demora.
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Y Atenea, habiendo vacilado ante los últimos esfuerzos,
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aunque incansable, habría sudado en vano,
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si no hubiera dejado pasar la insolencia de Deífobo, ladrón de esposas,
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y un adivino extranjero hubiera venido desde Ilión hacia los dánaos,
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quien, complaciendo a Menelao que sufría,
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profetizó para su propia patria una ruina de cumplimiento tardío.
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Y ellos, por los oráculos de Héleno, lleno de amargo celo,
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prepararon al instante el fin de la larga lucha.
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Y partía hacia Esciro, dejando la ciudad de hermosas doncellas,
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el hijo de Aquiles y de la loable Deidamía;
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y aunque aún no le brotaba el vello en sus sienes lozanas,
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mostraba el valor de su padre, siendo un guerrero joven.
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Y llegó también Atenea ante los dánaos, trayendo su sagrada imagen,
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siendo saqueadora, pero aliada de sus amigos.
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Ya también Epeo, colaborador en los planes de la diosa,
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construía el odiado regalo de Troya, el caballo gigantesco.
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Y ya se cortaban las maderas y bajaban a la llanura
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desde el mismo Ida, de donde también antes Fereclo
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construyó las naves para Alejandro, origen de la desgracia.
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Y construía, ajustando sobre los costados más anchos,
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un vientre ahuecado, tanto como el artesano
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había trazado con la plomada el tamaño de una nave de doble proa.
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Y fijó el cuello sobre el pecho hueco,
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esparciendo sobre el rubio oro una crin de bordes púrpuras;
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y esta, ondeando en lo alto con el cuello arqueado,
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quedaba sellada desde la cima con una atadura de crines.
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Y colocó ojos de piedra en dos círculos,
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de berilo glauco y amatista sangrienta;
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y al mezclarse el brillo de la doble tonalidad,
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las pupilas de las piedras glaucas se tornaban rojizas con los giros.
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Y grabó dientes plateados sobre las mandíbulas,
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ansiosos por morder las puntas del freno bien torneado;
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y, oculto, abrió los conductos de la gran boca,
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guardando el aliento de reflujo para los hombres ocultos,
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y a través de los ollares fluía el aire vivificante.
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Y las orejas estaban fijas sobre las sienes más altas,
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muy erguidas, siempre listas para esperar el sonido de la trompeta.
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Y ajustó el lomo junto a los flancos y la columna flexible,
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y unió las caderas con los glúteos resbaladizos.
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Y se arrastraba sobre las huellas traseras una cola suelta,
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como una vid arrastrada con sus zarcillos curvados.
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Y las patas, avanzando sobre las rodillas moteadas,
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como si estuvieran a punto de prepararse para una carrera de alas ligeras,
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así se apresuraban; pero la necesidad ordenaba permanecer.
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No es que bajo las espinillas sobresalieran cascos sin bronce,
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sino que estaban ceñidos con los giros de una tortuga brillante,
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tocando la llanura apenas con el bronce de fuertes pezuñas.
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Y colocó una puerta cerrada y una escalera construida,
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la cual, como invisible, ajustada sobre los costados,
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lleve aquí y allá a la emboscada de los aqueos de caballos ilustres,
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y para que, al soltarse y unirse firmemente en uno,
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fuera para ellos un camino desde arriba y para saltar desde abajo.
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Y alrededor de él, sobre el cuello blanco y las mejillas,
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lo ciñó alrededor con flores púrpuras de correas
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y con los giros tortuosos del freno necesario,
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pegándolo con marfil y bronce de remolinos plateados.
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Pero cuando terminó todo el caballo guerrero,
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colocó un círculo de patas bien calzadas bajo cada uno,