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Fanuel, esto es, rostro de Dios. Habiendo sufrido él un dolor en el nervio ancho durante la lucha con el ángel, aquel se negó a comer de él, y por causa de aquel, también a todo el linaje de este le ha sido prohibido. Habiendo salido Esaú al encuentro de su hermano, se encontraron y se abrazaron. Luego Esaú se marchó, y Jacob llegó a Siquem. Como los siquemitas celebraban una fiesta, su hija Dina entró en la ciudad para conocer los pormenores de la fiesta. Al verla Siquem, el hijo del rey de la ciudad, la deshonra mediante un rapto. Después, el padre de este le rogó a Jacob que uniera a Dina con Siquem; pero él no accedió. Simeón y Leví, hermanos de la joven por parte de madre, aprovechando que los de la ciudad estaban de fiesta y embriagados, entraron de noche y mataron a todo varón en edad núbil, así como al rey y a su hijo. Esto dice Josefo. Pero el libro del Génesis narra estos hechos de manera más verosímil. Dice, en efecto, que cuando Jamor, el padre de Siquem, pidió que Dina fuera unida a su hijo, Simeón y Leví dijeron:« Si todos los varones de la ciudad se circuncidan, daremos a nuestra hermana a tu hijo», y que ellos aceptaron la propuesta y todos fueron circuncidados. Pero al tercer día de la circuncisión, estando los circuncidados en mal estado y doloridos por la inflamación, los atacaron y los mataron a todos, sin que Jacob lo supiera. A él, que se afligía por esto, Dios le ordenó que tuviera confianza. Habiendo llegado Jacob a Betel, donde vio el sueño, ofreció un sacrificio. Y al avanzar, entierra en Efrata a Raquel, quien murió tras el parto. Y llamó Benjamín al niño nacido de ella, debido al dolor que la madre sufrió por él. Habiendo llegado a Hebrón, ciudad de los cananeos, encontró a su padre Isaac aún vivo, pero Rebeca ya había muerto. Poco después muere también Isaac, y es enterrado junto con su esposa en el sepulcro de sus antepasados, tras haber vivido ciento ochenta y cinco años. Esaú gobernaba Edom, habiendo llamado a la región por su propio nombre. Pues él era llamado Edom, porque habiendo regresado una vez hambriento de la caza, y encontrando a su hermano que había preparado lentejas para sí como alimento, le pidió que se las diera; y él lo obligó a venderle su primogenitura a cambio de las lentejas. Y él se la cede con juramentos debido al hambre; de ahí que fuera apodado Edom, por el color rojizo de las lentejas; pues era de ese color en gran medida. Y Edom, entre los hebreos, se denomina« lo rojo». Jacob amaba a José, el hijo de Raquel, más que a los otros hijos, tanto por la belleza de su cuerpo como por la virtud de su alma. Por tanto, el afecto del padre y los sueños que vio movieron a los hermanos a envidiarlo. Uno de los sueños era el siguiente: en tiempo de siega, le parecía estar atando gavillas con sus hermanos y colocándolas, y que las suyas permanecían quietas, mientras que las de sus hermanos se acercaban y se inclinaban ante las suyas. El otro, que le parecía que el sol, la luna y las estrellas restantes se inclinaban ante él. Al relatar estas visiones a su padre, estando presentes también sus hermanos, buscaba conocer su significado. Él le anunció la prosperidad al niño, y que llegaría un tiempo en el que sería honrado y venerado por sus padres y sus hermanos. Esto entristeció a los hermanos de José, y miraban con malos ojos al joven. Mientras los hijos de Jacob pastoreaban los rebaños en Siquem, el padre envía a José para que los visitara. Ellos, al verlo, se apresuraron a matarlo. Rubén aconsejó no ser ellos mismos los verdugos de su hermano, sino arrojarlo a la cisterna cercana, para que muriera allí, y así el mal sería más moderado. Habiendo accedido los jóvenes a la propuesta, Rubén tomó al joven y lo bajó suavemente a la cisterna. Judá, al ver a unos mercaderes árabes, aconsejó a sus hermanos vender a José a ellos. Y, pareciéndoles bien, lo venden a los mercaderes por veinte minas, teniendo él diecisiete años. Rubén, habiendo ido de noche a la cisterna para sacar a José y salvar a sus hermanos sin que se dieran cuenta, al no encontrarlo, lamentándose, culpaba a sus hermanos.
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Al contarle ellos lo sucedido, cesa en su lamento. Manchando la túnica del joven con sangre de un macho cabrío, fueron ante el padre y dijeron que no habían visto a José ni sabían cómo había perecido, pero que habían encontrado esa túnica ensangrentada y desgarrada. Jacob, lamentándose por el joven, se sentó vistiendo un saco. A José lo compró de los mercaderes Petefrés, un hombre egipcio al servicio de los cocineros del rey Faraón, y lo tenía en alta estima. Como la esposa del señor se sintió atraída eróticamente hacia él, tanto por su belleza como por su destreza, y le proponía palabras sobre la unión, él rechazaba la pretensión. Ella, terriblemente asediada por el amor, hizo un segundo intento, y al desesperar de convencerlo, quiso forzarlo. Como el joven salió corriendo dejando incluso su manto, ella se quedó cabizbaja y confundida. Al llegar su marido, lo acusó de José y le mostraba el manto, como si lo hubiera dejado al intentar forzarla. Petefrés arroja a José a la cárcel de los malhechores, en la cual también el copero de Faraón había sido encerrado por ira, así como el jefe de los panaderos. Habiéndose hecho familiar de ellos, se le pidió que les revelara el significado de sus sueños. El copero, en efecto, creía ver una vid de la que brotaban tres sarmientos, de los cuales colgaban grandes y maduros racimos, y que los exprimía en una copa y se la ofrecía a Faraón, y que este la recibía con agrado. José le explicaba que el sueño le anunciaba cosas buenas; pues en tres días, los que seguían, sería restituido al servicio anterior. Y le pidió que se acordara de él cuando le fuera bien. El jefe de los panaderos dijo que creía llevar tres cestas sobre la cabeza, dos llenas de panes y la otra de manjares y diversos alimentos, y que estos eran arrebatados por aves que descendían. José le dijo también a este que las tres cestas eran indicativas de tres días, y que al tercer día, al ser colgado, sería pasto de aves carnívoras. Sucedió en ambos casos tal como José lo explicó. Después, Dios envía a Faraón visiones de sueños dobles y el significado de ambos. Él recordaba las visiones, pero olvidó las explicaciones. Convoca, pues, a los sabios de los egipcios, les anuncia los sueños y exige el significado; como ellos estaban perplejos, se enfureció. El copero, aunque no antes, entonces recordó a José e informa a Faraón sobre él. Es traído, pues, inmediatamente. Él dice:« Dime, joven, la interpretación de los sueños que he visto. Me pareció ver siete vacas bien alimentadas que salían del río y se dirigían al pantano; y otras siete, flacas y consumidas por el hambre, que salían del pantano y se encontraban con aquellas, y que las segundas devoraban a las primeras y gordas, y que ellas permanecían igualmente flacas. De nuevo veo siete espigas que brotaban de una sola raíz, lozanas e inclinadas por el peso del fruto. Cerca de ellas creía ver siete espigas iguales en número, débiles por la falta de rocío y desagradables a la vista, las cuales consumían a las fructíferas y hermosas». José dice:« Aunque dobles, oh rey, son los sueños, tienen una sola interpretación de lo que ha de suceder. Pues tanto las vacas, animal que trabaja en el arado, devoradas por las peores, como las espigas lozanas consumidas por las débiles, anuncian un hambre para tantos años en tu país, que antes habrá tenido abundancia de frutos en igual número de años, de modo que la fertilidad de estos será consumida por los siguientes. Si tú almacenas los frutos de la prosperidad anterior para los años de esterilidad, harás que la desgracia sea imperceptible para los egipcios». Faraón, asombrado por la sabiduría de José tanto por la explicación como por el consejo, dijo:« Tú mismo serás el juez, consejero y administrador de lo que se ha decidido». Y le otorgó su autoridad, de modo que usara el sello de Faraón, vistiera púrpura y fuera en carro. José tenía entonces treinta años. Faraón lo llamó Psofomfanech; el nombre significa« descubridor de cosas ocultas». Le une también a una mujer llamada Asenet,
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hija del principal de los sacerdotes en Heliópolis. De ella le nacen hijos antes del hambre, el mayor de los cuales era Manasés; significa« olvidadizo», porque encontró el olvido de sus desgracias; y Efraín el menor; al dar este nombre significa que le fue devuelta la libertad de sus antepasados. De ahí llegó el tiempo de la escasez. El hambre no solo se apoderó de Egipto, sino también de la región donde habitaba Jacob. Envía, pues, a sus hijos a Egipto para comprar grano, reteniendo solo consigo a Benjamín por ser el más joven. Ellos, pues, se acercaron a José. Él, sin ser reconocido, reconoció a sus hermanos y decía que ellos habían venido como espías. Ellos decían de dónde habían venido, y que eran de un solo padre que aún vivía, y que otro hermano menor estaba con el padre. José decía que le dieran seguridad de la verdad si traían al hermano menor ante él. Les da, pues, grano y, ocultamente, pone el dinero en el saco de cada uno; retuvo a Simeón como rehén de su regreso. Los hijos regresaron ante Jacob llevando el grano y anunciaron lo sucedido, y la retención de Simeón le causaba dolor, y no accedía a dar a Benjamín para ser llevado a Egipto. Habiéndose agotado ya el grano, como no era posible para ellos ir a Egipto de otra manera si no llevaban también a Benjamín, cediendo a la necesidad, el padre lo entrega, junto con el doble del precio del grano y regalos para José. Cuando llegaron a Egipto, le presentaron los regalos. Él, al ver a Benjamín y conmoverse, para no ser descubierto llorando, se retiró. Luego toma a sus hermanos para cenar, y agasajaba a Benjamín con porciones dobles, y ordena al administrador del grano que les dé grano y ponga el precio en los sacos, y que en el cargamento de Benjamín ponga también una copa de plata. Habiéndose hecho esto, los hermanos se marchaban habiendo tomado a Simeón. Jinetes los rodean mientras se iban, acusándolos del robo de la copa, y al registrar encontraron la copa en el cargamento de Benjamín. Los jinetes llevaban, pues, a Benjamín ante José, y sus hermanos, rasgando sus vestiduras, lloraban y los seguían. José, tras reprocharles como ingratos, liberaba a los demás, pero se contentaba solo con la retención de Benjamín. A ellos los embargaba la perplejidad. Judá, habiendo hablado y pronunciado muchas palabras persuasivas hacia la compasión, llevó a José a la prueba del sentimiento. Él, no pudiendo ya fingir la ira, se da a conocer a sus hermanos y les agradecía como colaboradores de lo que Dios había planeado sobre él.« Váyanse, pues», dice,« y anuncien esto a mi padre, y tomándolo a él y a todo el parentesco, trasládense aquí; pues aún habrá hambre por cinco años». Tras decir esto, abraza a sus hermanos y los agasaja con regalos. Y ellos se fueron; Jacob, al enterarse de lo referente a José, se apresuró inmediatamente hacia él, llevando a todos los que estaban con él; eran setenta y cinco. Estando ya cerca de Egipto, José sale a su encuentro. Él, por la alegría, poco faltó para que desfalleciera. Faraón, al oír que Jacob y los suyos habían llegado a Egipto, se alegraba, y al llegar Jacob ante él, lo saludó. Y al saber que los que estaban con él eran pastores, les permitió la residencia en Heliópolis. Al intensificarse el hambre, José entregaba el grano a los egipcios a cambio de dinero. Al agotarse estos, lo compraban con sus ganados, luego cedían también sus tierras para poder alimentarse. Así, habiéndose convertido Faraón en dueño de toda propiedad excepto la de los sacerdotes, pues a estos les permanecía su tierra, cuando el hambre ya amainó, José, reuniendo a los egipcios, a cada uno en su ciudad, les regalaba la tierra y los exhortaba a trabajarla, pagando la quinta parte de los frutos a Faraón. Jacob, tras pasar diecisiete años en Egipto, enfermó y falleció, habiendo predicho cómo los de su linaje habitarían Canaán. Y tras desear a los otros hijos la posesión
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de bienes, y tras haber hecho el elogio de José, porque no guardó rencor a sus hermanos, ordenó a sus hijos que contaran a los hijos de José, Efraín y Manasés, como suyos, compartiendo con ellos la tierra de Canaán. Habiendo presentado José a sus hijos ante Jacob para ser bendecidos, colocó al mayor a la mano derecha y al menor a la izquierda. Él, poniendo las manos cruzadas sobre las cabezas de los niños, asignó la derecha al menor y la izquierda al mayor. Y como José decía a su padre que no debía hacer así la imposición de las manos, él no se dejó convencer de cambiar la disposición de las manos. Pues no es que, como supuso José, no supiera lo que hacía, dañado en su mente por la profundidad de la vejez, sino que, como profeta, aludía a lo futuro, y prefiguraba la cruz salvadora, y mostraba que el nuevo pueblo, el de las naciones, sería considerado a la derecha ante Dios y sería preferido al mayor, me refiero, ciertamente, al judaico. Muere Jacob tras haber vivido ciento cuarenta y siete años. José, con el permiso de Faraón, va a Hebrón y entierra a su padre suntuosamente. Como los hermanos temían regresar con él, para que no les devolviera el mal guardando rencor, los convence de no sospechar nada. Muere también este, tras haber vivido ciento diez años, habiendo ordenado que, cuando los de su linaje emigraran de Egipto, sacaran también sus huesos y los llevaran a Canaán. Los egipcios, al ver a los israelitas prosperar y habiendo olvidado a José, ideaban diversas tribulaciones contra ellos. Pues les ordenaron cortar el río en muchísimos canales, construir muros para las ciudades y levantar terraplenes para que el río no se estancara, y erigir pirámides, y con esto agotaban a los hebreos. Pasaron, pues, un tiempo considerable en esas aflicciones. Luego, uno de los escribas sagrados anuncia a Faraón que en aquel tiempo nacería alguien entre los israelitas que, al crecer, humillaría a los egipcios y engrandecería a sus compatriotas. Faraón, temiendo, ordena destruir a todo varón nacido entre los hebreos arrojándolo al río, y que los padres de los niños que no hicieran esto fueran ejecutados todos, y que las parteras egipcias vigilaran los partos de las mujeres hebreas. Y ellos estaban en esto; pero un hombre de los nobles se sentía afligido ante esto, pues su mujer estaba encinta, y rogaba a Dios; Dios le ordenó en sueños no desesperar:« Pues el niño, del que sospechan los egipcios, será tuyo», decía,« y será salvado y criado ocultándose de los que conspiran, y liberará a sus compatriotas de la esclavitud bajo los egipcios, y obtendrá memoria eterna. Y su hermano me servirá como sacerdote junto con sus descendientes por siempre». Su mujer le da a luz, pues, un niño varón ocultándose de los guardias, y el bebé es criado por sus padres durante tres meses. Temiendo por la salvación de él, confiaron en Dios, y tras ingeniar un tejido y recubrirlo con asfalto, colocan al bebé y lo sueltan por el río. La hermana del niño, Mariamne, observaba lo que sucedería. Termutis, la hija de Faraón, jugando a orillas del río, ve el tejido y, enviando a buscarlo, lo toma. Al ver al niño, lo amó tanto por su belleza como por su tamaño. Y traen mujeres egipcias para amamantarlo; pero él no aceptaba el pecho de ellas. Mariamne, como si pasara por allí casualmente, dijo:« Reina, si se llamara a una mujer hebrea, quizás el bebé aceptaría el pecho de una compatriota». Ella dijo:« Llámala». Y trajo a la madre, y Termutis le encarga la crianza del niño con salario, y lo nombra por lo sucedido. Pues los egipcios llaman« mo» al agua, y« yses» a los salvados del agua; uniendo, pues, ambas palabras, las usó para el nombre del bebé. Moisés era el séptimo desde Abraham; pues Amram era su padre, Coat era el padre de Amram, y este era hijo de Leví,
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y Leví era hijo de Jacob, Jacob nació de Isaac, e Isaac brotó de Abraham. Al tener el niño tres años, tanto la estatura de su edad como la gracia de su aspecto resplandecían con una belleza más divina, y su inteligencia crecía muy superior a su edad. Termutis, pues, careciendo de descendencia legítima, lo adopta y lo lleva ante su padre, y él, tras abrazar al niño, le coloca la diadema por afecto. Y el niño, por su infancia, la arroja al suelo y la pisotea con los pies. Al ver esto el escriba sagrado, quien había predicho que de los hebreos nacería alguien que humillaría el poder de los egipcios, gritando dijo:« Este es aquel niño, al que si matas, quitarás el miedo a los egipcios». Pero Termutis se le adelantó arrebatándolo, y Dios dispuso a Faraón indolente ante el asesinato. Habiendo llegado Moisés a la edad adulta, por tal crianza, se hizo evidente a los egipcios cuál era su virtud. Los etíopes, vecinos de Egipto, dañaban su territorio, y los egipcios hacen campaña contra ellos; fueron derrotados, y los etíopes, despreciándolos, agotaban todo Egipto. Por un oráculo divino, Faraón pide a su hija a Moisés, ya hecho hombre, para que fuera su general contra los etíopes. Ella lo entrega, tras hacer jurar a su padre que no le haría ningún mal. Moisés, al ser confiado el mando de la guerra, no lleva al ejército contra los enemigos por el camino habitual, sino por uno intransitable por la multitud de reptiles venenosos; donde también mostró su inteligencia. Pues, habiendo hecho tejidos y llenándolos de ibis, pues Egipto cría muchas de estas y son domésticas, las llevaba por aquel camino; y los ibis son enemigos de estos animales venenosos; y usó a estas, que iban delante del ejército, como vanguardia contra los venenosos. Y ataca a los etíopes sin que ellos lo supieran, los vence y toma no pocas de sus ciudades. Ellos, al ser acorralados en la ciudad de Saba, que era la capital de Etiopía, a la que más tarde Cambises llamó Meroe por su hermana homónima, eran sitiados; pero la ciudad era difícil de sitiar. Tarbis, hija del gobernante de los etíopes, se deslizó hacia el amor por Moisés y le envía un mensaje sobre matrimonio, y él accedió si ella le entregaba la ciudad. La acción se adelantó a las palabras, y Moisés celebró las bodas, y llevó a los egipcios a su tierra. Ellos lo odiaban, incluso estando a salvo, e incitaban a Faraón contra él. Él, obedeciendo también a los escribas sagrados y debido al asesinato del egipcio que azotaba al hebreo, como se contiene en el libro del Génesis, aunque Josefo pasó esto por alto, atacó a Moisés para matarlo. Él, al estar vigilados los caminos, escapó ocultamente a través del desierto, y va a la ciudad de Madián, y es hospedado por el sacerdote de la ciudad, quien, siendo de doble nombre, era llamado Ragüel y Jetró. Él entrega a su hija Séfora a Moisés en matrimonio y lo hace pastor de sus rebaños. Al ir Moisés al monte Sinaí, es digno de la visión de la zarza, a la que el fuego quemaba,
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pero no consumía. Luego escucha también una voz desde allí, que le ordenaba no avanzar, ya que el lugar era divino, y predecía lo que sucedería, y le ordenaba ir a Egipto para liberar a sus compatriotas de la aflicción allí y sacarlos de Egipto, y le ordenaba ofrecer sacrificios en aquel lugar. Estas cosas son proclamadas divinamente a Moisés desde el fuego. Él dudaba de cómo convencería a los suyos o forzaría a Faraón a permitir la salida. Y Dios le prometía que haría esto muy fácilmente, y para fe se le ordena arrojar el bastón a tierra, y al arrojarlo se convirtió en dragón, y al tomarlo de nuevo era bastón. Y al ser ordenado bajar la mano derecha al seno, la sacó blanca de color como cal, luego volvió a su aspecto anterior. Y al ser ordenado tomar agua cercana y derramarla sobre la tierra, ve que lo derramado es como sangre. Se le exhortaba, pues, a tener confianza en esto y a no dudar más. Habiendo tomado, pues, a su mujer y a los hijos nacidos de ella, Gersón, que significa« en tierra extranjera», y Eliezer, que significa que usaría como aliado al Dios paterno, se apresuró a Egipto. Al acercarse, su hermano Aarón salió a su encuentro. Llegan, pues, ambos ante Faraón, y tras decir lo ordenado por Dios, pedían no oponerse a la voluntad divina. Como él se burló, mostraban las señales con hechos, y el bastón arrojado se convirtió en serpiente. Como los encantadores egipcios hicieron lo mismo y transformaron sus propios bastones en dragones, Moisés arroja de nuevo el bastón a tierra, y transformado en serpiente, devoró los bastones de los egipcios, que parecían dragones; luego, al caer en su propia forma, lo toma. Al endurecerse Faraón, las aguas se habían transformado en sangre. Luego las ranas cubrieron toda la tierra de Egipto. Ante esto, los mosquitos surgieron de la tierra. Los otros prodigios, pues, los encantadores de Faraón parecían hacerlos, pero no pudieron fingir los mosquitos. Dijeron, pues, a Faraón que esto es el dedo de Dios; él seguía inflexible. Y ocurrió la mosca canina, y tras esta la mortandad de los ganados. Después, al esparcir Moisés ceniza de horno por el aire, úlceras y pústulas brotaron tanto en los ganados como en los hombres, y de nuevo llovió granizo, y tras él vino la langosta, y tras estas una oscuridad cubrió a los egipcios por tres días, finalmente se les infligió la pérdida de los primogénitos. Pues al endurecerse Faraón, Dios ordenó a Moisés preparar un sacrificio para el catorce del mes que entre los hebreos se llama Nisán, entre los egipcios Farmuti, entre los macedonios Xántico, y entre los griegos Abril. Al llegar el catorce, todos sacrificaban y con la sangre de la víctima untaban los dinteles de las casas, y tras cenar, quemaban lo que sobraba de la carne. De ahí que desde entonces los hebreos celebran una fiesta en este tiempo y sacrifican, llamando a la fiesta Pascua. La Pascua, otros dicen que significa« paso», pero Josefo« transpaso», porque en aquella noche Dios, pasando por encima de los hebreos, infligió a los egipcios la pérdida de los primogénitos. De ahí que los egipcios, reuniéndose, rogaban a Faraón que dejara ir a los hebreos; él ordenó que se fueran. Ellos salían. La multitud de los que emigraban, que tenían edad de combatir solamente, era de seiscientas miríadas.
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Era el agua imbebible por su amargura. Y el nombre del lugar, el libro del Éxodo lo llama Merá, mientras que Josefo escribe que fue llamado Mar por los hebreos, diciendo que los hebreos llaman mar a lo amargo. Y murmuraban contra el caudillo, pero él, habiendo rogado primero a Dios, tomó un leño y lo arrojó al pozo, y el agua se endulzó. Josefo, al parecer, no creyendo que la dulcificación del agua fuera un milagro, sino opinando que se endulzó de forma natural, dice que Moisés, al arrojar el leño al agua, ordenó extraer agua del pozo, y ellos trabajaban, y el agua, ejercitada y purificada por los continuos golpes, ya era potable. La carencia de alimentos la remedió, tras rogar a Dios, mediante codornices. Pues volaba hacia el campamento de los hebreos una multitud de codornices, que ellos capturaban y comían. Y además de esto, Dios les hizo llover maná, semejante en su dulzor a la miel, y en tamaño parecido a la semilla de cilantro, llamado maná por ellos, como si estuvieran perplejos sobre qué podría ser esto; pues el término« man» denota una pregunta en su lengua. Así también estas cosas según Josefo. Se les había ordenado recoger de esto un asarón cada uno diariamente, y el asarón es una medida, pero si alguien recogía más, al día siguiente no era comestible, pues estaba corrompido por gusanos y amargura. Esto se dispuso así para que, si los fuertes recogían mucho, no faltara a los débiles. De este alimento se sirvieron durante cuarenta años, mientras estuvieron en el desierto. De nuevo, pues, llegaron a un lugar sin agua llamado Refidim, y estando sedientos se movieron contra Moisés. Él, habiendo rogado a Dios, es ordenado golpear la roca con la vara, y la golpea, de la cual al instante brotó agua abundante y muy límpida. Los amalecitas avanzaban contra los hebreos, habiendo convocado como aliados a los pueblos vecinos. Moisés, separando a los combatientes del pueblo de los demás, y poniendo a Josué, hijo de Nun, al frente de ellos, y dejando una parte del ejército para la custodia del agua, él mismo se retiraba hacia el monte, y ordenaba a Josué confiar en Dios y sacar al ejército contra los enemigos. Ya, pues, se entablaba el combate; y mientras Moisés tenía las manos en alto, los hebreos trataban mal a los amalecitas, pero cuantas veces Moisés bajaba las manos, fatigado por el levantamiento de estas, sucedía que los hebreos eran derrotados. Por tanto, habiendo puesto a ambos lados a su hermano Aarón y a Hur, el esposo de su hermana María, les ordenó sostener sus manos. Y así, venciendo los hebreos a los amalecitas, los habrían destruido a todos si la noche no los hubiera detenido. De los hebreos no murió ni uno solo.
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De allí partieron hacia adelante, y en el tercer mes después de la salida de Egipto llegaron al monte Sinaí, y allí Moisés sacrificó a Dios. Donde también Ragüel, su suegro, se encontró con él, y al ver a su yerno en medio de una multitud de asuntos, yendo todos hacia él, le aconsejaba dejar a otros la investigación de los juicios, y que él se ocupara de los asuntos mayores y de la salvación del pueblo, y designar jefes de diez mil, luego de mil, y poner a otros sobre quinientos, y además de estos hacer centuriones y cincuentenarios, y poner sobre treinta, veinte y diez a quienes los organizaran. Habiendo aconsejado esto Ragüel, Moisés hace según su sugerencia. Luego, habiendo ordenado al pueblo trasladar el campamento cerca del monte Sinaí, él mismo subía al monte; y el pueblo se trasladó, guardando la pureza, tanto la otra pureza como la abstinencia de la unión conyugal durante el tercer día. Al tercer día, desde la mañana, una nube rodeaba el campamento de los hebreos, y hubo relámpagos temibles y una violencia de vientos, que aterrorizaba a los hebreos que esperaban en las tiendas. Aparece Moisés lleno de valor, y al ser visto los libera del miedo y les comunica lo que Dios ordenó y cuántas leyes guardarán, y acerca al pueblo junto con mujeres y niños, para que oyeran a Dios. Y oían una voz que venía de lo alto. Luego, de nuevo,
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sube al monte; y habiendo tardado allí, el pueblo se reunió ante Aarón diciendo:« Haznos dioses; pues de Moisés no sabemos qué ha sucedido». Aarón, siendo presionado, ordenó a cada uno traer los pendientes de oro y el adorno que sus mujeres e hijas llevaban. Ellos los trajeron, y mediante ellos hicieron un becerro fundido y le sacrificaron. Moisés, bajando del monte y llevando en las manos las dos tablas del testimonio escritas por ambos lados, al acercarse al campamento, ve el becerro, y enfurecido rompió las tablas, y tomando el becerro lo quemó, lo trituró y, echándolo en agua, hizo beber al pueblo. Y ordenó a los hijos de Leví, y pasaron por el campamento y mataron a muchos, de modo que los caídos fueron contados hasta en tres mil. Moisés regresó hacia el monte diciendo:« Señor, tu pueblo ha pecado, y ahora, si les perdonas el pecado, perdónalo; si no, bórrame también a mí de tu libro». Y le dijo el Señor:« Baja, guía a este pueblo al lugar que te dije». Y el Señor mostró a Moisés, que pedía verlo, sus espaldas. Y bajó de nuevo hacia el pueblo llevando dos tablas que tenían escritos los diez mandamientos, y el aspecto de su rostro estaba glorificado, y el pueblo no podía fijar la vista en él, y se puso un velo sobre su rostro, y así hablaba con ellos. Y les anunció lo que Dios ordenó sobre sacrificios y purificaciones, y sobre animales inmundos y puros, de modo que de los unos se abstuvieran y de los otros se alimentaran, sobre uniones ilícitas, y a quiénes los sacerdotes debían tomar por esposa, y a cuáles los sumos sacerdotes, y sobre el sábado y el séptimo año y el quincuagésimo, al que llaman jubileo; y que Dios ordenó que se hiciera una tienda a la que él pudiera acudir, que los acompañara al trasladarse, y le mostró las medidas de la tienda y la forma según la cual debía ser construida. El pueblo, alegrándose por esto, traía oro, plata, piedras preciosas, bronce, madera, pelo de cabra, pieles de carnero, lino y lana. Pone como arquitectos de la tienda al hijo de su hermana María, Besalel, y a Eliab. Ya terminada la tienda, Moisés la erigió. El arca había sido construida de madera incorruptible, recubría oro por todas partes, donde pusieron las dos tablas que tenían escritos los diez mandamientos. De los cuales el primero dice que hay un solo Dios y que a este solo se debe adorar, el segundo que no se haga imagen de ningún ser vivo ni se adore, el tercero que no se jure por Dios en vano, el cuarto observar las semanas descansando de todo trabajo, el quinto honrar a los padres, el sexto abstenerse de homicidio, el séptimo no cometer adulterio, el octavo no robar, el noveno no dar falso testimonio, el décimo no codiciar nada ajeno. Esta arca, pues, la introducen en el lugar santísimo. En el templo ponen una mesa, y sobre esta doce panes sin levadura, un candelabro de oro y un incensario de madera por dentro, pero recubierto de oro por fuera. Y delante de la tienda erigió un altar de madera rodeado de láminas de bronce, frente al cual se ponían fiales y cráteras junto con incensarios, y otros utensilios que estaban preparados para el servicio sagrado, todos de oro. Se hacen también estolas para los sacerdotes, y ciertamente también para el sumo sacerdote. Y Dios designó a Aarón como sumo sacerdote. Habiendo reunido a la multitud, Moisés dijo:« Hombres, la obra ha sido terminada, y Dios considera a Aarón digno del honor de ejercer el sacerdocio». Moisés ordenó a cada uno traer medio siclo, para que fuera gasto para las necesidades de la tienda. El siclo es una moneda de los hebreos que admite cuatro dracmas áticas. La multitud de los que aportaban era de seiscientos cincuenta y cinco mil quinientos. La aportación la hacían los libres que habían superado el vigésimo año hasta el quincuagésimo. La tienda fue hecha en siete meses. Dios mostró según
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su voluntad que la obra había sido realizada, presentándose en la tienda. Así manifestó su presencia. Una bruma se formó sobre la tienda solamente, ni profunda y compacta y semejante a nubes, ni muy delgada y tenue, como para que la vista pudiera atravesarla; un rocío agradable fluía de ella. Moisés sacrificó en el atrio de la tienda durante siete días, y al octavo proclamó una fiesta al pueblo y ordenó sacrificar. Ellos competían unos con otros. Estando las ofrendas sobre el altar, se encendió fuego espontáneamente y consumió todo lo que estaba sobre el altar. Los mayores de los cuatro hijos de Aarón, Nadab y Abiú, habiendo sacrificado contra lo ordenado, fueron quemados en el pecho y el rostro, al encenderse un fuego espontáneo y abrasarlos; cuyos cuerpos, llevados fuera del campamento, fueron enterrados. A la tribu de Leví, separándola de las demás, la santificó, y les entregó la tienda y los utensilios sagrados, para que, como los sacerdotes indiquen, ellos sirvan. Después de esto decidió contar al pueblo, y fueron hallados de los capaces de llevar armas seiscientos tres mil seiscientos cincuenta. Estos eran los que habían superado el vigésimo año y alcanzado hasta el quincuagésimo. En lugar de la tribu levítica, contaron entre los jefes de tribu a los hijos de José, Manasés y Efraín, según la disposición del antepasado Jacob. Los levitas, contados, fueron hallados veintitrés mil ochocientos. Luego la multitud se rebela contra Moisés, diciendo que los ha alejado de una tierra buena para hacerlos vagar en el desierto. Habiéndolos llevado de allí a la llamada Faringe, que estaba cerca de la tierra de los cananeos, tomó a uno de cada tribu y los envió a explorar tanto el poder de los cananeos como la calidad de la tierra. Ellos, habiendo recorrido la tierra en cuarenta días, regresaron, y trayendo frutos de aquella tierra, elogiaban la región como buena, pero atemorizaban a la multitud diciendo que la posesión de la misma era imposible debido a la magnitud de los ríos, la dificultad de los montes y la fortificación de las ciudades. La multitud de nuevo tenía a Moisés bajo ira, y pensaban apedrearlo a él y a Aarón y regresar a Egipto. Solo de los exploradores, Josué hijo de Nun y Caleb, animaban al pueblo, asegurando que nada difícil les sucedería. Moisés y Aarón suplicaban a Dios para que detuviera la insensatez de la multitud. La nube estaba presente en la tienda y señalaba la aparición de Dios. Y Moisés, cobrando ánimo, habló a la multitud, y dijo que Dios se había enfurecido, pero que no destruiría a todos ni haría desaparecer el linaje, pero que no les entregaría la tierra de Canaán, sino que los dejaría en el desierto durante cuarenta años, y que entregaría la tierra a sus hijos. Diciendo esto Moisés, la multitud se llenó de tristeza. Luego quisieron unirse a los cananeos, y esto a pesar de que Dios lo prohibía; y atacando fueron derrotados, y unos cayeron, otros huyeron al campamento. Una sedición se apoderó de la multitud por tal causa. Coré, siendo de la tribu levítica, y muy ilustre por linaje y riqueza y muy persuasivo al hablar, tuvo envidia contra Moisés y clamaba contra el hombre como si usara tiranía.«¿ Pues con qué razón», decía,« asignó el sacerdocio a Aarón y a sus hijos? Si es por ser de la tribu levítica, yo soy más justo para obtenerlo, teniendo linaje igual, pero siendo diferente en riqueza y edad. Y si es necesario que se asigne a otra tribu, se preferirá la de Rubén por primogenitura, y tomarán esto Datán y Abiram». Esto decía él con malicia, y estaban confabulados con él doscientos cincuenta hombres de los principales, y la multitud también estaba irritada. Moisés, poniéndose en medio, dijo:« A mí, oh Coré, y a ti y a cada uno de los que están confabulados contigo, nos parecen dignos de honor, pero Dios designó el sacerdocio a Aarón, y ahora él mismo de nuevo juzgará a quién quiere que ejerza el sacerdocio. Desde la mañana, pues, cuantos pretendéis el sacerdocio, venid,
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cada uno trayendo un incensario de su casa, fuego e incienso; junto con vosotros que venga igualmente Aarón. Y al ofrecer vosotros incienso ante el pueblo, aquel cuya ofrenda Dios juzgue más agradable, ese será vuestro sacerdote». La multitud elogió esto, y al día siguiente se reunieron en la asamblea. Moisés, habiendo enviado a Datán y Abiram, les ordenó venir; pero ellos, no persuadidos, amenazaron contra Moisés. Moisés, habiendo ordenado a los consejeros seguirlo, se iba hacia las tiendas de ellos, y al estar cerca levantó las manos al cielo y gritó en voz alta:« Puesto que soy sospechoso de obrar mal, Señor, ven tú mismo como juez y demuestra que nada sucede espontáneamente, sino que todo se administra por tu providencia. Y si por tu orden he dado el sacerdocio a Aarón, que se abra la tierra sobre la que están Datán y Abiram y su linaje; pero si ellos dicen la verdad contra mí, que yo caiga en lo que les he deseado a ellos». Esto dijo llorando. Y la tierra se sacude de repente, y tras un ruido fuerte y seco, se hundió alrededor de las tiendas de ellos y los llevó a ellos y a lo suyo al abismo, y así de nuevo se cerró lo que estaba abierto. Ante esto el pueblo se estremeció, y Moisés llama a los que competían por el sacerdocio. Y habiéndose reunido doscientos cincuenta hombres de los notables y Aarón y Coré, ofrecían ante la tienda lo que traían en los incensarios. Resplandeció un fuego grande, como si se encendiera por orden de Dios, por el cual tanto los doscientos cincuenta como Coré fueron destruidos, de modo que ni sus cuerpos fueron hallados; solo Aarón fue hallado ileso. Moisés ordenó depositar los incensarios de aquellos hombres alrededor del altar de bronce, para que fueran recordatorio de lo sucedido también para los venideros. Habiendo convocado de nuevo la asamblea, ordenó a los jefes de tribu venir trayendo los nombres de las tribus escritos en varas, siendo el sacerdocio de aquel en cuya vara ocurriera una señal de Dios. Traen, pues, los demás y también Aarón, habiendo escrito en la vara« Levita». Las cuales Moisés depositó en la tienda de Dios. Al día siguiente las sacó. Y las otras permanecían tal como estaban, pero la de Aarón brotó ramas y frutos. El fruto, el libro del Levítico dice que son nueces, mientras que Josefo dice almendras. Todos, pues, quedaron estupefactos, habiendo Dios designado a Aarón tres veces. Y puesto que la tribu de los levitas estaba exenta de guerras y expediciones, para que no descuidaran el servicio del templo por falta de lo necesario, Moisés ordenó que los hebreos, una vez adquirida la tierra de Canaán, distribuyeran cuarenta y ocho ciudades a los levitas y tierra delante de ellas, y que les pagaran el diezmo de los frutos anuales tanto a ellos como a los sacerdotes; y ordenó que el pueblo les proporcionara otras muchas cosas, de las cuales el que busque encontrará los detalles abriendo el libro del Levítico. Habiendo dispuesto esto, Moisés fue hacia Idumea con el ejército y pedía pasar a través de ella. Pero el rey del país salió al encuentro de Moisés con un ejército armado. Y él avanzaba a través del desierto, aconsejándole Dios no iniciar combate. Entonces también murió María, la hermana de Moisés, después del cuadragésimo año de la salida de Egipto. Llevaba al pueblo a través del desierto y de Arabia; donde también Aarón murió, habiendo subido a un monte alto y entregado la estola sacerdotal a su hijo Eleazar, ante la vista de la multitud, habiendo vivido ciento veintitrés años. Llegando Moisés a la tierra de los moabitas y amorreos, pedía paso con el ejército. Sehón, el rey del país, impedía pasar a los hebreos, y habiendo señalado Dios la victoria a Moisés que preguntaba, los hebreos, tomando las armaduras, avanzaban hacia el combate. Al instante los amorreos fueron derrotados y todos fueron destruidos, y cayó también Sehón, su rey. Y tomaron las ciudades y se apoderaron de la tierra de ellos. Ataca a los israelitas también Og, el rey de la Galadene y la Gaulanítide, habiendo venido como aliado de Sehón que ya había perecido. Por tanto, él mismo muere en el combate y su ejército es destruido, y las ciudades fueron tomadas y los habitantes perecieron. De allí Moisés lleva la fuerza hacia la gran llanura y acampa frente a Jericó. Esta es una ciudad próspera, que produce palmeras y posee bálsamo. Balac, el rey de los moabitas, llama al adivino Balaam, para que, habiendo venido, haga maldiciones para la destrucción de los israelitas. Y él se iba, pero en el camino, al atacarle un ángel divino, la asna en la que Balaam iba montado, comprendiendo el espíritu divino, no avanzaba ni cedía a los golpes, y habiendo hablado con voz humana por voluntad divina, llamaba injusto al señor que le infligía golpes y no comprendía que era impedido por Dios de servir a lo que se apresuraba. Estando él turbado por la voz humana, apareciéndose el ángel, decía que él mismo impedía el camino a la bestia; y queriendo él regresar, lo impulsó a seguir adelante, y a decir lo que fuera inspirado por Dios. Y él llega ante Balac, y habiendo sido llevado a un monte, y habiendo ofrecido en holocausto siete toros y otros tantos carneros, al ver que se señalaba un cambio, no solo no maldijo a los hebreos, sino que, habiendo sido inspirado, los bendijo y ensalzó a ellos y a todo su linaje. Balac, disgustado por esto, dijo Balaam:« No está en nosotros callar o hablar sobre tales cosas, oh rey, sino que cuando nos toma el espíritu de Dios, emite a través de nosotros las voces que él quiere. Pero para ti, que quieres que te complazca, hay que preparar de nuevo un altar y sacrificios». Sacrifica, pues, de nuevo, y cayendo sobre su rostro predecía cuántas desgracias habría para los reyes y cuántas para las ciudades. Balac despide deshonrosamente a Balaam. Luego envía a las vírgenes a los israelitas según el consejo de Balaam, con las cuales los jóvenes de los hebreos eran seducidos y se unían a ellas, de modo que la transgresión se extendía ya por todo el ejército, sacrificando los jóvenes a los dioses de ellas y probando alimentos inusuales. Moisés, habiendo llevado al pueblo a una asamblea, decía que los jóvenes no hacían cosas dignas de ellos ni de sus padres, e intentaba corregirlos. Zambri, siendo jefe de la tribu de Simeón, y conviviendo con una madianita y amándola locamente, desafió a Moisés, y juró que nunca dejaría a la mujer. Finees, siendo hijo del sumo sacerdote Eleazar, sintiendo gran dolor, no cesó de golpear con la espada a la madianita y a Zambri hasta que mató a ambos. A quien también otros jóvenes, a quienes importaba la virtud, imitando, mataban a los jóvenes que habían transgredido con mujeres extranjeras. Perecen, pues, hombres no menos de catorce mil. De allí, irritado Moisés contra los madianitas, envió un ejército, designando como jefe de él a Finees. Y habiéndose entablado combate, caen sus reyes, siendo cinco, y una multitud muy grande. Los hebreos saquearon la tierra de ellos, y habiendo destruido a los habitantes junto con las mujeres, dejaron solo a las vírgenes, contadas en treinta y dos mil, que Moisés distribuyó a los sacerdotes, a los levitas y al pueblo. Siendo ya anciano, estableció como sucesor suyo a Josué, hijo de Nun, por orden de Dios. Las tribus de Gad y Rubén y la mitad de la de Manasés pedían a Moisés que les asignara la tierra de los amorreos. Él los llamaba cobardes y que no querían compartir con sus compatriotas el combate contra los cananeos. Ellos se defendían diciendo que no era eso, sino que, prosperando en multitud de ganado, querían dejar esto junto a la tierra, que resultaba buena para la alimentación de cuadrúpedos, para que ellos estuvieran ligeros para acompañar a sus compatriotas a los combates. Moisés elogió esto y les asignó la tierra amorrita bajo tales condiciones. Habiendo muerto alguien de la tribu de Manasés dejando solo hijas, preguntado Moisés de quién sería la herencia de aquel, respondió:« Si las vírgenes se casan con algunos de los de la tribu, que vayan con la herencia hacia ellos; pero si fueran pretendidas por algunos de otra
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tribu, que dejen la herencia en la tribu paterna», y así dispuso que la herencia de cada uno permaneciera en las tribus. Ya habiendo pasado cuarenta años desde que los israelitas salieron de Egipto, faltando treinta días, Moisés, habiendo reunido al pueblo, teniendo ciento veinte años, les anunció su propio fin. Y habiendo exhortado mucho, y dado leyes en libros y la disposición de su propia política, y habiendo ordenado hacer campaña contra los amalecitas, y habiendo exigido de ellos juramento sobre la guarda de las leyes, y habiendo incitado al caudillo Josué a hacer campaña contra los cananeos,« He aquí», dice,« que me voy hacia nuestros antepasados; pues Dios me mostró este día de la llegada hacia ellos». La multitud lloraba, y su lamento era inconsolable y tanto que el mismo Moisés fue vencido por la emoción y derramó lágrimas. Mientras caminaba hacia donde iba a desaparecer, todos lo seguían golpeándose. Él, apartando con la mano a los que estaban lejos, ordenaba quedarse, solo la gerusía lo acompañaba y el sumo sacerdote Eleazar y el general Josué, hasta que llegó al monte Nebo, a la cima de Fasga, que está frente a Jericó; desde donde el Señor le mostró la tierra que iban a heredar los hijos de Israel, diciéndole:« Mira esta con tus ojos, pero no entrarás en ella». Habiendo llegado a este monte, que resultaba alto, despidió a la gerusía, pero llevaba consigo a Eleazar y a Josué. Y mientras conversaba con ellos, una nube lo envolvió de repente y se hizo invisible. Han escrito en los libros sagrados que murió, para que por la excelencia de la virtud que había en él, algunos no se atrevieran a decir que ha sido divinizado. Vivió toda la vida ciento veinte años, de los cuales gobernó la tercera parte faltando un mes. Y lo lloraron durante treinta días. Esto dice Josefo, pero el libro del Deuteronomio al final contiene así al pie de la letra:« Y murió Moisés, siervo del Señor, y nadie conoce su muerte hasta el día de hoy». Ya habiendo cesado el duelo, Josué envía exploradores a Jericó, y habiendo llamado a los jefes de tribu de la tribu de Rubén y de Gad y de Manasés, les recordaba los pactos con Moisés. Y con los cincuenta mil soldados que lo seguían, se acercaba al Jordán. Los exploradores enviados, habiendo llegado a Jericó, observaron toda la ciudad, pero siendo conocidos por el rey del país, son denunciados; él ordenó inmediatamente que fueran capturados. Cuando la mujer ante la que se habían refugiado, llamada Rahab, supo la llegada de los que buscaban a los hombres, los ocultó poniéndoles encima haces de lino, y a los que buscaban les decía que aquellos hombres desconocidos, tras haber cenado con ella antes de ponerse el sol, se habían marchado. Ellos, habiendo sido engañados así por la mujer, se apresuraron a perseguir a los hombres por diferentes lugares. Rahab ordenó a los hombres ir hacia los suyos y recordarse de ella y pagar recompensa una vez que se apoderaran de la tierra de los cananeos. Ellos confesaban estar agradecidos, y ordenaban que, cuando la ciudad fuera tomada, encerrara en la posada a la propiedad y a los suyos, y que colgara una cinta roja ante las puertas, para que la casa fuera reconocible y fuera preservada. Y ellos se salvaron con los suyos y contaban lo que habían hecho. Estando el Jordán fluyendo caudaloso, Josué hacía pasar así a los hebreos sobre él. Avanzaban los sacerdotes llevando el arca, luego los levitas transportando la tienda, y seguía a estos el pueblo. Cuando los sacerdotes, al entrar primero, cortaron la corriente del río, todos cruzaban confiadamente. Los sacerdotes permanecieron en medio hasta que la multitud cruzara; luego también ellos salían dejando libre la corriente para fluir. Y acampan a diez estadios de Jericó. Y Josué, habiendo erigido un altar de las piedras que cada uno de los jefes de tribu, por orden suya, tomó del fondo del Jordán, sacrificaba sobre él y la
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la construcción del templo en el cuarto año de su reinado, cuatrocientos cuarenta años después de la salida del pueblo de Egipto. Sobre las medidas de su altura y de su longitud y sobre su construcción, no están de acuerdo el tercer libro de los Reyes y Josefo, quien escribe sobre el templo en el octavo libro de las Antigüedades, sino que difieren en la mayoría de los puntos. Pero para quien desee precisar los detalles sobre la diferencia, y sobre los dos querubines de oro que hizo y colocó en el adyton, y sobre el arca, el mar de bronce y los basamentos, y cuán grande era el altar de bronce, y cuáles eran la mesa de oro y los utensilios de plata y oro que Salomón dedicó al templo, y sobre los demás, el tercer libro de los Reyes y Josefo en sus Antigüedades bastarán para exponer la precisión de cada cosa. Tras haber terminado el rey en siete años tanto el templo como lo que estaba en torno a él, convocó al pueblo a Jerusalén. Y los sacerdotes, tomando el arca, el tabernáculo que Moisés había erigido y los utensilios empleados en los sacrificios, los trasladaron al templo, mientras el rey y todo el pueblo iban delante, y los levitas hacían libaciones y ofrecían incienso. Y el arca fue depositada en el adyton entre los dos querubines, conteniendo dentro las dos tablas de piedra. Al salir los sacerdotes del adyton, la casa se llenó de la gloria del Señor y una nube envolvió todo el templo; de lo cual imaginaban que Dios había venido al templo y habitaba en él. El rey, complacido por esto, ofreció una acción de gracias a Dios, bendijo al pueblo y suplicó que la divinidad fuera propicia a todos los que oraran en él. Luego ofreció sacrificios en el altar. Y Dios, mostrando cuán favorablemente los aceptaba, hizo que un fuego resplandeciera a través del aire, descendiera sobre el altar y consumiera todo el sacrificio. Al ver esto, el pueblo bendijo a Dios, el rey dio gracias y, tras celebrar suntuosamente, disolvieron la asamblea. Un sueño que tuvo el rey le revelaba que Dios había escuchado su oración, que el templo sería preservado, que él mismo sería elevado a la cima de la felicidad y que sus descendientes reinarían sobre el país, si él, ellos y el pueblo no transgredían los mandamientos divinos; pero si no, amenazaba con extirpar de raíz su linaje, someter al pueblo a la esclavitud y a innumerables males, y entregar el templo al incendio y al saqueo, y la ciudad a la demolición y al pillaje. Así, pues, se completaron las obras del templo para Salomón; después de esto se construyó palacios suntuosos y brillantes, reparó además las murallas de Jerusalén, construyó otras ciudades y, habiendo sometido bajo su poder a los cananeos que estaban en el monte Líbano, que antes no estaban sometidos, los hizo tributarios. Hiram, el rey de los tirios, le envió enigmas y discursos oscuros, pidiéndole que los aclarara; y él los resolvió todos y manifestó el sentido de aquellos. Josefo relata que hay que recordar esto, así como los antiguos escritores, Dío y, además de este, Menandro. Habiéndose difundido por todas partes la sabiduría y la prudencia de Salomón, una reina de Egipto y de Etiopía, amante de la sabiduría y buscándola, llegó a Jerusalén. El rey la recibió con honores, y ella resolvía fácilmente los enigmas que él le proponía, de modo que la reina se quedaba asombrada y decía ver más de lo que había oído. Admiraba también los palacios, la suntuosidad de los banquetes, todo el servicio real, los sacrificios en el templo y el buen orden de los que sacrificaban. Ella obsequió al rey con oro, piedras preciosas, especias incalculables y raíces de bálsamo, de modo que desde entonces el bálsamo creció en Palestina. Salomón también recompensó a la reina con muchos bienes. Ella regresó a sus tierras; pero el rey, habiéndose convertido en el más glorioso de todos los que le precedieron y habiendo sobresalido en prudencia y riqueza, no perseveró en los preceptos divinos,
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sino que, habiendo enfermado de incontinencia en lo relativo a los placeres sexuales y habiendo enloquecido por las mujeres, no se contentó con las de su mismo linaje, sino que se casó con muchísimas extranjeras y, complaciéndolas por amor, daba culto también a los dioses de ellas. Pues se casó con setecientas hijas de gobernantes ilustres y trescientas concubinas, además de la hija del rey de los egipcios. Entonces el Señor dijo a Salomón:" Puesto que no guardaste lo que te mandé, desgarraré tu reino y se lo daré a tu siervo. Pero no te quitaré el mando mientras vivas por causa de tu padre, sino que, cuando mueras, haré esto a tu hijo. Y no le quitaré todo el reino, sino que le dejaré dos tribus y Jerusalén por causa de tu abuelo David, y le daré las diez a tu siervo". No pasó mucho tiempo y Ader entró en guerra contra Israel. Ader era idumeo de estirpe real, quien, cuando Joab destruyó Idumea en los tiempos de David, siendo un niño huyó a Egipto y, habiendo sido recibido amablemente por el Faraón, fue amado y se casó con la hermana de la mujer del Faraón. Este, pues, habiéndose hecho hombre y sabiendo que David y Joab habían muerto, buscó regresar a su reino paterno; pero el Faraón no se lo permitió. Pero cuando los asuntos de Salomón iban mal, se le permitió a Ader y regresó a Idumea. Como esta estaba custodiada con seguridad, llegó a Siria y, habiendo reunido en torno a sí una banda de salteadores, tomó esta y saqueaba el país de los hebreos. Jeroboam, hijo de Nabat, siendo un joven, servía al rey. Salomón, al ver que era de ánimo noble, cuando construía el recinto de Jerusalén, lo puso como supervisor de la construcción. Mientras Jeroboam se iba a alguna parte, le salió al encuentro el profeta silonita Ahías, y apartándolo del camino, desgarró su propio manto en doce pedazos y le dio a él diez, diciendo:" Así desgarrará el Señor el reino de Salomón, y al hijo de aquel le dejará dos tribus por causa de su abuelo, pero a ti te dará las diez y te hará rey sobre ellas. Pero tú, al menos, aférrate a las leyes del Señor y sé justo". Jeroboam, envanecido por esto, intentó rebelarse. El rey, al conocer el asunto, buscó matarlo. Él huyó a Egipto y allí vivió hasta que Salomón murió. El rey Salomón murió, según relata el libro de los Reyes, habiendo vivido cincuenta y dos años, pues se cuenta que subió al trono a los doce años y reinó cuarenta; pero según escribió Josefo, vivió noventa y cuatro años y reinó ochenta, habiendo vivido feliz y gloriosamente, aunque transgredió en su vejez, persuadido por amores impíos de mujeres extranjeras y siguiendo los cultos de ellas. Tuvo como sucesor en el reino a su hijo Roboam. Todo el pueblo se reunió ante él y le suplicaban que aligerara el yugo de esclavitud que Salomón les había impuesto, y que se mostrara más bondadoso que su padre. Él dijo que lo pensaría y que respondería después de tres días. Llamó entonces a los más ancianos de los servidores de su padre y les preguntó qué debería responder al pueblo; ellos le aconsejaron hablarles con más suavidad y no con orgullo ni arrogancia. Después de la gerusía, compartió el asunto con los jóvenes que se habían criado con él, contándoles el consejo de los ancianos. Ellos le aconsejaron hablar al pueblo con más dureza y hacer palabras acordes a la magnitud del mando y a la dignidad real. Él se adhirió a esto y, cuando la multitud se hubo reunido de nuevo, dijo:" Si mi padre os endureció el yugo, yo lo haré más pesado; y si él usó azotes contra vosotros, yo os castigaré con escorpiones; y probaréis que mi pequeñez es más gruesa que los lomos de mi padre". La multitud, al oír esto, gritó:"¿ Qué parte tenemos nosotros en David?", y, descontentos, se marcharon.
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Como Roboam envió a uno de los suyos para hablarles y apaciguarlos, lo mataron por la ira apedreándolo. Roboam, temeroso, huyó a Jerusalén, permaneciendo con él la tribu de Judá y, junto con ella, la de Benjamín. Las demás, habiendo regresado ya Jeroboam de Egipto tras la muerte de Salomón, lo llamaron y lo eligieron rey. Roboam se preparaba para luchar por el reino contra los israelitas y Jeroboam, pero fue impedido por Dios a través del profeta Samaías. Y Jeroboam, temiendo que la multitud, al ir a Jerusalén y mezclarse con los de allí, se volviera hacia su anterior rey y lo abandonara, hizo dos becerras de oro y puso una en Betel y la otra en Dan. Y habiendo convocado a la multitud, dijo:" Dios está en todas partes, hombres, pero no solo en Jerusalén. He aquí, pues, que he hecho dos becerras en nombre de Dios, y ya no tenéis necesidad de ir a Jerusalén. Id a ellas, adorad y sacrificad; pues también nombraré sacerdotes de entre vosotros mismos". Engañado por esto, el pueblo transgredió las tradiciones patrias y provocó a Dios, de modo que Israel fue entregado al cautiverio ante los extranjeros. Jeroboam, habiendo nombrado sacerdotes y un altar, celebró una fiesta, y él mismo subió al altar y los sacerdotes en torno a él. Y cuando ya iba a sacrificar, se presentó un profeta enviado por Dios y dijo:" Esto dice el Señor: Altar, de David habrá alguien llamado Josías, quien sacrificará a tus sacerdotes sobre ti y quemará los huesos de ellos. Y para que sea evidente que mis palabras son verdaderas, he aquí que el altar se romperá y la grasa que está sobre él se derramará por tierra". Y al instante el altar se rompió y la grasa de los sacrificios se derramó. Jeroboam extendió la mano, ordenando que apresaran al profeta. Esta se secó y permaneció inmóvil. Jeroboam, habiendo suplicado al profeta, tuvo de nuevo la mano móvil y funcional. Y le pidió que cenara con él. Él no accedió, diciendo que Dios le había prohibido comer pan en aquella ciudad, beber agua o regresar por el camino por el que había venido a la ciudad; y se marchó tomando otro camino. Había un falso profeta en aquella ciudad que engañaba a Jeroboam y le hablaba para complacerlo. Este, al saber todo lo que el profeta de Dios había dicho y hecho y cómo se marchaba, lo persiguió y, al alcanzarlo, le pidió que regresara y se hospedara con él. Como él se negaba, diciendo que Dios se lo había prohibido, aquel malvado hombre dijo:" Pero yo también soy profeta y vengo por mandato de Dios para hacerte regresar y que compartas mi mesa". El profeta creyó las palabras del falso profeta y regresó. Mientras se hospedaba allí, el profeta recibió palabra del Señor de que, por no haber guardado lo que se le había mandado, sería eliminado en el camino por un león. Y al regresar, un león lo mató y, permaneciendo junto a él, custodiaba el cadáver y la bestia de carga. El falso profeta, al saber lo sucedido, recogió el cuerpo del difunto y lo enterró, y ordenó a sus propios hijos que, cuando él muriera, enterraran su cuerpo junto al del profeta;¿ qué maquinó con esto? Para que, cuando según la profecía de aquel el altar fuera demolido y los huesos de los sacerdotes y falsos profetas fueran entregados al fuego, él mismo escapara a la afrenta si era enterrado junto al hombre de Dios. Esto, pues, sucedió así; Jeroboam persistía en la misma impiedad, en la que progresaba transgrediendo cada día, y vendía el falso sacerdocio de los lugares altos a quienes querían comprarlo. Y esta acción le fue contada como pecado, y fue para la desaparición y ruina de su casa. Si el vender aquel sacerdocio impío por dinero se consideró pecado,¿ qué se podría decir de los que venden y compran el sacerdocio verdaderamente divino, el que es realizador del tremendo e incruento sacrificio? El hijo de Jeroboam, Abías, enfermó; y el rey envió a su mujer al profeta Ahías para preguntar si viviría. Ella, habiendo cambiado sus vestiduras por unas de persona privada, se fue. Y el profeta, al conocer el asunto, dijo:" No te ocultes, mujer de Jeroboam; vete y dile a tu marido que, puesto que abandonaste a Dios y te hiciste dioses fundidos, espera que te sea quitado el reino y que tú mismo seas exterminado con todo tu linaje. Y puesto que al impío que eres también te siguió la multitud, eso tampoco quedará sin castigo. Pero tú, mujer, vete y encontrarás muerto a tu hijo, quien será enterrado tras ser llorado; pues este era el único bueno de entre los de Jeroboam". La mujer, al irse, encontró al niño muerto y anunció a su marido lo dicho por el profeta. Él no mejoró en nada, pues era insensato. Mientras Roboam, hijo de Salomón, reinaba en Jerusalén, los sacerdotes y levitas que estaban entre los israelitas y cuantos del pueblo comprendían el bien, abandonando sus propias ciudades, llegaron a Jerusalén; y desde entonces el reino de Roboam creció. Pero él también pecó contra Dios, y toda la casa de Judá descuidó el culto a Dios. Por ello, Sisac, rey de Egipto, subió contra Jerusalén con una pesada fuerza en el quinto año del reinado de Roboam. Roboam, habiéndose encerrado en la ciudad con el pueblo, suplicaba a Dios que les diera salvación, y confesaban haber pecado contra Dios. Dios, habiendo sido suplicado, dijo que no los destruiría, sino que los entregaría en manos de los enemigos. Habiendo recibido, pues, Roboam al egipcio en la ciudad bajo condiciones, aquel, faltando a su palabra, saqueó los tesoros de Dios y vació los reales, y se llevó todas las armas de oro que Salomón había hecho y las lanzas de oro que David había dedicado. Roboam murió habiendo vivido cincuenta y siete años, de los cuales reinó diecisiete, dejando como sucesor a su hijo Abías. Contra este salió en campaña Jeroboam, luchando siempre también contra Roboam. Abías no se asustó ante la incursión, sino que, habiendo formado a los suyos contra él, obtuvo una victoria famosa, de modo que Jeroboam ya no se atrevió a presentar batalla. Abías murió habiendo reinado en Jerusalén tres años, haciendo lo malo ante el Señor. Y reinó su hijo Asá, quien guardó los preceptos divinos según su antepasado David.
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Jeroboam también murió tras haber cumplido veintidós años en el mando. Y lo sucedió su hijo Nadab, quien también resultó impío como su padre. Mientras sitiaba la ciudad de los extranjeros, Gabatón, fue traicionado por Baasa, hijo de Ahías, y murió tras haber reinado dos años. Baasa, habiéndose hecho dueño del reino de las diez tribus, exterminó a todo el linaje de Jeroboam. Y este también, como Jeroboam, legisló e hizo pecar al pueblo de igual manera. Y Dios le amenazó a través del profeta Jehú con destruir su casa como la casa de Jeroboam. También este murió, tras haber reinado sobre Israel veinticuatro años. Y su hijo Elá se convirtió en sucesor del reino paterno. A este, Zambrí, el jefe de su caballería, lo mató mientras estaba borracho, tras haber reinado dos años, le arrebató el reino y exterminó a todo el linaje de Baasa. El ejército de los israelitas, que sitiaba Gabatón, al saber que Zambrí había matado a Elá y reinaba, proclamó en el campamento a su propio jefe, Zambrí, y habiendo tomado con él la ciudad de Tersa, se apoderó de ella. Zambrí, el anterior, habiéndose introducido en lo más recóndito de los palacios y habiéndoles prendido fuego, se destruyó a sí mismo junto con ellos, tras haber ocupado el mando siete días. Luego el pueblo se dividió, y una parte elegía a Zambrí, y la otra a Tamní. Pero los de Zambrí, habiendo prevalecido y matado a Tamní, aseguraron el mando para Zambrí sin facciones. Este primero vivía reinando en Tersa, y después en el monte Mareona, donde construyó una ciudad que ha sido llamada Samaria, habiendo llamado él mismo al monte Samareón en nombre de Semer, de quien lo compró; habiendo sido peor que los que le precedieron. Y terminó su vida en Samaria, tras haber reinado doce años. El reino pasó a Acab, su hijo. Los reyes de los israelitas, pues, uno tras otro, fueron destruidos en poco tiempo debido a su ilegalidad, pero Asá, el rey de Jerusalén, era amado por Dios. En el décimo año de su reinado, el rey de los etíopes marchó contra él con una pesada fuerza. Él había invocado a Dios como aliado; y habiéndose enfrentado a los etíopes, mató a muchos, persiguió a los que huían, saqueó el campamento de ellos y tanto él como el pueblo obtuvieron muchos botines. Mientras el rey y el ejército se retiraban, el profeta Azarías salió a su encuentro y dijo que Dios era el dador de la victoria para él y para el pueblo, si se ocupaban de la justicia. Prometía felicidad si seguían la virtud, pero que muchas cosas dolorosas sucederían si descuidaban los mandamientos de Dios. Asá, pues, habiendo terminado su vida en la piedad y habiendo llegado a una edad avanzada, murió, tras haber reinado cuarenta y un años, dejando el mando a su hijo Josafat. Acab poseía los palacios en Samaria, habiendo superado a los que le precedieron en impiedad, y siendo impulsado más hacia la maldad por su mujer Jezabel, quien era hija del rey de Tiro y Sidón, una mujer audaz y atrevida. Ella construyó un templo a su propio dios Baal, plantó un bosque y nombró sacerdotes y falsos profetas para él. El profeta Elías, de la ciudad de Tesbe, celoso por las impiedades del rey y del pueblo, dijo a Acab:" Vive el Señor, si habrá lluvia, sino por mi palabra". Y habiendo dicho esto, se fue al torrente de Corat por mandato de Dios; donde era alimentado por cuervos que le traían pan por la mañana y carne por la tarde, y el torrente le suministraba la bebida. Al secarse este, por obediencia a Dios, se fue a la ciudad de Sarepta, que estaba entre Sidón y Tiro. Y al encontrarse con una mujer ante la ciudad, le suplicó que le trajera agua. Mientras la mujer iba, le pidió que también le trajera pan. Ella juraba que solo tenía un puñado de harina y un poco de aceite, y que, tras recoger unos leños, se iba para preparar una pequeña comida para ella y sus hijos, la cual, al acabarse, los dejaría morir de hambre. El profeta le ordena tener confianza; pues ni la harina faltaría de la vasija que la contenía, ni el aceite de la alcuza, hasta que hubiera lluvia. Ella, habiendo ido, alimentó al profeta que se hospedaba con ella, a sí misma y a los hijos con aquel poco de harina hasta que pasó el hambre. Al enfermar y morir el hijo de esta mujer, ella blasfemó contra el profeta. Él pidió que le dieran el niño muerto. Y tomándolo, lo llevó al piso superior donde vivía y lo puso sobre su cama; y habiendo suplicado a Dios, sopló tres veces sobre el muerto, y este revivió. Y dio el niño vivo a la que lo había dado a luz; ella le dio gracias. Y después de esto, Dios ordenó a Elías ir y anunciar a Acab que habría lluvia. El hambre se había hecho fuerte sobre Samaria y todo el país. Acab, habiendo tomado a su administrador Abdías, un hombre bueno, se marchaba, por si encontraba pasto para los caballos. Uno iba por un camino y Abdías por otro, buscando dónde podrían encontrar hierba en fuentes o torrentes. Elías se encuentra, pues, con Abdías y le pide que avise al rey. Él decía que Acab lo buscaba mucho para matarlo, si lo encontraba, y le aconsejaba esconderse, y decía que él mismo escondía, alimentaba y salvaba así a cien profetas, habiendo matado Jezabel a todos los demás. Él juró que aquel día se dejaría ver por Acab. Abdías se fue, pues, y anunció a Acab lo referente a Elías. Y aquel, al ver al profeta, preguntó si era él quien trastornaba a Israel. Elías dijo:" Más bien tú y la casa de tu padre trastornáis al pueblo, abandonando al Señor y honrando a dioses falsos. Pero reúne en el Carmelo al pueblo, a tus profetas y a los de tu mujer". Habiendo llegado todos, Elías dijo:" Yo solo he quedado como profeta de Dios, pero los falsos profetas son muchísimos.
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Dadme, pues, a mí solo un buey, y a todos ellos otro, y habiendo sacrificado los bueyes, pongamos las víctimas sobre leña, pero no traigamos fuego; y que cada uno invoque a su propio dios, y aquel de quien brote fuego espontáneo y consuma tanto la leña como las víctimas, ese sea considerado el Dios verdadero". La multitud aprobó las palabras, e hicieron así los sacerdotes de la vergüenza, y habiendo sacrificado el becerro y puesto sobre leña sin fuego, invocaban a Baal desde la mañana hasta el mediodía. El profeta, burlándose de ellos, les aconsejaba gritar fuerte, no fuera que su dios estuviera durmiendo o tuviera alguna ocupación. Como a ellos, que suplicaban mucho, no les resultaba nada, el profeta, tomando doce piedras según cada tribu, construyó un altar, cavó un depósito, apiló los leños sobre el altar y, habiendo puesto sobre ellos las víctimas, ordenó que se vertiera agua sobre el altar, de modo que también el depósito se llenara. Y tras esto invocó a Dios, y fuego descendió del cielo sobre el altar a la vista de todos, y consumió el sacrificio, la leña, las piedras, el agua y la tierra. El pueblo, asombrado, cayó a tierra, confesando que un solo Dios era verdadero y grande. Y habiendo apresado a los falsos profetas, los mataron por orden del profeta. Dijo al rey que Dios enviaría lluvia después de poco, y sucedió según su predicción un aguacero. Como Jezabel amenazó con matar a Elías, él, temeroso, huyó, y al encontrarse en el desierto, desanimado, suplicaba a Dios morir. Habiendo dormido, fue despertado por alguien que le permitía levantarse y comer. Ve allí pan cocido y agua. Y habiendo comido, durmió de nuevo, y el ángel le ordena de nuevo comer, pues le quedaba un largo camino. Y habiendo comido de nuevo y fortalecido con aquella comida, caminó cuarenta días. Y al llegar al monte Horeb, entró en una cueva y oyó una voz:"¿ Por qué has venido aquí?". Él dijo:" Porque, celoso, maté a los profetas de Jezabel, pero ella busca matarme". El que le hablaba dijo de nuevo:" Sal mañana y ponte ante el Señor". E hizo así, y siente un viento y un terremoto, y ve un fuego ardiendo. Luego, al producirse una brisa suave, oye una voz de allí que le ordena regresar y ungir como rey de Siria a Hazael, y a Jehú como rey de Israel, y a Eliseo como profeta en su lugar, quienes exterminarán a los impíos. Elías, al regresar como se le ordenó, encontró a Eliseo arando y le echó encima su manto. Él, abandonando todo, le siguió, siendo digno de profetizar. Nabot, que poseía una viña cerca de los campos del rey Acab, fue requerido para venderla al rey o cambiarla; pero él no accedía. Y el rey por esto estaba apenado. Jezabel, al saber la causa de la pena, escribió una carta como de parte de Acab a los principales del país donde vivía Nabot, ordenándoles acusar al hombre de haber blasfemado contra Dios y contra el rey, preparar a algunos para testificar contra él y apedrearlo. Habiendo sellado esta carta con el sello del rey, la envió a los hombres. Y habiendo hecho ellos como se les ordenó, Nabot fue apedreado y murió, y Jezabel ordenó a Acab heredar la viña de Nabot tras la muerte de aquel. Él se apenó por el asesinato, pero se apropió de la viña. Y Elías, por orden de Dios, fue hacia Acab diciendo:" Puesto que asesinaste a Nabot para quedarte con su viña, por esto dice el Señor: Donde los perros lamieron la sangre de aquel, allí también lamerán tu sangre y la de tu mujer, y las rameras se lavarán en tu sangre, y todo tu linaje será exterminado". Acab, compungido por esto, lloró, se vistió de saco y ayunó por lo hecho, arrepintiéndose. Y Dios, a través de
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Le declaró al profeta que, por su arrepentimiento, no atraería sobre él las amenazas, sino que las cumpliría en los días de su hijo. El hijo de Ader, rey de Siria, marchó contra Samaria con un ejército pesado y muchos aliados. Mientras la sitiaba, envió a decir a Acab:" Tu plata, tus mujeres y tus hijos son míos; pues los tomaré en la guerra. Pero si me permites tomar lo que deseo, levantaré el sitio y me iré". Acab respondió:" Yo y todos los míos somos tuyos". Y habiendo reunido a los ancianos de la tierra, les informó de todo lo que el enemigo le había enviado a decir. La multitud le aconsejó no acceder a ello. Él dijo a los embajadores de los enemigos que no podía hacer lo que se le exigía. Esto, al ser anunciado al rey de Siria, lo movió a ira, y ordenó levantar empalizadas alrededor de la ciudad y construir terraplenes. Habiendo dicho un profeta a Acab que Dios le entregaría a los enemigos si atacaba con los jóvenes de los jefes, contó a los jóvenes y encontró doscientos treinta y dos. Mientras los enemigos banqueteaban y se embriagaban al mediodía, salió Acab llevándose a los jóvenes. El rey de Siria, al verlos, ordenó a algunos de los suyos que presentaran ante él a los que se acercaban, atados. Los jóvenes, al enfrentarse a los que venían, mataron a muchos. El ejército completo de Israel, que seguía detrás de los jóvenes, arremetió de repente contra los sirios y los puso en fuga, de modo que incluso su rey apenas pudo salvarse huyendo. Acab, al regresar de la persecución, saqueó el campamento de los enemigos y volvió a Samaria. El profeta le predijo de nuevo el ataque del sirio. Al llegar la primavera, el sirio marchó de nuevo contra Israel y acampó en la llanura. Pues los que estaban con él le dijeron que el Dios de los hebreos tenía poder en las montañas, pero no en los valles. Como el profeta le prometía la victoria a Acab para que, decía, Dios demostrara su poder también en los valles, los ejércitos permanecieron tranquilos los otros días, pero al séptimo, trabada la batalla, los sirios huyeron; y Acab los perseguía y los mataba. Muchos de los que se salvaron perecieron allí en la ciudad de Afec al caerles encima el muro. El hijo de Ader, habiendo huido con unos pocos, se escondió. Los que estaban con él, vistiéndose de saco y atándose cuerdas a la cabeza, se acercaron a Acab y le suplicaron que salvara a su señor; él accedió. Ellos llevaron a su jefe ante Acab, que iba montado en un carro. Él lo subió al carro, lo saludó y le animó a no temer. Luego, bajo condiciones, lo dejó ir, habiéndole hecho muchos regalos. El profeta Miqueas pidió a uno de sus compatriotas que lo golpeara en la cabeza. Como no accedía, profetizó que sería golpeado por un león; y la predicción se cumplió. Luego hizo la misma petición a otro; al golpearlo este, se vendó la cabeza y se acercó a Acab, diciendo que había recibido a un cautivo del comandante para guardarlo, y que, al haber huido aquel, el comandante buscaba matarlo. Como Acab dijo que eso era justo, él se quitó la venda de la cabeza y fue reconocido como el profeta Miqueas. Y dijo a Acab:" Puesto que dejaste ir sin castigo al rey de Siria, hombre destructor, tú morirás en su lugar, y tu pueblo en lugar de aquel pueblo". Acab se entristeció al oír esto. Tras haber mantenido la paz durante tres años, queriendo luego arrebatar a los sirios la ciudad de Ramot por considerarla suya, pidió también al rey de Jerusalén, Josafat, que hiciera campaña con él. Aquel accedió, y aconsejó preguntar a Dios a través de un profeta si estaba de acuerdo. Acab, habiendo convocado a sus propios profetas, preguntó si debía ir a la guerra. Como ellos prometían la victoria, el rey Josafat buscó a un profeta del Señor. Acab dijo que había uno, pero que le tenía aversión porque siempre le predecía males. Y
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Josafat pidió que fuera llamado. Una vez llamado Miqueas, Acab le preguntó si debía luchar o no. Él dijo:" He visto a Israel disperso por los montes como rebaño sin pastor. El Señor me ha dicho que ellos se salvarán y regresarán, pero que tú solo caerás en Ramot". Tras decir esto Miqueas, Acab dijo a Josafat:"¿ No te dije que siempre me profetiza males?". Sedequías, uno de los falsos profetas, abofeteó la mejilla de Miqueas. Él le dijo:" Dentro de poco irás de cámara en cámara escondiéndote". El rey Acab ordenó que fuera encarcelado y custodiado hasta que él regresara. Y Miqueas dijo:" Si regresas en paz, el Señor no ha hablado a través de mí". Cuando los reyes ya iban de camino, el rey de los sirios se alineó contra ellos, ordenando a sus soldados no luchar contra nadie más que contra Acab. Él, habiendo cambiado su vestimenta real, se puso una de civil. Los comandantes de los sirios, al ver a Josafat vestido como rey, pensaron que era Acab y lo rodearon. Pero al darse cuenta de que no era el rey de Israel, se retiraron. Uno, sin embargo, tensó su arco y disparó a Acab. Al saber que había sido herido de muerte, ordenó al auriga que sacara el carro de la batalla; y al ponerse el sol, expiró. Los sirios, al saber que Acab había muerto, se fueron a sus tierras, y el cadáver del rey, llevado a Samaria, fue enterrado. El carro, ensangrentado por la muerte del rey, lo lavaron en el estanque de Samaria, y los perros lamieron la sangre, y las prostitutas se bañaban junto al estanque, tal como Elías había predicho. Acab murió donde Miqueas había profetizado, sin escapar a la destrucción a pesar de habérsele predicho, habiendo reinado veintidós años. Su hijo Ocozías tomó el reino después de él. A Josafat, que regresaba al rey de Jerusalén tras la alianza con Acab, el profeta Jehú le reprochó haber ayudado a un hombre impío; pero decía que Dios lo había salvado, a pesar de haber estado disgustado con su acción. El rey dio gracias. Luego, recorriendo el país bajo su mando, ordenó guardar las leyes, y habiendo establecido jueces por todas partes, ordenó juzgar con justicia. Como los moabitas y amonitas, habiendo tomado también a los árabes, marcharon contra él, invocó a Dios en su ayuda. Un profeta dijo que Dios lucharía por él, y ordena sacar al ejército, pero no enfrentarse a los enemigos, sino estar de pie y ver la ayuda divina. Al salir el rey con el ejército al amanecer, ordenaba estar de pie, y que los sacerdotes se pusieran al frente del ejército con las trompetas, y que los levitas y los cantores cantaran un himno de agradecimiento a Dios. Los enemigos, movidos unos contra otros, se mataron entre sí, de modo que nadie se salvó. Josafat dejó el campamento de los adversarios para que el ejército lo saqueara. Desde entonces, los extranjeros, temerosos al ver que tenía a la divinidad como aliada, permanecieron tranquilos. Ocozías, el rey de los israelitas, se asemejaba a sus padres en la maldad. En el segundo año de su reinado, los moabitas retuvieron los tributos que pagaban a su padre. Habiendo enfermado, envió a preguntar al dios de Ecrón, llamado Mosca, si sanaría. Elías, al salir al encuentro de los enviados, ordenó regresar y decir al que lo había enviado, respecto al dios de los extranjeros, que, como no hay Dios en Israel, no se levantará de su lecho. Los hombres regresaron y dijeron lo que habían oído. Ocozías preguntaba quién era el que había dicho eso. Como dijeron no saberlo, les exigió que describieran el aspecto de aquel hombre. Al decir que era velludo y que llevaba un cinturón de cuero, comprendió que era Elías. Y habiendo enviado a un capitán de cincuenta con los que estaban bajo su mando, ordenó traer al profeta. El enviado, al encontrarlo en la cima del monte, ordenó que viniera ante el rey. Habiendo orado Elías, un fuego que descendió del cielo destruyó al capitán y a los que estaban con él. El rey envió a otro
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capitán de cincuenta con los cincuenta; y a aquellos, de igual modo, un fuego celestial los consumió. Y de nuevo fue enviado un tercer capitán con los que estaban bajo su mando. Este, al llegar ante el profeta, cayó, se postró y suplicó evitar el castigo de su parte, diciendo que venía contra su voluntad, persuadido por la orden real, y le rogaba ir ante el rey. Elías, habiéndole dicho un ángel que fuera y no temiera, bajó del monte, y al ir ante el rey le dijo:" Puesto que enviaste a un dios extranjero preguntando si vivirás, sabe que no te levantarás de la enfermedad, sino que morirás". Murió, pues, Ocozías según la predicción del profeta, dejando el reino a su hermano Joram. Este destruyó las estelas de Baal que había erigido Acab, su padre, pero en lo demás fue impío y malvado, y semejante a sus padres. Elías, al estar a punto de ser arrebatado, fue con Eliseo. Y al llegar al Jordán, golpeó el agua con su manto, y el agua se dividió, y ambos cruzaron en seco. Luego dijo a Eliseo:" Pide qué haré por ti". Él pidió que una doble porción del espíritu que estaba en él fuera sobre él. Elías dijo que la petición era pesada," pero si me ves siendo arrebatado, te sucederá". Mientras aún hablaban, un carro de fuego con caballos semejantes se detuvo y arrebató a Elías. Al ser elevado, arrojó su manto a Eliseo. Y este, al tomarlo y no ver ya a Elías, regresó. Y al llegar al Jordán, hizo una prueba para ver si había recibido la gracia como pidió, y golpeó el agua con el manto; pero el agua no se dividió. Y dijo:"¿ Dónde está el Dios de Elías?". Y golpeó de nuevo; y el agua se separó, y cruzó. Los hijos de los profetas, al verlo, dijeron:" El espíritu de Elías se ha posado sobre Eliseo", y lo siguieron. Y querían ir a buscar por si acaso el espíritu del Señor había arrebatado a Elías y lo había arrojado sobre uno de los montes o de los collados; Eliseo no lo permitía, pero ante la insistencia de ellos, accedió. Y fueron cincuenta hombres y buscaron tres días y no lo encontraron. Eliseo estaba en Jericó. Y vinieron los hombres de la ciudad ante él suplicando que cambiara las aguas de aquel lugar, pues eran malas y causaban esterilidad. Él pidió que le trajeran sal en un recipiente nuevo, y al ser traída, la arrojó en el manantial de las aguas invocando a Dios, y las aguas cambiaron de amargura a dulzura y no quedó en ellas nada perjudicial. Mientras el profeta Eliseo se iba a alguna parte, unos niños pequeños se burlaban de él gritando:"¡ Sube, calvo!". Habiéndose dolido por esto, los maldijo. Y salieron osos del monte y mataron a cuarenta y dos de los niños. Joram, el hijo de Acab, al estar a punto de hacer campaña contra los moabitas, pidió a Josafat, el rey de Judea, que fuera su aliado. Él prometió tomar también como aliado al rey de los idumeos, que le estaba sometido. Unidos, los tres reyes se fueron por el desierto durante siete días. Y el agua faltó a los ejércitos. Vinieron, pues, los tres reyes ante Eliseo y le suplicaban que los salvara a ellos y al ejército. Él dijo a Joram:" Ve a los profetas de tu padre y de tu madre", y juró no responderle si no fuera por Josafat. Luego ordenó que llamaran a alguien que tocara el salterio. Mientras aquel tocaba, el espíritu del Señor inspiró al profeta, y ordenó cavar muchos pozos junto al torrente:" Pues veréis", dijo," el torrente lleno sin que haya soplado viento ni ocurrido lluvia, y beberéis hasta saciaros, y os apoderaréis de los enemigos". Y él lo predijo así; al amanecer del día siguiente, el torrente se llenó de aguas, y al producirse una inundación, el agua cubrió toda la faz de aquella tierra. Al salir el sol, ardiente, y golpear las aguas, estas parecían rojas ante el resplandor del sol. Los moabitas, pues, que habían acampado en los montes y observaban desde lo alto, al suponer que el agua era sangre y pensar que los reyes
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se habían peleado y que los soldados se habían matado entre sí, arremetieron desordenadamente hacia el saqueo de los despojos. Y al rodearlos los enemigos, unos fueron muertos y otros huyeron. Los israelitas, persiguiéndolos, entraron en la tierra de Moab, derribaron las ciudades y devastaron el país. El rey de Moab, al regresar a la ciudad, tomó a su hijo primogénito sobre el muro y, por desesperación, lo sacrificó y lo ofreció en holocausto a su dios. Los reyes, al ver esto y compadecerse de él por su desesperación, levantaron el sitio. Josafat, al regresar a Jerusalén, muere, habiendo vivido sesenta años y reinado veinticinco de ellos, siendo un hombre temeroso de Dios y justo. Habiendo dejado muchos hijos, hizo sucesor del reino al mayor, llamado Joram, homónimo del rey de los israelitas, que era su cuñado. En Samaria, mientras Eliseo estaba allí, se le acerca una mujer viuda, lamentándose de que, por deber y no tener para pagar la deuda, sus hijos le son arrebatados por el acreedor para ser sus esclavos. El profeta le preguntó qué tenía en casa; ella dijo que nada más que un poco de aceite. Y le ordenó pedir prestadas muchas vasijas y verter el aceite en todas ellas. La mujer hizo lo ordenado, y todas se llenaron de aceite; y anunció al profeta lo sucedido. Y él le aconsejó vender el aceite, pagar la deuda y usar el resto para el sustento. Habiendo sido hospedado por la sunamita y descansando en su casa, al no tener ella un hijo, le predijo que concebiría y daría a luz un hijo. Y según la predicción del profeta, dio a luz. Habiendo crecido el niño, murió; la mujer fue ante Eliseo al Carmelo, y cayendo a sus pies, lamentaba la desgracia. Él ordenó a su discípulo Giezi ir, dándole su bastón, para que lo pusiera sobre el niño muerto. Y la mujer juró no regresar si él no iba con ella. El profeta fue persuadido, y al ir, encontró al niño acostado en su cama; y habiendo orado, subió a la cama, se acostó con el niño y sopló sobre él. Y habiendo hecho esto el profeta siete veces, el muerto revivió, y se lo dio a su madre vivo. De allí se fue a Guilgal. Y había hambre, y los hijos de los profetas vinieron ante él. Él ordenó a su servidor prepararles un potaje. Aquel recogió del campo hierbas, con las cuales se había mezclado una planta; y la hierba es venenosa; y tras cocerla, la presentó a los hombres. Al comer, reconocieron la planta y gritaron ante el profeta que iban a morir. Él, ordenando echar harina en la olla, permitió comer, y no ocurrió nada malo a nadie por el alimento. Habiéndole traído alguien veinte panes y tortas de higos, ordenó a su servidor poner esto ante el pueblo. Al decir él qué sería esto para cien hombres, dijo:" Dales esto y que coman; pues se saciarán y dejarán sobras". Y la palabra se cumplió. Naamán, siendo grande ante el rey de Siria, era leproso. Y habiendo sido capturada una joven israelita, la mujer de Naamán la tuvo como esclava. Esta dijo a su señora:" Si mi señor fuera ante el profeta Eliseo, se libraría de su enfermedad". Ella anunció al marido las palabras de la joven, y Naamán llevó lo dicho al rey de Siria. Y el rey redacta una carta al rey de Israel sobre la curación de Naamán. Naamán, habiendo tomado diez talentos de plata, seis mil piezas de oro y diez mudas de ropa, fue a Samaria y entregó la carta al rey. Este, al leerla, rasgó sus vestidos, diciendo:" El rey de Siria busca un pretexto contra nosotros". Eliseo, al saber esto, hizo saber al rey de Israel:" Que venga Naamán a mí". Y al venir, envió a decirle que fuera al
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Jordán y se lavara siete veces, y así se libraría de la lepra. Naamán se enfureció porque el profeta no salió ante él, oró y puso su mano sobre él, y indignado se retiraba, diciendo:"¿ No hay en nuestro país ríos mejores que el Jordán? Iré, me lavaré en ellos y seré purificado". Mientras se retiraba, sus siervos le dijeron:" Haz lo que dice el profeta, siendo algo fácil". Y Naamán bajó y se bautizó en el Jordán siete veces, y fue purificado; y al regresar, daba gracias al profeta y confesaba que no había otro Dios fuera del que estaba en Israel, y le pedía tomar algo de lo que traía; pero él se negó. Y Naamán regresó. Giezi lo persiguió y dijo:" El profeta me envió a tomar de ti un talento de plata y dos mudas de ropa, para dárselos a unos necesitados que acaban de llegar ante él". Y Naamán se lo dio; y Giezi regresó ante Eliseo. El profeta supo lo que Giezi había hecho y le dijo:" Por haber tomado la plata y las ropas de Naamán, la lepra de aquel se pegará a ti y a tu descendencia". Y salió leproso. Los hijos de los profetas que iban con Eliseo fueron al Jordán a cortar madera para hacerse chozas; y Eliseo iba con ellos. Mientras cortaban la madera, el hierro del hacha de uno cayó al río. El dueño del hacha invocó al profeta y le señaló el lugar donde se había hundido el hierro. Él, habiendo tomado un palo, lo arrojó allí. Y el hierro salió a flote, y el que lo había perdido lo tomó. El rey de Siria tendió una emboscada para capturar al rey Joram. El profeta envió a Joram ordenándole protegerse y no ir a cazar. Él no salía, y Ader, al fallar en su plan, sospechaba que los suyos eran traidores de lo que él había planeado. Al decir ellos que no eran ellos, sino que el profeta Eliseo le revelaba los secretos, envía un ejército a Dotán para capturarlo. El discípulo del profeta, al ver a la gente alrededor de la ciudad, llegó ante él aterrorizado anunciando el hecho. Él dijo:" No temas", y suplicó a Dios que mostrara a su discípulo cómo es protegido por Él. Y Dios dio al servidor del profeta la gracia de verlo rodeado de carros y caballos de fuego. El profeta, habiendo orado, cegó también los ojos de los enemigos, y al salir ante ellos dijo:" Seguidme y os daré a Eliseo". Ellos lo siguieron, dañados en su vista y en su entendimiento. Habiéndolos llevado a Samaria, ordenó al rey rodearlos con su ejército. Y pidió a Dios que quitara la niebla de sus ojos. Al ser quitada, los sirios se vieron rodeados por los enemigos. Eliseo no permitió que nadie los atacara, sino que aconsejó más bien hospedarlos y dejarlos ir ilesos. Joram, pues, tras haberlos agasajado generosamente según la palabra del profeta, los dejó ir. Ellos se fueron y contaron a su propio rey lo sucedido; y él se quedó atónito. Después de esto, el rey de Siria, habiendo venido con todo su ejército a Samaria, la sitiaba. Y hubo un hambre muy fuerte en ella, de modo que una cabeza de asno se vendía por cincuenta siclos de plata, y una medida de estiércol de paloma por cinco siclos de los mismos. Mientras el rey Joram recorría el muro, una mujer gritó:"¡ Sálvame, oh rey!". Él, pensando que la mujer pedía alimento, blasfemando le dijo:"¿ De dónde te salvaré, no teniendo ni era ni lagar?". Al decir ella que pedía justicia, le permitió hablar. Y la mujer dijo:" Hice un pacto con otra mujer vecina mía para sacrificar a nuestros hijos y alimentarnos unos a otros día tras día. Yo sacrifiqué al mío, pero ella incumple lo acordado". Al oír esto, el rey se dolió profundamente, rasgó sus vestiduras y se enfureció contra el profeta porque no pedía a Dios que acabara con la desgracia, y envió a quien lo matara. Eliseo, hablando con sus discípulos, les predijo
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que" el hijo del asesino ha enviado a matarme, pero vosotros, cerrando la puerta, impedid la entrada al verdugo; pues el rey vendrá arrepentido". Ellos hicieron según la palabra del profeta, y Joram, habiendo cambiado de opinión, llegó apresuradamente ante el profeta y le reprochaba no pedir a Dios que acabara con sus males. Él dijo:" Mañana, dos satos de cebada se venderán por un siclo, y un sato de flor de harina por un siclo". Uno de los que seguían al rey dijo:" Dices cosas increíbles, profeta". Él dijo:" Verás lo prometido, pero no disfrutarás de ello por tu incredulidad". Durante aquella noche, Dios hizo que los sirios oyeran un estruendo de carros, caballos y gritos de una multitud. Ellos, pensando que Joram había tomado muchos aliados y que venían contra ellos, abandonaron el campamento y huyeron aterrorizados. Había cuatro hombres leprosos fuera de la ciudad, pues la ley ordena expulsar a los leprosos de las ciudades. Aquellos leprosos, pues, ya pereciendo por el hambre, decidieron acercarse al campamento de los sirios, diciendo:" Si nos perdonan, viviremos alimentados, o si nos matan, nos libraremos de los males". Llegaron, pues, al amanecer al campamento de los sirios, y no se veía a nadie; entraron en una tienda y la encontraron vacía de hombres; de allí pasaron a otra, y la encontraron también desierta; y al pasar a más y no encontrar a nadie, primero comieron y bebieron, luego, habiendo tomado oro, plata y ropas de allí, los escondieron, y así, al llegar a la ciudad, anunciaron lo sucedido. El rey, al oírlo, dijo que era una emboscada de los enemigos y ordenó no salir, pero envió a quienes investigaran. Los que fueron no encontraron a nadie por el camino, pero lo encontraban lleno de ropas y utensilios. Al saber esto, el rey permitió a la multitud saquear el campamento. De ahí que hubo tal abundancia de lo necesario que dos satos de cebada se vendían por un siclo, y un sato de flor de harina; y el sato es un medio medimno itálico. Solo el oficial del rey no disfrutó de aquella abundancia, según la palabra del profeta, pues no creyó en su predicción; ya que, al acudir la multitud a la puerta de la ciudad, fue pisoteado y murió. El rey de Damasco enfermó después de esto. Y Eliseo fue entonces a Damasco; el enfermo oyó sobre el profeta y envió a Hazael, el más honorable de sus siervos, ante él, preguntando si viviría. Le envió también muchos regalos. Al ser preguntado, el profeta predijo que el rey enfermo moriría, pero ordenó a Hazael no decir nada a aquel; él mismo lloraba. Y al ser preguntado por Hazael la causa del llanto, dijo que se lamentaba al prever los males que por su causa sucederían a los israelitas; pues tú serás rey de Siria. Hazael, al regresar ante su señor, anunció que el profeta decía que viviría. Al día siguiente, habiéndole echado encima una red empapada, lo asfixió, y él se apoderó del reino. El rey de Judá, Joram, pues el mismo nombre tenían ambos reyes, se deslizó hacia la impiedad por su mujer Atalía, que era hija de Acab, y mató a sus hermanos y a los siervos de su padre, y obligó al pueblo a ser impío con él. Mientras vivía así, el profeta le envió una carta, anunciándole la destrucción que vendría y la perdición de sus mujeres y sus hijos por la impiedad y el maltrato al pueblo; lo cual se cumplió cuando los árabes marcharon contra Judea, salvándose solo uno de sus hijos, Ocozías. Joram, tras esto, habiendo enfermado como el profeta había predicho, expiró violentamente, habiendo vivido cuarenta años y reinado ocho. El poder pasó a su hijo Ocozías. A Joram, el otro, el rey de los israelitas, que había hecho campaña contra los sirios, le sucedió ser herido por una flecha en la guerra. Y él
q.96
tanto con el resto de los preparativos como con la introducción de la mujer en el gineceo de la tienda, y junto con ella, las músicas que habían sido reservadas para Ciaxares. Mientras tanto, el mensajero comunicó a Ciaxares lo que venía de parte de Ciro, y este se puso en camino junto con los jinetes medos que se habían quedado con él. Cuando Ciro supo que se acercaba, tomó a los jinetes persas, que ya eran numerosos, así como a los medos presentes, a los armenios y a los más diestros en equitación de los otros aliados, y salió a su encuentro, mostrando a Ciaxares sus fuerzas. Este, al ver que a Ciro le seguían muchos y valientes hombres, mientras que para él solo quedaba una escolta escasa y de poco valor, le pareció que aquello era una deshonra, se sintió afligido y rompió en llanto evidente. Ciro, llevándoselo aparte y sentándolo a su lado, conversó con él y le preguntó la causa de su ira y de su pesar. Tras decir y escuchar muchas cosas, al final le dijo:« Por los dioses, tío, deja de reprocharme lo que ahora sucede; cuando nos pongas a prueba para ver cómo nos comportamos contigo, entonces agradéceme o repróchame». Ciaxares accedió, y Ciro se acercó y lo besó. Al verlo, los medos, los persas y los demás se alegraron sobremanera. Entonces, montando a caballo, Ciro y Ciaxares se marcharon hacia el campamento y condujeron a Ciaxares a la tienda que le habían reservado. Los medos acudían a él llevando regalos, cada uno lo más hermoso de lo que había tomado. Cuando llegó la hora de la cena, Ciaxares se ocupó de ella, mientras que Ciro se preocupaba de que los aliados permanecieran a su lado; tras reunir a los amigos capaces de ayudarle en lo necesario, les pidió que idearan cómo convencer a los aliados de no abandonarlos, sino de seguir ayudándoles. Al día siguiente, todos se reunieron ante Ciaxares. Y antes de encontrarse con él, los amigos llevaban ante Ciro a los diversos jefes de los pueblos aliados, quienes le pedían que permaneciera y compartiera con él la guerra. En esto, Ciaxares salió de la tienda y dijo:« Aliados, es necesario considerar si parece que es momento de seguir en campaña o de disolver ya el ejército». Cada uno, al pasar, dio su opinión, y todos coincidieron en que debían seguir en campaña. Por último, Ciro dijo:« Tampoco a mí se me oculta, hombres, que si disolvemos el ejército, nuestras fuerzas se debilitarían y las de los enemigos aumentarían. Pero veo que se nos acercan rivales contra los que no podremos luchar: se acerca el invierno y la falta de víveres. Pues lo que teníamos se ha consumido, y lo que había por nuestra parte ha sido retirado por los adversarios a sus plazas fuertes.¿ Quién, pues, podría hacer campaña luchando contra el hambre y el frío? Creo que debemos arrebatar las fortificaciones a los adversarios y hacernos con el mayor número posible de plazas fuertes. Pues si logramos tener fortalezas, estas volverán ajeno el territorio a los enemigos y serán de provecho para nosotros». Cuando se dijo esto y otras cosas similares, todos afirmaron que colaborarían con entusiasmo, y el propio Ciaxares convino en que construirían máquinas de asedio. Ciro, sabiendo que esto llevaría tiempo, puso al ejército a salvo y lo sacó a forrajear, para que tuvieran abundancia de lo necesario, para que estuvieran más sanos al ejercitarse y para que recordaran la disciplina.
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Desde Babilonia llegaban desertores diciendo que el asirio se había marchado a Lidia llevando muchos talentos de oro y plata y adornos de toda clase. La masa de soldados decía que él ya estaba escondiendo sus riquezas por miedo, pero Ciro decía que el asirio se había ido en busca de aliados y que se estaba preparando para una nueva batalla. Decidió enviar un espía a Lidia para saber qué estaba haciendo el asirio. Para esto le pareció idóneo Araspas, el que custodiaba a la bella mujer, quien, al ser cautivado por el amor de la mujer, le dirigió palabras; ella se negó, pues era fiel a su marido aunque estuviera ausente, pero no denunció a Araspas ante Ciro. Cuando el enamorado la amenazó con que, si no cedía voluntariamente, lo haría por la fuerza, ella, temerosa de la violencia, envió al eunuco ante Ciro y le ordenó contárselo todo. Él, al escucharlo, se rió y envió a Artabazo con el eunuco, ordenándole decirle que no forzara a tal mujer, pero que si podía convencerla, no dijo que se lo prohibiera. Araspas, al oír esto, quedó sumido en el pesar, en parte por vergüenza y en parte por miedo. Ciro, al saberlo, lo llamó aparte y le dijo:« Deja, Araspas, de temer y avergonzarte. Pues oigo que incluso los dioses son vencidos por el amor, y sé que hombres muy sensatos han sufrido lo que el amor provoca. Yo soy el culpable de esto, pues te encerré con un asunto tan irresistible». Araspas, tomando la palabra, dijo:« Tú, Ciro, eres amable y comprensivo con las faltas humanas, pero los demás hombres me hunden en el pesar. Pues mis enemigos se alegran de mi situación, y mis amigos me aconsejan alejarme, no sea que sufra algo por tu parte». Y Ciro dijo:« Sabe, pues, que con esta reputación podrás complacerme a mí y ayudar a los aliados».« Ojalá», dijo Araspas,« pudiera serte útil en el momento oportuno».« Si, pues», dijo,« fingiendo que huyes, fueras hacia los enemigos, ellos te creerán».«¡ Sí, por Zeus!», dijo Araspas,« y también mis amigos».« Irías, pues», dijo,« a contarnos todo lo de los enemigos». Araspas, habiendo salido así y tomando a sus servidores más fieles, se marchó. Pantea, al enterarse de esto, envió a decir a Ciro:« No te aflijas, Ciro, porque Araspas se haya ido con los enemigos; pues si me permites enviar a mi marido, vendrá a ti un amigo más fiel que Araspas». Ciro le ordenó enviarlo; ella lo envió. Abradatas, al conocer las señales de su mujer, se dirigió alegre hacia Ciro. Cuando estuvo cerca de los centinelas, envió a decir a Ciro quién era. Ciro ordenó que lo llevaran ante su mujer. Cuando la mujer y Abradatas se vieron, se abrazaron tras haber perdido la esperanza. Luego, Pantea le habló de la integridad, la templanza y la compasión de Ciro hacia ella. Tras esto, Abradatas fue ante Ciro y, tomándole la mano derecha, dijo:« Por lo que has hecho por nosotros, Ciro, me entrego a ti como amigo, servidor y aliado». Y Ciro dijo:« Y yo te acepto».
q.98
Llegaron a Ciro riquezas de parte del indio, y quienes las traían le comunicaron que el indio decía:« Me alegro, Ciro, de que me hayas manifestado lo que necesitabas, y deseo ser tu huésped; te envío riquezas, y si necesitas otras, pídemelas; se ha ordenado a los míos hacer lo que tú ordenes». Ciro dijo:« Ordeno, pues, que los demás se queden donde habéis acampado para custodiar las riquezas, y que tres de vosotros vayáis hacia los enemigos como si fuerais de parte del indio para tratar una alianza, y tras enteraros de lo que dicen y hacen allí, comunicádmelo lo antes posible tanto a mí como al indio». Los indios, tras preparar sus cosas, partieron al día siguiente, y Ciro se preparaba para la guerra con magnificencia. Pues los jinetes persas ya eran diez mil, y había cien carros con guadañas, y Abradatas preparó otros cien, y los carros medos se organizaron en otros cien, transformados de la misma manera a partir de los carros troyanos y libios; y sobre los camellos también estaban dispuestos dos arqueros en cada uno. Mientras Ciro disponía así los asuntos de la guerra, llegaron los indios de parte de los enemigos y dijeron que Creso había sido elegido jefe y estratega, y que muchos reyes, muchos pueblos y griegos estaban preparados para aliarse. Cuando el ejército de Ciro escuchó esto, se preocupó. Cuando Ciro percibió el miedo que recorría al ejército, les habló y cambió su ánimo hacia lo mejor. Luego dijo:« Me parece, hombres, que debemos ir contra ellos lo antes posible». Y todos estuvieron de acuerdo. Ciaxares, pues, se quedó con la tercera parte de los medos, para que tampoco los asuntos de casa quedaran desprotegidos, mientras que Ciro marchaba lo más rápido que podía. Cuando los exploradores que iban delante creyeron ver humo o polvo elevándose y hombres recogiendo forraje y leña, supusieron que el ejército enemigo estaba cerca y se lo anunciaron a Ciro. Él les ordenó quedarse en los puestos de observación y comunicar lo que vieran, y envió un destacamento de jinetes al frente para capturar a alguien. Estos, tras lanzarse al llano, capturaron a unos hombres y los trajeron. Los capturados dijeron que eran del campamento. Ciro dijo:«¿ A qué distancia está el ejército de aquí?». Ellos dijeron que a dos parasangas. Y preguntó además:«¿ Se hablaba de nosotros entre ellos?».«¡ Sí, por Zeus!», dijeron,« y mucho, pues ya sabían que os acercabais».«¿ Y qué?», dijo Ciro,«¿ se alegraban al oír que íbamos?».«¡ No, por Zeus!», dijeron ellos,« sino que estaban muy angustiados».«¿ Quién es el que los dirige?», dijo Ciro. Ellos respondieron:« El propio Creso y un hombre griego y un medo, de quien se decía que era un fugitivo vuestro». Ciro, ante esto, dijo:«¡ Ah, Zeus, ojalá pudiera capturarlo como deseo!». Ordenó llevarse a los prisioneros. No pasó mucho tiempo cuando se anunció que el espía enviado hace tiempo, es decir, Araspas, se acercaba. Ciro, al oírlo, saltó y salió a su encuentro y lo saludó, mientras los demás estaban asombrados por el hecho, hasta que Ciro dijo:« Amigos, ha llegado ante nosotros un hombre excelente, que no se fue por haber sido vencido por algo vergonzoso temiendo por mí, sino enviado por mí para que, tras conocer claramente los asuntos de los enemigos, nos los comunicara. Debemos, pues, honrarlo todos. Pues por nuestro bien aceptó la deshonra y se arriesgó». Desde entonces, todos saludaron a Araspas. Y Ciro dijo:« Cuenta, Araspas, todo lo que has visto». Y aquel relató la multitud de los enemigos, el lugar de la formación y los planes de los adversarios. Ciro ordenó a cada uno retirarse, revisar sus armas y caballos, y prepararse para la guerra al amanecer.
q.99
Entonces se retiraron; al día siguiente cada uno se armó, y Abradatas, por sorteo, fue destinado frente a los egipcios. Mientras se armaba, Pantea le trajo un casco de oro, brazaletes, ajorcas para las muñecas, una túnica púrpura hasta los pies y un penacho teñido de jacinto, que ella misma había hecho para su marido. Él, al verlo, dijo:«¿ Acaso tú, mujer, has destrozado tu propio adorno para hacerme las armas?».«¡ Sí, por Zeus!», dijo Pantea,« pues tú eres para mí el mayor adorno». Diciendo esto, vistió a su marido con las armas e intentó ocultar que lloraba, pero las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Cuando Abradatas estuvo listo para subir al carro, Pantea, tras ordenar a los presentes que se retiraran, dijo:« Que te prefiero a mi propia alma, Abradatas, creo que lo sabes; sin embargo, sintiendo esto por ti, juro por nuestra amistad que preferiría ser enterrada contigo, siendo tú un hombre valiente, antes que vivir avergonzada junto a un hombre avergonzado. Y creo que debemos una gran gratitud a Ciro, porque, habiendo sido capturada y reservada para él, no me trató como esclava ni como libre con un nombre deshonroso, sino que te me guardó como si hubiera tomado a la mujer de un hermano. Además, cuando Araspas, el que me custodiaba, se apartó de él, le prometí que, si me permitía enviarte un mensaje para que vinieras, serías mucho más fiel y mejor que Araspas». Ella dijo esto, y Abradatas, admirado por sus palabras, suplicó:« Concédeme, Zeus, aparecer como un marido digno de Pantea y como un amigo digno de Ciro». Dicho esto, subió al carro. Ciro, tras convocar a los jefes, pronunció un discurso animándolos a la guerra, y así se dispuso a partir. Cuando se acercaron a los enemigos de modo que pudieran verse, Ciro organizó a los suyos de la mejor manera, y recorriendo las filas, incitó a los hombres a la batalla con sus palabras. Creso, tras colocar a su ejército frente al de Ciro, les dio la señal de marchar contra los enemigos. Se acercaban tres falanges, una de frente, y de las otras dos, una por la derecha y otra por la izquierda, de modo que el miedo se apoderó de todo el ejército de Ciro; pues estaba rodeado por todas partes por los enemigos, excepto por detrás. Sin embargo, los de Ciro, cuando dio la orden, se giraron todos frente a los enemigos. Hubo un gran silencio por todas partes; pero cuando a Ciro le pareció que era el momento, entonó el peán, y todo el ejército respondió al unísono. Ciro se levantó y, junto con los jinetes, se mezcló con los adversarios, y los infantes formados con él le siguieron. Artagerses, el jefe de los que iban en camellos, atacó por la izquierda, lanzando los camellos, como Ciro había ordenado. Los caballos no los soportaban desde lejos, sino que huían, saltaban o chocaban entre sí. Los carros también atacaban simultáneamente por la derecha y por la izquierda, y muchos que huían eran capturados por ellos. Abradatas, gritando:«¡ Amigos, seguidme!», se lanzó sin escatimar nada de sus caballos; los otros aurigas también se lanzaron. Abradatas embistió contra la falange de los egipcios, y los que estaban formados más cerca se unieron a él, mientras los otros se desviaban hacia los carros que huían. Los que estaban con Abradatas derribaban a unos con el ímpetu de los caballos y aplastaban a los que caían; y todo lo que las guadañas alcanzaban, armas y cuerpos, era cortado violentamente. En este indescriptible caos, por los montones de todo tipo que hacían saltar las ruedas, Abradatas cayó, así como otros de los que habían embestido. Estos fueron masacrados, mientras los persas, siguiéndolos, mataban a los egipcios que estaban desordenados, pero los que estaban formados marchaban contra los persas; allí hubo una batalla terrible. Los egipcios tenían ventaja tanto en número como en armas. Los persas no podían resistir, sino que retrocedían paso a paso, golpeando y siendo golpeados, hasta que llegaron bajo las máquinas. Cuando llegaron allí, los egipcios eran golpeados de nuevo desde las torres. Hubo gran matanza de hombres, gran estruendo de armas y gran griterío. En esto, Ciro, que perseguía a los que tenía delante, llega. Al ver a los persas empujados fuera de su posición, se afligió y, ordenando a los que estaban con él que le siguieran, pasó por detrás; y al irrumpir, mataban a muchos. Cuando los egipcios se dieron cuenta, se giraron. Luchaban mezclados infantes y jinetes; uno que había caído bajo el caballo de Ciro y era pisoteado, golpeó con su espada el vientre del caballo, y el caballo, por la herida, se encabritó y derribó a Ciro. Inmediatamente todos gritaron y, lanzándose, lucharon. Uno de los servidores de Ciro saltó y lo subió a su propio caballo. Cuando subió, vio que los egipcios ya eran golpeados por todas partes. Cuando pasó junto a las máquinas, subió a una de las torres y vio el llano lleno de caballos, hombres, carros, huyendo, persiguiendo, venciendo, siendo vencidos, y ya no podía ver nada en ninguna parte excepto a los egipcios. Estos, rodeados por todas partes, estaban sentados bajo sus escudos, sin hacer ya nada, pero sufriendo muchas cosas terribles. Ciro, admirándolos y compadeciéndolos porque, siendo hombres valientes, perecían, no permitió que nadie los golpeara más, y envió un heraldo preguntándoles si querían perecer todos o salvarse. Ellos dijeron:«¿ Qué podemos hacer de noble para salvarnos?». Y Ciro dijo:« Si nos entregáis las armas, a los que eligen salvaros, pudiendo destruiros». Al oír esto, los egipcios dieron garantías y él las aceptó.
q.100
Tras realizar esto, Ciro, ya al anochecer, se retiró y acampó. Los que estaban con Ciro cenaron y durmieron; Creso, sin embargo, huía inmediatamente hacia Sardes con el ejército, y los otros pueblos se retiraban en la noche por donde podían. Al amanecer, Ciro también marchó hacia Sardes, y al llegar a la ciudad, levantó las máquinas y preparó escalas. La noche siguiente, hizo subir a caldeos y persas por los lugares que parecían más escarpados de la fortaleza de los sardianos. Guió el camino a estos un hombre persa, esclavo de uno de los guardias de la acrópolis. Cuando se tomaron las alturas, los lidios huían de las murallas. Ciro entró en la ciudad al amanecer, ordenando que nadie se moviera de su formación. Creso, encerrado en el palacio, llamaba a Ciro. Ciro dejó guardias para Creso, y tras acampar a los suyos, fue hacia Creso. Al verlo, Creso dijo:« Salve, señor».« Y tú también», dijo Ciro,« Creso. Pero,¿ querrías aconsejarme algo?».« Querría», dijo,« Ciro».« Digo, pues», dijo,« Creso, que viendo a los soldados agotados y arriesgándose mucho, y pensando ahora que tienen la ciudad más rica de Asia después de Babilonia, considero que los soldados deben ser recompensados, pero no quiero permitirles saquear la ciudad». Creso dijo:« Permíteme hablar a los lidios que yo quiera, y te aseguro que no habrá saqueo por tu parte, y sabe que obtendrás de los lidios, voluntariamente, todo lo que sea valioso en Sardes. Primero, envía a mis tesoros», dijo,« y toma lo que quieras». Ciro convino en hacer esto, y pasaron el día en ello; al día siguiente, Ciro, tras llamar a algunos de sus amigos, ordenó a unos recibir los tesoros y a otros las riquezas que Creso entregara. Luego preguntó si alguien había visto a Abradatas. Cuando uno de los servidores dijo que había muerto en la batalla, se golpeó el muslo, saltó sobre el caballo y cabalgó hacia él. Al ver a Pantea sentada en el suelo y al cadáver tendido, lloró y dijo:« Ay, alma buena y fiel». La mujer dijo:« Sé que por mi causa sufrió esto, y quizás, Ciro, también por la tuya. Pues yo, la insensata, le ordenaba mucho cómo aparecer ante ti como un amigo digno de mención, y él mismo pensaba qué podría hacer para complacerte. Y él ha muerto sin reproche, y yo, la que le ordenaba, me siento aquí viva». Ciro lloró en silencio durante un tiempo, luego dijo muchas palabras de consuelo por el dolor y se marchó. La mujer ordenó a los eunucos retirarse, y dijo a la nodriza que permaneciera y, cuando muriera, los cubriera a ella y a su marido con un solo manto. La nodriza se sentó llorando; ella se degolló y, poniendo su cabeza sobre el pecho de su marido, murió. La nodriza se lamentó y cubrió a ambos. Los eunucos, al saber lo ocurrido, siendo tres, desenvainaron sus acinaces y se degollaron. Ciro, al enterarse de la acción de la mujer, la admiró y se lamentó, y les erigió un monumento inmenso, enterrándolos con magnificencia. Los carios, tras haber estado en sedición y luchando entre sí, se entregaron ambos bandos a Ciro, y los de la Frigia del Helesponto también ofrecieron muchos regalos a Ciro, de modo que no admitieron bárbaros en sus murallas, sino que le pagaban tributo y hacían campaña donde Ciro ordenaba. El rey de los frigios se preparaba para no pactar; pero cuando sus subalternos lo abandonaron, entró en combate con Histaspes. Histaspes, tras dejar guarniciones de persas en las alturas, se marchó llevando consigo a muchos jinetes y peltastas frigios. Ciro partió de Sardes, dejando una guarnición en Sardes, y llevando consigo a Creso, quien conducía muchísimos carros llenos de riquezas variadas y abundantes, y tenía escrito con precisión lo que había en cada carro. Él también entregó los escritos a Ciro; Ciro dijo:« Has hecho bien, Creso, pero los que han tomado las riquezas me las traerán sin falta, y si roban algo, robarán lo suyo». Creso también llevaba a muchos lidios espléndidamente armados. Ciro, en su camino hacia Babilonia, sometió a los frigios de la Gran Frigia, sometió a los capadocios y puso bajo su mando a los árabes; armó de todos ellos a no menos de cuarenta mil jinetes persas, y repartió a todos los aliados muchos caballos de los capturados. Llegó, sin embargo, a Babilonia llevando muchos jinetes, muchos arqueros y lanceros.
q.107
amistad con Zorobabel, por la cual, además, se le había considerado digno de servir como guardaespaldas junto con otros dos, habiendo llegado recientemente a él desde Jerusalén. En el primer año de su reinado, Darío preparó un banquete para sus magnates; y cuando, tras haber festejado, se retiraron, él mismo se durmió en su lecho. Tras dormir un poco, despertó y conversó con sus guardias. A cada uno de ellos les propuso un certamen de elocuencia: al primero, si el vino es el más poderoso de todos; al segundo, si lo son los reyes; y al último, que era Zorobabel, si lo son las mujeres y, por encima de ellas, la verdad. Prometió al vencedor como premio llevar púrpura, una tiara de lino fino, un collar de oro, beber en copas de oro, dormir sobre oro, tener un carro con frenos de oro, ocupar el primer lugar después de él y ser llamado su pariente. Al amanecer, pues, tras hacer llamar a los magnates, ordenó a cada uno de los guardaespaldas que se pronunciara sobre el problema. Uno exaltó la fuerza del vino, como algo que engaña la mente de quienes abusan de él, transforma las disposiciones de las almas y hace que los embriagados sean otros de lo que eran; otro filosofó que el rey supera a todos, puesto que los hombres dominan sobre todo lo demás mediante la sabiduría, y a ellos, que gobiernan a los reyes, todo les está sometido; pero Zorobabel declaró que las mujeres superan en fuerza, puesto que incluso los reyes nacen de ellas, así como quienes plantan las viñas, y que todos las prefieren a los padres, a la patria y a sus seres más queridos; y que las mujeres dominan incluso a los mismos reyes, quienes las halagan y se humillan si saben que ellas están disgustadas por algo; más aún, que la verdad es más poderosa que todo esto, puesto que también Dios es verdadero y así es llamado, y mientras que las demás cosas son mortales, la verdad es una realidad inmortal y eterna. Al decidir todos por unanimidad que él había filosofado de la mejor manera sobre la verdad, Darío le permitió pedir lo que quisiera, aparte de lo que ya había obtenido. Él le recordó la promesa que había hecho si recibía el reino. Esta era construir el templo de Dios en Jerusalén y restaurar los utensilios que aún quedaban en Babilonia." Esta", dijo," es mi petición". Complacido por esto, el rey escribió a los sátrapas para que suministraran madera de cedro para la construcción del templo, para que ayudaran a Zorobabel a construir la ciudad, para que todos los cautivos israelitas que regresaran a Judea fueran libres y estuvieran exentos de impuestos, y para que se entregaran cincuenta talentos para la edificación del templo. También envió todos los utensilios que aún estaban en su poder; y todo lo que Ciro había decretado sobre los judíos, Darío lo ordenó también. Una vez hecho esto, Zorobabel llegó a Babilonia y anunció a sus compatriotas lo que el rey había dispuesto; y todos los que habían deseado regresar a Jerusalén, partieron. El total de los que partían era de cuatrocientos sesenta y dos mil ocho, sin contar a los levitas, los porteros, los esclavos sagrados y los sirvientes que siguieron a los que subían. El jefe de ellos era Zorobabel, hijo de Salatiel, de la tribu de Judá, descendiente de David, y Jesús, hijo de Josedec, el sumo sacerdote; además de ellos, Mardoqueo y Sereb, del pueblo, fueron designados como jefes. Al llegar a Jerusalén, sacrificaron y comenzaron la construcción del templo. El templo fue terminado rápidamente; y una vez completado el santuario, los sacerdotes, los levitas y los hijos de Asaf alabaron a Dios. Los ancianos de las familias, al recordar el templo anterior y ver que el recién construido era más modesto que el de antaño, se entregaron al llanto y a los lamentos, y el gemido de estos superaba el sonido de las trompetas.
q.108
Los samaritanos se acercan a Zorobabel mientras el templo aún se estaba levantando, pidiendo participar con ellos en la construcción del templo. Él no aceptó que participaran en la construcción, pero les dijo que les permitía adorar en el templo. Ante esto, los samaritanos se molestaron y persuadieron a las naciones de Siria para que suplicaran a los sátrapas que detuvieran la edificación del templo. Al subir a Jerusalén, los gobernadores de Siria y Fenicia preguntaron con el permiso de quién estaban levantando el templo como una fortaleza y rodeando la ciudad con muros muy fuertes. Zorobabel y el sumo sacerdote Jesús dijeron que la construcción había sido permitida primero por Ciro, y luego de nuevo por Darío. Los gobernadores de las regiones de Siria y Fenicia no decidieron detener la construcción de las obras, pero escribieron inmediatamente a Darío. Como los judíos estaban aterrorizados de que el rey cambiara de opinión sobre lo que había dispuesto, los profetas Ageo y Zacarías los instaban a tener confianza y a no sospechar nada indeseable. Confiando, pues, en los profetas, continuaron intensamente con la construcción. Darío, al recibir las cartas y las acusaciones de los samaritanos de que los judíos estaban fortificando la ciudad y construyendo el templo como una fortaleza, y de que Cambises había impedido su construcción, ordenó que se buscara en los archivos reales lo referente a esto. Y se encontró en Ecbatana, en la fortaleza de Media, escrito que en el primer año de su reinado Ciro ordenó construir el templo en Jerusalén y el altar, y dispuso que los gastos para ello se hicieran de los fondos reales, y que se devolvieran los utensilios del templo, y ordenó a los gobernadores de allí que ayudaran en la obra y que entregaran a los judíos para el sacrificio toros, carneros, corderos y cabritos, así como flor de harina, vino y aceite. Al encontrar esto en los archivos, Darío escribió a quienes habían enviado la carta:" He encontrado para vosotros la copia de la carta en los archivos de Ciro y la he enviado, y quiero que todo se haga tal como ella contiene. Saludos". Al conocer la voluntad del rey, los gobernadores de aquellas regiones ayudaron a los judíos. Y el templo fue construido en siete años, y los israelitas ofrecieron sacrificios de renovación de los bienes anteriores. Al llegar la fiesta de los ázimos, todo el pueblo fluyó desde las aldeas a la ciudad, celebraron la fiesta y realizaron el sacrificio llamado pascua. Habitaron en Jerusalén utilizando un régimen aristocrático con una oligarquía. Pues los sacerdotes estaban al frente de los asuntos hasta que sucedió que reinaron los descendientes de los Asmoneos. Pues antes de la cautividad fueron gobernados por reyes durante quinientos treinta y dos años, seis meses y diez días; y antes de los reyes, los gobernaban magistrados llamados jueces y monarcas. Y viviendo de esta manera, pasaron más de quinientos años después de Moisés y Jesús.
q.109
Los samaritanos, estando predispuestos con odio hacia ellos, causaban muchos males a los judíos. Por tanto, fueron enviados embajadores desde Jerusalén a Darío: Zorobabel y otros cuatro de los jefes. Al enterarse el rey de las acusaciones contra los samaritanos, escribió a los hiparcos de Samaria y al consejo que no molestaran en nada a los judíos, sino que incluso les suministraran de la tesorería real de los tributos de Samaria todo lo que les fuera útil para los sacrificios. Al morir Darío, su hijo Jerjes, al recibir el reino, heredó también la piedad hacia Dios y fue muy generoso con los judíos. Había entonces en Babilonia Esdras, un hombre bueno y muy experto en las leyes de Moisés. Este se hace amigo de Jerjes y, deseando subir a Jerusalén y llevarse a algunos de los hebreos que estaban en Babilonia, pidió al rey que lo diera a conocer a los sátrapas mediante cartas suyas. Y él escribió lo siguiente:" Considerando que es obra de mi propia filantropía que los israelitas que lo deseen partan hacia Jerusalén, he ordenado esto a Esdras, sacerdote y lector de la ley divina, y que parta quien lo desee. Y toda la plata y el oro que se encuentre en la tierra de los babilonios destinado a Dios, ordeno que todo esto sea llevado a Jerusalén. Y todo lo que pienses, oh Esdras, hazlo también, haciendo el gasto para ello de la tesorería real. Y a los sacerdotes, levitas y a todos los servidores del templo, ordeno que no se les impongan ni tributos ni ninguna otra carga. Y tú, Esdras, según la sabiduría de Dios, designa jueces para que juzguen en toda Siria y Fenicia a quienes observan la ley; y a los que la desconocen, les permitirás aprenderla". Al recibir esta carta, Esdras la leyó en Babilonia a los judíos de allí, y envió una copia de ella a todos sus compatriotas, quienes se alegraron sobremanera. Muchos de ellos, tomando sus posesiones, llegaron a Babilonia para regresar a Jerusalén; pero todo el pueblo de los israelitas permaneció en sus tierras. Por eso, Josefo dice que dos tribus están sujetas a los romanos tanto en Asia como en Europa, mientras que las diez tribus están más allá del Éufrates, siendo miríadas infinitas y que no pueden ser conocidas en número. Muchos llegan en gran número a Esdras y se presentan con él en Jerusalén. Y Esdras entregó a los tesoreros lo que Jerjes, sus consejeros y los israelitas en Babilonia habían donado a Dios, sumando muchos talentos de plata y bronce, y entregó las cartas del rey a los gobernadores de las regiones. Ellos honraron a la nación y ayudaron en toda necesidad. Al enterarse después de que algunos del pueblo, de los sacerdotes y de los levitas habían tomado mujeres extranjeras, los convenció con muchas lágrimas y frecuentes exhortaciones a expulsar a las extranjeras y a los nacidos de ellas. Al llegar la fiesta de los tabernáculos, casi toda la multitud del pueblo reunida en ella pidió a Esdras que se leyeran las leyes de Moisés. Y al escucharlas, se entregaron al llanto, afligidos por lo pasado. Esdras dijo que no debían lamentarse siendo fiesta, sino celebrar, festejar y guardar las leyes para el futuro.
q.112
Y aquel anciano murió; pero uno de los cautivos, llamado Nehemías, siendo copero de Jerjes, paseando ante Susa vio a unos extranjeros que entraban en la ciudad y, al oír que hablaban en hebreo, se acercó y preguntó de dónde eran. Al decirle que venían de Jerusalén, preguntó cómo estaba la multitud y la metrópoli Jerusalén. Al responderle que estaban mal, pues las naciones circundantes les causaban muchos males, Nehemías lloró; y al llegar la hora, entró como de costumbre a servir al rey. El rey, al verlo triste, le preguntó por qué estaba abatido. Él le dijo las causas de su tristeza: las desgracias de su patria, y pidió que se le permitiera ir a reconstruir el muro y completar lo que faltaba del templo. El rey asintió a la petición y le dio al día siguiente una carta para el gobernador de Fenicia, Siria y Samaria, ordenándole honrar a Nehemías y suministrar los gastos para la construcción. Llegó, pues, a Jerusalén, acompañado por muchos de sus compatriotas, en el vigésimo quinto año del reinado de Jerjes, y entregó la carta al gobernador de las regiones mencionadas. Distribuyó la construcción del muro al pueblo por aldeas y ciudades, para que se terminara lo más pronto posible. Y los judíos se preparaban para la obra, llamados así desde el día en que subieron de Babilonia, pues desde la tribu de Judá que llegó primero a aquellos lugares, tanto los judíos como la región habían sido renombrados a partir de ellos; pero los amonitas, moabitas y samaritanos se molestaron por la construcción de los muros, los atacaban y mataban a muchos, y conspiraban contra el mismo Nehemías. La multitud, perturbada por esto, estuvo a punto de abandonar la construcción. Nehemías, estableciendo un grupo para la protección de su cuerpo, permanecía incansable recorriendo el círculo de la ciudad de noche y de día; y soportó este sufrimiento durante dos años y cuatro meses. Pues en ese tiempo se había terminado el muro de Jerusalén, en el vigésimo octavo año del reinado de Jerjes, en el noveno mes. Nehemías, al ver que la ciudad estaba escasa de hombres, exhortó a los sacerdotes y levitas a abandonar el campo y trasladarse a la ciudad. Nehemías murió anciano, un hombre de buen carácter, justo y muy generoso con sus compatriotas. Al morir Jerjes, el reino pasó a su hijo Ciro, a quien también llaman Artajerjes. En el tercer año de su reinado, habiendo llamado a los jefes y sátrapas de sus naciones, los agasajó durante muchos días suntuosamente; y la reina Vasti celebraba de igual modo un banquete para las mujeres. El rey quiso mostrar a los que banqueteaban con él a la que superaba a todas en belleza, y enviando, ordenó que viniera al banquete; pero ella no obedeció, y aunque envió muchas veces, se mantuvo inflexible. El rey se enfureció por la desobediencia. Y comunica a los siete consejeros de los persas la desobediencia de la mujer; ellos decidieron que debía ser expulsada. Ella fue expulsada; pero él estaba afligido, pues sentía amor por ella. Estando así, sus amigos le aconsejaron reunir vírgenes hermosas de todas partes y tener como esposa a la elegida. Él se convence con este consejo, y al reunirse muchas vírgenes, se encontró en Babilonia una joven judía de linaje de la tribu de Benjamín, huérfana de ambos padres, criada por su tío Mardoqueo, uno de los principales entre los judíos; el nombre de la joven era Ester. Complacido con ella, el rey la tomó por esposa y le puso la diadema. Y su tío se trasladó de Babilonia a Susa, pasando el tiempo cerca del palacio y preguntando por su sobrina. Pues ni ella reveló de qué nación procedía, ni Mardoqueo confesó el parentesco con ella. El rey estableció una ley para que nadie se acercara al que estaba sentado en el trono sin ser llamado, so pena de morir el que así se acercara a manos de los verdugos que estaban a su lado, a menos que él extendiera hacia él el cetro que sostenía en sus manos; pues el que tocaba el cetro estaba a salvo. Al conspirar contra el rey Artajerjes dos de sus eunucos, Barnabazo, siervo de uno de ellos, siendo judío de linaje, al comprender la conspiración, se lo comunicó a Mardoqueo, y este, a través de Ester, denunció a los conspiradores al rey. Él crucificó a los eunucos y ordenó que el nombre de Mardoqueo fuera inscrito en los archivos y que él permaneciera en el palacio. Amán, siendo amigo del rey en grado sumo, era adorado por todos. Como Mardoqueo no lo adoraba debido a su ley, al enterarse de que era judío, se indignó y le dijo que los persas libres lo adoraban, pero él, siendo esclavo, se negaba a hacerlo. Acercándose, pues, al rey, acusó a toda la nación y pidió que ordenara destruirla de raíz y no dejar ni un resto de ella; sin embargo, para no perder sus tributos, él mismo prometió dar cuatro miríadas de plata. Amán pidió esto; el rey le regaló tanto el dinero como a los hombres, para que hiciera con ellos lo que quisiera. Inmediatamente, pues, se envió un decreto de parte de Amán a todas las naciones como si fuera del rey, que contenía esto:" Ordeno que todos los señalados por mi segundo padre Amán sean destruidos junto con sus mujeres e hijos, y quiero que esto suceda el día catorce del duodécimo mes del año en curso". Al llevarse esta carta a las ciudades y regiones, se preparaba la destrucción de los judíos. También los que estaban en Susa estaban igual. Mardoqueo, al enterarse de lo sucedido, vistiéndose de saco y cubriéndose de ceniza, gritaba que una nación que no había cometido ninguna injusticia estaba siendo eliminada. Y al llegar al palacio, se quedó fuera; pues no estaba permitido entrar con tal atuendo. Al enterarse de esto la reina Ester, envió un eunuco a Mardoqueo para saber por qué estaba de luto; él dio a conocer al eunuco lo sucedido y le encargó que Ester suplicara al rey por esto. Ella, al enterarse, le comunica que, al no ser llamada por el rey, teme morir si se acerca a él sin ser llamada. Mardoqueo le aclaró que no debía buscar su propia salvación, sino la de la nación; si no, ciertamente vendría ayuda para él de parte de Dios, pero ella y la casa de su padre perecerían. Ella le encargó que, al ir a Susa, hiciera que los judíos de allí ayunaran tres días por ella. Mardoqueo lo hizo así, y Ester, arrojándose al suelo con vestiduras de luto y permaneciendo sin alimento durante tres días, suplicaba a Dios. Después de los tres días, cambiándose a un atuendo real, con dos sirvientas, apoyándose ligeramente en una, mientras la otra sostenía con la punta de los dedos la parte profunda de la túnica que se derramaba hasta el suelo, llegó ante el soberano, y entró con temor. Al estar frente a él, sentado regiamente en el trono, al verla él con mirada severa, un desmayo la tomó por el temor, y cayó sin sentido sobre la que iba a su lado. El rey, temiendo por la mujer, habiendo provisto Dios esto, saltó del trono, la tomó en sus brazos, la reanimó besándola, exhortándola a tener confianza y extendiendo su vara de oro y poniendo el cetro en sus manos. Ella, cobrando ánimo a partir de ahí, le pidió que viniera a un banquete con ella junto con Amán. Al asentir él, y estando presentes, el rey le ordenaba a ella que dijera lo que quisiera; pues no se quedaría sin nada. Ella dijo que le contaría su voluntad al día siguiente, si volvía a venir a un banquete con ella junto con Amán. Al prometerlo el rey, Amán salió muy alegre; y al ver a Mardoqueo en el patio, se indignó porque no lo adoró. Al llegar a casa, contaba a su mujer y a sus amigos de qué honores disfrutaba de parte de la reina y cómo se molestaba al ver a Mardoqueo en el patio. Al decir su mujer que ordenara cortar un madero de cincuenta codos y, pidiéndolo por la mañana al rey, crucificara a Mardoqueo, aceptando la idea, ordenó a los siervos preparar un madero y colocarlo en el patio para castigo de Mardoqueo. Y aquello estaba listo; pero Dios, esa noche, quita el sueño al rey. Él, desvelado, ordenó al secretario que trajera los archivos de sus propios actos y los leyera. Al leerlos, se encontró que Mardoqueo había sido denunciante ante el rey de la conspiración de los eunucos. Al decir esto solo el secretario y pasar a otro asunto, el rey se detuvo, preguntando si había algún premio registrado que se le hubiera dado. Al oír que no había nada, preguntó qué hora de la noche era; al saber que ya era el amanecer, ordenó llamar a cualquiera de sus amigos que encontraran ante el patio. Se encontró a Amán, que se había apresurado para pedir a Mardoqueo. Al ser llamado, el rey dijo:" Aconséjame cómo podría honrar a alguien amado por mí". Él, pensando que cualquier consejo que diera, lo daría para sí mismo, pues creía ser amado por el rey más que los demás, dijo:" Si quisieras glorificar a este, haz que monte a caballo vistiendo la misma ropa que tú y llevando un collar de oro, y que uno de tus amigos necesarios proclame ante él por toda la ciudad que esto es el honor que recibe quien el rey honre". Complacido el rey con el consejo, dijo:" Busca a Mardoqueo el judío, y dándole el caballo, la estola y el collar, proclama ante él; pues tú eres para mí el amigo más necesario. Esto será para él de mi parte por haberme salvado la vida". Al oír esto, se turbó, y golpeado por la perplejidad, sin embargo, sale llevando el caballo, la púrpura y el collar. Al encontrar a Mardoqueo ante el patio vestido de saco, le ordenó ponerse la púrpura. Él dijo:" El más malvado de los hombres,¿ así te burlas de nuestras desgracias?". Al saber que el rey le había dado esto como premio por su salvación, al haber denunciado la conspiración de los eunucos, se viste la púrpura y se pone el collar, y montando el caballo recorría la ciudad en círculo, mientras Amán iba delante proclamando que así honra el rey a quien ama. Al recorrer la ciudad, vuelve ante el rey, y Amán regresó a casa y contaba llorando a su mujer lo sucedido. En esto llegaron eunucos de parte de Ester, apresurando a Amán al banquete. Uno de ellos, al ver el madero en su casa y al saber por uno de los siervos que lo habían preparado para castigo de Mardoqueo, se fue entonces; pero cuando el banquete estaba por terminar, el rey permitía a la reina decir qué pedía, y ella lamentaba el peligro del pueblo, y decía que ella misma estaba entregada a la destrucción junto con la nación, y que Amán había pedido esto. Al turbarse el rey ante esto y salir del banquete, Amán suplicaba a Ester; y al caer sobre el lecho y suplicar a la reina, al entrar el rey dijo:" Oh, el más malvado,¿ intentas también violentar a mi mujer?". En esto, el eunuco presente habló sobre el madero que vio preparado para Mardoqueo. Y el rey ordena inmediatamente que Amán sea colgado en ese mismo madero. Él murió así, y la reina recibió sus bienes como regalo. Al conocer el rey el parentesco de Mardoqueo con Ester, le da el anillo que antes había dado a Amán. Y la reina entregó la posesión de aquel a Mardoqueo, y suplicó al rey que librara del peligro a la nación de los hebreos. Y él permitió escribir lo que quisiera en su nombre sobre la nación. Lo escrito era lo siguiente: acusaban a Amán de ser malvado, insensato y de haber pedido la destrucción de una nación que no había cometido ninguna injusticia, mientras que llamaban a Mardoqueo salvador, y a los judíos como los que mejor se comportaban y adoraban a Dios, y no solo los liberaban del castigo que Amán había pedido contra ellos, sino que los consideraban dignos de honor y les permitían vivir en paz usando sus propias leyes, y les daban permiso para defenderse el día trece del duodécimo mes, que es Adar, contra los que los habían injuriado, y ordenaban a los sátrapas de las regiones que los ayudaran para que persiguieran a sus enemigos. Los judíos en Susa, al conocer lo referente a Mardoqueo, consideraron el éxito como común, y el día trece del mes de Adar, que según los macedonios se llama Distro, tanto los judíos en Susa mataron a unos quinientos de sus enemigos, y los que estaban en las otras ciudades y regiones destruyeron a setenta y cinco mil. Los de Susa también al día siguiente mataron a trescientos, habiéndolo pedido Ester; y los diez hijos de Amán fueron crucificados, habiéndolo concedido también el rey a ella. Toda la nación hizo festivo el día catorce del mes. Y desde entonces celebran ambos días, llamándolos Purim. Mardoqueo era grande y gobernaba el poder junto con el rey. Al pasar el sumo sacerdocio a Juan, hijo de Joad, su hermano Jesús, amigo de Bagoas, el general de la fuerza de Artajerjes, tuvo la promesa de recibir el sumo sacerdocio. Por esta causa, pues, Juan, irritado, mató a su hermano en el templo. Y Bagoas, presentándose inmediatamente, entró en el templo diciendo:" Si los que se atreven a cometer el asesinato en el templo entran en él, yo también entraré, siendo más puro que ellos", y durante siete años maltrató a los judíos. Al terminar Juan su vida, le sucede en el sumo sacerdocio su hijo Joad. Tenía también este un hermano, Manasés, a cuya hija, llamada Nicaso, Sanabalet, sátrapa de Darío, el último rey de los persas, casó con él. Los notables de los jerosolimitanos se rebelaron porque se había casado con una extranjera, el hijo del sumo sacerdote.
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hermano, y le ordenaban separarse de ella o abstenerse del altar. Él, al llegar ante su suegro, le contó estas cosas. Como Sanabalet le prometía mantenerle el sacerdocio, nombrarle sumo sacerdote y gobernador de los lugares que él mismo regía, si no se separaba de su hija, y le prometía construir un templo en el monte Garizín, que es el más alto de los montes de Samaria, asegurándole que sería mejor que el de Jerusalén con el consentimiento del rey Darío, Manasés, incitado por esto, se quedó con Sanabalet. Y como muchos otros sacerdotes e israelitas estaban involucrados en tales matrimonios, todos se reunieron con Manasés. Sanabalet, pues, se preparaba para presentar al rey Darío la petición sobre la construcción del templo en Garizín, pero aquel, al enfrentarse a Alejandro en Isos de Cilicia y ser derrotado, huyó. Sanabalet, entonces, desesperando de Darío, se acerca a Alejandro con ocho mil de los que estaban bajo su mando, y decía entregarse a sí mismo y los lugares que gobernaba a él. Alejandro, habiéndolo aceptado, confiado ya respecto al yerno y a la erección del templo en Garizín, presentó la petición. Y habiéndosele permitido la construcción, con todo esmero construyó el templo y estableció a Manasés, su yerno, como sumo sacerdote. Puesto que el relato de la historia ha hecho mención de Alejandro, es bueno narrar también, de pasada, sus acciones, su carácter, y de dónde y de quiénes nació, y así volver a retomar el discurso hacia la continuidad; y más aún porque este rey también visitó Jerusalén, y algo digno de admiración ocurrió por su parte hacia el sumo sacerdote y el pueblo, y él mismo relató una visión divina, como narra Josefo; lo cual el relato, al avanzar después de la historia sobre él, enseñará.
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Este era hijo de Filipo, el rey de los macedonios, nacido de Olimpia, pero se cuenta el mito de que es hijo de Amón, quien se habría acostado con ella en forma de serpiente; y dicen que Amón es Zeus. Pero esto es un mito; se dice que su madre, antes de la noche en que se acostó con Filipo, soñó que un rayo caía en su vientre, y que de esto se encendía un gran fuego, y que este, esparciéndose por todas partes, se disolvía. Después de la boda, Filipo creía en sueños poner un sello en el vientre de su mujer, y que en el sello estaba grabado un león. Los otros adivinos, pues, interpretaban el sueño de otra manera, pero Aristandro dijo que la que había sido sellada estaba embarazada; pues, en efecto, no se sellan las cosas vacías; y que el que nacería sería de espíritu fogoso y leonino. Nació el mismo día en que el templo de Artemisa en Éfeso había sido incendiado; cuando también algunos de los magos que estaban allí, recorriéndolo, decían que aquel día había dado a luz una grave calamidad para Asia. Alejandro era de tez blanca, y la blancura se tornaba rojiza especialmente alrededor del pecho y el rostro, y de su piel y de su boca exhalaba un aroma dulce. La causa de esto sería el calor de su cuerpo; pues, siendo ígneo y muy cálido, consumía los humores y no permitía que nada pútrido se acumulara en su cuerpo. Desde niño mostraba la gravedad de su carácter. Pues, siendo veloz de pies, ante los que le preguntaban si competiría en el estadio en Olimpia, dijo:" Si fuera a competir contra reyes". Y si se le anunciaba que alguna ciudad ilustre había sido tomada por su padre o que había ocurrido una victoria notable en batalla, como si se afligiera ante sus compañeros, decía:" Mi padre no me dejará ninguna obra brillante que demostrar junto a vosotros". Cuando el caballo Bucéfalo fue traído a Filipo por un precio de trece talentos, y al no aceptar jinete, como se le mostraba a Filipo, ni soportar voz, y por ello parecer del todo inútil,"¡ Qué caballo", dijo Alejandro," despiden por no saber usarlo!". Y su padre, reprendiéndolo, dijo:"¿ Y tú serás capaz de usarlo?". Él respondió:" Yo podría usarlo mejor que otro". Y habiéndosele permitido usar el caballo, tomó las riendas y lo volvió hacia el sol, comprendiendo quizás que se perturbaba por su sombra que se movía ante
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él. Tras acariciarlo un poco, saltó y montó sobre él, y después de galopar un poco, lo soltó a correr; los que miraban estaban angustiados. Cuando ya regresó con orgullo y alegría, los que estaban alrededor de Filipo gritaron, y aquel derramó lágrimas de alegría, y tras besar al niño, dijo:" Busca, hijo, un reino acorde a ti; pues Macedonia no te contiene". Su naturaleza era difícil de mover cuando se le ordenaba, pero si alguien lo abordaba con palabras y persuasión, era dócil. Trató con Aristóteles, participando no solo del discurso ético y político, sino también de los más secretos, los cuales no compartían con muchos, llamándolos epópticos y acroamáticos. Pues circula una carta suya dirigida a Aristóteles que dice así:" No hiciste bien al publicar los discursos acroamáticos; pues,¿ en qué nos diferenciaremos de los demás, si los discursos según los cuales fuimos educados serán comunes a todos?". Él respondió:" Están publicados y no están publicados", dando a entender con esto la oscuridad y la dificultad de comprensión. Y de la medicina no solo practicaba la parte teórica, sino también la práctica misma. Habiendo cumplido dieciséis años, y dando ya prueba de su carácter y valentía, era amado en exceso por su padre; pero debido a los amores de Filipo, impropios para su edad, y a los celos y el carácter difícil de su madre, Alejandro tuvo diferencias con su padre. Cuando Pausanias mató a Filipo, tomó el reino teniendo veinte años. Y estando los asuntos perturbados por todas partes al inicio de su gobierno, con audacia y peso de carácter los estableció rápidamente, tomando y arrasando Tebas y vendiendo a los tebanos capturados, pero pactando con los atenienses. Fue entonces cuando un jefe tracio de los ilustres deshonró a Timoclea, una mujer tebana, tras violarla, y luego la interrogó sobre sus riquezas. Ella, habiéndolo llevado a solas a un pozo, le dijo que en él había escondido sus joyas más hermosas. Cuando el jefe se inclinó hacia la boca del pozo, la mujer lo empujó hacia adentro y, arrojando piedras desde arriba, lo mató. Alejandro, al ser llevada ante él como prisionera, le preguntó quién era. Ella respondió sin miedo:" Soy hermana de Teágenes, quien fue elegido estratega contra Filipo y cayó luchando por la libertad de los griegos". Alejandro, admirando la grandeza de espíritu de la mujer y la entereza de su alma, la dejó libre junto con sus hijos. Habiendo ido ante Diógenes el Sinopeo, que pasaba el tiempo cerca de Corinto, y encontrándolo calentándose al sol, saludó al hombre y le preguntó si necesitaba algo. Él dijo que necesitaba el calor del sol y le pidió que se apartara. Mientras Alejandro se alejaba, los que estaban con él se reían de Diógenes; pero él les dijo, admirando el desdén del hombre:" Si no fuera Alejandro, sería Diógenes". Habiendo emprendido la expedición a Asia, no subió a la nave antes de asignar a uno de sus compañeros un campo, a otro una aldea, a otro otra renta. Cuando Pérdicas dijo:"¿ Y qué te dejas para ti, oh rey?", él respondió:" Las esperanzas". Al cruzar el Helesponto, los sátrapas de Darío con una pesada fuerza se habían encontrado con él cerca del cruce del Gránico. Mientras los que estaban con él temían la profundidad del río, la fuerza de la corriente y el ataque de los enemigos sobre esto, él, con trece alas de caballería, se lanza a la corriente, arriesgándose ante ella, ante los adversarios y ante las orillas escarpadas y abruptas. Por eso pareció entonces haber realizado el cruce de manera más maníaca que estratégica. Habiendo cruzado así, se vio obligado a luchar en desorden. Y como muchos se lanzaron contra él, pues era distinguible por sus armas, no fue herido por lanzas, pero al golpearle alguien el casco con una espada, el golpe llegó hasta tal punto que la espada rozó incluso sus cabellos. Estando la batalla así trabada, las fuerzas macedonias cruzaron el Gránico; y los de
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Darío ya no resistían, sino que se inclinaron a la huida. De esta batalla, pues, resultó una gran inclinación hacia la fortuna para Alejandro; pues tanto Sardes se le entregó como otras cosas se añadieron. Desde allí se dirigió a la costa, y tomó Panfilia, Cilicia, Fenicia, Pisidia y Frigia; luego sometió a los paflagonios y capadocios. Darío partió desde Susa con seiscientos mil hombres, envanecido por la multitud del ejército y teniendo audacia como si Alejandro fuera cobarde, porque aquel pasaba mucho tiempo en Cilicia. Pero esto era por enfermedad, cuando ya había sido desahuciado por los otros médicos, y solo Filipo el Acarnanio se atrevió a tratarlo con fármacos. Habiendo Parmenión enviado una carta advirtiéndole que Filipo había sido corrompido por Darío con grandes regalos y promesas si lo eliminaba, él tomó la carta y, sin revelarla a nadie, la guardó consigo. Justo cuando Filipo le acercaba la copa con el fármaco, él, confiado, la recibió, y le entregó a aquel la carta. Y uno bebía mientras el otro leía, mirándose mutuamente, Alejandro con rostro amable y alegre, y Filipo con rostro temeroso y perturbado. Como Darío se apresuraba hacia Alejandro para que, como decía, los enemigos no escaparan, Amintas, un macedonio tránsfuga que estaba con él, dijo:" Ten confianza, oh rey; pues Alejandro no huirá, sino que pronto marchará hacia ti". Habiendo tenido lugar la batalla en Isos de Cilicia, el lugar proporcionó mucha ventaja a Alejandro debido a la estrechez, pero él mismo se la proporcionó más al dirigir estratégicamente con destreza. Fue entonces cuando fue herido en el muslo con una espada, luchando entre los combatientes de vanguardia. Habiendo vencido claramente, no capturó a Darío, que huía, pero tomó su carro y su arco. El campamento de Darío fue saqueado por los macedonios, pero la tienda de Darío fue reservada para Alejandro junto con el servicio, la riqueza y el resto del equipamiento. Luego, alguien le anuncia que la madre y la mujer de Darío y sus dos hijas son llevadas prisioneras, lamentándose como si Darío hubiera muerto, puesto que han visto su carro y sus arcos capturados. Afligido ante el anuncio por lo inestable de la fortuna, envía a alguien a decir a las mujeres que Darío vive y que nada desagradable les sucederá; pues no considera a Darío enemigo, sino que disputa con él por el reino. No les quitó nada del servicio que tenían, ni se presentó ante ellas, ni permitió que nadie les hiciera o esperara algo indigno. Ya habiendo vencido en Isos, se hizo dueño también de Damasco, donde los persas y el mismo Darío dejaron las riquezas y la mayor parte del equipaje. Después de esto, Chipre y Fenicia, excepto Tiro, le fueron entregadas. Tiro fue tomada por asedio, habiendo visto Alejandro dos sueños mientras la sitiaba; pues le parecía que Heracles lo llamaba desde la muralla y lo saludaba; el otro sueño le mostraba a un sátiro jugando con él, y al querer atraparlo, escapaba, pero tarde llegó a sus manos. Este sueño fue interpretado como que le indicaba, mediante la división del nombre, que" tuya será Tiro". Luego, sitiando Gaza, una gran ciudad de Siria, fue herido en el hombro por una piedra, pero tomó la ciudad. Habiéndose hecho dueño de Egipto, quiso fundar en ella una ciudad griega con su propio nombre, y ya había delimitado un lugar para la ciudad. Mientras dormía, le pareció que se le aparecía un hombre canoso y anciano, y que el aparecido era Homero, y que decía estos versos:" Hay una isla en el mar muy agitado, frente a Egipto; la llaman Faro". Saltando, pues, llegó de inmediato a Faro, y complacido por la idoneidad del lugar, fundó allí la ciudad, uniéndola a tierra firme mediante un dique, siendo antes una isla. Se dice que, complacido por la idoneidad natural del lugar, dijo que Homero era, además de otras cosas, grande y un arquitecto sabio. Yendo al templo de Amón a través de un lugar sin agua y arenoso, encontró la fortuna que lo acompañaba en todo, aliviando también allí la dificultad de aquella marcha. Pues, habiendo ocurrido lluvias, disiparon el peligro de la falta de agua e hicieron el aire templado, al humedecerse y compactarse la arena por la humedad. Como las señales del camino se habían confundido, los guías se habían extraviado; pero unos cuervos que sobrevolaban guiaban la marcha a los que estaban con él, y si algunos, caminando lentamente, se quedaban atrás, por la noche los traían de vuelta con sus graznidos. Habiendo superado así la dificultad de la marcha y llegado ante Amón, el profeta que estaba allí, queriendo saludarlo en lengua griega, barbarizó al final el saludo, diciendo" oh paidios" en lugar de" paidion". Y el barbarismo dio a muchos la idea de que el nacimiento de Alejandro había sido de los dioses, habiéndose difundido el rumor de que el profeta le había dicho" hijo de Zeus". Y él, ante los bárbaros, se jactaba del nacimiento del dios, hasta el punto de que Olimpia decía:"¿ No dejará Alejandro de calumniarme ante Hera?". Pero ante los griegos se abstenía de tal discurso. Habiendo sido herido una vez por un dardo, mientras la sangre fluía de la herida, dijo:" Lo que fluye es sangre y no icor, tal como fluye en los dioses bienaventurados". Cuando Darío le envió una carta, ofreciendo diez mil talentos como rescate de sus seres queridos y cediéndole todo lo que estaba dentro del Éufrates, haciéndolo amigo y casándolo con una de sus hijas, Parmenión dijo:" Si yo fuera Alejandro, habría aceptado esto"." Y yo", dijo," por Zeus, si fuera Parmenión". Respondió a Darío que, si acudía a él, no carecería de ninguna de las cosas filantrópicas. Habiendo huido uno de los eunucos de la mujer de Darío y llegado a salvo ante él, anunció la muerte de la reina; pues murió de parto. Darío se lamentó, diciendo que la reina no solo se había convertido en prisionera, sino que tampoco había obtenido un entierro real. Y el eunuco dijo:" Pero ten confianza, oh señor. Pues ni mi señora, ni tu madre, ni tus hijos sufrieron mal alguno mientras vivían, ni al morir careció ella de un entierro apropiado, sino que fue honrada incluso con las lágrimas de los enemigos". Ante esto, Darío cayó en sospechas absurdas, y tomando al eunuco en privado, lo obligó con juramentos a decir si había habido alguna pasión de Alejandro hacia la mujer."¿ Cómo", decía," la mujer de un enemigo y de un hombre joven y enemigo, como dices, ha sido tan honrada?". El eunuco, interrumpiendo el discurso, dijo:" Habla bien, señor, y ni deshonres a la mujer ni calumnies a Alejandro, quien mostró más la templanza en las persas que la nobleza en los persas". Y confirmaba sus palabras con juramentos, narrando la continencia de Alejandro y su otra virtud. Y Darío deseaba poder recompensar a Alejandro por lo que había mostrado hacia sus seres queridos, o no sentar a otro en el trono de Ciro que no fuera Alejandro.
q.117
Ya habiendo tomado el país dentro del Éufrates, Alejandro partía contra Darío, que traía un ejército de un millón de hombres. Cuando los ejércitos estuvieron a la vista, y era de noche, y el llano intermedio estaba iluminado por los fuegos de los bárbaros, y llegaba un gran ruido desde el campamento, Parmenión y otros de los compañeros, asombrados por la multitud, aconsejaban a Alejandro atacar a los enemigos de noche; pues no podrían resistir en formación cerrada contra tal ejército. Él dijo:" No robo la victoria". Al día siguiente, habiéndose trabado la batalla, como dicen algunos en Arbela, y como otros en Gausamela, los bárbaros se inclinaron y hubo una persecución de ellos. Alejandro, viendo desde lejos a Darío sobre un carro elevado, rodeado por muchísimos jinetes espléndidamente armados, empujaba allí a los que huían, de modo que con ellos perturbó a los que permanecían y dispersó a muchos de ellos. Habiendo caído muchos ante Darío, como no era posible sacar el carro al estar obstruido por los cadáveres, Darío bajó de él y huyó habiendo montado una yegua. Habría sido capturado si Parmenión no hubiera enviado a buscar a Alejandro para que ayudara al ala que estaba bajo su mando y sufría. La victoria, pues, resultó brillante para Alejandro, y el reino de los persas fue derribado desde entonces, y Alejandro fue proclamado rey de Asia y toda Babilonia quedó bajo su poder. Habiendo tomado Susa, encontró en los palacios cuarenta mil talentos de moneda y la suntuosidad de otras riquezas incalculables. Habiendo tomado también Persia, encontró una cantidad de moneda igual a la de Susa. Cuentan que el resto de la riqueza fue transportado por diez mil yuntas de mulas y cinco mil camellos. Habiendo incendiado los palacios, pronto se arrepintió y ordenó que se apagaran. Siendo generoso, se entregaba aún más a esto a medida que los asuntos crecían para él. Viendo a los que estaban con él vivir con lujo y ser costosos en sus dietas, los reprendió suavemente, diciendo que se admiraba de que no hubieran aprendido, comparando la vida de los persas con la suya, que el lujo es lo más servil, mientras que el trabajo es lo más propio de un gobernante. Él, sin embargo, no cedía, trabajando en expediciones y cacerías. Sus compañeros, queriendo vivir con lujo por la riqueza, pero viéndose obligados a seguirlo, procedieron a blasfemar contra él. Él soportaba suavemente al principio las blasfemias, diciendo que es propio de un rey ser mal hablado cuando se hace el bien. Más tarde, sin embargo, las muchas calumnias lo irritaron y lo prepararon para volverse duro e implacable con los que lo blasfemaban. Y eso que antes, cuando escuchaba juicios de muerte, solía poner la mano sobre uno de sus oídos, manteniéndolo intocado por el acusado y ajeno a la acusación. Marchando contra Darío con tres mil, lo persiguió durante muchos días, hasta que los hombres desfallecieron por la dureza del camino y la falta de agua. Entonces, unos macedonios que llevaban agua en odres se encontraron con él, y llenando un casco se lo ofrecieron, estando él mal por la sed; él, tomando el casco y viendo a los que estaban con él mirándolo, no bebió, sino que se lo entregó a los que se lo habían dado, diciendo:" Si bebo yo solo, estos se desanimarán". Habiendo atacado ya a los enemigos, pasó de largo su campamento y se apresuraba a capturar a Darío. Este yacía en un carruaje lleno de heridas y ya desfalleciendo. Habiendo pedido agua y bebido, dijo a Polístrato, que se la dio:" Este es para mí el fin de toda desgracia, que habiendo recibido un bien no puedo recompensarte; que Alejandro te devuelva el favor, y que los dioses devuelvan a Alejandro por su equidad hacia mi madre, mi mujer y mis hijos". Y tras esto expiró. Alejandro, al llegar ante él muerto, cubrió el cadáver de aquel con su propia clámide y lo envió a su madre adornado como un rey. A Beso, quien lo mató, lo descuartizó, ordenando que fuera atado a dos árboles forzadamente inclinados, y luego soltar los árboles y así ser desgarrado el hombre, al tenderse cada uno de los árboles con violencia hacia su posición natural. Yendo a Hircania, cerca del mar Hircanio, que también se llama Caspio, se afligió cuando unos bárbaros le quitaron su caballo Bucéfalo, y enviando amenazó con matarlos a todos si no le devolvían el caballo; ellos devolvieron el caballo y se entregaron a sí mismos. Desde allí se traslada a Partia, donde por primera vez vistió el traje bárbaro, menos presuntuoso que el medo, pero más arrogante que el persa; el espectáculo parecía pesado a los macedonios. Habiendo elegido a treinta mil niños de los cautivos, ordenó que aprendieran letras griegas y se armaran según los macedonios. Habiendo amado a Roxana, una mujer hermosa, no se acercó a ella de otra manera que según la ley. De sus amigos, a Hefestión, que elogiaba el traje que vestía y se vestía de manera similar a él, lo llamaba" amante de Alejandro", y a Crátero, que no se apartaba de las costumbres patrias," amante del rey"; y usaba al primero ante los bárbaros, y a través de Crátero trataba con los macedonios y los griegos. A Filotas, hijo de Parmenión, que se jactaba de que los éxitos provenían de él y de su padre, y llamaba a Alejandro un jovenzuelo, y luego conociendo que conspiraba, lo mató. Enviando a Media, mató también a su padre, pues estaba allí. Y a Cleito, siendo uno de los amigos, durante una bebida en la que se cantaban poemas compuestos sobre algunos estrategas recientemente derrotados por bárbaros, y Alejandro los escuchaba con gusto, irritándose, indignándose y jactándose por insolencia y embriaguez, y blasfemando también contra él, primero lo golpeó con una manzana, pero al seguir descarándose y atreviéndose y diciendo los yambos de Eurípides:"¡ Ay, qué mal se considera en Grecia!", y el resto, Alejandro, hirviendo de ira, lo atravesó con una lanza y lo mató. De inmediato, al pasar la ira, arrepentido, se apresuró a matarse a sí mismo, pero fue detenido por los guardaespaldas y llevado a la cámara, donde pasó la noche y el día siguiente en lamentos, y yacía sin habla, gimiendo solo pesadamente. Y cuando sus amigos entraban ante él, no aceptaba sus palabras. Cuando Aristandro el adivino le recordó la visión que tuvo sobre Cleito y algunos signos que le habían ocurrido, y decía que lo sucedido estaba destinado, comenzó a ceder.
q.125
decidió marcharse. Aconsejó a su padre que no enviara regalos al rey desde allí, sino que escribiera al administrador en Alejandría para que le proporcionara oro, a fin de que él mismo comprara los regalos. El padre, tras elogiar al hijo por su consejo, escribió al administrador de los fondos en Alejandría, que no eran inferiores a tres mil talentos, para que le diera al hijo el dinero que necesitara, esperando que el gasto en el regalo del rey no superara los diez talentos. Hircano, tras recibir la carta, partió hacia Alejandría. Los demás hijos de José escribieron a los socios de su padre para que conspiraran contra Hircano y lo eliminaran. Al llegar a Alejandría, entregó la carta de su padre al administrador, quien le preguntó cuántos talentos necesitaba; él respondió:« mil». El administrador no le proporcionó más de diez. El joven, enfurecido, encadenó al administrador. Ptolomeo, tras enviar a alguien ante Hircano, dijo que se maravillaba de cómo no se había presentado ante él y de que hubiera encadenado al administrador de su padre. Él respondió que no había ido porque estaba esperando a preparar los regalos, y que había castigado al esclavo por desobedecer las órdenes que le había dado. Por esto, el rey se rió y admiró la magnanimidad del joven. Arión, el administrador, al darse cuenta de que no tenía ayuda, entregó los mil talentos y fue liberado de sus cadenas. Hircano compró cien muchachos muy vigorosos y que sabían leer y escribir, pagando un talento por cada uno, y otras tantas vírgenes por el mismo precio. Mientras que todos los demás ofrecían al rey diez talentos, y los que más regalaban no superaban los veinte, Hircano presentó al rey y a Cleopatra a los muchachos y a las vírgenes, cada uno de los cuales llevaba además un talento; también entregó regalos de muchos talentos a los amigos del rey y a los miembros de su corte. Ptolomeo, maravillado por el joven, le instó a pedir lo que quisiera. Él no pidió nada más que el rey escribiera a su padre y a sus hermanos en su favor. El rey lo hizo y, tras obsequiarlo generosamente como a un rey, lo despidió. Sus hermanos, al enterarse de que regresaba con honores, salieron a su encuentro para matarlo, sin que ni siquiera su padre lo impidiera por la ira que sentía debido al gasto de dinero. Cuando los hermanos lo atacaron, muchos de los que estaban con ellos cayeron, y entre ellos dos. Por miedo a esto, se fue al otro lado del Jordán y luchó contra los árabes, construyó allí una fortaleza costosa y ocupó aquellas partes durante siete años, durante el tiempo que Seleuco, hijo del gran Antíoco, gobernó Siria. Al morir este y sucederle en el poder su hermano Antíoco, llamado Epífanes, Hircano, temiéndolo, se suicidó; y Antíoco tomó su dinero. También murió Epífanes Ptolomeo, el que gobernaba Egipto, dejando dos hijos muy pequeños, uno de los cuales se llamaba Filométor y el otro Fiscón. Antíoco, despreciándolos, marchó contra Egipto, pero fue rechazado, pues los romanos le ordenaron abstenerse de ese país. Al regresar de allí, se dirigió a Jerusalén y tomó la ciudad sin luchar, pues le abrieron las puertas quienes compartían su opinión. Pues, al morir el sumo sacerdote Onías, Antíoco había concedido el cargo a su hermano Jesús. Pero, enfurecido con él, se lo otorgó de nuevo al hermano menor, llamado Onías. Pues, habiendo tres hijos de Simón, el sumo sacerdocio pasó por los tres. Jesús se cambió el nombre a Jasón, y Onías a Menelao. Al enfrentarse Jesús con Onías, también llamado Menelao, el pueblo se dividió; la mayoría se puso del lado de Jasón, y los otros del lado de Menelao, a quien también apoyaban los hijos de Tobías. Acosados por la mayoría, estos y Menelao se retiraron ante Antíoco, abandonaron las leyes patrias y se helenizaron, ocultando la circuncisión de sus genitales mediante una operación. Cuando los de su facción abrieron las puertas de la ciudad a Antíoco Epífanes, este se apoderó de la ciudad, mató a muchos, saqueó mucho dinero y regresó a Antioquía.
q.126
Dos años después, Antíoco subió de nuevo a Jerusalén y, tras apoderarse de la ciudad mediante engaños, no perdonó ni siquiera a los que lo habían acogido, sino que saqueó el templo, se llevó los tesoros ocultos, prohibió los sacrificios legales, despojó la ciudad, mató a parte del pueblo y se llevó a otros cautivos, incendió lo más hermoso de la ciudad, sacrificó cerdos en el templo y, finalmente, derribó las murallas, construyó una ciudadela en la ciudad baja y estableció en ella una guarnición de macedonios. Obligaba también a la multitud a adorar a los dioses que él consideraba tales y a no circuncidar a sus hijos, y dejaba vivir a quienes se veían obligados a hacer esto. Fue entonces cuando el sacerdote Eleazar y sus discípulos, los Macabeos, junto con su madre, lucharon heroicamente por la observancia de las leyes divinas. Los que eran vencidos por la fuerza obedecían lo ordenado, pero aquellos cuyas almas eran nobles, al no ceder ante las órdenes ilegales, morían amargamente bajo tortura o eran crucificados mientras aún respiraban un poco; los servidores del tirano colgaban de sus cuellos a sus mujeres y a sus hijos, a quienes circuncidaban, y los ahorcaban. Y si en algún lugar se encontraba un libro de la escritura hebrea, lo destruían y mataban cruelmente a quienes los poseían. Debido a esto, los samaritanos ya no admitían ser parientes de los judíos, sino que se llamaban sidonios y llamaron al templo que tenían en el Garizín templo de Zeus Helenio. Había entonces un sacerdote llamado Matatías, hijo de Juan, hijo de Simeón, hijo de Asamoneo, que tenía cinco hijos: Juan, llamado Gaddis; Simón, llamado Thassis; Judas, llamado Macabeo; Eleazar, llamado Avarán; y Jonatán, llamado Afús. Cuando los oficiales reales llegaron a su aldea y ordenaron sacrificar según la costumbre griega, empezando por Matatías por ser el principal de los demás, él se negó. Cuando otro sacrificó, Matatías, lleno de celo, junto con sus hijos, mató al que había sacrificado y al comandante Apeles, que obligaba a sacrificar, derribó el altar y huyó con sus hijos al desierto. Muchos otros, emulándolos, huyeron con sus mujeres e hijos al desierto y vivieron en cuevas. Los comandantes de Antíoco reunieron fuerzas, fueron contra ellos, los atacaron en sábado y quemaron a muchos en las cuevas, sin que se defendieran debido al descanso del día; los que se salvaron se unieron a Matatías. Él les aconsejó luchar incluso en sábado, para que los enemigos no los destruyeran sin esfuerzo al atacarlos en sábado. Matatías, tras reunir fuerzas, derribó los altares, mató a los que habían cometido impiedad y ordenó circuncidar a los niños que no lo estaban. Tras gobernar durante un año y enfermar, aconsejó a sus hijos imitar su celo, morir si fuera necesario por las leyes y vivir en armonía entre ellos. Tras darles estas instrucciones, murió. Su hijo Judas, también llamado Macabeo, asumió la dirección de los asuntos y, con la ayuda de sus hermanos y otros, expulsó a los enemigos del país y castigó a los compatriotas que habían transgredido la ley. Apolonio, el comandante de Samaria, marchó contra Judas, pero cayó él mismo y la mayoría de los que estaban con él. Al enterarse de esto, el comandante de Cilicia marchó contra el Macabeo, pero al enfrentarse fue derrotado y murió, y los que estaban bajo su mando huyeron; Judas los persiguió y mató a muchos de ellos. Por esto, Antíoco, enfurecido, ordenó a Lisias, su administrador, subyugar Judea, esclavizar a la nación y arrasar Jerusalén. Él eligió a tres comandantes y los envió con una fuerza pesada. Judas, al ver la multitud de los enemigos, aconsejó a los que estaban con él poner sus esperanzas en Dios. Tras cenar por la tarde y dejar muchas hogueras en el campamento, marchó durante la noche y atacó a los hombres de Antíoco al amanecer; mató a muchos en la lucha y persiguió a los demás, de modo que cayeron más de tres mil. Tras la derrota de los enemigos, Judas regresó, saqueó su campamento y, tras tomar un botín abundante y mucha riqueza, regresó a su casa lleno de alegría.
q.127
Al año siguiente, Lisias reunió un ejército mayor e invadió Judea. Judas se enfrentó a sus avanzadillas y las venció. Por ello, Lisias retiró el resto de sus fuerzas y regresó a Antioquía, preparándose para invadir Judea con un ejército mayor. Judas, por su parte, subió a Jerusalén para purificar el templo y, al encontrarlo desierto y en parte quemado, se lamentó. Tras purificarlo, introdujo utensilios nuevos: un candelabro, una mesa y un altar de oro, y reconstruyó un altar nuevo con piedras no cortadas por hierro; ofreció incienso, holocaustos y puso los panes sobre la mesa. Esto ocurrió el mismo día en que el templo fue profanado y el culto fue mancillado, tres años después, según la profecía de Daniel hecha cuatrocientos ocho años antes. Desde entonces, los judíos celebran la recuperación del culto, llamándola« luces». Tras fortificar la ciudad, estableció guardias. Como las naciones vecinas mataban a muchos judíos por envidia, Judas los defendió en guerras y los contuvo. Antíoco, al enterarse de que había una ciudad en Persia llamada Elimaida, rica y con un templo de Artemisa lleno de ofrendas costosas, marchó contra ella y la sitió. Pero, rechazado por los que salieron de la ciudad, huyó a Babilonia y perdió a la mayor parte de su ejército. Mientras Antíoco sufría por esto, se le anunció la derrota de sus comandantes a manos de los judíos. Al añadirse este dolor, enfermó; y, al saber que moriría, convocó a sus subordinados y dijo que sufría por haber maltratado a la nación de los judíos y saqueado el templo. Diciendo esto, expiró, dejando a Filipo, uno de sus amigos, como administrador del reino, y le dio la diadema y el anillo para que se los llevara a su hijo Antíoco. Lisias, al saber que Antíoco había muerto, designó rey al hijo de este, llamándolo Eupátor. Los macedonios en la ciudadela de Jerusalén maltrataban a los judíos que subían al templo para sacrificar. Por ello, Judas se apresuró a tomar la guarnición y la sitió con firmeza. El joven Antíoco, al enterarse, se enfureció y marchó con una gran fuerza contra Judea y Jerusalén. Judas salió a su encuentro y mató a unos seiscientos de sus avanzadillas. Eleazar, hermano de Judas, también llamado Avarán, al ver al elefante más alto equipado con corazas reales y pensando que el rey iba montado en él, arremetió con gran ímpetu, se metió bajo el vientre de la bestia, lo hirió y lo mató. El animal cayó sobre Eleazar y, al aplastarlo con el peso de su cuerpo, lo mató. Al ver la fuerza de los enemigos, Judas regresó a Jerusalén y se preparó para el asedio. Antíoco llegó a Jerusalén y sitió el templo; los de dentro se defendían con firmeza, pero al faltarles comida, muchos huían. Sin embargo, como Filipo, a quien Antíoco había dejado como administrador del reino al morir, se estaba apropiando del reino, el comandante Lisias y Antíoco, al saberlo, pactaron con los sitiados para que pudieran usar sus leyes patrias. Tras ser admitido en la ciudad y ver que el templo era muy fortificado, Antíoco incumplió los juramentos y derribó el muro; así regresó, llevándose al sumo sacerdote Onías, que también era llamado Menelao, por haber convencido a su padre de obligar a los judíos a transgredir las costumbres patrias y ser la causa de muchos males. Lo envió a Berea, en Siria, y lo mató, después de que hubiera ocupado el sumo sacerdocio durante diez años y se hubiera vuelto impío. El sumo sacerdote fue Alcimo, también llamado Joaquín. Antíoco, tras luchar contra Filipo y vencerlo, lo mató. Onías, hijo del sumo sacerdote Simón el Justo, a quien su padre había dejado siendo niño al morir, como se ha dicho, al ver que Antíoco había dado el sumo sacerdocio a Alcimo, que no pertenecía al linaje de los sumos sacerdotes, huyó ante Ptolomeo a Egipto; fue honrado y recibió un lugar en el nomo de Heliópolis, y construyó allí un templo parecido al de Jerusalén.
q.128
Demetrio, hijo de Seleuco, tras huir de Roma y llegar a Trípoli en Siria, capturó a Antíoco y a Lisias y mató a ambos, habiendo reinado Antíoco durante dos años. Ante este Demetrio se presentó el sumo sacerdote Alcimo, junto con muchos fugitivos y malvados judíos, y acusaron a Judas Macabeo y a toda la nación de haber matado a sus amigos. Él, irritado, envió a Baquides, muy cercano a él, con una fuerza inmensa, ordenándole matar a Judas y a los que estaban con él. Este, al llegar a Judea, envió a Judas y a sus hermanos, llamándolos a la paz. Ellos no le creyeron. Algunos del pueblo, tras recibir juramentos de Baquides, se acercaron a él; él, despreciando los juramentos, mató a sesenta de ellos y así cortó el ímpetu de los demás para acercarse a él. A todos los que estaban en el país les ordenó obedecer al sumo sacerdote Alcimo. Tras hacer esto, regresó a Antioquía. Alcimo, tratando con amabilidad a cada uno y ganándose a todos, reunió rápidamente una gran fuerza, la mayoría de los cuales eran fugitivos e impíos, mediante los cuales mataba a los que pensaban como Judas; Judas, por otro lado, mataba a los que actuaban según Alcimo; este incitaba a Demetrio contra Judas. El rey envió entonces de nuevo a Nicanor con una gran mano, ordenándole no perdonar a la nación. Este, al ir, intentó capturar a Judas mediante engaños y lo invitó a la paz; Judas, tras dar y recibir garantías, admitió a Nicanor con sus fuerzas. Nicanor, al saludarlo y hablar con él, dio una señal a los suyos para capturar a Judas. El hombre, al conocer la conspiración, se escapó tras atar a los judíos. Al conocerse la emboscada, Nicanor entabló una batalla abierta y venció. Desde allí, Judas huyó a la acrópolis de Jerusalén. Nicanor amenazó al pueblo con derribar el templo si no le entregaban a Judas. Judas, tras hablar con los mil que estaban con él, los incitó a la valentía y, al enfrentarse a los enemigos, venció, cayendo muchos y el mismo Nicanor; los demás huyeron y todos perecieron al ser alcanzados. Y así, por poco tiempo, los judíos descansaron de las guerras. Tras la muerte del sumo sacerdote Alcimo, también llamado Joaquín, al ser golpeado por un azote divino y morir así cuatro años después de haber asumido el sumo sacerdocio, el pueblo otorgó el sumo sacerdocio a Judas. Judas, al oír que los romanos eran muy poderosos y que habían subyugado a los gálatas, íberos, cartagineses, libios, toda Grecia y a los reyes Perseo, Filipo y Antíoco, envió a pedir amistad y pidió escribir a Demetrio para que no luchara contra los judíos. El senado aceptó la amistad y accedió a aliarse con los judíos. Demetrio, al saber de la muerte de Nicanor y la pérdida del ejército, envió de nuevo a Baquides. Este se apresuró hacia Judas, que estaba acampado en una aldea con mil hombres. Los que estaban con Baquides, al ver el ejército, le aconsejaron retirarse y salvarse. Como él dijo:« Que el sol no vea que esto sucede, que yo dé la espalda a los enemigos», muchos de los que estaban con él huyeron. Al enfrentarse a Baquides, luchó durante mucho tiempo de forma equilibrada, pero al atardecer, al arremeter con los más valientes en el ala derecha, donde estaba Baquides, rompió la falange y los puso en fuga. Los que estaban en el ala izquierda rodearon a Judas. Él, de pie, luchó con los que estaban con él y, tras matar a muchos, finalmente cayó él mismo; al caer él, los que estaban con él huyeron. Tras brillar durante tres años en el sumo sacerdocio, haber sido un hombre noble y estar dispuesto a hacer y sufrir todo por la libertad de la nación, murió.
q.129
Tras su muerte, Baquides confió el cuidado del país a los judíos que habían cometido impiedad y transgredido las costumbres patrias. Estos maltrataban de todas formas a sus compatriotas, capturaban a los que pensaban como Judas y los llevaban ante Baquides, quien los torturaba primero y luego los mataba. Los restantes compañeros de Judas convencieron a Jonatán, hermano de aquel, y lo nombraron comandante de los judíos. Baquides buscaba matar a Jonatán mediante engaños; él huyó al desierto con su hermano Simón y sus compañeros. Baquides marchó contra ellos; Jonatán envió a su hermano Juan a los árabes nabateos, pues eran amigos, para confiarles el equipaje. Mientras este se iba, los hijos de Amarai le tendieron una emboscada, lo mataron junto con los que lo seguían y saquearon lo que llevaba. Baquides atacó a Jonatán en sábado, pensando que quizás no lucharía debido a la ley. Él, diciendo que el peligro era por sus vidas, se enfrentó, mató a muchos y, al arremeter contra Baquides para golpearlo y fallar, saltó al río con sus compañeros y nadó. Baquides regresó a la acrópolis de Jerusalén y, tras tomar como rehenes a los hijos de los principales de Judea, los encerró en la acrópolis. A Jonatán le importaba vengar el asesinato de su hermano Juan. Cuando los hijos de Amarai celebraban una boda y llevaban al novio y a la novia de una ciudad a otra con un cortejo costoso, él, tras emboscarlos en una montaña con los suyos, atacó a los del cortejo, mató a todos y saqueó todo lo que llevaban. Jonatán y Simón vivían con los suyos en las marismas del río. Baquides, tras dejar una guarnición en Judea, regresó ante Demetrio. Como la nación estuvo tranquila durante dos años, Jonatán y los suyos vivían en el país con seguridad. Los judíos impíos enviaron ante el rey Demetrio, declarando que Jonatán sería capturado sin esfuerzo si se enviaba a alguien contra él. El rey envió a Baquides. Este, al llegar a Judea e intentar capturar a Jonatán sin poder lograrlo, mató a cincuenta de los principales de los que estaban con Jonatán, que habían hecho el informe al rey, por haber mentido. Jonatán, Simón y los suyos se retiraron al desierto, donde construyó torres y esperó. Baquides llegó y lo sitió. Jonatán, tras dejar allí a su hermano Simón, salió a escondidas y, tras reunir a muchos del país, atacó de noche a Baquides y a su ejército. Él mismo mató a muchos, y también Simón, tras salir de las fortificaciones, incendió las máquinas de asedio. Baquides, desanimado por esto, quiso retirarse y buscó una causa decorosa para la retirada. Jonatán, al saberlo, envió una embajada sobre la amistad, para que ambos se devolvieran los cautivos que tenían. Baquides, tras recibir la embajada, pactó. Juraron no luchar más el uno contra el otro e intercambiaron a los cautivos. Baquides regresó y no volvió a atacar Judea; Jonatán, al obtener seguridad, dirigió los asuntos de sus compatriotas y castigó a los que habían cometido impiedad. Alejandro, hijo de Antíoco Epífanes, tras recibir Tolemaida por traición, perturbó a Demetrio, de modo que reunió fuerzas y envió a Jonatán sobre la benevolencia y la alianza. Le permitía formar un ejército y le cedía recuperar a los hijos que Baquides había encerrado en la acrópolis como rehenes. Jonatán, tras recibir la carta del rey, llegó a Jerusalén, la leyó ante el pueblo y los guardias, tomó a los hijos de la acrópolis y los devolvió a sus padres, a cada uno el suyo, y él mismo vivió en Jerusalén renovando la ciudad y reconstruyendo sus muros. Alejandro también escribió a Jonatán, llamándolo a la alianza, haciéndolo su amigo, otorgándole el sumo sacerdocio y enviándole regalos. Él, tras recibir la carta, se vistió con la vestimenta sacerdotal durante la fiesta de los Tabernáculos, cuatro años después de la muerte de su hermano Judas, reunió fuerzas y preparó armas. Alejandro, al enfrentarse a Demetrio, venció, pues Demetrio cayó con su caballo en un pantano profundo y difícil de salir, donde, rodeado por los enemigos, fue herido y murió, tras haber matado él mismo a muchos. Reinó durante once años.
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Alejandro, tras recibir el reino de Siria, pidió en matrimonio a la hija de Ptolomeo Filométor. Al celebrarse la boda, escribió a Jonatán para que se presentara en Tolemaida. Al llegar, fue honrado tanto por Ptolomeo como por Alejandro. Cuando Demetrio, hijo del fallecido Demetrio, llegó por mar desde Creta a Cilicia con una fuerza pesada, Alejandro estaba en apuros; se apresuró a Antioquía para asegurar lo de allí y dejó a Apolonio el Dao como administrador de Siria. Este, tras enviar ante Jonatán, decía que él era el único que no cedía ante el rey, lo desafiaba a la batalla y reprochaba a la nación por su cobardía. Irritado por esto, el sumo sacerdote entabló una guerra contra Apolonio, venció, mató a muchos de los enemigos, tomó ciudades de Siria y regresó a Jerusalén con un gran botín. El rey Alejandro, al saber esto, envió ante Jonatán, diciendo que se alegraba por la derrota de Apolonio, ya que había luchado contra su voluntad siendo su amigo y aliado. Ptolomeo Filométor, al ir a la alianza de Alejandro con fuerzas navales y terrestres y llegar a Tolemaida, estuvo a punto de correr peligro, pues Alejandro conspiró contra él mediante uno de sus amigos, Amonio. Tras escapar de la conspiración, pidió a Amonio para castigarlo; Alejandro no se lo entregó. Por ello, Ptolomeo, al saber que Alejandro era cómplice de la conspiración, se abstuvo de la alianza y disolvió el parentesco. Pues, tras arrebatarle a su hija, la envió ante Demetrio, prometiendo aliarse con él, casarlo con su hija e instalarlo en el reino de su padre. Demetrio aceptó con gusto la boda y la alianza. El objetivo de Ptolomeo era convencer a los antioquenos de aceptar a Demetrio. Logró fácilmente lo que pretendía, pues los antioquenos odiaban a Alejandro tanto por su padre, que había transgredido contra ellos, como por Amonio; rápidamente lo expulsaron de Antioquía. Tras ser expulsado de allí, llegó a Cilicia, y los antioquenos proclamaron rey a Ptolomeo y lo obligaron a ponerse dos diademas, como gobernante de Siria y Egipto. Él, al ser capaz de calcular el futuro por su prudencia, para no parecer envidioso ante los romanos, que ya eran muy poderosos, convenció a los antioquenos de aceptar a Demetrio. Cuando Alejandro marchó contra Siria con un gran ejército y devastó el país de los antioquenos, Ptolomeo, junto con Demetrio, tras haber concertado ya con él la boda de su hija, marchó contra él. Alejandro, derrotado, huyó a Arabia, pero Ptolomeo, al caer del caballo por un elefante que se asustó por el ruido y lo sacudió, recibió muchas heridas en la cabeza al ser rodeado por los enemigos; apenas rescatado por sus guardaespaldas, estuvo cuatro días sin entender ni hablar. Al recuperarse al quinto día, y al ver a Alejandro...
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Tras recibir la cabeza enviada por el soberano de los árabes, y alegrarse por la ruina de aquel, él mismo murió poco después. Tras recibir el reino de Asia, Demetrio Nicator, después de Alejandro, que reinó cinco años, comenzó a destruir el ejército de Ptolomeo, olvidándose del parentesco y de la alianza. Los soldados, pues, frustrando sus intentos, se retiraron a Alejandría, pero él se apoderó de los elefantes. Jonatán, el sumo sacerdote, sitiaba la acrópolis de Jerusalén, que tenía dentro guardias macedonios y algunos de los judíos impíos; algunos de ellos salieron de noche y anunciaron el asedio a Demetrio. Este vino con un ejército contra Jonatán y, al llegar a Tolemaida, le escribió para que acudiera a él. Él no levantó el asedio, sino que, tomando a los sacerdotes y a los ancianos del pueblo y llevando mucho dinero, acudió a Demetrio. Tras congraciarse con él mediante estos presentes, fue honrado por él y confirmó su sumo sacerdocio. Como Demetrio disminuyó el salario de los soldados al no haber ninguna guerra inminente, y por ello era odiado por ellos, un general de Alejandro llamado Trifón, al conocer el odio hacia él, se dirigió a Malco el árabe y pidió al hijo de Alejandro, Antíoco, que era criado por él, diciendo que le restituiría el poder paterno; y él se lo entrega. Demetrio, enviando a Jonatán, buscaba una alianza, prometiéndole muchos favores. Envía, pues, tres mil hombres, con los cuales derrotó a los antioquenos que se habían sublevado contra él por el odio que le tenían debido a los malos tratos que recibían de su parte, incendió la ciudad y mató a muchos de ellos, hasta que fueron obligados a deponer las armas y entregarse a él. La sedición, pues, se detuvo de este modo, y él envió de vuelta a los judíos a Jonatán, habiéndoles hecho regalos y agradeciendo a aquel sus favores. Pero más tarde faltó a sus promesas y le amenazó con la guerra. Y habría llevado a cabo sus amenazas si Trifón, al regresar de Arabia a Siria, no hubiera ceñido la diadema a Antíoco, que era entonces un adolescente, y hubiera organizado una guerra contra Demetrio, uniéndose a él todos los soldados que habían abandonado a Demetrio por la reducción del salario. Trifón, pues, al resultar vencedor en la batalla, toma Antioquía y los elefantes. Demetrio se retiró a Cilicia, y el joven Antíoco llamó a Jonatán para una alianza. Él aceptó ser amigo y aliado, se comprometió a luchar contra Demetrio y se puso manos a la obra de inmediato. Primero hizo que muchas ciudades se unieran a Antíoco, separándolas de Demetrio, luego, dejando a su hermano Simón en Judea, marchó contra los generales de Demetrio. Simón sitiaba Besura, una plaza de Judea ocupada por los hombres de Demetrio, quienes, estrechados por el asedio, tras recibir garantías, abandonaron la plaza; y Simón estableció en ella su propia guarnición. Jonatán, al encontrarse con los generales de Demetrio, los puso en fuga y, tras matar a unos dos mil, regresó a Jerusalén. E hizo una embajada a Roma para renovar la anterior amistad que tenían con la nación. Los del senado ratificaron de nuevo lo que se había decretado anteriormente. Los embajadores, al regresar, llegaron también a Esparta, teniendo esto encargado por Jonatán. Los espartanos recibieron amablemente a los embajadores y establecieron un decreto sobre la amistad y la alianza con los judíos. Sin embargo, los generales de Demetrio, apresurándose a resarcirse de la derrota, vinieron con un ejército mayor contra Jonatán. Él les salió al encuentro rápidamente. Ellos, acobardados ante la idea de enfrentarse a él en una batalla abierta, huyeron de noche. Al día siguiente, Jonatán, al conocer la huida, los persiguió, pero no los alcanzó; sino que, habiendo ido a Arabia y atacado a los nabateos,
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y habiendo arrebatado de allí un gran botín y tomado prisioneros, regresó. Tras reunir al pueblo, aconsejó renovar y restaurar los muros de Jerusalén y lo que se había derribado del recinto del templo. Agradando a todos el consejo, él mismo se ocupó de la obra, y envió a su hermano Simón a asegurar el país. Demetrio, por su parte, llegó a Mesopotamia con la intención de tomar Babilonia y las satrapías superiores. Pues los griegos y macedonios que habitaban allí prometían entregarse a él y luchar juntos contra Arsaces, el rey de los partos. Y, por tanto, lo recibieron. Pero al enfrentarse a Arsaces, perdió todo su ejército y él mismo fue capturado. Trifón, al conocer tales sucesos en torno a Demetrio, conspiraba contra Antíoco, planeando matarlo y usurpar el poder. Temía, sin embargo, a Jonatán, por ser amigo de Antíoco. Y se apresuraba a capturarlo primero mediante engaños para así intentar lo relativo a Antíoco. Por ello va a Escitópolis, donde Jonatán le salió al encuentro con cuarenta mil hombres de combate. Él lo aborda con falsedad, agasajándolo con regalos y honores, queriendo eliminar toda sospecha para capturarlo sin vigilancia. Y le aconsejaba licenciar al ejército y que él mismo fuera con pocos hombres a Tolemaida para acompañarlo, con el fin de tomar la ciudad y todas las fortificaciones de allí. Jonatán, sin sospechar nada, despidió al ejército y se marchó con solo mil hombres. Al ser encerrado en Tolemaida, él mismo es capturado vivo, y los que estaban con él son destruidos. Los de Jerusalén, al enterarse de esto, cayeron en el miedo debido a las naciones circundantes, que, al conocer la captura de Jonatán, se habían movilizado contra los judíos. Simón, tras hablar con la multitud y animarla, es elegido jefe por ella, y tras reunir a los hombres de combate del pueblo, se ocupó de los muros de la ciudad y se preocupó de todo lo necesario para la seguridad de los asuntos. Trifón, sin embargo, llegó a Judea llevando a Jonatán encadenado. Y Simón le salió al encuentro con un ejército; él le envió un mensaje declarando que daría cien talentos de plata y dos de los hijos de Jonatán como rehenes si quería que su hermano fuera liberado. Simón comprendió la maldad de Trifón, pero para no tener la culpa de no querer salvar a su hermano, envió el dinero y a los hijos. Trifón, al recibirlos, no cumplió los pactos, sino que subió con el ejército hacia Jerusalén. Simón lo seguía, acampando siempre frente a él. Pero una gran nevada que cayó le impidió la llegada a Jerusalén; y se dirigió a Siria, y al marcharse mató a Jonatán. Simón, al morir su hermano Jonatán tras cuatro años de sumo sacerdocio, fue propuesto él mismo como sumo sacerdote por la multitud, y ya no pagó tributos a los macedonios. La nación prosperó mucho bajo él, y se apoderaron de las naciones vecinas y destruyeron muchas de las ciudades para que no fueran bases de operaciones para los enemigos. Y el monte sobre el que estaba construida la acrópolis, siendo muy alto, lo trasladaron a la llanura trabajando continuamente durante tres años, para que el templo quedara por encima. Trifón, por su parte, mató a Antíoco, que fue llamado también dios, tras reinar cuatro años, ejerciendo su tutela. Y anunciaba que había muerto, mientras prometía dinero a los soldados si lo hacían rey. Ellos, esperando ganar mucho, lo eligieron jefe. Al tomar el reino, Trifón se despojó de la hipocresía; y el ejército, al odiarlo, se pasó a Cleopatra, la mujer de Demetrio, que se encontraba encerrada en Seleucia. Estando errante Antíoco, que era llamado salvador, hermano de Demetrio, y encerrado por todas partes a causa de Trifón, Cleopatra le envía un mensaje llamándolo para casarse y para el reino; pues temía que los seleucidas entregaran la ciudad a Trifón. Antíoco, pues, al llegar a Seleucia, marchó contra Trifón y, tras vencerlo, lo expulsó de la alta Siria, y
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y sitiaba la fortaleza a la que había huido, e invitaba al sumo sacerdote Simón a la amistad. Él aceptó la invitación y suministró víveres a los que sitiaban a Trifón. Trifón, al huir de allí y llegar a Apamea, fue sitiado, capturado y destruido, tras haber reinado tres años. Antíoco, olvidándose de lo que Simón había hecho por él, envía a Cendebeo con la orden de devastar Judea y capturar a Simón. Simón, al enfrentársele, lo vence. Y vivió el resto de su vida en paz, habiendo gobernado Judea ocho años. Muere al ser víctima de una conspiración de Ptolomeo, su yerno. La mujer de Simón y sus dos hijos fueron capturados y encadenados, pero el tercero, Juan, escapó, quien también era llamado Hircano, y fue recibido por los jerosolimitanos debido a los beneficios de su padre, tras haber rechazado a Ptolomeo cuando llegó. Hircano, al recuperar el sacerdocio patrio, marchó contra Ptolomeo, que estaba en una fortaleza llamada Dagón. Y vencía en el asedio, pero era derrotado por la compasión hacia su madre y sus hermanos; pues Ptolomeo, llevándolos sobre el muro, los torturaba a la vista. La madre, sin embargo, le suplicaba que no se debilitara por ella. Al prolongarse así el asedio, sobreviene el séptimo año, en el que los judíos tienen por costumbre descansar. Y por esto Ptolomeo, al verse libre de la guerra, mata a la madre de Hircano y a sus hermanos, y huye hacia Zenón Cotilas, el tirano de Filadelfia. Antíoco, enfurecido con Simón por lo que había sufrido, atacó Judea y, tras recorrer el país, sitió a Hircano; y tras levantar torres altísimas en la parte norte de la ciudad, atacaba el muro desde ellas. Pero no lograba nada debido a la valentía de los de dentro, a la solidez de los muros y a la abundancia de agua por las lluvias que acababan de ocurrir. Hircano, temiendo que les faltaran los víveres, seleccionó solo a los hombres de combate de la multitud y expulsó a los demás de la ciudad; a quienes Antíoco no permitió salir de allí; y estos, al esperar fuera de los muros, morían por ello. Los de dentro, compadeciéndose de ellos, los recibieron de nuevo. Al llegar la fiesta de los Tabernáculos, Hircano envió a Antíoco pidiendo una tregua por siete días debido a la fiesta. Él concedió la tregua y envió un sacrificio costoso con ofrendas; por lo cual, debido a su piedad hacia lo divino, lo llamaron Pío. Hircano, al conocer el respeto de Antíoco hacia Dios, envió una embajada pidiendo que se les devolviera la constitución patria. Él dijo que, si entregaban las armas, pagaban tributos por las otras ciudades fuera de Judea, aceptaban una guarnición, se abstenían de la guerra y hacían lo demás que pedían. Los judíos aceptaban lo demás, pero no accedían a la guarnición, sino que a cambio de ella daban rehenes y quinientos talentos de plata. Al ceder Antíoco en esto, se levantó el asedio. Hircano, al abrir la tumba de David, tomó de allí tres mil talentos de plata. Tras hacer amistad con Antíoco, lo recibió en la ciudad y partió con él en su expedición contra los partos; donde Antíoco, tras luchar contra Arsaces, pereció él mismo junto con la mayor parte del ejército. Se convierte en sucesor del reino de los sirios su hermano Demetrio, al haberlo liberado Arsaces cuando Antíoco atacó a los partos. Hircano, tras la muerte de Antíoco, tomó muchas de las ciudades de Siria y otras de Idumea. Y tras someter a los idumeos, les permitió permanecer en el país si se circuncidaban y usaban las costumbres judías. Ellos, por sus patrias, soportaron la circuncisión y lo demás. Demetrio, al decidir marchar contra Hircano, fue detenido, pues los sirios y los soldados lo odiaban por su maldad, y enviaron mensajeros a Ptolomeo Fiscon para que les diera a alguien de los pertenecientes a Seleuco para hacerse cargo del reino. Él envió a Alejandro, el llamado Zebinas. Al trabarse, pues, una batalla entre él y Demetrio,
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Demetrio es derrotado y huye a Tolemaida, pero al no ser recibido por su mujer Cleopatra, huyó a Tiro, donde fue capturado, sufrió mucho y fue destruido. Alejandro, al tomar el reino, hace amistad con Hircano. Pero al sublevarse contra él Antíoco Gripo, hijo de Demetrio, fue derrotado en la batalla y murió. Este Antíoco, al convertirse en rey de Siria, luchó por el reino durante muchos años contra su hermano Antíoco, el llamado Ciziceno porque se crió en Cícico. Este era hijo de Antíoco, el que murió en Partia, hermano de Demetrio, de modo que era medio hermano de Antíoco Gripo; pues Cleopatra se casó con los dos hermanos, primero con Demetrio y después con Antíoco, como se ha escrito antes, y de Demetrio dio a luz a Antíoco Gripo, y de Antíoco el Salvador, hermano de Demetrio, engendró a Antíoco Ciziceno. Mientras estos luchaban entre sí, Hircano permanecía tranquilo y, despreciando a los Antíocos, se separó, sin proporcionarles ya nada; y disfrutaba tranquilamente de Judea, hasta reunir una cantidad inmensa de dinero. Marchó también contra Samaria y la sitió por medio de sus hijos Aristóbulo y Antígono. Al presionar el hambre a la ciudad, los samaritanos llamaron en su ayuda a Antíoco Ciziceno. Él, al enfrentarse a los hombres de Aristóbulo, es derrotado; luego, tras reunir de nuevo una multitud, devastaba el país de Hircano para obligarlo así a levantar el asedio. Tras perder a muchos de los suyos, se marchó a Trípoli. Hircano, tras tomar Samaria, la destruyó por completo. Se dice que, el día en que sus hijos luchaban contra Antíoco, él mismo, como sumo sacerdote, mientras ofrecía incienso solo en el templo, oyó una voz de que sus hijos acababan de vencer a Antíoco; y al salir, anunció a la multitud lo que había oído. Y sucedió así. Hircano, al prosperar, fue envidiado por los judíos, y sobre todo era odiado por los fariseos; estos son una de las sectas entre los judíos, siendo tres. Estos fariseos, pues, opinan que existe el destino, pero que algo depende también de nosotros, sucediendo o no sucediendo. Los esenios, en cambio, opinan que el destino es soberano de todo y que todo sucede a los hombres por él. Los saduceos, por su parte, rechazan el destino, lo ponen todo en nuestras manos, enseñando que nosotros mismos somos causa de los bienes y que elegimos los males por falta de juicio. Como los fariseos antes tenían amistad con Hircano, pues se había hecho discípulo suyo, sucedió que por una causa adquirieron enemistad contra él. Y estos tenían mucho poder ante la multitud. Hircano se unió a la facción de los saduceos, separándose de los fariseos, y se propuso abolir las leyes transmitidas por ellos. Pues los saduceos decían que se debían considerar leyes las escritas, y no observar las que venían de la tradición. Por esto Hircano fue odiado por los fariseos. Tras vivir afortunadamente treinta y un años, murió dejando cinco hijos. Se dice que también fue digno de profecía, y que predijo sobre sus dos hijos mayores que no permanecerían dueños de los asuntos. Tras la muerte de Hircano, Aristóbulo heredó el poder; y al parecerle bien trasladarlo a reino, se ciñe la diadema, cuatrocientos ochenta y un años después de que el pueblo regresara de Babilonia a Jerusalén. Este encarceló a los demás hermanos y a su madre, que había disputado con él por el poder, pero amaba a Antígono, el que le seguía, y lo consideraba digno de lo mismo. A su madre, pues, la destruyó por hambre, y añadió también a su hermano Antígono al creer en calumnias. Pues al regresar él brillantemente de una expedición, Aristóbulo enfermó; al celebrarse la fiesta de los Tabernáculos, Antígono subió al templo adornado brillantemente con sus soldados. Los que lo calumniaban ante su hermano decían que no había ido a la fiesta como un particular, sino usando un esplendor real, y que al subir con tal
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escolta de soldados, conspiraba contra él. Aristóbulo, preocupado por su propia seguridad y velando por su hermano, coloca a sus guardaespaldas en uno de los subterráneos oscuros, ordenándoles perdonar a su hermano si iba desarmado, pero matarlo si venía con armas; y envía también a Antígono, ordenándole que venga desarmado. La mujer de Aristóbulo y los que estaban de acuerdo con ella contra Antígono convencieron al enviado para que dijera a Antígono:" Tu hermano, al oír que has fabricado armas nuevas, pide que vengas armado para verlas". Él, sin sospechar nada, vestido con la panoplia, se marchó. Y al llegar a la torre de Estratón, donde el lugar estaba oscuro, es asesinado por los guardaespaldas. Un tal Judas, esenio de linaje, que predecía muchas cosas y decía la verdad, al ver entonces a Antígono pasar por el templo, gritó deseando morir por haber mentido al estar vivo Antígono; pues había predicho que moriría aquel día en la torre de Estratón; y esta distaba seiscientos estadios, de modo que era imposible que Antíoco estuviera allí, ya que el día declinaba. Mientras Judas decía esto, se anuncia que Antígono había sido asesinado en el subterráneo, que también se llamaba torre de Estratón, homónimamente a la Cesarea costera. A Antígono, pues, le ocurrió tal fin, y a Aristóbulo le siguió inmediatamente la justicia por el fratricidio. Y al corromperse sus entrañas, vomitaba sangre, y uno de los que le servían, al sacarla, resbaló en el lugar donde Antígono fue degollado, teniendo aún manchas de aquella sangre, y la derramó, de modo que se mezclaron las sangres de ambos. Al producirse un grito de los que lo vieron, Aristóbulo, al enterarse de lo sucedido, gimiendo, se echó a llorar y dijo:" No iba a ocultar a Dios tales actos impíos". Y tras decir otras cosas, muere, habiendo reinado un año. Salomé, su mujer, que también era llamada Alejandra, tras liberar a los hermanos de su marido, pues Aristóbulo los tenía encadenados, establece como rey a Janeo, que también era Alejandro, que sobresalía en edad y era muy moderado. Él, al tomar el reino, mata a uno de los hermanos que se sublevaba, y al otro, que vivía sin complicaciones, lo honraba. Tras realizar algunas guerras contra algunos, y venciendo en parte, pero habiendo sido derrotado en otras, al final tomó las armas también contra sus compatriotas que se habían sediciado contra él. Pues siendo fiesta y habiendo subido él al altar como para sacrificar, la multitud lo arrojaba cítricos, siendo costumbre en la fiesta de los Tabernáculos tener en las manos tirsos de palmeras y cítricos, y le proferían insultos. Alejandro, irritado por esto, mata a unos seis mil de ellos. Luego, tras trabar batalla contra los árabes y ser derrotado, huye y llega a Jerusalén, y al atacarlo el pueblo por su desgracia, luchando contra él durante seis años, pues criaba a pisidios y cilicios, mata no menos de cinco miríadas. Por lo cual era aún más odiado, hasta el punto de que, al preguntar a la multitud qué debía suceder para que cesara la hostilidad, esta gritó que él debía morir. Y después de esto los judíos luchaban contra Alejandro, y morían muchísimos. Tras encerrar a los más poderosos de ellos en una ciudad, la sitió, y tras vencerlos, los llevó a Jerusalén. Y banqueteando a la vista con sus mujeres, hizo un acto muy cruel, crucificando a ochocientos de ellos, y degollaba a sus hijos y a sus mujeres ante sus ojos mientras aún vivían. Este acto inhumano convenció a sus opositores, que eran unos ocho mil, a huir. Y Alejandro desde entonces disfrutó de tranquilidad. Después, Antíoco, el llamado Dionisio, marchó contra Judea. Y tras una batalla encarnizada contra los judíos, murió en la guerra Antíoco, venciendo y ayudando a la parte que sufría. Al morir aquel, el ejército huye y es destruido por el hambre. Reina después de Antíoco en Celesiria Aretas, y tras marchar contra la
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Judea, y vencer en batalla a Alejandro, se retiró bajo pactos. Alejandro, sin embargo, después de esto, tras tomar muchas ciudades de idumeos, cilicios, fenicios y sirios, y habiendo pasado el tercer año en la expedición, regresó, siendo recibido con entusiasmo por los judíos debido a su éxito. Luego, al enfermar por la embriaguez, y luchando durante tres años contra una fiebre cuartana, no se abstuvo de las expediciones. La reina, al verlo ya desahuciado, se lamentaba por sí misma y por sus hijos. Él le aconsejó ocultar su muerte a los soldados hasta que tomara la plaza, pues casualmente sitiaba una, y luego, al llegar a Jerusalén como tras una victoria, dar a los fariseos algo de poder. Pues decía que ellos podían hacer a la nación bien dispuesta hacia ella; y él mismo decía haber chocado con la nación por causa de ellos, al haber sido ultrajados por él." Tú, pues", dijo," tras hacer llamar a sus jefes, permíteles usar mi cadáver como quieran, como quien los ha ultrajado mucho, y promete no hacer nada contra la opinión de ellos. Si dices esto, yo seré enterrado costosamente y tú reinarás con seguridad". Tras aconsejar esto a su mujer, murió, habiendo reinado veintisiete años, y habiendo vivido cincuenta menos uno. Alejandra, al disponer todo según el consejo de su marido, hizo a los fariseos bien dispuestos hacia ella, consolidó el reino e hizo el entierro de su marido más brillante que el de los reyes anteriores a él. Habiendo tenido Alejandro dos hijos, Hircano y Aristóbulo, Hircano era de carácter torpe y ajeno a la administración de los asuntos, mientras que el menor era activo. Su madre, debido a la falta de complicaciones de Hircano, lo nombra sumo sacerdote, y confía todo a los fariseos, y ordenó a la multitud obedecerles, y ella misma tenía el nombre del reino, pero los fariseos tenían la fuerza. El país estaba tranquilo, solo los fariseos perturbaban a la reina y la convencían de matar a los que habían aconsejado a Alejandro la destrucción de los ochocientos. Ellos matan a uno por el momento, y tras él a otros tras otros, hasta que los poderosos, al acudir al palacio, y Aristóbulo con ellos, pues no estaba de acuerdo con lo que se hacía, tras decir muchas cosas y llorar a los ya destruidos, movieron a los presentes a la compasión por los que estaban en peligro y a las lágrimas. Aristóbulo culpaba a su madre por esto; ella no sabía qué hacer. En este momento se anuncia que Tigranes había invadido Siria con un gran ejército y que llegaría a Judea. Esto asustó tanto a la nación como a la reina, y le envían muchos regalos de gran valor y embajadores mientras sitiaba Tolemaida. Él aceptó esto y prometió cosas buenas. Pero al devastar Tolemaida, se le anuncia que Lúculo había marchado hacia Armenia, y por esto se retiró a su país. Al enfermar gravemente la reina, Aristóbulo, al salir a escondidas, iba hacia las fortalezas donde estaban destinados los amigos paternos, sabiendo solo su mujer de la acción, y fue recibido por ellos. Su madre, al darse cuenta de su huida y de que se había apoderado de todas las fortalezas, estaba en gran confusión ella misma y la nación; pusieron a su mujer y a sus hijos en la fortaleza sobre el templo. Hircano y los ancianos de los judíos, al saber que en quince días Aristóbulo se había apoderado de veintidós plazas, había reunido mucho dinero y había congregado un ejército, pedían a la reina que aconsejara sobre Aristóbulo. Ella, diciendo que ya no le importaban los asuntos, al estar ya expirando, les permitió hacer lo que consideraran conveniente. Y poco después murió, habiendo reinado nueve años y vivido setenta y tres. Tras la muerte de Alejandra, Aristóbulo inició inmediatamente la guerra contra su hermano, y muchos de los soldados de Hircano se pasaron a Aristóbulo. Él huye a la acrópolis, donde también estaban la mujer de Aristóbulo y los hijos antes
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fueron encerrados. Al entrar en conversaciones, los hermanos disolvieron la enemistad, de modo que Aristóbulo reinara e Hircano viviera sin complicaciones. Tras confirmar los acuerdos con juramentos, el uno se retiró al palacio y Hircano a la casa de Aristóbulo. Pero un tal Antípatro, idumeo, amigo de Hircano, faccioso, activo y poseedor de grandes riquezas, hablando a escondidas con los que detentaban el poder entre los judíos y calumniando a Aristóbulo ante Hircano bajo el pretexto de que planeaba matarlo, lo convenció de huir hacia Aretas, el rey de los árabes. Hircano envió a Antípatro ante Aretas para recibir garantías de que no lo entregaría a sus enemigos si acudía a él. Tras recibir las garantías, Antípatro regresó y, habiendo tomado consigo a Hircano, llegó de noche conduciéndolo a la llamada Petra ante Aretas. Hircano le suplicó entonces que lo escoltara hasta Judea y lo restituyera en el reino, prometiéndole que, si esto sucedía, le daría tanto el territorio como las doce ciudades que su padre Alejandro había arrebatado a los árabes. Aretas marchó entonces contra Aristóbulo y venció en la batalla. Como muchos desertaron hacia Hircano, Aristóbulo huyó a Jerusalén. El árabe, atacando el templo, sitió a Aristóbulo, mientras el pueblo se sumaba a Hircano y solo los sacerdotes permanecían junto a Aristóbulo. Los judíos pidieron a un tal Onías, hombre justo y amado por Dios, quien en una ocasión, habiéndose producido una sequía, había ablandado a Dios con su oración y puesto fin a la falta de lluvia, que orara contra Aristóbulo y los que estaban con él; pero él no accedía. Al ser forzado, dijo:" Oh Dios, rey del universo, puesto que los que están conmigo son tuyos y también lo son los sacerdotes sitiados, te ruego que no auxilies a aquellos contra estos, ni a estos contra aquellos". Y al instante, rodeando al hombre, lo lapidaron. No pasó mucho tiempo antes de que la divinidad les cobrara cuentas por su impiedad, pues sopló un viento violento que destruyó el fruto de la tierra.
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Escauro, enviado por Pompeyo mientras combatía contra Tigranes en Armenia, recibió en Siria embajadores tanto de Aristóbulo como de Hircano, quienes le pedían que se aliara con cada uno de ellos. Habiendo recibido cuatrocientos talentos de Aristóbulo, se puso de su parte. Y tras ordenar a Aretas que se retirara o sería juzgado como enemigo de los romanos, levantó el sitio. Una vez levantado, Aristóbulo marchó contra Aretas e Hircano y, al enfrentarse, venció. Poco después, al llegar Pompeyo a Damasco, llegaron embajadores de muchas partes y también de Judea, trayendo un gran regalo de parte de Aristóbulo: una vid de oro de quinientos talentos. Josefo dice haberla visto en Roma, consagrada a Júpiter Capitolino. De nuevo llegaron ante él Antípatro en nombre de Hircano y Nicodemo en nombre de Aristóbulo. Él ordenó que vinieran los mismos litigantes. Al llegar a Damasco los judíos y sus jefes, unos pedían no ser gobernados por un rey, pues era tradición para ellos ser gobernados por los sumos sacerdotes, y que estos, siendo de aquel linaje, habían transformado el principado en reino; Hircano, por su parte, acusaba a su hermano de que, habiéndosele asignado el poder por su primogenitura, se lo había arrebatado, y añadía muchas otras acusaciones contra él. Más de mil de los judíos más notables se sumaron a él al decir esto, tras haberlo preparado Antípatro. Aristóbulo, por su parte, atribuía la caída de Hircano del poder a su propia naturaleza, ineficaz y por ello despreciable; decía que él mismo se había hecho cargo por necesidad, por miedo a que el poder cayera en manos de otros, y que se hacía llamar rey al igual que su padre. Pompeyo condenó la violencia de Aristóbulo, pero tratándolos con suavidad en aquel momento, les ordenó mantener la calma por el momento y prometió que, al llegar al país, dispondría cada cosa. Sin embargo, Aristóbulo no esperó y partió hacia Judea. Pompeyo, enfurecido, marchó contra
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él. Habiendo huido aquel a una fortaleza llamada Alexandrion, le ordenó que acudiera a él. Él, ante la insistencia de sus amigos de no combatir contra los romanos, bajó y, tras defenderse, regresó de nuevo a donde había venido. Al ordenar Pompeyo que entregara las fortalezas y escribiera de su propia mano a los comandantes de las guarniciones, pues de otro modo estaba prohibido abandonarlas, accedió, pero, irritado, se retiró a Jerusalén y se preparó para la guerra. Mientras Pompeyo marchaba contra él, se le anunció la muerte de Mitrídates a manos de su hijo Farnaces. Estando cerca de Jericó, donde se cultiva el opobálsamo, el más selecto de los perfumes, que brota como savia cuando se cortan los arbustos con una piedra afilada, Aristóbulo se le acercó y le suplicó que cesara la guerra, ofreciéndole dinero y admitiéndolo en Jerusalén para que hiciera lo que quisiera. Él, accediendo, envió a Gabinio por el dinero y la ciudad. Como los soldados de Aristóbulo no permitieron que se cumplieran los acuerdos, Gabinio regresó con las manos vacías. Pompeyo llegó entonces a la ciudad tras haber encarcelado a Aristóbulo. Los que estaban dentro no estaban de acuerdo. A unos les parecía bien recibir a Pompeyo, a otros, los de Aristóbulo, lo contrario; estos, habiendo tomado el templo, se prepararon para el asedio. Los otros entregaron la ciudad y el palacio a Pompeyo. Él, acampando dentro, sitió el templo. Tras ser tomado al tercer mes, los enemigos irrumpieron y masacraron a los que estaban en él; estos, sin embargo, no dejaban de realizar los ritos sagrados y ofrecer sacrificios. Todo estaba lleno de matanza; pues unos judíos eran degollados por los romanos, otros por sus propios compatriotas, o incluso se despeñaban. Pompeyo pasó al interior del santuario, al lugar inaccesible, junto con algunos de los suyos, y vieron lo que para los demás, excepto para los sumos sacerdotes, era invisible. Sin embargo, no tocó ninguna de las ofrendas ni el dinero que había allí, por respeto religioso. Al día siguiente, tras ordenar purificar el templo y sacrificar legalmente, entregó el sumo sacerdocio a Hircano, ejecutó a los responsables de la guerra y convirtió a Jerusalén en tributaria de los romanos. Pompeyo, al partir hacia Roma, se llevó a Aristóbulo encadenado y a sus hijos. Tenía dos hijas y otros tantos hijos, de los cuales el mayor, Alejandro, huyó y más tarde recorrió Judea, al no poder Hircano oponerse a él. Cuando Gabinio llegó a Siria, envió a Marco Antonio contra Alejandro con un ejército. Tras producirse una batalla, los romanos mataron a unos tres mil enemigos y capturaron a no menos. Habiendo huido Alejandro a una fortaleza llamada Alexandrion, la sitió. Alejandro envió entonces una embajada a Gabinio pidiendo perdón y entregó las fortalezas que ocupaba. El sumo sacerdote Hircano fue escoltado a Jerusalén por Gabinio. Sin embargo, Aristóbulo, habiendo escapado de Roma y llegado a Judea, intentó fortificar Alexandrion, que acababa de ser demolido. Gabinio envió a quienes lo detendrían o capturarían. Muchos judíos acudieron a Aristóbulo, la mayoría de los cuales estaban desarmados. Aristóbulo los despidió y se quedó consigo a los que estaban armados, unos ocho mil. Tras trabarse batalla contra los romanos, los judíos fueron derrotados y huyeron; unos fueron muertos y el resto se dispersó. Aristóbulo huyó con mil hombres a Maqueronte junto con su hijo Antígono, que había escapado de Roma con él. Dos días después, herido, fue capturado y llevado prisionero ante Gabinio junto con su hijo Antígono, y fue enviado de nuevo a Roma, donde permaneció encadenado, tras haber reinado y ejercido el sumo sacerdocio durante tres años. Gabinio partió hacia Egipto. Al regresar de allí, encontró al hijo de Aristóbulo, Alejandro, invadiendo el país con un gran ejército y matando a todos los romanos con los que se encontraba. Tras enfrentarse a él cerca del monte Itabirio,
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donde llevaba treinta mil judíos, mató a unos diez mil. Tras establecer los asuntos en Jerusalén como quería Antípatro y realizar otras grandes hazañas militares, partió hacia Roma, entregando el mando a Craso. Este Craso, al llegar a Judea, se llevó todo el dinero del templo, que Pompeyo no había tocado, y que ascendía a dos mil talentos, y tras despojar al templo de todo su ornamento, lo saqueó, lo cual se calculaba en ocho mil talentos de oro. Tomó también una viga de oro forjado hecha de trescientas minas. La mina entre los judíos pesa dos libras y media. Tras tomar esto, partió contra los partos y pereció junto con su ejército. Casio, habiendo huido de allí a Siria, subió a Judea. Antípatro tenía gran influencia ante él, y también ante los idumeos, entre los cuales tomó por esposa a una mujer de Arabia, llamada Chipre, de la cual tuvo cuatro hijos: Fasael, Herodes, José y Ferores, y una hija, Salomé. Tiempo después, Cayo Julio César, tras tomar Roma después de Pompeyo y hacer que la mayor parte del senado huyera de allí, liberó a Aristóbulo y lo envió a Siria con un ejército. Pero los partidarios de Pompeyo se adelantaron y mataron a Aristóbulo con veneno. Escipión, por orden de Pompeyo, decapitó a Alejandro, hijo de Aristóbulo. Tras la muerte de Pompeyo, Antípatro se mostró muy útil a César mientras combatía en Egipto, de modo que César se sirvió de él en toda la guerra; donde incluso resultó herido. Antígono, hijo de Aristóbulo, acudió entonces ante César pidiendo compasión por haber sido expulsado del poder, y recordaba a su padre y cómo había muerto por su causa. Antípatro, que estaba presente, se defendió. Pareciendo sus argumentos más convincentes, César confirmó a Hircano en el sumo sacerdocio y nombró a Antípatro procurador de Judea. Cuando César partió hacia Roma, Antípatro estableció los asuntos en Judea. Viendo a Hircano lento y perezoso, nombró a Fasael, el mayor de sus hijos, estratego de los jerosolimitanos y sus alrededores, y puso a Herodes, el siguiente, que era muy joven, al frente de Galilea. Siendo Herodes de espíritu generoso, hizo del cargo una oportunidad para demostrar su virtud, y capturó y mató al jefe de bandidos Ezequías, que saqueaba las zonas cercanas de Siria, junto con una gran banda, y a la mayoría de los que estaban con él; por lo cual fue amado por los sirios. Gracias a esto se hizo conocido de Sexto César, pariente del gran César y gobernador de Siria. Fasael también emuló a su hermano. Hacía esto para que Antípatro obtuviera honores reales por parte de la nación. Los que estaban en el poder entre los judíos, debido a esto, envidiaban a Antípatro y a sus hijos, y temían al ver a Herodes violento, audaz y amante de la tiranía, y acusaban a Antípatro ante Hircano, incitándolo contra él y sus hijos, diciendo que no eran procuradores de los asuntos del reino, sino señores. Pues Herodes había matado a Ezequías y a muchos de los que estaban con él, cuando la ley prohibía matar a un hombre, aunque fuera malvado, si no era condenado primero por el sanedrín. Hircano se irritó por esto. Las madres de los asesinados por Herodes avivaron aún más la ira, suplicando que pagara por lo hecho. Hircano, movido, llamó a Herodes a juicio. Él vino con una escolta suficiente para no ir desarmado e indefenso al juicio. Al llegar al sanedrín con la escolta, aterrorizó a todos, y nadie se atrevía a acusarlo, sino que había perplejidad sobre qué hacer. Uno llamado Samaias, hombre justo y confiado como un león, dijo:" Hombres, no conozco a nadie de los llamados a juicio que se haya presentado así, ni vosotros, creo, sino que todo el que va a ser juzgado se presenta con aspecto de temeroso. Pero el excelente Herodes, huyendo de un juicio por asesinato, está de pie rodeado de soldados, para que, si fuera condenado según la ley,
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nos maten. Pero no culparía a Herodes, sino a vosotros por haberle permitido tal impunidad. Sabed, pues, que Dios es justo, y que este, a quien ahora queréis absolver por Hircano, os castigará algún día a vosotros y al propio Hircano". Que esto se cumplió lo mostrará el relato más adelante. Hircano pospuso el juicio para otro día y sugirió a Herodes en secreto que saliera de la ciudad. Él se fue, y los del sanedrín se indignaron. Como Sexto dio el mando de Celesiria a Herodes por dinero, no pasó mucho tiempo y Herodes llegó con un ejército, enfurecido contra Hircano por haber sido llamado a juicio. Su padre y su hermano le impidieron atacar Jerusalén. Los asuntos en Judea estaban así, mientras que los de Siria estaban perturbados por la siguiente causa. Cecilio Baso, uno de los partidarios de Pompeyo, mató a Sexto César mediante una conspiración y él mismo se apoderó del poder. Como los generales de Julio César marcharon contra Baso, Antípatro los ayudó a través de sus hijos, recordando los beneficios que había recibido de César. Mientras el tiempo se consumía en la guerra, Marco llegó de Roma al mando de Sexto. César fue asesinado en Roma por los partidarios de Bruto y Casio. Al estallar la guerra por la muerte de César y al reunir ejércitos los que estaban en el poder, dispersos unos aquí y otros allá, Casio llegó a Siria y, recorriendo el país, reunía armas y soldados, imponía tributos muy pesados y exigió setecientos talentos de plata de Judea, cuya recaudación Antípatro repartió entre sus dos hijos. Herodes, al ser el primero en entregar a Casio lo que se le había ordenado, fue su amigo en gran medida. Malico habría sido ejecutado por Casio si Hircano no hubiera detenido su impulso, agasajándolo con cien talentos a través de Antípatro. Ya cuando Casio se retiró de Judea, Malico conspiraba contra Antípatro, pensando que si este perecía, Hircano tendría seguridad en el poder. Esto no pasó desapercibido para Antípatro, pero se protegía; y Malico lo negaba con juramentos. Marco, que gobernaba en Siria, casi mata a Malico si Antípatro no le hubiera suplicado y salvado. Casio y Marco, habiendo reunido un ejército, confiaron el cuidado a Herodes, nombrándolo estratego de Celesiria, prometiéndole además nombrarlo rey de Judea después de la guerra que entonces se había trabado contra Antonio y el joven César. Fue entonces cuando Malico, tras sobornar al copero de Hircano, mató a Antípatro con veneno; pues ambos comían en casa de Hircano. Al conocer la conspiración los hijos de Antípatro, Malico lo negaba. A Herodes le parecía bien vengar inmediatamente el asesinato de su padre, pero Fasael quería perseguir a Malico con astucia, para no ser causa de una guerra civil. Fingían, pues, creer en la negación de Malico. Al llegar una fiesta a Jerusalén, Herodes llegó con un ejército a la ciudad; Hircano, persuadido por Malico, le prohibió la entrada a la ciudad, con el pretexto de que no debía mezclarse gente extranjera con la multitud que se purificaba. Él, sin hacer caso de las palabras, entró de noche en la ciudad. Malico seguía fingiendo, llorando a Antípatro y llamándolo amigo, mientras secretamente se hacía proteger el cuerpo. Tras tomar Casio Laodicea, ambos partieron hacia él. Herodes planeaba allí hacer pagar a Malico; este, sospechando el asunto, teniendo a su hijo como rehén en Tiro, planeó secuestrarlo, partir hacia Judea y apoderarse del poder. Herodes, sospechando la intención de Malico, envió a alguien a Tiro y persuadió secretamente a los quiliarcas para que salieran al encuentro de Malico y lo mataran. Pues ya tenían orden de Casio de cooperar con Herodes en una acción justa. Ellos, al encontrárselo cerca de la ciudad, lo acribillaron. Hircano estaba mudo de miedo. Al recuperarse, preguntó cómo había sido asesinado Malico; y al oír que por orden de Casio, elogió la acción, diciendo que era un malvado y un conspirador contra la patria. Al partir Casio de Siria hacia Antonio, Herodes se distinguió en diversas ocasiones, y al hijo de Aristóbulo, Antígono, que apenas había puesto pie en las tierras de los judíos, le salió al encuentro, lo venció en batalla y lo expulsó de sus fronteras. Por ello, al llegar a Jerusalén, tanto el pueblo como Hircano lo coronaron. Se prometió además con la nieta de Hircano, hija de Alejandro, hijo de Aristóbulo. Tenía antes otra mujer del pueblo, llamada Doris, de la cual le nació un hijo, Antípatro, el mayor de los demás. Tras haber vencido Antonio y César a Casio y Bruto cerca de Filipos, el uno se dirigió a las Galias y Antonio a Asia. Al llegar a Bitinia, le llegaban embajadas de todas partes. Estaban presentes también judíos acusando a Fasael y a Herodes. Herodes, al acudir para defenderse, fue tratado con honor por Antonio, y los acusadores no fueron dignos ni de ser escuchados, habiendo comprado Herodes esto con dinero de Antonio. Al llegar Antonio a Éfeso, Hircano le envió una corona de oro y le pidió que los judíos que Casio había esclavizado, no por ley de guerra, fueran liberados y se les devolviera el territorio que Casio les había arrebatado. Habiendo juzgado justa la petición, ordenó que se llevara a cabo. Después de esto, al llegar Antonio a Siria y estar dominado por los amores de Cleopatra, se le acercaron cien de los judíos más poderosos y acusaron a Herodes y a los suyos, estando presente también Hircano. Antonio preguntó a Hircano quiénes gobernaban mejor la nación; y él señaló a los partidarios de Herodes, de los cuales era pariente político. Antonio, sintiéndose cercano a ellos por la hospitalidad de su padre, los nombró a ambos tetrarcas y les confió los asuntos de los judíos; y tras encadenar a diez de los acusadores, los habría matado si los hermanos no hubieran intercedido. De nuevo, mil se presentaron ante Antonio cerca de Tiro. Él, predispuesto por los regalos del gobernador local, ordenó castigar a los judíos por ser sediciosos. Herodes les aconsejó que se fueran rápido para no sufrir un gran mal. Como no obedecían, los romanos salieron, mataron a algunos e hirieron a muchos; los demás huyeron y se mantuvieron tranquilos. Como el pueblo gritaba contra Herodes, Antonio, irritado, mató a los que estaban encadenados. Antígono prometió a Pacoro, rey de los partos, dar mil talentos y quinientas mujeres si le arrebataban el poder a Hircano y se lo entregaban a él, y eliminaban a los partidarios de Herodes. Por esto, los partos marcharon contra Judea para restaurar a Antígono; los partidarios de Herodes se enfrentaron a ellos muchas veces y vencían. El estratego de los partos llegó a la ciudad con pocos jinetes, como para calmar la sedición, pero en realidad para ayudar a Antígono. Fasael, tras agasajarlo, persuadió a Fasael para que fuera en embajada ante Barzafarnes. Hircano y Fasael fueron en embajada, sin que Herodes estuviera de acuerdo; el estratego los escoltó. Barzafarnes al principio los recibió con sinceridad, pero luego conspiró. Los partidarios de Fasael sospechaban de los bárbaros, y se dieron cuenta de que eran vigilados por ellos en secreto durante la noche. Se les anunció que habrían sido capturados si los bárbaros no hubieran pospuesto hasta que Herodes fuera capturado por los partos de allí, para que, al enterarse de lo ocurrido con ellos, no escapara. Algunos aconsejaban a Fasael que huyera a caballo inmediatamente, y Ofelio prometía barcos para la huida; pues el mar estaba cerca. Pero él no quería abandonar a Hircano. Fueron capturados y encadenados. Herodes, al enterarse de esto, tomó a los soldados que tenía y de noche, junto con su madre, su hermana, la joven prometida a él, hija de la hija de Hircano, la madre de esta prometida y todo el séquito, partió hacia Idumea, sin ser visto por los enemigos. Al volcar el carruaje en el camino y estar su madre en peligro de muerte, casi se suicida. Tras recuperar a su madre y atenderla como la ocasión exigía, marchó con más intensidad hacia la fortaleza de Masada. En el camino, tras combatir contra los partos que lo perseguían y de nuevo contra los judíos que lo atacaban, venció y prevaleció. Como la multitud que lo seguía era grande y la fortaleza de Masada, hacia la que se dirigían, no bastaba para acoger a todos, despidió a la mayoría, dándoles provisiones, y llegó a la fortaleza con los que eran ligeros y los más necesarios. Tras dejar allí a las mujeres y al séquito con provisiones suficientes, partió hacia Petra de Arabia. Al amanecer, los partos saqueaban el resto de Jerusalén y el palacio mismo, pero solo se abstuvieron del dinero de Hircano, que ascendía a ochenta talentos; los partos también dañaban el país. Antígono, al ser restaurado así en Judea, toma a Hircano y Fasael como prisioneros. Temiendo que la multitud le devolviera el reino a Hircano, le corta las orejas, pues la ley ordena que los que han de ejercer el sacerdocio sean íntegros. Fasael, al saber que iba a ser degollado, como tenía las manos atadas, se golpeó la cabeza contra una piedra y se quitó la vida, privando al enemigo del placer de matarlo. Antes de expirar del todo, al oír que su hermano Herodes había escapado de los enemigos, murió alegre, dejando un vengador y castigador de los enemigos. Herodes se apresuraba hacia Malco, rey de los árabes, a quien había beneficiado antes, para recibir de él dinero para el rescate de su hermano; pues aún no se había enterado de lo ocurrido con él. Al anunciarle Malco a través de algunos que se retirara, pues los partos habían ordenado no recibirlo, respondió que no venía a causar molestias, sino por lo más necesario. Tras decir esto, partió hacia Egipto y, al irse, se enteró de lo ocurrido con su hermano. Malco se arrepintió y envió a quienes hicieran volver a Herodes; pero él ya estaba muy lejos. Al llegar a Egipto y de allí a Roma, contó a Antonio lo que les había sucedido a él y a Fasael, y cómo Antígono fue introducido en el reino por los partos mediante la promesa de dinero y mujeres, y todo lo demás que hizo y sufrió. A Antonio le entró compasión por el cambio de suerte de Herodes. César también, por otras razones y por complacer a Antonio, que sentía gran dolor por Herodes, estaba más dispuesto a colaborar. Tras presentar a Herodes ante el senado, expusieron los beneficios de su padre y hablaron de su propia lealtad hacia los romanos; acusaron a Antígono, llamándolo enemigo, tanto por otras razones como porque recibió el poder de los partos, despreciando a los romanos. Antonio añadió además que convenía que Herodes reinara para la guerra contra los partos. Pareciendo esto bien a todos, lo votaron. Así obtuvo él el reino, mientras Antígono sitiaba Masada por completo. Los que estaban dentro carecían de agua, hasta el punto de que José, hermano de Herodes, planeaba huir con doscientos hombres hacia los árabes; pero fue detenido al producirse una lluvia por la noche. Ventidio, el estratego romano enviado desde Siria para contener a los partos, llegó a Judea, supuestamente para ayudar a los sitiados, pero en realidad para obtener dinero de Antígono. Tras cumplir su deseo, se retiró y dejó a Silón con una parte del ejército para que el soborno no fuera descubierto. Herodes, tras navegar desde Italia a Tolemaida, marchó contra Antígono, habiendo reunido fuerzas. Tras tomar Jope en el camino, para que no hubiera fortaleza para los enemigos, se apresuró hacia Masada para rescatar a los suyos; tras recogerlos, marchó hacia Jerusalén; también lo acompañaba el ejército que estaba con Silón.
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y acampó fuera; los que estaban dentro, luchando desde la muralla, los repelían desde las torres. Silón, por su parte, hizo que algunos de sus propios soldados se quejaran de Herodes debido a la escasez de víveres, y movía el campamento como si fuera a retirarse. Hacía esto por respeto a Antígono debido a los sobornos. Herodes, sin embargo, le pedía que se quedara y, habiendo organizado una gran cantidad de provisiones, las trajo, de modo que ya no le quedara a Silón pretexto alguno para la retirada. Y mientras ellos estaban en la abundancia, Herodes, habiendo llegado a Samaria, dejó allí a su madre y a los demás familiares, y él mismo partió hacia Galilea. Y se apoderó de toda ella, excepto de los que habitaban en las cuevas. Las cuevas estaban en montañas completamente escarpadas y rodeadas de rocas afiladas. Y, aunque con dificultad, logró dominarlas. Habiendo establecido el orden allí, el rey partió hacia Samaria, como para decidir en batalla contra Antígono. En estos sucesos, habiendo caído Pácoro en la guerra y habiendo sido derrotados los partos por los romanos, Ventidio envía a Herodes a Maqueronte como auxiliar con un ejército. Y Herodes dejó a su hermano José con este, ordenándole no arriesgarse ni enemistarse con Maqueronte, mientras él mismo se apresuraba hacia Antonio, que sitiaba Samosata, una ciudad de los territorios del Éufrates. Cuando Herodes se acercaba, Antonio envió al ejército a su encuentro, lo saludó al llegar y le ordenó aliarse con Sosio; y este cumplió lo ordenado. José, el hermano de Herodes, apresurándose hacia Jericó, se topa con los hombres de Antígono y, al quedar atrapado en un terreno difícil, muere luchando valientemente, y perdió todo el ejército. Antígono, habiendo cortado su cabeza, se la entrega a su hermano Feroras por cincuenta talentos. Los galileos, habiéndose rebelado, hundieron en el lago a los que eran partidarios de Herodes, y muchas cosas fueron alteradas en Judea. Se le anunció esto a Herodes y la muerte de su hermano en Dafne de Antioquía. Por tanto, al apresurarse, cuando llegó a Galilea, los enemigos le salieron al encuentro. Y, derrotados, fueron encerrados en un lugar, y él se apresuró hacia Jericó, queriendo castigarlos por su hermano. Antígono envía contra Samaria a un general llamado Pappo con una fuerza, dando a los adversarios la impresión de que luchaba con superioridad. Y Herodes fue contra Pappo y, al enfrentarse a los enemigos, vence, y persigue a los que huían hacia la aldea, matando a quienes lograba alcanzar. Estando las casas llenas de soldados y habiendo huido muchos a los techos, derribaba los techos de las casas y se apoderaba de ellos. Al ser derribados los techos, los de abajo se veían llenos de soldados, a quienes mataban arrojándoles piedras desde arriba. Esto quebrantó el ánimo de los enemigos; y Herodes habría llegado a Jerusalén con el ejército de inmediato y habría logrado todo, si un invierno profundo no lo hubiera detenido. Entonces, siendo tarde, el rey Herodes entró en una habitación y estaba cerca de un baño, y habiéndose desnudado, se bañaba, siendo atendido por un solo joven. Pero en la habitación interior, algunos de los enemigos que habían huido allí, armados, se escondían por miedo. Y mientras el rey se bañaba, uno sale con una espada desnuda, y tras él otro, y de nuevo otro, igualmente armados, sin herir a nadie por miedo, deseando solo salvarse ellos mismos. Tal peligro evitó Herodes. Al día siguiente, habiendo cortado la cabeza de Pappo, que ya había sido ejecutado, la envió a su hermano Feroras en lugar de la cabeza de José; pues este Pappo había sido el autor material de la muerte de aquel. Al terminar el invierno, llegó a Jerusalén y acampó muy cerca de la ciudad; y habiendo dejado allí a los que prepararían lo necesario para el asedio, él mismo partió hacia Samaria para unirse con la hija de Alejandro, ya prometida a él, como se ha relatado. Después de las bodas, llegó desde Samaria; y llegó también Sosio con un ejército. Y se reunían ante la muralla de Jerusalén, y levantando terraplenes y acercando máquinas de asedio, sacudían la muralla.
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y los que estaban dentro resistían más por desesperación que por previsión, bajo el mando de sus generales. Subieron a la muralla primero veinte hombres escogidos, luego los centuriones de Sosio. Pues fue tomada la primera muralla en cuarenta días, y la segunda en quince. Habiendo sido tomado el templo exterior y la ciudad baja, los judíos huyeron al templo interior y a la ciudad alta. También fueron tomados estos, y todo estaba lleno de matanzas. Antígono, sin recordar ni su fortuna de entonces ni la de antaño, baja de la fortaleza y cae a los pies de Sosio. Y aquel, sin compadecerse de él ante el cambio, se burló y lo llamó Antígona, y habiéndolo encadenado, lo custodiaba. Habiendo corrido los aliados a ver el templo y las cosas sagradas del santuario, el rey Herodes, a unos exhortando, a otros amenazando, y a algunos incluso deteniéndolos con las armas, impedía también los saqueos por la ciudad, prometiendo él mismo distribuir los salarios a cada uno desde su propia casa. Y así, habiendo salvado el resto de la ciudad, cumplió las promesas. Y a Sosio mismo lo recompensó de manera muy real. Este partió de Jerusalén llevando a Antígono prisionero ante Antonio. Herodes, temiendo que, al ser llevado a Roma, Antígono se defendiera ante el senado, demostrándose a sí mismo como descendiente de reyes y a Herodes como un particular, y que, aunque él mismo hubiera pecado contra los romanos, el reino correspondía a sus hijos, convence con mucho dinero a Antonio para que ejecute a Antígono. Y aquel fue ejecutado, y el poder fue arrebatado al linaje de los Asmoneos, que había durado ciento veinte años, y pasó a Herodes, hijo de Antípatro, que resultaba ser de linaje particular y de familia plebeya. Así, habiendo Herodes asumido el poder de toda Judea, atraía a los que eran partidarios suyos y castigaba a los que se oponían. Honraba sobre todo a Polión el fariseo y a Samayas, discípulo de este; pues cuando se organizaba el asedio, estos aconsejaban recibir a Herodes. Este Samayas, como ya se ha dicho antes, también predijo a Hircano y a los jueces que Herodes, una vez salvado, iría contra todos ellos. Mató a cuarenta de los principales partidarios de Antígono y les confiscó sus bienes, y no hubo fin a los males. Hircano, sin embargo, estando prisionero entre los partos, gozó de la benevolencia del rey de los partos, Fraates, y habiendo sido liberado de las cadenas, se le permitió vivir en Babilonia, donde también había una multitud de judíos que honraban a Hircano como sumo sacerdote y rey. Al enterarse de que Herodes había tomado el reino, pensaba trasladarse hacia él, tanto por el parentesco como por creer que él recordaría que lo salvó del peligro cuando era juzgado por asesinatos. Pero los judíos en Babilonia le pedían que se quedara, siendo honrado por ellos como sumo sacerdote y rey, y porque, al irse, no podría obtener el sumo sacerdocio, habiendo sido mutilado en el cuerpo por Antígono. Ellos, pues, lo impedían, pero él no se dejaba convencer, deseando él mismo regresar y siendo exhortado por Herodes. Herodes también hizo una embajada ante Fraates y envió regalos, pidiendo no impedir las gracias hacia su benefactor. Pero el interés no era por Hircano, sino porque, como no reinaba según su mérito, temía los cambios basados en razones legítimas, y se apresuraba a quitar a Hircano de en medio o a tenerlo bajo su control. Habiendo cedido el parto a la retirada, Hircano, al irse, fue llevado con todo honor ante Herodes, siendo llamado padre y siendo sentado en los banquetes en el lugar de honor y siendo engañado de todas formas, para que no se diera cuenta de que era objeto de intrigas. Herodes, temiendo nombrar sumo sacerdote a alguno de los notables, habiendo hecho venir de Babilonia a un sacerdote de los más oscuros llamado Anael, le asignó a este el sumo sacerdocio. Alejandra, la suegra de Herodes, teniendo un hijo de Alejandro, hijo de Aristóbulo, hermosísimo, llamado Aristóbulo, llevaba mal el menosprecio de su hijo; y escribe a Cleopatra para que pida a Antonio el sumo sacerdocio para el niño. Habiendo estado Antonio más indiferente respecto a la petición, Dellio llegó a Judea y, al ver a Aristóbulo, lo admiró, y no menos a Mariamne, que vivía con el rey; y convence a Alejandra de enviar a Antonio retratos de ambos niños; pues, al verlos, dijo que no dejaría de obtener nada de lo que pidiera. Ella, pues, envía los retratos a Antonio, pero él se avergonzó de hacer venir a la joven, casada con Herodes, y al mismo tiempo evitaba las calumnias contra Cleopatra. Escribió a Herodes que enviara al niño, añadiendo: si no le parecía gravoso. Herodes, juzgando que no le convenía que Aristóbulo, siendo hermosísimo y superior en linaje, fuera ante Antonio, que era poderoso como ningún romano, y dispuesto a los amores y propenso a los placeres, respondió por escrito que, si el joven salía del país, todo se llenaría de confusión. Y así, disuadió a Antonio, pero habiendo reunido a sus amigos, acusó a Alejandra de intrigar para que él fuera despojado del poder." Pero no por eso", dijo," seré injusto, sino que ahora doy el sacerdocio al joven; pues siendo niño por completo, por eso hace poco hice a otro sumo sacerdote". Al decir esto, alegría y miedo a la vez tenía Alejandra, alegría por el honor del niño, miedo por la sospecha de Herodes. Y se disculpaba llorando, diciendo que se había esforzado por el sacerdocio, pero que no había intentado el reino; y que ahora recibía el honor para su hijo, y aseguraba que sería obediente en todo. Así habiendo hablado, se separaron, como si toda sospecha hubiera sido eliminada. Habiendo sido dado el sumo sacerdocio al niño Aristóbulo, pareció que las cosas de la casa se habían arreglado. Pero para Herodes, Alejandra era sospechosa, y exigía que ella viviera en el palacio y no hiciera nada por su cuenta, y algunos la vigilaban cuidadosamente. Ella se enfurecía, prefiriendo soportar cualquier cosa antes que vivir bajo esclavitud y miedos; y exhortaba a Cleopatra a ayudarla, habiéndole revelado las cosas en las que estaba. Ella le ordenaba huir hacia ella con el niño. Habiendo preparado dos cofres como para el traslado de cuerpos muertos, en estos iba a meterse ella y a su hijo, ordenando a los criados que estaban al tanto que los sacaran de noche y los llevaran hacia el mar, donde un barco estaba preparado para que navegaran hacia Egipto. Herodes, habiendo sabido esto por uno de los criados de ella, y habiendo dejado que avanzara hasta el intento, la capturó en el mismo acto de la huida. Pasó por alto la falta por miedo a Cleopatra, pero no por benevolencia. Había decidido quitar de en medio al joven. Por tanto, habiendo cumplido diecisiete años, subió al altar para sacrificar según la fiesta de los Tabernáculos, vestido como sumo sacerdote. Surgió en la multitud un impulso de benevolencia hacia él por su belleza, la estatura de su cuerpo y la dignidad de su linaje, y se alegraban y a la vez se conmovían, y emitían voces de aclamación mezcladas con oraciones. Movido por esto, Herodes se reafirmó más en su propósito contra el joven. Y pasada la fiesta, después de un banquete, siendo amable, el joven se comportaba con juventud y bromeaba con él, complaciéndolo. Y nadaban en las piscinas; los amigos de Herodes, nadando con ellos como en un juego, los que estaban al tanto del secreto, no cesaban de presionar siempre a Aristóbulo y sumergirlo hasta ahogarlo. Y aquel murió así sin haber cumplido aún el decimoctavo año, y para todos el suceso fue considerado una desgracia propia. Alejandra, habiendo comprendido también la causa de la pérdida, estaba aún más presa del dolor, pero resistía por miedo a otros males. Herodes, por su parte, fingía todo para deshacerse de la sospecha, llorando, turbándose y mostrando un funeral costoso. Alejandra no se ablandaba con nada de esto, sino que escribe a Cleopatra sobre la pérdida del hijo por la intriga de Herodes; y ella incitaba a Antonio a castigar el asesinato del niño. Por tanto, Antonio envía ordenando a Herodes ir a Laodicea y defenderse. Él, temiendo la
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causa y la mala voluntad de Cleopatra, al partir dejó a José, su tío, como administrador de los asuntos de allí, ordenándole en secreto que, si le pasaba algo por parte de Antonio, matara de inmediato a Mariamne, para que, al morir él, ella no fuera de otro debido a su belleza. Herodes, pues, partía, y José, administrando los asuntos del poder y encontrándose continuamente con Mariamne y Alejandra, contaba la disposición del rey hacia Mariamne. Como ellas ironizaban ante sus palabras, fue inducido a revelar también el secreto de la orden. Esto llevó a las mujeres a una mayor desesperación. También corría el rumor por parte de los que odiaban a Herodes de que Antonio lo mataría. En estos sucesos, llegaron cartas de Herodes contando la estima de Antonio hacia él, y cómo se sienta con él en los juicios y cómo banquetea con él, y que obtiene esto a pesar de que Cleopatra le es hostil para calumniarlo. Habiendo llegado estas cartas, el falso rumor cesó. Cuando el rey Herodes, habiendo despedido a Antonio hacia los partos, regresó a Judea, de inmediato su hermana Salomé y su madre acusaban a Alejandra y a Mariamne. Salomé también introducía un discurso contra su propio marido, como si se uniera a Mariamne; este era José, el administrador de los asuntos del reino. Decía esto enfureciéndose más contra ella desde hacía tiempo porque ella reprochaba su bajo linaje. Herodes se turbaba de inmediato y, celoso, interrogaba a Mariamne en privado. Al jurar ella, él relajaba la ira y era vencido por el amor, y se aseguraba el afecto hacia ella. Ella, como si él no la amara, dijo que era haber ordenado matarla a ella, si algo grave le sucedía a él por parte de Antonio. Esta palabra turbó a Herodes y gritaba que claramente por esto se había descubierto el amor de José hacia ella. Pues no habría revelado, decía, el secreto, si no los hubiera unido una gran disposición. Y habría matado a su mujer de inmediato, si no hubiera estado esclavizado por su amor. A José, sin ni siquiera llevarlo a su presencia, ordenó ejecutarlo, y a Alejandra, como causa de todo, la encadenó y custodiaba. Antonio, corrompido por el amor de Cleopatra, o más bien por hechizos, estaba esclavizado a los deseos de ella. A su hermano, a quien correspondía el reino, lo destruyó con veneno, y a su hermana Arsínoe la mató por medio de Antonio; sin embargo, obligaba a Antonio a asignarle Judea y Arabia. Él, avergonzado por lo evidente de la injusticia, viéndose obligado a complacerla por los amores y los hechizos, cortando partes de ambos países, consoló con esto la insaciabilidad de ella. Antonio, pues, hizo campaña hacia Armenia, y ella, al regresar, llegó a Judea, encontrándose con ella Herodes. Habiendo surgido familiaridad de ella con Herodes, lo invitaba al lecho, estando dispuesta desenfrenadamente a la unión, o quizás habiendo sentido algo erótico hacia él, o, lo más probable, preparando como comienzo de una trampa la conversación con él contra su marido. Herodes rechazó sus palabras, pero habiéndola complacido con regalos, la despidió hacia Egipto. Estando ya en el séptimo año del reinado de Herodes, la tierra de los judíos fue sacudida como nunca, y hubo gran mortandad de ganado y unos treinta mil hombres fueron sepultados en las casas que se derrumbaron. Habiendo alquilado Herodes los tributos de las tierras asignadas a Cleopatra de Arabia y Judea, el árabe se mostraba reacio respecto al pago del impuesto. El rey decidió, pues, ir contra el árabe, y habiendo sido autorizado por Antonio para esto, y habiendo luchado muchas veces, finalmente vence, y fue elegido para proteger a la nación por los árabes. Y regresaba a sus asuntos, habiendo ganado un gran nombre por sus hazañas y lleno de ánimo. Apenas César hubo vencido a Antonio en la batalla de Accio, los asuntos de Herodes estaban turbados o desesperados por completo. Pues no había esperanza, habiendo tenido tanta amistad con Antonio, de no ser perjudicado por César. Por lo cual, pensando en quitar a Hircano de en medio, entonces pensó que le convenía más la empresa, para que no se salvara un hombre más digno de obtener su reino. Herodes, pues, había pensado así, pero un suceso lo incitó más a la acción. Pues Alejandra, siendo una mujer contenciosa, no cesaba de persuadir a su padre para que se pasara a Malco, el que tenía Arabia. Él al principio rechazaba las palabras, pero al insistir ella, finalmente graba una carta a Malco sobre recibir a ellos, y da esta a un tal Dositeo, uno de sus amigos. Y este entregó la carta a Herodes, y él pidió a Dositeo que entregara el escrito a Malco y trajera las cartas de aquel. Habiendo cumplido Dositeo esto, el árabe respondió por escrito que recibiera tanto a Hircano como a todos los que estaban con él. Habiendo recibido, pues, Herodes esta carta, hace venir a Hircano y lo interrogó sobre los pactos con Malco; al negar él, habiendo mostrado las cartas al consejo, ejecutó al hombre. Muchos dicen que los sucesos sobre Hircano fueron una invención de Herodes, queriendo quitarlo de en medio, y aducen como prueba la benevolencia o sencillez del hombre y el no haber mostrado ni en la juventud audacia o precipitación; entonces tenía ochenta y un años. Herodes, apresurándose hacia César, estableció a su madre, a su hermana y a toda su familia en Masada, y llevó a su mujer Mariamne con Alejandra, su madre, a Alejandrio, habiendo instalado como guardias, con el pretexto de honor, a José el tesorero y al idumeo Soemo, los más fieles a él, ordenándoles que, si se enteraban de algo grave sobre él, los ejecutaran a ambos de inmediato, y conservaran el reino para sus hijos y su hermano Feroras. Habiendo dado tales órdenes, se apresuraba hacia Rodas ante César. Habiendo desembarcado, se quitó la diadema, pero no dejó nada de la otra dignidad, sino que, habiendo compartido palabra con César, mostró la grandeza de su ánimo, no volviéndose hacia súplicas y rindiendo cuentas de lo hecho sin sumisión. No moderadamente, pues, atrajo a César, y le devolvió la diadema y lo tuvo en honor. Así, habiendo obtenido contra toda esperanza un reino más firme, despidió a César hacia Egipto, habiéndolo recompensado a él y a sus amigos muy generosamente; regresaba hacia Judea con mayor honor y franqueza, y encontró su casa turbada. Pues Mariamne y Alejandra, pensando, como era, que habían sido encerradas bajo guardia en Alejandrio para que no tuvieran poder ni sobre sí mismas, lo llevaban mal, y habían atraído a los guardias con atenciones, y más a Soemo, atrayéndolo con palabras y regalos. Él era vencido poco a poco, y les reveló las órdenes del rey. Ellas se mostraban hostiles ante esto, y más Mariamne. Pues, habiendo anunciado Herodes primero a su mujer las noticias sobre él como era natural y saludándola antes que a los demás, ella suspiraba ante los saludos y parecía afligirse ante las buenas noticias, de modo que el rey se turbaba y se angustiaba por lo irracional del odio, y muchas veces se lanzaba a defenderse de su desprecio, pero era frenado porque estaba cautivado por el amor. En general, temía que, al castigarla, se perjudicara más a sí mismo, al no estar la amada. Su madre y su hermana, sin embargo, provocaban a Herodes con calumnias, infundiéndole celos y odio. Y él estaba cada vez peor con ella, no ocultando ella la disposición hacia él, y él convirtiendo siempre el amor en ira. Y si no se hubiera apresurado hacia César, que ya había vencido, tras la muerte de Antonio y Cleopatra, hacia Egipto, quizás de inmediato se habría cometido el crimen. Pero ahora dejó los asuntos de la casa como estaban, y habiendo llegado a Egipto, fue honrado con lo más grande por César, y regresaba más brillante. Amaba a Mariamne y de manera muy ardiente; ella, aunque en lo demás
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era sensata y fiel, disfrutando de que el hombre estuviera esclavizado por el amor, muchas veces lo ultrajaba, y se burlaba de su madre y de su hermana por su bajo linaje. El odio estalló en lo manifiesto por tal motivo. Siendo mediodía, el rey entraba en la cámara para descansar y llamaba a Mariamne, y ella, al entrar, lo injuriaba por haber matado a su abuelo y a su hermano. El rey se enfurecía ante esto. Y Salomé, aprovechando el momento, habiendo corrompido antes al copero para que acusara a Mariamne, lo convence de acercarse entonces al rey y hablarle lo que aprendió de ella. Él decía haber sido agasajado por Mariamne con regalos, persuadiéndolo de darle un filtro de amor; y afirmaba ignorar la fuerza de lo que era algún veneno. Al oír esto, el rey se movió aún más a la ira, y torturaba al copero de la mujer, siendo el más fiel a ella. Él no sabía ni decía nada sobre lo que era torturado, sino que decía que el odio de la mujer se debía a las palabras que Soemo le habría dicho. Aún no había terminado aquel la palabra y Herodes, gritando mucho, dijo:" Soemo no habría despreciado las órdenes, si no hubiera habido alguna unión de él con la mujer". Ordenó, pues, que Soemo fuera ejecutado de inmediato, y acusaba a la mujer ante los más cercanos sobre filtros y venenos, y estaba colérico contra ella. Viéndolo así, los presentes condenaron a muerte a aquella. Y ella era llevada a la muerte, y Alejandra, su madre, temiendo ya también por sí misma, y mostrando ignorancia de aquello de lo que Mariamne fue acusada, saltando, llamaba a su hija malvada e ingrata hacia su marido, y decía que sufría justamente. Ella, sin turbarse ante esto ni dar palabra, partía hacia la muerte con porte tranquilo y ánimo noble, mostrando la nobleza incluso en los últimos momentos. Y ella murió así, habiendo Salomé apresurado su muerte, y Herodes entonces se encendió más por el amor hacia ella, y muchas veces hubo llamadas de ella y lamentos indecorosos. Y así su pasión prevaleció hasta el punto de ordenar a los sirvientes llamar a Mariamne. Y finalmente, habiéndose entregado a los desiertos y angustiándose en ellos, cae en una enfermedad terrible; la inflamación era y la fiebre del cuello y la alteración de la mente. Y él era tratado así, y Alejandra, viviendo en Jerusalén y habiéndose enterado de las enfermedades del rey, intentaba apoderarse de las dos fortalezas de la ciudad. Herodes, al saber esto, ordenó matarla de inmediato, y él mismo, habiendo escapado apenas del peligro de la enfermedad, era cruel y desagradable y dispuesto a castigos y matanzas; y no solo se producían matanzas de la multitud, sino también de sus amigos más necesarios. Transgredía también las costumbres patrias y corrompía la antigua constitución con prácticas extranjeras. Ante esto, la multitud estaba turbada y enfurecida. Diez hombres de los ciudadanos, habiendo conspirado y escondiendo puñales bajo sus ropas, iban al teatro por acuerdo para matar al mismo Herodes o al menos a muchos de los que estaban con él. Habiendo sido descubiertos, y sin negar el plan, sino incluso mostrando las espadas, habiendo soportado toda tortura, fueron destruidos. Al que los denunció, poco después algunos lo despedazaron y, habiéndolo cortado miembro a miembro, lo arrojaron a los perros. Herodes, habiendo encontrado a estos, los castigó con toda su familia. Pero la ira de la multitud persistía. Sucedió entonces en el país sufrimientos terribles, hambre y enfermedades de los cuerpos por una dieta inusual que se producía por la falta de alimentos, y además de todo esto, peste. Herodes, queriendo ayudar en el momento, no tenía dinero, habiéndolo gastado antes por ostentación en la reparación de ciudades, ni los países cercanos tenían trigo, prevaleciendo la misma falta también en ellos. Pero habiendo decidido ayudar como pudiera, habiendo cortado el adorno que había en el palacio hacia
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Reflexionaron sobre cómo amonestarlo de otro modo para que no cometiera nada irreparable. Le aconsejan que, tras reunir un consejo cerca de Berito y convocar a los gobernadores, al rey de los capadocios, Arquelao, y a cuantos otros conocía como ilustres por sus dignidades, examinara con ellos lo que procedía. Al recibir esta carta, Herodes convocó al consejo a quienes quiso, dejando de lado a Arquelao por enemistad, o quizás pensando que se opondría a su parecer. Una vez reunidos los gobernadores y los demás, el rey acusó a sus hijos y leyó los escritos de los propios jóvenes; en ellos no estaba escrito nada más que su intención de huir y algunas injurias contra él, que contenían reproches por su falta de afecto. Finalmente, tras decir que la autoridad le había sido otorgada tanto por la naturaleza como por César, añadió una ley patria que ordenaba que, si los padres acusaban a alguien y ponían sus manos sobre su cabeza, los presentes debían lapidarlo y así matarlo. Decía que él también podía hacer esto en su patria y en su reino, pero que esperaba el juicio de ellos. Tras decir esto Herodes, los consejeros ratificaron su autoridad, sin que los jóvenes fueran siquiera llevados ante el consejo; algunos condenaron a los hijos de Herodes, pero no a muerte, mientras que la mayoría se pronunció por castigarlos con la pena capital. Con esto se disolvió el consejo. Herodes llegó a Tiro llevando consigo a los hijos. Cuando llegaron a Cesarea, todos estaban en vilo, esperando ver hacia dónde se inclinarían los asuntos de los jóvenes; se sentían molestos por lo que sucedía, pero no era seguro ni decir algo a favor de ellos ni escuchar a otro que hablara, sino que soportaban el exceso del sufrimiento con dolor, pero en silencio. Un soldado llamado Tirón, cuyo hijo era amigo de Alejandro y de su misma edad, decía muchas cosas ante la multitud y, habiendo hablado con franqueza ante el rey, pidió entrevistarse con él a solas. Cuando este cedió, dijo:"¿ Dónde está ahora ese juicio extraordinario tuyo?¿ Qué es esta soledad de amigos y parientes?¿ Acaso no consideras lo que está ocurriendo, si vas a ejecutar a dos jóvenes nacidos de una reina, consumados en toda virtud, dejándote a ti mismo en la vejez con un solo hijo y con parientes a quienes tú mismo has condenado tantas veces a muerte?¿ No te das cuenta de que el silencio de las multitudes se debe a la magnitud del sufrimiento, y que todo el ejército siente lástima por los infortunados y odio por quienes ejecutan estas cosas?". El rey escuchó esto al principio sin indignación. Pero Tirón, usando una franqueza excesiva y militar, perturbó a Herodes. Este se sintió movido a la indignación de los soldados y ordenó que apresaran a Tirón y lo mantuvieran bajo custodia. En ese momento, Trifón, el barbero del rey, se sumó a la acusación, diciendo que Tirón lo había incitado muchas veces a cortarle el cuello al rey con una navaja, pues estaría entre los primeros junto a Alejandro. Tras decir esto, él también fue arrestado. Tirón, su hijo y el propio barbero fueron sometidos a tormento. Como Tirón resistía en las torturas, el hijo, al ver a su padre en tan mala situación, dijo que revelaría la verdad al rey si eso servía para librar a su padre y a sí mismo de los tormentos. Tras obtener garantías, dijo que existía un complot para atacar al rey por mano propia de Tirón. Al decir esto, libró a su padre de la coacción. Herodes, sin dejar ya nada dudoso en su alma respecto al filicidio, puso fin a su propósito. Tras ser llevados a Sebaste, Alejandro y Aristóbulo fueron estrangulados por orden de su padre. Luego, Herodes presentó ante la multitud a trescientos de los gobernadores que habían sido acusados, junto con Tirón, su hijo y el barbero, y los acusó; los miembros de la multitud los mataron arrojándoles lo que tenían a mano. Para Antípatro, tras haber eliminado a sus hermanos, la obtención del reino se volvió más difícil, pues había surgido un odio hacia él en la nación, y especialmente en el ejército. Entretanto, gobernaba junto a su padre y gozaba de su confianza.
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Herodes envió a la mujer de Alejandro con su padre, y crió a los hijos de los difuntos con mucho esmero. Alejandro tuvo de Glafira dos varones, y Aristóbulo tuvo de Berenice tres hijos y dos hijas. Al rey le nació también un hijo, Herodes, de la hija del sumo sacerdote. Pues el rey convivía con nueve mujeres, siendo costumbre convivir con varias al mismo tiempo. Estaban la madre de Antípatro y la hija del sumo sacerdote, de la cual, como se ha dicho, le nació un hijo homónimo. Tenía también a una hija de su hermano casada con él, y a una sobrina junto con ella, es decir, una prima hermana; pues los antiguos llamaban primas a las sobrinas, como se puede encontrar en muchos lugares, tanto en Plutarco como en los libros legales. Entre las mujeres de Herodes había también una del pueblo de los samaritanos, cuyos hijos eran Antipas, Arquelao y una hija, Olimpia. Cleopatra de Jerusalén también estaba contada entre sus mujeres; de ella fueron hijos Herodes y Filipo. Pallas también estaba entre sus esposas, habiéndole dado un hijo, Fasael. Y con las restantes, Fedra y Elpis, convivía. Herodes tenía también dos hijas de Mariamne, y de Fedra y Elpis le nacieron las hijas Roxana y Salomé. Este era, pues, el linaje de Herodes; pero los asuntos miraban solo a Antípatro. Él era temido por todos, no tanto por su poder como por la maldad de sus costumbres; sobre todo, Feroras lo atendía y era atendido a su vez. Salomé se oponía a ellos, comportándose siempre de manera contraria al significado de su nombre; pues el nombre de ella indicaba paz y que la así llamada era pacífica, pero ella era muy belicosa y provocaba a otros a luchas, sediciones y alienación de los parientes. Ella, espiando la familiaridad de Antípatro y Feroras, decía a Herodes que la benevolencia de estos era para su propio mal. Al conocer ellos la calumnia de Salomé, practicaban abiertamente odio y reproches mutuos, pero en secreto mantenían su concordia. Esto no escapaba a Salomé, que rastreaba todo y lo denunciaba al rey: reuniones secretas, banquetes y conciliábulos ocultos. Él mismo también comprendía la mayor parte. Los fariseos, que se ganaban a las mujeres de la corte, hombres que se enorgullecían de la precisión de la ley patria y que se oponían al rey, ellos, a pesar de que todos habían jurado benevolencia a César y al rey Herodes, no se dejaron persuadir, siendo más de seis mil, y favoreciendo a la mujer de Feroras, predecían a Herodes que el fin de su reinado había sido decretado por Dios, y que este sería repartido entre Feroras y los suyos. Ni siquiera esto escapó a la maldad de Salomé, y fue denunciado inmediatamente al rey. Los fariseos que fueron descubiertos en esto fueron ejecutados, así como el eunuco Bagoas y un tal Caro, distinguido por la belleza de su cuerpo y favorito de Herodes, y otros de los allegados al rey, por ser cómplices. Luego, el rey, tras establecer un consejo, acusó a la mujer de Feroras y enumeró muchas acusaciones, y finalmente, volviendo su discurso hacia Feroras, decía que debía, incluso antes de que se lo ordenara, despedir a la mujer por estas razones." Ahora, al menos, si aprecias mi parentesco, renuncia a la convivencia con ella". Él respondió que prefería morir antes que vivir privado de su mujer. Desde entonces, Herodes prohibió a Antípatro y a su madre tratar con Feroras o reunirse con las mujeres. Ellos accedían, pero se reunían y celebraban banquetes cuando podían. Antípatro, sospechando la ira de su padre, escribe a sus amigos en Roma para que envíen a Herodes a pedir que envíe a Antípatro a César. Por tanto, Antípatro es enviado a Roma con regalos, llevando también un testamento de Herodes que le otorgaba el reino, y si él moría antes, a Herodes, el nacido de la hija del sumo sacerdote. Herodes ordenaba a Feroras que se retirara, pues no dejaba a su mujer.
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Y este partió hacia la tetrarquía, habiendo jurado no regresar antes de enterarse de la muerte de su hermano. De modo que, cuando el rey enfermó, fue llamado y no obedeció, para no quebrantar el juramento. Herodes, más tarde, cuando Feroras enfermó, acudió a él por propia voluntad y lo honró al morir. La muerte de Feroras fue el comienzo de los males para Antípatro, pues el tío lo vengaba por el fratricidio. Dos libertos de Feroras pidieron a Herodes que no dejara al hermano sin vengar, habiendo sido destruido por veneno. Esto, pareciendo digno de crédito, movió al rey a una investigación, y fueron torturadas mujeres, tanto esclavas como libres. Las demás resistieron guardando silencio, pero una dijo que no sabía nada más, sino que invocaba a Dios, pues la madre de Antípatro había caído en tales necesidades por ser la causa de los males. Esto movió a Herodes a una investigación mayor; y todas las mujeres, sometidas a tormentos más severos, hicieron público todo: las fiestas, las reuniones secretas y los discursos de Antípatro a las mujeres de Feroras, el odio hacia el padre, los lamentos ante la madre porque la vida del padre se prolongaba demasiado, de modo que ni siquiera sentiría los placeres del reino si alguna vez llegara a él, debido a la vejez que ya le pesaba; y las mujeres decían otras muchas cosas que atacaban al padre. Tras condenar a Antípatro por esto, el rey le quita a su madre, Doris, todo el adorno que poseía, que valía muchos talentos, y la despide. Pero quien más incitó a Herodes contra su hijo fue su administrador Antípatro, al denunciar otras cosas bajo tortura y que él había dado veneno a Feroras, ordenándole dárselo al padre durante su ausencia, para que no hubiera sospechas al no estar presente, y que Feroras debía guardarlo para dárselo a la mujer. La mujer confesó, y al ir a buscar el veneno, se arrojó desde el techo, aunque no murió. El rey, tras recuperarla, la interrogó de nuevo; ella juró decir todo tal como había sucedido. Dijo haber recibido el veneno de su marido, preparado contra el propio padre por Antípatro. Cuando Feroras enfermó, como él mismo había ido a atender al hermano, al ver tu benevolencia, dijo:" Tráeme, mujer, el veneno y quémalo ante mis ojos". Y yo hice inmediatamente lo que él ordenaba, entregando la mayor parte al fuego, pero guardándome un poco para mí, por si, tras la partida de Feroras, me sobrevenían males de tu parte. Sacó a la luz tanto la cajita como el veneno. También fue acusada la mujer del rey, la hija del sumo sacerdote, como cómplice de todo; él la expulsó inmediatamente y borró a su hijo de los testamentos, que mencionaban que él reinaría. Y le quitó el sumo sacerdocio a su suegro Simón, hijo de Boeto, y estableció a otro, Matías, hijo de Teófilo. En esto, un liberto de Antípatro, Bátilo, llegó de Roma trayendo veneno para la madre de Antípatro y para Feroras; al ser interrogado, dijo que había sido enviado para que, si no se atrevía antes con el padre, al menos con esto se consumara. Se traían también cartas de los amigos en Roma para Herodes, haciendo una acusación contra Arquelao y Filipo, que vivían en Roma para sus estudios, como si estuvieran acusando al padre por el asesinato de los hermanos, y temiendo también por sí mismos. Esto se hacía para Antípatro a cambio de grandes recompensas. Herodes, ocultando su ira, ordenaba no demorarse; y lanzando reproches a su madre, prometía que se los devolvería cuando llegara. Encontró estas cartas cerca de Cilicia. En Tarento, al enterarse de la muerte de Feroras, la llevó terriblemente, no por benevolencia, sino porque, al no haber llegado a tiempo, como había prometido, para eliminar a Herodes, murió. Al llegar al puerto llamado Sebasto, llamado así en nombre de César, los males ya estaban a la vista, sin que nadie se le acercara ni lo saludara. Estaba en Jerusalén, mientras Varo, el gobernador de Siria, estaba en consejo con Herodes, habiendo sido llamado para deliberar sobre los asuntos
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presentes. Entraba en el palacio vistiendo aún la púrpura. Los que estaban en las puertas reciben a Antípatro, pero impiden el paso a sus amigos. Él estaba perturbado al darse cuenta de adónde había llegado, pues incluso el padre lo rechazó al acercarse a saludarlo, llamándolo fratricida y conspirador contra su vida, y diciendo que Varo sería al día siguiente oyente y juez de esto. Él se fue ante tales males, pero le salen al encuentro su madre y su mujer, esta era hija de Antígono, quien reinó antes que Herodes; tras enterarse de todo por ellos, se preparaba para la contienda. Al día siguiente, Herodes y Varo estaban en consejo, y se reunieron también los amigos de ambos, los parientes de Herodes, los denunciantes de las maquinaciones de Antípatro y los esclavos de la madre de Antípatro, llevando una carta de ella para que no regresara, pues todo había sido descubierto por el padre, y que solo le quedaba como refugio César y el no caer bajo el poder del padre. Antípatro, tras arrojarse ante su padre y pedirle que lo escuchara y así votara, ordenó que lo llevaran al medio, y él mismo se lamentó por la disposición de los hijos y porque su vejez había recaído en Antípatro, y decía estar asombrado de cómo Antípatro pudo llegar a tales extremos, siendo el sucesor designado del reino, pudiendo hacer todo mientras él vivía, y a cambio de esto incitando a los parientes a su asesinato. Mientras decía esto, se deshizo en lágrimas. Nicolás de Damasco, por encargo del rey, acusó a Antípatro, narrando todo en orden. Muchos otros también hablaron voluntariamente contra Antípatro. Varo, al terminar Nicolás sus palabras, ordenó a Antípatro que se defendiera. Él yacía boca abajo, invocando a Dios para que testificara que no había cometido ninguna injusticia. Como Antípatro no decía nada más que la invocación a Dios, ordenó traer el veneno al medio. Al ser traído, se ordenó beber a uno de los condenados a muerte, y al beber, murió inmediatamente. Varo se levantó y salió del consejo, y Herodes encadenó inmediatamente a Antípatro y envió cartas a Roma a César sobre él. Fue capturado entonces también un pequeño escrito enviado por Antífilo a Antípatro, que decía:" Te envié la carta de Acme, sin escatimar mi vida. Pues sabes que vuelvo a estar en peligro por dos casas, si se supiera. Tú, ten éxito en el asunto". El rey buscaba también la otra carta. El esclavo de Antífilo insistía en no haber recibido otra. Al ver alguien la túnica interior del esclavo cosida, supuso que allí estaba escondido el escrito; y así era. Toman, pues, la carta que declaraba:" Acme a Antípatro. Escribí a tu padre la carta que querías, y tras hacer una copia de la enviada a mi señora como si fuera de Salomé, la envié, lo cual sé que, al llegar, castigará a Salomé". La carta a Herodes era así:" Haciendo yo el trabajo de que nada se te escape de lo que sucede contra ti, al encontrar una carta de Salomé a mi señora contra ti, te envié la copia de ella, peligrosamente para mí, pero útil para ti". Acme era judía de nacimiento, servía a Julia, la mujer de César, y hacía esto comprada por Antípatro con mucho dinero. Herodes se apresuró a eliminar inmediatamente a Antípatro como perturbador de grandes asuntos, y Salomé lo incitaba golpeándose el pecho y pidiendo que lo matara, si encontraba alguna prueba digna de crédito sobre lo que se decía contra ella, pero conteniéndose, hizo llamar a su hijo, ordenándole no sospechar nada y responder. Él atribuía toda la causa a Antífilo. Herodes envió de nuevo cartas a César para la acusación de Antípatro, declarando también todo lo que se había descubierto que Acme había hecho en complicidad; envió también las copias de las cartas de ella. Mientras tanto, el rey cayó en una enfermedad y escribió testamentos, dando el reino al más joven de los hijos, por odio hacia Arquelao y Filipo a causa de las calumnias de Antípatro. Habiendo perdido la esperanza de vivir más, a sus setenta años
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se había vuelto salvaje; la causa era que le parecía ser despreciado y que todos se alegraban de sus desgracias. A esto había sido impulsado por lo siguiente. Herodes había hecho muchas cosas contra la ley, entre las cuales estaba el águila de oro colocada sobre la gran puerta del templo. La ley prohíbe la colocación de imágenes o la práctica con animales. Judas y Matías, los más doctos de los judíos y queridos por el pueblo por su educación, ordenaban a los jóvenes derribarla. Pues decían que, si alguien corría peligro por esto, es bienaventurado el que muere por las leyes. Al incitar a la juventud con tales palabras, corre el rumor de que el rey ha muerto. E inmediatamente, a mediodía, derribaron el águila y la despedazaron con hachas. Son arrestados, pues, muchos de los jóvenes, y Judas y Matías, los instigadores de la audacia y los que incitaron a los que hicieron esto, y fueron llevados ante Herodes. Él preguntó si se habían atrevido a derribar su ofrenda. Y los hombres dijeron:" Se ha hecho, y no hay que asombrarse si preferimos las leyes que Moisés nos ha dejado, instruido por Dios, a tus decretos". Envió a los encadenados a Jericó, y tras llamar a los principales de los judíos, acostado, les recordaba los beneficios que les había hecho y la construcción del templo, y gritaba que, incluso vivo, lo ultrajaban derribando sus ofrendas, de modo que parecía que lo ultrajaban a él, pero en verdad cometían sacrilegio. Ellos, temiendo su crueldad, decían que los que se habían atrevido a esto eran dignos de castigo. El rey se comportó con los demás con más suavidad, pero a Matías le quitó el honor del sumo sacerdocio y estableció a otro para ejercerlo, a Yózar, hermano de su propia mujer; y a Matías, el que levantó la sedición, y a algunos de los sediciosos, los quemó vivos. La enfermedad, sin embargo, se agravaba más en él, pagando la pena por lo que había transgredido. Pues un fuego suave dañaba sus entrañas, y había ulceraciones en los intestinos, y sobre todo dolores en el colon, y flema alrededor de los pies, húmeda y transparente, y una afección en el vientre y putrefacción en los genitales que engendraba gusanos, y además de esto, ortopnea, desagradable por el olor y por el asma continuo, y espasmos en todos sus miembros. Él, incluso estando tan mal, tenía esperanza de vida, sin negarse a usar remedios. Tras cruzar el Jordán, usó las aguas termales de Calirroe, que, junto con la demás virtud, resultan potables. Allí, al ser sumergido por los médicos en una bañera de aceite, pareció expirar. Al recuperar el sentido, fue llevado a Jericó, donde una bilis negra lo dominaba sobre todo. Al morir, concibe una acción impía. Pues, por orden suya, habiendo llegado gente de todo el pueblo de los judíos allí, tras encerrarlos a todos en el hipódromo, ordenó a su hermana Salomé y al marido de ella, Alexas, que, cuando él entregara el alma, mataran a todos los encerrados," para que no se alegren mis pueblos con mi muerte, ni aplaudan, sino que, al llorar cada uno a los suyos, así parezca que yo también soy llorado y mi partida sea honrada con muchas lágrimas". Él ordenaba esto llorando y suplicando, y ellos prometían no quebrantar la orden. En esto, llegaron cartas enviadas desde Roma, declarando que Acme había sido ejecutada y atribuyendo los asuntos de Antípatro al parecer del padre. Al oír esto, Herodes se alegró y se alivió un poco. Al aumentar los dolores, se abstenía de alimentos, y tras pedir una manzana y un cuchillo, tenía la intención de matarse. Y habría realizado el propósito, si alguien, al preverlo, no le hubiera detenido la mano. Al gritar él fuertemente, hubo lamentos y gran alboroto como si el rey hubiera muerto. Antípatro, como si ya hubiera muerto, se animó y pidió al carcelero que lo soltara, prometiendo grandes cosas. Él informa al rey de la intención de aquel. Y él gritó y envió a unos para que lo mataran inmediatamente. Cambia de nuevo los
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testamentos, dando a Antipas la tetrarquía de Galilea y Perea, asignando a Arquelao el reino, y destinando la Gaulanítide, la Traconítide, la Batanea y la Paneade a Filipo, hijo suyo y hermano legítimo de Arquelao, como tetrarquía, y concediendo a Salomé, su hermana, Jamnia, Azoto y Fasaelide. Tras hacer esto, y dejar regalos de muchos talentos a César y a su esposa Julia, muere al quinto día después de matar a Antípatro, habiendo reinado treinta y cuatro años después de eliminar a Antígono, y treinta y siete después de haber sido declarado rey por los romanos. Salomé y Alexas, antes de que se hiciera pública su muerte, dejan salir a los encerrados en el hipódromo, diciendo que el rey ordenaba que, al irse a sus campos, disfrutaran de lo suyo. Y esta fue la mayor beneficencia de ellos hacia la nación. Luego, la muerte del rey fue hecha pública, y se leyeron los testamentos, que destinaban el reino al hijo Arquelao. Ptolomeo, a quien se le había confiado el sello del rey, decía que los testamentos no podían ser ratificados de otro modo que por César. Hubo un grito inmediato de quienes aclamaban a Arquelao como rey. Y tras esto, el funeral del rey se celebró con gran lujo. 2. 1 Herodes pagó así la deuda, y Arquelao, tras subir al templo y ser aclamado, se sentó en un trono de oro y saludó a la multitud. Sin embargo, cuando el ejército le ponía la diadema, no la aceptó, a menos que César ratificara antes los testamentos paternos; y tras sacrificar, se entregó al banquete. Reunidos, pues, algunos de los judíos, se lamentaban por Matías y los que fueron castigados con él por Herodes debido al derribo del águila de oro, elevando mucho el lamento; y tras celebrarse una asamblea, pedían que Arquelao, tras castigar a los que fueron honrados por Herodes, vengara a los muertos, y antes que a otros, destituyera al sumo sacerdote y estableciera a otro más legítimo. Arquelao, aunque molesto, conteniendo su impulso, accedía; y envió al general para hablar con la multitud, diciendo que no era el momento para esto, sino cuando el reino le fuera confirmado por el consentimiento de César. Ellos, gritando y alborotando, no dejaban hablar al general, ni soportaban a ningún otro que se apresurara a hablarles para la moderación y el alejamiento de las sediciones. Apenas iniciada la fiesta de los ázimos, y habiendo afluido multitud de todas partes al templo, se esforzaban por elevar mucho la sedición. Arquelao, temiendo esto, envió a un tribuno con una cohorte para reprimir el impulso del pueblo que se sediciaba. Los sediciosos se lanzaron inmediatamente contra los soldados y lapidaron a la mayoría de ellos, y unos pocos, junto con el tribuno, escaparon heridos. Arquelao, al darse cuenta de que si no se frenaba el impulso de la multitud, los asuntos de la sedición terminarían en un gran mal, envía a todo el campamento; fueron asesinados hasta tres mil, y los demás se dispersaron por los montes. Y se hizo un pregón para que todos se retiraran a sus hogares; ellos, dejando la fiesta, se fueron. Arquelao zarpó hacia Roma con su madre, confiando los asuntos a su hermano Filipo; también salía con él Salomé, la hermana de Herodes. Antipas, el hijo de Herodes, se había lanzado desde otro lado hacia Roma, también para apoderarse del reino, como si estuviera escrito para él en los testamentos anteriores; Salomé lo incitaba a estas esperanzas. Cuando llegaron a Roma y se presentaron ante César, unos hacían los discursos a favor de Arquelao, y otros a favor de Antipas, acusando a Arquelao. César mostraba más inclinación a favor de Arquelao. En esto, se anuncia a César que la nación de los judíos se había sediciado y sitiaba a los romanos allí. Pues durante la fiesta de Pentecostés, habiéndose reunido muchas miríadas de todas partes, los romanos fueron encerrados por ellos, y el propio Sabino; este era el general de los romanos. Hubo una batalla fuerte, y los romanos vencían. Los judíos, pues, tras rodear, subieron a los pórticos que estaban fuera del
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Cuando el fuego hubo avanzado quince codos, los judíos derribaron el techo. Los facciosos que estaban en el templo atacaban abiertamente a los soldados que se encontraban sobre los terraplenes y se defendían con astucia. Una multitud incalculable moría a causa del hambre. A los supervivientes les sucedían desgracias tan terribles de narrar e increíbles para quienes las escuchaban, que relataré una de ellas. Una mujer, de más allá del Jordán, no desconocida por su linaje y su riqueza, que había huido a Jerusalén, estaba siendo sitiada allí. Como ella se procuraba alimentos con frecuencia, los bandidos de la ciudad se los arrebataban. Indignada por esto, y guiada por la ira y el hambre, degolló a su hijo de pecho, lo asó, comió una parte y guardó el resto para una segunda comida. Los facciosos, al llegarles el olor de la carne, se presentaron de inmediato y la amenazaron con degollarla si no les entregaba lo que había preparado. Ella descubrió los restos del niño; ellos, ante tal visión, quedaron estupefactos y horrorizados, y se retiraron temblando, apenas cediendo a la madre esa comida por el momento. Una vez terminados los terraplenes, acercaron los arietes, pero no lograban nada debido a la solidez del muro. Otros excavaban los cimientos, y ni aun así se tambaleaba la muralla. Desesperados por lo demás, acercaron escalas a los pórticos. Los judíos no llegaron a impedirlo, pero se enfrentaron a los que subían y lucharon, y no fue poca la matanza de ellos. 2. 65 Tito, al ver que la moderación respecto al templo resultaba perjudicial para los soldados, ordenó incendiar las puertas. Al aplicarles el fuego, la plata con la que estaban revestidas se fundió, permitiendo que la llama se prendiera en la madera, y desde allí se apoderó de los pórticos. Al ver los judíos el fuego a su alrededor, sus almas desfallecieron junto con sus cuerpos. El fuego prevaleció durante aquel día y la noche siguiente; pero no pudieron incendiar los pórticos por todas partes a la vez. Al día siguiente, Tito ordenó a una parte de sus fuerzas apagar el fuego y abrir camino junto a las puertas para un ascenso más fácil de las legiones, mientras él mismo convocaba a los seis jefes más importantes para deliberar sobre el templo. A algunos les parecía que debía aplicarse la ley de la guerra y no perdonar nada; otros aconsejaban que, si los judíos luchaban desde allí, se incendiara, pues sería una fortaleza lo que se quemaría, no ya un templo, pero que si no, se conservara. Tito dijo que ni siquiera si los judíos luchaban desde allí, él tomaría represalias contra objetos inanimados en lugar de contra los hombres, ni incendiaría una obra tan grande; pues, si se conservaba, sería un adorno del imperio para los romanos, mientras que, si se destruía, sería un perjuicio. El propósito de Tito era, pues, entrar al día siguiente con todas sus fuerzas y ocupar el templo, pero Dios ya había sentenciado su destrucción desde hacía mucho tiempo. Los facciosos atacaron a los guardias del templo exterior, pero, vencidos por la multitud de los que salían y por su furia, cedieron. Y Tito, al ver 2. 66 esto desde arriba, desde la Antonia, acudió en ayuda con sus jinetes selectos. Los judíos no resistieron el ataque, sino que se encerraron en el templo interior. Tras retirarse Tito, los facciosos, al calmarse un poco, atacaron de nuevo a los romanos. Los romanos los pusieron en fuga y llegaron hasta el templo. Entonces, uno de los soldados, habiendo arrebatado una parte de la madera en llamas y siendo levantado por otro soldado, lanzó el fuego por una ventana dorada. Al levantarse la llama, se alzó un grito de los judíos, que corrieron a defenderlo, mientras Tito, al darse cuenta, corrió hacia el templo para impedir el fuego, y con la voz y la mano señalaba a los combatientes que apagaran el fuego. Pero ni escuchaban sus gritos ni prestaban atención a los gestos de su mano. Las legiones, al entrar y acercarse al templo, fingían no oír las órdenes de Tito y exhortaban a los que estaban delante a lanzar fuego. Los facciosos estaban en un estado de impotencia, habiendo renunciado a la defensa, y había matanza y huida por todas partes. Tito, sin embargo, como no podía contener los impulsos de los soldados que estaban fuera de sí y el fuego prevalecía, entró con los jefes y contempló el lugar santo de Dios y lo que había en él. Como la llama aún no llegaba al interior, sino que consumía las estancias alrededor del templo, pensando que la obra aún podía salvarse, intentó él mismo exhortar a los soldados a apagar el fuego y ordenó a algunos de los que estaban con él que contuvieran a los desobedientes golpeándolos con palos. Pero ellos, vencidos por la ira y el odio hacia los judíos, no se detenían ni por el respeto a Tito ni por el miedo al que los contenía. A la mayoría los incitaba la esperanza de saqueo, imaginando que el interior estaba lleno de riquezas. Uno se adelantó a lanzar fuego a los goznes de la puerta; y al aparecer la llama de repente desde dentro, los jefes se retiraron, y el mismo Tito, y ya nadie impedía a los que prendían el fuego. El templo recibió así el fuego, como purificación de los actos impíos realizados en él y castigo de quienes los realizaban. Uno podría maravillarse de que el mismo mes y día coincidieran con el incendio del templo en el que el anterior fue incendiado por los babilonios. Desde la primera construcción que hizo Salomón hasta la destrucción que ahora se narra, que ocurrió en el segundo año del reinado de Vespasiano, transcurrieron mil ciento treinta años, siete meses y quince días; y desde la posterior, que comenzó a construirse en el segundo año del reinado de Ciro, hasta la última toma, seiscientos treinta y nueve años, cinco días y cuarenta días. Mientras el templo ardía, había saqueo para los que caían sobre él y matanza para los que eran capturados. La tierra no se veía por ninguna parte debido a los muertos, sino que los soldados corrían sobre montones de cuerpos hacia los que huían. La multitud de bandidos, tras empujar a los romanos, escapó hacia la ciudad, mientras que lo que quedaba del pueblo se refugió en el pórtico exterior. Algunos de los sacerdotes se retiraron al muro, que tenía ocho codos de ancho, y permanecieron allí. Dos de los notables se arrojaron al fuego y se quemaron junto con el templo. Los romanos, juzgando vana la 2. 68 moderación respecto a los alrededores del templo, una vez que este ardía, aplicaron el fuego a todo; este alcanzó también los tesoros, en los que se había acumulado una multitud infinita de riquezas, innumerables vestidos costosos y otros objetos preciosos. Toda la riqueza de los judíos se había acumulado allí desde todas partes, pues sus dueños los depositaban allí como en un tesoro seguro. Una multitud infinita de gente común pereció, cuya causa de muerte fue un falso profeta que proclamó a los que estaban en la ciudad que Dios ordenaba subir al templo para recibir las señales de salvación. Muchos de estos eran enviados por los tiranos para decir tales cosas, a fin de que desertaran menos; engañados por ellos, la miserable multitud no creía en las señales evidentes como si estuvieran aturdidos. Hubo muchas señales. Pues una estrella semejante a una espada se detuvo sobre la ciudad, y un cometa apareció y se prolongó durante un año. Y una luz brilló una vez antes de la guerra alrededor del templo y del altar, de modo que parecía ser un día brillante, permaneciendo durante media hora. Y una vaca llevada al sacrificio dio a luz un cordero. La puerta oriental del templo interior, siendo de bronce y robusta, de modo que apenas podía abrirse y cerrarse por veinte hombres, y teniendo cerrojos y barras muy profundos, fue vista abierta automáticamente por la noche. Esto indicaba que la seguridad del templo se disolvía y que la entrada sería fácil para los enemigos. Y otro espectro demoníaco fue visto antes de la puesta del sol, carros que atravesaban todo el país por el aire, y falanges armadas que atravesaban las nubes. Durante la fiesta de Pentecostés, los sacerdotes que entraron en el templo interior sintieron movimiento y estruendo; luego oyeron una voz que decía:" Trasladémonos de aquí". Cuatro años antes de la guerra, en la fiesta de los Tabernáculos, un tal Jesús, hombre rústico, que vino a la fiesta, comenzó a gritar:" Voz desde el oriente, voz desde la
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occidente, voz desde los cuatro vientos, voz sobre Jerusalén y el templo, voz sobre los novios y las novias, voz sobre todo el pueblo". Y recorría la ciudad gritando esto de día y de noche. Aunque era golpeado por su mala fama, no hacía otra cosa que gritar las mismas palabras. Tras ser llevado ante el gobernador romano de la región en aquel entonces y ser azotado hasta los huesos, no suplicó ni lloró, sino que, inclinando la voz de forma lastimera ante cada golpe, gritaba:"¡ Ay de Jerusalén!", hasta que Albino, pues él gobernaba entonces, juzgando que era locura, lo puso en libertad. Desde entonces hasta la guerra, lloraba:"¡ Ay de Jerusalén!". Y en las fiestas gritaba especialmente aquel funesto presagio. Y esto lo hizo durante siete años y cinco meses, hasta que, durante el asedio, recorriendo el muro, gritaba de nuevo con voz penetrante:"¡ Ay de la ciudad, del templo y del pueblo!". Y cuando añadió por último:"¡ Ay de mí!", una piedra lanzada por la catapulta lo golpeó y lo mató. Los romanos, habiendo huido los facciosos a la ciudad y ardiendo el templo y todo lo que lo rodeaba, llevaron las insignias al templo y, entre grandes aclamaciones, proclamaron a Tito emperador. Los soldados se enriquecieron tanto con los saqueos que en Siria el precio del oro se vendía a la mitad de su valor anterior. Los sacerdotes que, como se ha dicho, habían subido al muro del templo, tras permanecer allí cinco días y pasar hambre, bajaron suplicando obtener la salvación. Tito dijo que el tiempo del perdón había pasado, y diciendo que, al haber desaparecido el templo, los sacerdotes debían perecer junto con él, ordenó castigar a los hombres. Los que estaban con los tiranos, al no poder escapar, llamaron a Tito para parlamentar. Él vino, les reprochó su locura y prometió perdonarles la vida si arrojaban las armas y entregaban sus cuerpos. Los bandidos dijeron que no podían recibir su mano derecha, habiendo jurado no hacerlo nunca, pero pedían una salida con sus mujeres e hijos, y que le dejarían la ciudad. Tito se indignó ante esto y ordenó que nadie más desertara ni esperara recibir su mano derecha, pues no perdonaría a nadie, sino que debían luchar y salvarse como pudieran. Ordenó a los soldados incendiar la ciudad y saquearla; ellos lanzaron el fuego por todas partes. Los facciosos, lanzándose hacia la casa real, en la que, por su fortaleza, muchos habían depositado sus posesiones, rechazaron a los romanos desde ella y, tras asesinar a todo el pueblo allí reunido, que ascendía a ocho mil cuatrocientos, saquearon las riquezas. Al día siguiente, los romanos, tras poner en fuga a los bandidos de la ciudad baja, incendiaron todo hasta Siloé. Al ver la ciudad ardiendo, los facciosos, con rostros alegres, decían que estaban contentos de ver el fin. No soportaban entregarse ni eran capaces de luchar contra los romanos, sino que, dispersándose por las partes delanteras de la ciudad, si encontraban a alguien que quisiera desertar, lo degollaban. Y no había lugar en la ciudad que estuviera vacío, sino que todo estaba lleno de muertos por hambre o por sedición. A los tiranos y a la banda de bandidos que estaba con ellos los calentaba la última esperanza de los túneles, en los que, si se refugiaban, no esperaban ser buscados; y, al retirarse los romanos, confiaban en salir y escapar. Pero eso resultó ser un sueño; pues no iban a escapar ni de Dios ni de los romanos. También había guerra entre ellos mismos durante los saqueos. César, como era imposible tomar la ciudad alta sin terraplenes, al ser escarpada, distribuye las fuerzas para las obras. En aquellos días, los jefes de los idumeos enviaron a cinco hombres a Tito suplicando que les diera su mano derecha. Él, esperando que también los tiranos cedieran al ser separados los idumeos, les concede la salvación. Simón, al conocer sus intenciones, mata inmediatamente a los cinco que se habían entrevistado con Tito y encierra a los jefes;
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a los idumeos no los tenía sin vigilancia, y dividía el muro con guardias más cuidadosos debido a los desertores. Aunque muchos eran asesinados, eran más los que escapaban. Los romanos recibían a todos por hartazgo de matar y esperanza de ganancia. Pues, dejando solos a los del pueblo, vendían a los demás junto con sus mujeres e hijos, a un precio bajísimo, debido a la multitud de los vendidos y a la escasez de los compradores. La multitud de los vendidos era infinita, y los del pueblo que se salvaron fueron más de cuarenta mil. Uno de los sacerdotes, llamado Jesús, habiendo tomado juramento de salvación para entregar algunos de los tesoros, sale y entrega dos candelabros, una mesa, cráteras y copas, todo de oro macizo, así como los velos, las vestiduras de los sumos sacerdotes y muchos otros utensilios. El tesorero del templo, Finees, al ser capturado, mostró las túnicas y los cinturones de los sumos sacerdotes y muchos de los otros tesoros. Una vez terminados los terraplenes, los romanos acercaron las máquinas al muro. De los facciosos, unos se retiraron a la acrópolis, otros se escondieron en los túneles, y muchos se defendieron. Cuando una parte del muro se derrumbó, el miedo se apoderó también de los tiranos, y estaban inquietos por huir. Como ya no tenían a los que antes eran fieles, pues se habían dispersado, y se anunciaba que los enemigos estaban cerca, cayeron de bruces y lamentaron su propia locura, y bajaron voluntariamente de las torres, de las cuales nunca pudieron ser tomados por la fuerza, sino solo por el hambre, y se refugiaron en el barranco de Siloé, y luego se escondieron en los túneles. Los romanos, tras tomar los muros sin derramamiento de sangre, asesinaban a los que capturaban e incendiaban las casas. Se detuvieron al atardecer. Al día siguiente, Tito, al entrar, se maravilló de la fortaleza de la ciudad y de las torres, y dijo:" Hemos luchado con la ayuda de Dios, y Dios fue quien derribó a los judíos de estas fortificaciones". Mientras destruía el resto de la ciudad y derribaba los muros, dejó estas torres como monumento de su 2. 73 fortuna, de la cual, usándola como aliada, se apoderó de los que no podían ser tomados. El número de todos los cautivos que fueron tomados durante toda la guerra ascendió a noventa y siete mil, y los que perecieron durante todo el asedio fueron un millón cien mil. La mayor parte de estos eran de la misma raza, pero no locales; pues, habiendo venido de todo el país para la fiesta de los ázimos, fueron rodeados repentinamente por la guerra, y la guerra rodeó la ciudad llena de hombres. Cuando los romanos hubieron matado a unos y hecho cautivos a otros de los que estaban a la vista, registraban los túneles y, rompiendo el suelo, mataban a todos los que encontraban. Allí también se encontraron más de dos mil muertos. Un olor terrible invadía a los que se inclinaban sobre los cuerpos, de modo que muchos se retiraban de inmediato. Otros, por codicia, se introducían, pisando montones de muertos; pues encontraban muchos de los tesoros en las excavaciones. También eran sacados muchos cautivos retenidos por los tiranos y eran liberados. De estos malvados, Juan, hambriento en los túneles con sus hermanos, suplicaba recibir la mano derecha de los romanos, y Simón fue capturado más tarde, mientras Tito se dirigía a la llamada Cesarea de Filipo. Pues, mientras Jerusalén estaba siendo sitiada y ellos estaban en la ciudad alta, al entrar los romanos en la ciudad, Simón, tomando a los más fieles de sus amigos, y con ellos canteros y el hierro adecuado para el trabajo, se bajó con ellos a uno de los túneles, y tras atravesar la antigua excavación, minaba la tierra, para que, al avanzar más lejos, pudieran salir con seguridad. Sin embargo, tras avanzar poco los minadores, se les acabó la comida. Entonces se vistió con túnicas blancas y, poniéndose una clámide púrpura, salió de la tierra en aquel lugar donde antes estaba el templo. Al principio, el asombro se apoderó de los que lo vieron
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luego, acercándose más, preguntaban quién era. Simón ordenó llamar a su jefe. Y vino, al ser llamado, Terencio Rufo, quien había quedado como jefe del ejército. Al reconocer quién era Simón, fue capturado, encadenado y custodiado. A Tito se le informó de su captura. Y él fue guardado para el triunfo, durante el cual fue ejecutado por estrangulamiento, arrastrado en el foro de Roma, donde los romanos acostumbran a matar a los condenados a muerte por maldad. Este fue, pues, el fin de Simón, hijo de Giora; Juan, la otra erinia de los judíos, fue condenado a cadenas perpetuas. La multitud de cautivos fue enviada a los trabajos en Egipto, mientras que otra parte perecía en los espectáculos realizados en las ciudades, entregada a las luchas con fieras o matándose entre sí. La salida de Simón de la tierra hizo que se encontrara a una gran multitud de otros facciosos en los túneles, de modo que desde allí también se excavaron los cimientos del templo. No solo a los judíos de Jerusalén les sobrevino el peligro, sino también a los de las otras ciudades. Es difícil narrar todo; pero hay que narrar lo que sucedió en Antioquía a los judíos que la habitaban 2. 75. Pues el pueblo de los judíos está disperso por toda la tierra habitada, habiendo sido hecho cautivo muchas veces, como ya se ha narrado, y dispersado por todas partes; pero la mayor parte se ha mezclado en Siria debido a la proximidad, y más que las otras ciudades de esta, Antioquía poseía habitantes judíos debido a la magnitud de la ciudad y a que los reyes después de Antíoco les permitieron una residencia segura en ella. Pues Antíoco Epífanes saqueó Jerusalén y despojó el templo, pero los reyes después de él les permitieron participar de la ciudad igual que a los griegos. Por eso aumentaron en multitud, atrayendo a una gran multitud de griegos a su religión. En el tiempo en que estalló la guerra de Jerusalén y Vespasiano llegó a Siria, y el odio contra el pueblo florecía en todos, entonces un judío, Antíoco, hijo del primero de los judíos de Antioquía, se presentó ante el pueblo de los antioquenos y acusaba a su padre y a los demás judíos de que planeaban incendiar toda la ciudad, y entregaba a algunos judíos extranjeros como cómplices del plan. El pueblo de los antioquenos quemó inmediatamente a los entregados, y se lanzaron contra los judíos nativos para castigarlos también a ellos. El acusador de sus compatriotas, Antíoco, diciendo que renunciaba a la religión de sus padres, sacrificaba como es costumbre para los griegos, y aconsejaba obligar a los demás a hacer lo mismo; pues así quedarían claros los que conspiraban al no renunciar a su propia religión. Al hacer la prueba los antioquenos, pocos cedieron, pero los que no soportaron hacerlo fueron destruidos. El mencionado Antíoco, habiendo recibido también soldados del jefe romano, era cruel con sus compatriotas, no permitiéndoles descansar el séptimo día; y estableció la necesidad tan fuerte que no solo en Antioquía se abolió el descanso del sábado, sino que esto prevaleció también en las otras ciudades durante algún tiempo. No solo esto les sucedió a los judíos en Antioquía, sino que les sobrevino una segunda desgracia. Pues sucedió que se incendió el mercado cuadrado de la ciudad, los archivos y los registros. El mencionado Antíoco atribuyó el incendio a los judíos, y los antioquenos, que ya los tenían bajo sospecha, se irritaron contra ellos; y todos se lanzaron como locos contra los acusados. Algunos apenas los contuvieron, aconsejando remitir el asunto a Tito. Mientras tanto, algunos, realizando una investigación cuidadosa del asunto, encontraron que el pueblo de los judíos era inocente, y que hombres malvados habían osado el acto por la necesidad de deudas, pensando que, si incendiaban el mercado y los registros públicos, tendrían alivio de la recaudación. En esto llegó también Tito a Antioquía. Y el pueblo
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de los antioquenos salió a su encuentro y lo aclamaba, y a las aclamaciones unían una petición que pedía expulsar a los judíos de la ciudad. Él, escuchando entonces lo que decían en silencio, pasaba de largo, pero más tarde, insistiendo mucho los antioquenos en que los judíos fueran expulsados de la ciudad, dijo:" Pero la patria de ellos, a la que deberían retirarse, ha sido destruida, y ningún lugar los recibiría ya". Al fracasar en esta petición, recurrieron a una segunda, y pedían que se retiraran las tablas de bronce en las que estaban escritos los derechos de los judíos. Pero Tito tampoco accedió a esto, y dejó todo a los judíos de Antioquía como lo tenían antes. Él mismo, partiendo hacia Alejandría, y viendo Jerusalén durante el camino, se compadecía de la destrucción de la ciudad, maldiciendo a los responsables de la rebelión, como responsables de la desolación de la ciudad, una ciudad antigua y próspera. Se encontraban todavía incluso en las ruinas partes de su riqueza más profunda. Pues los romanos excavaban muchas cosas, pero la mayoría las mostraban los cautivos, las cuales sus dueños habían escondido bajo tierra ante los cambios inciertos de la guerra. Tito, dirigiéndose a Egipto y llegando a Alejandría, y desde allí a punto de navegar hacia Italia, ordenó que los jefes de los cautivos, Juan y Simón, y otros setecientos hombres que destacaban por su tamaño y belleza corporal, fueran llevados inmediatamente a Italia, para que llenaran la procesión en el triunfo. Después de la llegada de Tito a Roma, enviado como general a Judea, Lucio Baso tomó la fortaleza de Herodión junto con los que la ocupaban; luego, reuniendo todo el ejército que había allí, marcha contra Maqueronte. Esta fortaleza era muy difícil de tomar, siendo un promontorio rocoso fortificado; y estaba tan preparada por la naturaleza que ni siquiera era accesible; pues estaba rodeada por todas partes por barrancos profundos. Tenía tal fortaleza 2. 78 y poseía un palacio dentro, admirable por el tamaño y la belleza de las estancias, y poseía muchas cisternas para la recepción de agua en los lugares más adecuados. Además de otras cosas, en los palacios había una planta digna de admiración por su tamaño; pues no cedía en altura y grosor a ninguna higuera; se decía que había durado desde los tiempos de Herodes, y quizás habría permanecido por mucho tiempo, si no hubiera sido cortada por los judíos que tomaron el lugar. En el barranco al norte de la fortaleza hay un lugar llamado Baar, y produce una raíz llamada con el mismo nombre. Esta se asemeja al fuego en el color, y al atardecer destella un resplandor; para quienes desean tomarla no es fácil de alcanzar, sino que huye y no se detiene hasta que alguien vierte sobre ella orina de mujer o sangre menstrual. Y aun entonces, la muerte es evidente para quienes la tocan, si no se tiene la suerte de llevarse esa misma raíz colgando de la mano. Se captura también de otra manera sin peligro. Pues la cavan alrededor, de modo que lo que queda oculto en la tierra de la raíz sea muy poco, luego atan a ella un perro, y al lanzarse este a seguir al que lo ató, la raíz es arrancada fácilmente, pero el perro muere de inmediato; no hay miedo para los que la toman después de esto. Es muy buscada por una sola virtud. Pues los llamados demonios, que entran en algunos, son expulsados rápidamente por ella, incluso si solo se acerca a los enfermos. Baso, queriendo tomar esta fortaleza, intentó rellenar el barranco al este de ella. Los judíos encerrados dentro, separándose de los extranjeros, obligaron a estos 2. 79 a permanecer en la ciudad baja, mientras ellos ocupaban la fortaleza superior. Sin embargo, hacían salidas con entusiasmo todos los días, y enfrentándose a los que encontraban, muchos morían, y mataban a muchos de los romanos que trabajaban en los terraplenes. Por una casualidad ocurrió la entrega de la fortaleza y sin los terraplenes. Había un joven entre los sitiados, de audacia
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Un hombre audaz y activo con las manos, llamado Eleazar, quien exhortaba a la multitud a salir y obstaculizar el terraplén, se hizo muy notable en las batallas, causando muchos males a los romanos. En una ocasión, habiéndose interrumpido la batalla, él mismo permaneció fuera de las puertas y conversaba con los que estaban sobre el muro. Un tal Rufo, del campamento romano, de origen egipcio, corriendo de repente, tomó a Eleazar con sus armas y logró trasladarlo al campamento de los romanos. Cuando el general ordenó que lo desnudaran y lo azotaran a la vista de los de la ciudad, la ciudad entera lanzó un lamento unánime. Baso utilizó esto como una estratagema contra los enemigos y ordenó clavar una cruz, como si fuera a colgar a Eleazar de inmediato. Los que estaban en la fortaleza, al verlo, se dolían más y lanzaban un lamento desgarrador. Eleazar les suplicaba que no lo dejaran morir así y que procuraran su propia salvación, cediendo ante el poder y la fortuna de los romanos. Ellos, conmovidos por sus palabras y ante las súplicas de muchos en el interior— pues él pertenecía a una familia grande y muy numerosa—, cedieron a la compasión. Enviaron a ofrecer la entrega de la fortaleza, con la condición de que pudieran retirarse sin miedo, llevándose a Eleazar.
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Habiendo aceptado esto el general, los que estaban en la ciudad baja, al enterarse del acuerdo que los judíos habían hecho en privado, decidieron huir de noche. Cuando abrieron sus puertas, llegó la noticia a Baso de parte de aquellos que habían hecho el pacto. Los más fuertes de los que salían lograron escapar, pero de los que fueron capturados dentro, mil setecientos hombres fueron ejecutados, mientras que las mujeres y los niños fueron esclavizados. Baso, manteniendo los acuerdos con los que entregaron la fortaleza, los dejó ir y devolvió a Eleazar.
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Habiendo realizado esto, se apresuró hacia el llamado bosque de Jardes; pues muchos de los que habían huido anteriormente durante los asedios estaban allí con él. Al llegar al lugar, lo rodeó completamente con su caballería y ordenó a la infantería que talara el bosque. Los judíos que habían huido allí, lanzando un grito unánime, se abalanzaron sobre quienes los rodeaban. Como estos los recibieron con firmeza, se consumió no poco tiempo en la batalla, pero el final no resultó igual para ambos bandos. Pues de los romanos cayeron doce y pocos fueron heridos, mientras que de los judíos nadie escapó de esta batalla, y todos los que fueron capturados, no menos de tres mil, murieron. Baso, sin embargo, y Leberio Máximo, quien era procurador, recibieron la orden de César de vender toda la tierra de los judíos. A los ochocientos que quedaron de la campaña les dio un lugar para habitar, que se llama Emaús y dista treinta estadios de Jerusalén. Impuso a los judíos dondequiera que estuvieran el tributo de pagar dos dracmas anualmente al Capitolio, tal como antes contribuían al templo de Jerusalén. Tras la muerte de Baso, Flavio Silva le sucede en el mando. Este marchó contra la fortaleza de Masada, la única que quedaba de los rebeldes. Esta estaba ocupada por sicarios, dirigidos por un hombre poderoso, Eleazar, descendiente de Judas, quien convenció a muchos judíos de no obedecer los censos bajo Quirino. Él tomó el control de la región de inmediato y rodeó la fortaleza con un muro, bloqueando la salida para los que estaban dentro. Luego se dedicó al asedio y, habiendo construido un terraplén donde era posible— pues la fortaleza estaba construida sobre una roca elevada, coronada por barrancos de profundidad infinita—, acercó la torre de asedio y abrió una parte del muro. Se vio otra construida dentro por los sicarios, tal que no cedería ni siquiera ante los golpes de las torres de asedio. Pues era de madera, con dos filas paralelas, entre las cuales amontonaban tierra. Los golpes de las máquinas no solo no la rompían, sino que la hacían asentarse más firmemente por la sacudida; por lo cual Silva ordenó a los soldados lanzar antorchas encendidas en masa. Lo que estaba hecho de madera prendió fuego y lanzó una gran llama. Al principio, el viento del norte empujaba la llama desde arriba hacia los romanos, y por poco alcanza las máquinas; luego, un viento del sur sopló con fuerza y la arrojó contra el muro, y todo quedó consumido.
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Tras esto, los romanos se preparaban para atacar a los enemigos al día siguiente, pero Eleazar, hablando con los que estaban en la fortaleza, convenció a todos de que, tras haber matado a sus propias mujeres e hijos, cada uno se quitara la vida. Y, habiéndose decidido esto, se abrazaban a sus mujeres y estrechaban a sus hijos, aferrándose a los besos y llorando, y acabaron con sus seres queridos con sus propias manos, como si no tuvieran relación con ellos. Luego, reuniendo todas sus posesiones, les prendieron fuego. Habiendo elegido por sorteo a diez que serían los verdugos de todos, cada uno se dejó matar por ellos sobre sus seres queridos. Luego, el que fue elegido por sorteo acabó con los nueve y, mirando a su alrededor para ver si alguien quedaba vivo, al saber que todos habían sido ejecutados, prendió fuego a los palacios y, hundiendo toda la espada a través de sí mismo, cayó cerca de los suyos. Y ellos murieron creyendo que no quedaba nadie vivo, pero una anciana, otra mujer y cinco niños se ocultaron en los túneles. La multitud de los ejecutados, junto con mujeres y niños, fue de doscientos sesenta. Los romanos hicieron el asalto al amanecer; al no ver a ninguno de los enemigos, y al haber mucha calma dentro y fuego ardiendo, estaban perplejos. Finalmente gritaron, por si alguien de dentro los llamaba. Las mujeres percibieron el grito y, saliendo de los túneles, informaron a los romanos de lo sucedido; ellos no lo creían. Pero cuando pasaron al interior de los palacios y encontraron a los muertos, admiraron la valentía de los hombres y su desprecio por la muerte.
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Tal fue la toma de Masada; y en Alejandría de Egipto también sucedió que muchos judíos murieron. Pues los que habían huido allí a causa de la sedición de los sicarios convencían a muchos de los que los habían acogido de reclamar la libertad. Si algunos de los judíos no insignificantes se les oponían, a unos los mataban y a otros los incitaban a la apostasía. Los principales del senado, reuniendo a los judíos en asamblea, denunciaron la locura de los sicarios y exhortaron a la multitud a evitar la ruina que provenía de ellos y a entregarlos a los romanos. La multitud fue convencida por lo dicho y, abalanzándose sobre los sicarios, los capturaron. Fueron capturados unos seiscientos, y los que escaparon entonces fueron capturados poco después y traídos de vuelta. Y aunque se les aplicó todo tipo de tortura para que confesaran a César como señor, nadie cedió, sino que todos mantuvieron su voluntad por encima de la necesidad. Especialmente la edad de los niños asombró a los espectadores; pues ni siquiera uno de ellos fue vencido para llamar a César señor.
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La locura de los sicarios también alcanzó a las ciudades alrededor de Cirene. Pues Jonatán, un hombre muy malvado, tejedor de oficio, habiendo escapado allí, convenció a algunos de los pobres de que lo escucharan y los llevó al desierto, prometiendo mostrarles señales y prodigios. Los principales de los judíos en Cirene informaron de esto a Catulo, el gobernador de Cirene. Él, enviando soldados, capturó a los que estaban con Jonatán. Jonatán mismo escapó entonces, pero tras ser buscado cuidadosamente fue capturado y llevado ante el gobernador, donde maquinó para sí mismo una evasión del castigo y procuró a Catulo motivos para ganancias injustas. Pues decía, calumniándolos, que los judíos más ricos eran los maestros de lo que se estaba haciendo; y el gobernador aceptaba con entusiasmo las calumnias. Además de creer fácilmente, enseñaba a los sicarios la falsa acusación; y muchos fueron denunciados por ellos, siendo instigados por él.
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Más tarde, también Julio César sufrió lo mismo, puesto que había sido investido con la dictadura contra lo establecido. En aquel entonces, cuando Larcio fue nombrado dictador, el pueblo no se rebeló, sino que incluso tomaron las armas. Como los latinos mantenían la paz bajo pactos, los prestamistas trataban a los deudores con mayor violencia, y el pueblo, por este motivo, se sublevó de nuevo, hasta el punto de irrumpir en el senado; y todos habrían perecido a manos de los que allí entraron, si algunos no hubieran anunciado ya que los volscos habían invadido el territorio. Ante tal noticia, el pueblo se calmó, no por compasión hacia el senado, sino porque consideraban que pronto serían destruidos por los enemigos. Por ello, ni montaron guardia en la muralla ni prestaron ayuda alguna, hasta que Servilio liberó a los que estaban retenidos por mora, decretó la inmunidad de los cobros mientras estuvieran en campaña y prometió aliviar las deudas. Entonces, gracias a esto, salieron contra los enemigos y vencieron; pero al no ver aliviadas sus deudas ni obtener ninguna otra concesión equitativa, volvieron a alborotarse y enfurecerse, sublevándose contra el senado y los estrategas. Al declararse de nuevo la guerra, los estrategas decretaron la condonación de las deudas, pero otros se opusieron; por lo cual fue nombrado dictador Marco Valerio, quien provenía del linaje de Publícola y era amado por la multitud; de ahí que se reunieran tantos y con tanta disposición, puesto que les prometió recompensas, que lograron vencer a los sabinos y a sus aliados, los volscos y los ecuos. Por estos hechos, el pueblo decretó otras distinciones para Valerio y lo apodó Máximo; nombre que, traducido al griego, significa' el más grande'. Él, deseando complacer al pueblo, discutió mucho con el senado, pero no logró que este cediera. Por ello, salió del senado con ira y, tras arengar al pueblo contra el senado, renunció al mando. Y el pueblo se irritó aún más hacia la sedición. Pues los prestamistas, aferrándose a la precisión de los contratos y sin ceder nada a los deudores, perdieron tanto la precisión como muchas otras cosas. Porque la pobreza y la desesperación que de ella nace es un mal violento, y si además se suma la multitud, es muy difícil de combatir. En cualquier caso, la rigurosidad de los más poderosos hacia los más humildes fue la causa de muchísimos males para los romanos. Pues, como la tropa estaba oprimida por las campañas y, tras haber esperado mucho, se vio claramente engañada, y los deudores eran ultrajados y maltratados por los prestamistas, se encendieron en tal ira que muchos de los indigentes abandonaron la ciudad, se retiraron del campamento y se dedicaron a recoger provisiones del campo como si fueran enemigos. Ocurriendo esto así, como muchos acudían a los desertores, los senadores, temiendo que estos se volvieran más hostiles y que los pueblos vecinos se unieran a la sedición, enviaron embajadores hacia ellos, prometiéndoles hacer todo lo que el senado pudiera. Como se mostraban muy insolentes y no aceptaban ninguna palabra, uno de los embajadores, Agripa Menenio, pidió que escucharan una fábula; y, al obtenerlo, dijo que todos los miembros del cuerpo se habían sublevado contra el estómago, y que los ojos decían:' nosotros ponemos las manos a trabajar y los pies a caminar', la lengua y los labios decían:' por nosotros se comunican los pensamientos del corazón', los oídos:' por nosotros se transmiten al intelecto las palabras de otros', las manos:' nosotras, siendo trabajadoras, procuramos los sustentos', y los pies:' nosotros, cargando todo el cuerpo, nos fatigamos tanto en las marchas como en los trabajos y en las sediciones'.' Y mientras nosotros actuamos así, tú, sola, siendo inútil y ociosa, eres servida por todos nosotros como una señora y disfrutas de todos los sustentos que nosotros procuramos con nuestro esfuerzo'. El estómago convino que las cosas eran así, y dijo:' si les parece, déjenme sin suministros, no me ofrezcan nada'. Se decidió así, y se decretó que en adelante no se suministrara nada al estómago por parte de los miembros.
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Al no ofrecérsele alimento, ni las manos estaban ágiles para el trabajo, debilitadas por la carencia del estómago, ni los pies tenían fuerza, ni ningún otro miembro realizaba su propia actividad sin obstáculos, sino que todos estaban inactivos, difíciles de mover y totalmente inmóviles. Y entonces comprendieron que lo que se ofrecía al estómago no se suministraba tanto a este, sino a ellos mismos, y que cada uno de ellos participaba de lo que se le llevaba a aquel. Con estas palabras, la multitud comprendió que los bienes de los ricos son también de utilidad para los pobres, y que si aquellos se benefician de los préstamos y aumentan sus bienes, esto no resulta en perjuicio de la mayoría, pues si los ricos no tuvieran, tampoco los pobres tendrían a quién pedir prestado en tiempos de necesidad, y perecerían ante una urgencia apremiante. Desde entonces, volviéndose más suaves, se reconciliaron, habiendo decretado el senado para ellos un alivio de las deudas y la remisión de las moras. Temiendo, sin embargo, que al disolverse su unión no pudieran hacer efectivos los pactos o fueran perjudicados tras la disolución y que cada uno fuera castigado bajo cualquier pretexto, acordaron ayudarse mutuamente si alguien era injustamente tratado, prestaron juramentos sobre esto y eligieron inmediatamente a dos protectores de entre ellos, y luego a más, para que tuvieran ayudantes y vengadores por facciones. Y esto no lo hicieron una sola vez, sino que, habiendo comenzado entonces, el asunto progresó de tal manera que cada año designaban a los protectores como una magistratura, llamados en la lengua de los latinos' tribunos', pues así se llaman los jefes de mil, y' demarcas' en la lengua griega. Y para distinguir la denominación de los tribunos, añadieron a unos el apelativo de los soldados y a otros el de la multitud. Estos tribunos o demarcas han sido causa de grandes males para Roma. Pues, aunque no tenían el nombre de magistrados de inmediato, adquirieron un poder superior a todos los demás, defendían a todo el que lo necesitaba, y arrebataban a todo el que pedía su auxilio no solo de manos de particulares, sino incluso de los mismos magistrados, excepto de los dictadores. Y si alguien los invocaba incluso estando ausentes, aquel era liberado de quien lo retenía y era llevado ante la multitud por ellos o incluso era absuelto. Pero también, si algo les parecía que no debía suceder, lo impedían, tanto si el que lo hacía era un particular como un magistrado; y si el pueblo o el senado iban a hacer algo o a decretar algo, y un solo demarcas se oponía, tanto la acción como el voto quedaban sin efecto. Con el paso del tiempo, se les permitió, o ellos mismos se lo permitieron, convocar al senado, multar al que no obedecía, usar la adivinación y juzgar. Pues lo que no les estaba permitido hacer, lo lograban mediante la oposición inexpugnable a todo lo que otros hacían. Pues incluso introdujeron leyes para que quienquiera que los ofendiera de obra o de palabra, fuera particular o magistrado, fuera sagrado y estuviera sujeto a la maldición. Y' ser sagrado' significaba haber perecido; pues así se llamaba a todo lo que era consagrado como una víctima para el sacrificio. Y la multitud llamó a los mismos demarcas' sacrosantos', como muros sagrados para la protección de quienes los invocaban. Pues' sacra' entre los romanos son los muros y' sancta' lo sagrado. Hacían, pues, muchas cosas absurdas; pues incluso arrojaban a los cónsules a la prisión y mataban a algunos sin que siquiera tuvieran derecho a ser escuchados. Y nadie se atrevía a oponerse a ellos; de lo contrario, él mismo se volvía sagrado. Sin embargo, si algunos no eran condenados por todos los demarcas, invocaban a los que no estaban de acuerdo como ayuda, y así eran llevados a juicio ante ellos mismos, ante otros jueces o ante la multitud, y se inclinaban por la parte que ganaba. Con el paso del tiempo, los demarcas llegaron a ser diez; de donde gran parte de su poder se vio disminuido. Pues por naturaleza, y más aún por envidia, los colegas de magistratura discrepan entre sí; y es difícil que muchos, estando en el poder, piensen igual. Al mismo tiempo, los demás, maquinando para dividir su poder,
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para que fueran más débiles al estar divididos en sus opiniones, se sublevaban, y unos se unían a unos y otros a otros. Y si uno de ellos se oponía, invalidaba las decisiones de los demás. Al principio, pues, no entraban en el senado, sino que, sentados en la entrada, observaban lo que se hacía, y si algo no les agradaba, se oponían inmediatamente; luego, incluso eran llamados al interior. Más tarde, sin embargo, los que habían sido demarcas participaron del senado, y finalmente algunos de los senadores exigieron ser demarcas, a menos que uno fuera patricio; pues la plebe no aceptaba a los patricios. Pues, habiendo elegido a los demarcas contra los patricios y habiéndolos llevado a tal poder, temían que alguno de ellos usara su fuerza en contra de ellos mismos. Pero si alguien renunciaba a la dignidad de su linaje y se pasaba a la opinión de la multitud, lo aceptaban de buen grado. Y muchos de los patricios más destacados renunciaron a su nobleza por el deseo de tener gran poder, y fueron demarcas. Así, pues, se estableció la dinastía de los demarcas. A los cuales añadieron dos ediles, como si fueran sus servidores para los documentos. Pues tomaban nota de todo lo que se escribía ante la multitud, ante el pueblo y ante el senado, de modo que nada de lo que se hacía les pasaba inadvertido. Al principio, pues, los elegían para esto y para juzgar, pero más tarde se les encomendaron otras cosas y la supervisión de los mercados, de donde fueron llamados' ediles' por los que hablan griego. La primera sedición, pues, terminó así para los romanos; pero como muchos de los pueblos vecinos se movilizaron contra ellos debido a la sedición, tras el acuerdo, unidos, llevaron a cabo vigorosamente las guerras contra aquellos y los vencieron a todos. Entonces, mientras sitiaban Corioli, estuvieron a punto de ser derrotados y de perder el campamento, si no fuera porque Cneo Marcio, un hombre patricio, se distinguió y rechazó a los atacantes; por lo cual fue glorificado de otra manera y fue apodado Coriolano por el pueblo de donde se retiró. Y entonces fue honrado así, pero poco después, deseando ser estratega y no lográndolo, se indignó contra la multitud y se volvió gravoso para los demarcas. Los demarcas, pues, a quienes deseaba destruir, acumulando algunas acusaciones contra él, le imputaron un cargo de tiranía y lo expulsaron de Roma. Expulsado, pues, se pasó inmediatamente a los volscos. De los cuales, los principales y los que estaban en sus filas se alegraban de él y se preparaban de nuevo para la guerra, incitando Atio Tulio a todos contra él; pero la multitud no estaba dispuesta. Como ni aconsejando ni atemorizando los poderosos podían moverlos a tomar las armas, maquinaron algo así. Mientras los romanos celebraban carreras de caballos, otros de los pueblos vecinos y los volscos acudieron en gran número a ver el espectáculo. Tulio convenció a los estrategas romanos, fingiendo benevolencia hacia ellos, de que se guardaran de los volscos, pues estaban preparados para atacarlos inesperadamente durante las carreras. Los estrategas, comunicando el aviso también a los demás, proclamaron inmediatamente a todos los volscos antes de la competición. Estos, indignados por ser los únicos de entre todos en ser expulsados, se prepararon para la batalla. Y, habiendo puesto al frente a Coriolano y a Tulio contra Roma, y habiendo sumado a los latinos, avanzaron en mayor número. Los romanos, al enterarse, no se fortalecieron para las armas, sino que se culpaban mutuamente, los de la multitud a los patricios porque Coriolano, siendo uno de ellos, marchaba contra la patria con los enemigos, y estos a la multitud porque, al haberlo expulsado injustamente, lo habían convertido en enemigo. Así, sublevándose, habrían caído en un gran mal, si las mujeres no los hubieran socorrido. Pues cuando el senado decretó el regreso de Coriolano y fueron enviados embajadores ante él, él exigió que se devolviera a los volscos el territorio del que habían sido privados en las guerras anteriores. Pero la multitud no cedía el territorio. De nuevo, pues, otra embajada. Él,
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se sentía muy indignado de que, aun estando en peligro por su propia causa, no se apartaran de lo ajeno. Y al serles anunciadas estas cosas, los hombres no se movieron ni abandonaron la sedición por los peligros. Pero las mujeres, tanto la esposa de Coriolano, Volumnia, como su madre, Veturia, tomando consigo a las demás más ilustres, fueron al campamento ante él, llevando también a sus hijos. Y las demás, en silencio, lloraban, pero Veturia dijo:' No hemos desertado, hijo, sino que la patria nos ha enviado a ti; si te dejas convencer, como madre, esposa e hijos, y si no, como botín. Y si todavía te enfureces, mátanos primero a nosotras. Reconcíliate y no te enfurezcas más con los ciudadanos, con los amigos, con los lugares sagrados, con las tumbas, ni sometas a asedio la patria en la que naciste, fuiste criado y te convertiste en este gran nombre, Coriolano. No me envíes de vuelta sin éxito, para que no me veas muerta por mi propia mano'. Ante esto, él rompió a llorar, y mostrándole los pechos y tocando su vientre, dijo:' Esta te dio a luz, hijo, estos te criaron'. Ella dijo esto, y su esposa, sus hijos y las demás mujeres se lamentaron, de modo que también a él lo movieron al duelo. Apenas recuperado, abrazó a su madre y, besándola al mismo tiempo, dijo:' Mira, madre, me dejo convencer por ti; pues tú me vences. Y que todos te agradezcan este favor; pues yo no soporto ni siquiera verlos, a ellos que, habiendo recibido tantos beneficios de mí, me pagaron de tal manera, ni iré a la ciudad; sino que tú, en mi lugar, ten la patria, ya que esto quisiste, y yo me retiraré'. Dicho esto, se levantó; y ni siquiera aceptó el regreso, sino que, retirándose hacia los volscos, allí envejeció y murió. Los demarcas exigían que el territorio ganado a los enemigos fuera distribuido a la multitud; por lo cual fueron muy perjudicados tanto unos por otros como por los enemigos. Pues los poderosos, no pudiendo retenerlos de otra manera, provocaban guerras tras guerras a propósito, para que, ocupados en ellas, no se preocuparan por la tierra. Con el tiempo, algunos, sospechando lo que se hacía, no permitían que ambos cónsules o estrategas fueran designados por los poderosos, sino que querían que ellos también eligieran a uno de entre los patricios. Cuando lograron esto, eligieron a Espurio Furio, y habiendo hecho campaña con él, realizaron con entusiasmo todo lo que se propusieron. Pero los que salieron con su colega Fabio Cesón no solo no se fortalecieron, sino que, abandonando el campamento, fueron a la ciudad y alborotaron, hasta que los tirrenos, al enterarse de esto, los atacaron. Y entonces, sin embargo, no salieron de la ciudad antes de que algunos de los demarcas se pusieran de acuerdo con los poderosos. Lucharon con entusiasmo, y destruyeron a muchos de los enemigos, pero también murieron muchos de ellos; cayó también uno de los cónsules, Malio. La multitud eligió a Malio como estratega por tercera vez. Y de nuevo se les declaró la guerra por parte de los tirrenos; y estando los romanos desanimados y sin saber cómo enfrentarse a los enemigos, los Fabios los socorrieron. Pues siendo trescientos seis, al verlos desanimados y sin deliberar nada provechoso y desesperando de todo, asumieron la guerra contra los tirrenos, deseando luchar ellos mismos por sí mismos, tanto con sus cuerpos como con sus bienes. Y habiendo tomado un lugar oportuno, lo fortificaron, desde donde, partiendo, se llevaban todo lo de los enemigos, sin que los tirrenos se atrevieran a enfrentarse a ellos, y si alguna vez se encontraban, salían perdiendo mucho. Pero los tirrenos, habiendo tomado aliados, los emboscaron en un lugar boscoso, y habiendo atacado a los Fabios cuando estaban desprevenidos, los rodearon con la victoria total y los mataron a todos. Y su linaje habría desaparecido por completo, si no se hubiera quedado uno en casa por su juventud, de quien más tarde florecieron de nuevo. Habiendo perecido así los Fabios, los romanos fueron muy perjudicados por los tirrenos. Luego, hicieron treguas con los enemigos,
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y volviéndose unos contra otros, hicieron muchas cosas terribles, de modo que la multitud no se abstuvo ni siquiera de los estrategas. Pues golpeaban a sus servidores, rompían las varas, y llevaban a los mismos estrategas a juicio ante cualquier pretexto, mayor o menor. Decidieron, pues, encarcelar a Apio Claudio incluso durante su magistratura, porque se oponía a ellos en todo y porque diezmó a los que habían hecho campaña con él, puesto que cedieron ante los volscos en la batalla. La diezma era algo así. Cuando los soldados cometían una gran falta, el estratega, contándolos en decenas, tomaba a uno de cada decena, al que le tocaba por sorteo, y lo castigaba con la muerte. Al terminar su magistratura, los de la multitud llevaron inmediatamente a Claudio a juicio, y aunque no lo condenaron, al aplazar el voto lo llevaron a la necesidad del suicidio. Y algunos de los demarcas escribieron otras cosas contra los patricios, como que la multitud pudiera reunirse por sí misma y deliberar y tratar todos los asuntos que quisiera sin ellos. Y si alguien era multado por los estrategas por alguna causa, ordenaron que el pueblo juzgara en apelación sobre esto. Y aumentaron también a los ediles y a los demarcas, para que tuvieran a muchos que los representaran. Mientras se hacía esto, los patricios no se oponían abiertamente, salvo en pequeñas cosas, pero en secreto mataban a muchos de los más audaces. Pero ni esto detuvo a los demás, ni el hecho de que nueve demarcas fueran entregados al fuego por el pueblo. Pues no solo los que fueron demarcas después de esto no se debilitaron, sino que más bien se volvieron más audaces. A esto fue llevada la multitud por los patricios. Pues ni se dejaban convencer para hacer campaña cuando las guerras apremiaban, a menos que obtuvieran lo que deseaban, y si alguna vez salían, luchaban sin entusiasmo, a menos que lograran todo lo que querían. Y de ahí, muchos de los pueblos vecinos, confiando en su discordia o en su propia fuerza, se rebelaron. Entre ellos estaban los ecuos, que se enorgullecieron tras vencer a Marco Minucio, que era estratega entonces. Al enterarse de que Minucio había sido derrotado, los que estaban en Roma eligieron como dictador a Lucio Quincio, un hombre pobre que vivía de la agricultura, pero distinguido en virtud y templanza, aunque dejaba crecer sus cabellos en trenzas, de donde era llamado Cincinato. Como los muchos que hay ahora alrededor de los palacios; desde donde, habiendo penetrado el mal en el gobierno, se puede ver cincinatos por todas partes. Este, pues, designado dictador, y habiendo salido en campaña el mismo día, y usando rapidez con seguridad, y atacando a los ecuos junto con Minucio, destruyó a la mayoría y tomó vivos a los otros; a los cuales, habiendo hecho pasar bajo el yugo, liberó. La práctica del yugo era algo así. Clavaban en la tierra dos estacas, es decir, maderas verticales que distaban entre sí, y les ponían encima otra transversal, y a través de ellas hacían pasar desnudos a los capturados; esto traía brillantez a los que lo hacían, pero mucha deshonra a los que lo sufrían, de modo que algunos preferían morir a sufrir tal cosa. Y habiendo tomado también su ciudad llamada Corvino, regresó, y le quitó a Minucio la estrategia debido a la derrota, y él mismo depuso la magistratura. Los romanos, sin embargo, tuvieron una guerra propia, que consistió en esclavos y algunos fugitivos, quienes, habiendo atacado de noche inesperadamente, se apoderaron del Capitolio. La multitud, incluso entonces, no tomó las armas antes de obtener algo más de los patricios. Pero habiendo atacado a los sediciosos, los vencieron, pero perdieron a muchos de los suyos. Por estos motivos, pues, los romanos, y temiendo también por algunos presagios, se liberaron de las acusaciones mutuas y decretaron hacer la constitución más igualitaria. Y enviaron a tres hombres a Grecia por las leyes y las costumbres de allí. Y al llegar ellos, abolieron las demás magistraturas y las de los demarcas, y eligieron a ocho hombres de entre los principales, y designaron a Apio Claudio y a Tito Genucio como estrategas autócratas para aquel año.
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y les permitieron escribir leyes, y decretaron que no hubiera juicio de apelación de ellos; lo que antes no se había dado a ninguno de los magistrados excepto a los dictadores. Estos gobernaron cada uno por un día, tomando alternativamente la insignia del mando. Y habiendo escrito las leyes, las expusieron en el mercado; las cuales, como agradaron a todos, fueron introducidas ante el pueblo, y una vez ratificadas, fueron inscritas en tablas, diez; pues todo lo que se juzgó digno de protección se guardaba en tablillas. Aquellos, pues, habiendo terminado el año, dejaron la magistratura, pero otros diez elegidos de nuevo, como si hubieran sido elegidos para la abolición de la constitución, se desviaron. Pues todos gobernaban a la vez con igual poder, y habiendo elegido a jóvenes de entre los patricios más audaces, hacían muchas cosas violentas; y tarde, al final del año, añadieron algunas pocas cosas en dos tablas, habiendo actuado en todo por su propia voluntad. De donde no iba a resultar concordia, sino mayores diferencias para los romanos. Las llamadas doce tablas, pues, se hicieron así entonces; pero aquellos legisladores no solo hicieron esto, sino que, habiendo pasado el año de su magistratura, permanecieron en los asuntos, reteniendo la ciudad por la fuerza, y sin convocar ni al senado ni al pueblo, para que, al reunirse, no los destituyeran. Como los ecuos y los sabinos declaraban la guerra contra los romanos, entonces, habiendo preparado a los que les convenían, lograron que se les encomendaran las guerras. Pues de su decenvirato, Servio Opio y Apio Claudio permanecieron en el lugar, y los ocho hicieron campaña contra los enemigos. Todo, sin embargo, estaba absolutamente perturbado, tanto en la ciudad como en los campamentos, y de ahí se produjo de nuevo una sedición. Pues, habiendo invadido la tierra de los sabinos, los estrategas enviaron a un tal Lucio Sicinio, excelente en los asuntos militares y contado entre los primeros de la multitud, con otros como para tomar un lugar, y a través de los que fueron enviados con él, destruyeron al hombre. Habiéndose corrido la voz en el campamento de que el hombre había sido asesinado por los enemigos junto con otros, los soldados, al apresurarse a recoger los cadáveres, no encontraron ningún cuerpo de los contrarios, sino muchos de los compatriotas, a los que Sicinio había matado al defenderse cuando lo atacaron. Como vieron que estaban tendidos a su alrededor y vueltos hacia él, sospecharon lo sucedido y, de hecho, se alborotaron; además de por algo así. Un tal Lucio Verginio, siendo de la multitud y teniendo una hija muy hermosa, iba a entregarla a Lucio Icilio, de los suyos. Claudio, habiendo deseado a esta y no lográndolo, preparó a algunos para esclavizarla; y él era juez. Habiendo venido, pues, el padre de la joven desde el campamento, alegaba su derecho. Como Claudio la condenó y la joven fue entregada a los esclavizadores y nadie la defendió, su padre se dolió profundamente, y habiendo acabado con su hija con un cuchillo, se lanzó hacia los soldados tal como estaba. A los cuales, que ni siquiera antes estaban bien dispuestos, perturbó de tal manera que se apresuraron inmediatamente hacia la ciudad contra Claudio. Y los otros, los que habían hecho campaña contra los sabinos, cuando se enteraron de esto, abandonaron la trinchera, y uniéndose a los demás, pusieron al frente a veinte hombres de entre ellos, y no consideraban hacer nada pequeño. Y la otra multitud que estaba en la ciudad se unió a ellos y alborotaba con ellos. En esto, Claudio, temeroso, se escondió, pero Opio convocó al senado y, enviando, preguntó a la multitud qué querían. Ellos pedían que se les enviara a Valerio Lucio y a Horacio Marco, hombres del senado favorables a ellos, para responder a través de ellos. Como no fueron enviados, temiendo los diez magistrados, pues ya estaban todos presentes, que los usaran como estrategas contra ellos, se enfurecieron aún más. Un miedo, pues, no pequeño cayó sobre los senadores desde entonces, y por esto, incluso contra la opinión de los magistrados, enviaron a Valerio y a Horacio. Y a partir de esto
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su propia trirreme, tanto al cónsul como a los tribunos militares, para que se entrevistaran con el almirante. A estos los enviaron a Cartago, mientras que a los demás, sin siquiera haber tomado las armas, los mataron. Entonces, Aníbal devastaba Italia, mientras que Amílcar marchaba contra Egesta, donde se encontraba la mayor parte de la infantería de los romanos; al querer el tribuno militar Cayo Cecilio socorrerlos, le tendieron una emboscada y mataron a muchos de los suyos. Al enterarse de esto los que estaban en Roma, enviaron inmediatamente al pretor y apresuraron a Duilio; este, al llegar a Sicilia y observar que las naves de los cartagineses eran inferiores en grosor y tamaño a las suyas, pero superiores en la rapidez de los remos y en la maniobrabilidad, construyó máquinas sobre las trirremes, tales como anclas y manos de hierro giratorias y otras cosas similares, para que, al arrojarlas sobre las naves enemigas, se engancharan a ellas y, al pasar a las mismas, entraran en combate cuerpo a cuerpo con los cartagineses y se enfrentaran a ellos como en una batalla de infantería. Al encontrarse, pues, los cartagineses con las naves de los romanos, las rodearon usando un remo vigoroso y atacaron de improviso. Durante algún tiempo la batalla naval fue igualada, hasta que los romanos, habiéndose vuelto más fuertes, hundieron muchas y capturaron a otras tantas. Aníbal, que combatía en un septirreme, al quedar su nave enganchada por una trirreme, temiendo ser capturado, abandonó el septirreme y, pasando a otra, escapó. Este fue el fin de la batalla naval y se tomó un gran botín; los cartagineses habrían matado a Aníbal por la derrota, si no les hubiera preguntado inmediatamente, como si los asuntos estuvieran aún intactos, si ordenaban combatir por mar o no. Al convenir ellos en combatir por mar, pues se sentían superiores en la flota, él insinuó:" No he cometido ninguna falta al entablar combate esperando lo mismo que ustedes; pues yo era dueño de la decisión, pero no de la fortuna". Y así se salvó, aunque fue despojado del mando; Duilio, tomando la infantería, rescató a los egestanos, pues Amílcar no se atrevió a enfrentarse a él, aseguró las otras ciudades aliadas y, al llegar el verano, regresó a Roma. Tras su partida, Amílcar fortificó el lugar llamado Drépano, que es un puerto estratégico, depositó en él lo más valioso, trasladó a todos los ericinos y arrasó su ciudad para que los romanos, al ser un lugar fuerte, no lo tomaran y lo convirtieran en base de operaciones de la guerra, y tomó ciudades, unas por la fuerza y otras por traición; y si Cayo Floro no lo hubiera detenido invernando allí, habría destruido toda Sicilia. Lucio Escipión, su colega, marchó contra Cerdeña y Córcega, que se encuentran en el mar Tirreno a poca distancia la una de la otra, de modo que desde lejos parecen una sola, y atacando primero a Córcega, tomó por la fuerza Valeria, su ciudad más fuerte, y sometió el resto sin esfuerzo. Navegando hacia Cerdeña, divisó una flota cartaginesa y se dirigió contra ella. Ellos huyeron antes de entablar combate, y él se dirigió a la ciudad de Olbia; allí, al aparecer los cartagineses con sus naves, temeroso, pues no tenía una infantería capaz de luchar, regresó a casa. En aquel tiempo, otros de los capturados y esclavizados en la ciudad, así como los samnitas, pues muchos habían llegado para la preparación de la flota, conspiraron para tramar contra Roma. Al enterarse de esto, Erio Potilio, el jefe de los auxiliares, fingió estar de acuerdo con ellos para averiguar todo lo que habían decidido, y como no podía denunciar el plan, pues todos los samnitas estaban a su alrededor, los convenció de que, al celebrarse una asamblea, se reunieran en el foro y gritaran contra él como si fueran perjudicados por el grano que recibían. Al hacer esto, fue llamado como responsable del tumulto y les reveló la conspiración. Entonces los enviaron tranquilos, pero por la noche, cada uno de los que tenían esclavos los detuvo; y así se disolvió toda la conjura. En el verano siguiente, tanto en Sicilia como
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en Cerdeña, romanos y cartagineses combatieron a la vez. Después de esto, Atilio Latino, al llegar a Sicilia y encontrar la ciudad de Mutístrato sitiada por Floro, utilizó la preparación de aquel. Mientras él realizaba ataques contra el muro, al principio los habitantes, junto con los cartagineses, se defendieron vigorosamente, pero al ser llevadas las mujeres y los niños a las lágrimas y a los lamentos, no resistieron. Al salir los cartagineses por la noche, al amanecer los habitantes abrieron voluntariamente las puertas. Los romanos, al entrar, mataban a todos, hasta que Atilio proclamó que el resto del botín y las personas pertenecían a quien los tomara; desde entonces, capturaron a los demás y, tras saquear la ciudad, la incendiaron. Desde allí, al dirigirse imprudentemente hacia Camarina, cayeron en lugares donde se habían tendido emboscadas; y habrían perecido todos, si Marco Calpurnio, siendo tribuno militar, no hubiera remediado la desgracia con sabiduría. Pues al ver uno de los montes circundantes no ocupado por el precipicio, pidió trescientos hoplitas al cónsul y con ellos se lanzó hacia él, para que los enemigos se volvieran hacia ellos y así los demás pudieran escapar. Y así sucedió; pues al ver los enemigos su acometida, atónitos, abandonaron al cónsul y a los que estaban con él como si ya estuvieran capturados, y corrieron hacia Calpurnio. Tras una fuerte batalla, muchos de ellos cayeron, pero los trescientos murieron todos; solo Calpurnio se salvó, herido, pero oculto entre los muertos por sus heridas como si estuviera muerto, donde fue encontrado vivo y salvado. Mientras los trescientos combatían, el cónsul se retiró. Habiendo escapado así, tomó Camarina y otras ciudades, unas por la fuerza y otras por capitulación. Desde allí, Atilio se lanzó contra Lípari. Pero Amílcar, ocultándose de noche, la ocupó antes y, saliendo de improviso, mató a muchos. Cayo Sulpicio recorrió la mayor parte de Cerdeña y, despreciándola, se lanzó desde allí contra Libia. Los cartagineses también zarparon con Aníbal temiendo por sus hogares, pero al soplar un viento en contra, ambos regresaron. Después de esto, Atilio engañó a Aníbal mediante unos falsos desertores, como si fuera a navegar de nuevo a Libia. Al zarpar él con prisa, Sulpicio navegó contra él y hundió la mayoría de las naves, que ignoraban lo que sucedía debido a la niebla y estaban desordenadas, y capturó vacías las que habían huido a tierra. Pues Aníbal, al no ver seguro el puerto, las abandonó y se retiró a la ciudad de Sulcos; allí, al amotinarse los cartagineses contra él, salió solo ante ellos y murió. Los romanos, recorriendo el país con mayor audacia desde entonces, fueron derrotados por Hannón. Esto sucedió en este año. Y continuamente cayeron piedras del cielo en Roma, muchas a la vez, de modo que parecían granizo; y también en el monte Albano y en otros lugares sucedió que cayeron piedras de igual modo. Los cónsules, al llegar a Sicilia, marcharon contra Lípari. Cuando se dieron cuenta de que los cartagineses estaban anclados bajo el promontorio llamado Tíndaris, dividieron la navegación. Y al rodear uno de los cónsules el promontorio con la mitad de la flota, Amílcar, pensando que estaban solos, salió a navegar; pero al llegar los demás, se dio a la fuga y perdió la mayor parte de la flota. Los romanos, considerando a Sicilia como ya suya, la abandonaron y se atrevieron a atacar Libia y Cartago. Los dirigían Marco Régulo y Lucio Manlio, elegidos por su virtud. Ellos, al navegar a Sicilia, establecieron los asuntos allí y prepararon la navegación a Libia, pero los cartagineses no esperaron a que navegaran contra ellos, sino que, preparándose, se apresuraron hacia Sicilia. Y junto a Heraclea se enfrentaron. Siendo la batalla naval igualada durante mucho tiempo, al final prevalecieron los romanos; Amílcar ya no
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se atrevió a enfrentárseles y envió a Hannón ante ellos para tratar la paz, queriendo ganar tiempo; pues esperaba que le enviaran un ejército desde casa. Hannón, al gritar algunos que lo capturaran porque también los cartagineses habían capturado con engaño a Cornelio, dijo:" Si hacéis esto, ya no seréis mejores que los libios". Él, pues, al adular en el momento más oportuno, no sufrió nada, y ellos continuaron de nuevo la guerra. Los cónsules navegaron desde Mesina, y Amílcar y Hannón, dividiéndose, planeaban rodearlos por ambos lados. Pero Hannón no resistió cuando se acercaban, sino que, navegando antes hacia Cartago, la protegía; y Amílcar, al enterarse de esto, permaneció en su lugar. Los romanos, al desembarcar en tierra, se dirigieron a la ciudad de Aspis. Los habitantes, al verlos acercarse, huyeron antes; y los romanos, al ocuparla sin lucha, la convirtieron en base de operaciones de la guerra, y desde allí devastaban la tierra y adquirían ciudades, unas voluntariamente y otras por miedo, tomaban mucho botín y recibían a muchos desertores, y recuperaban a muchos de los suyos que habían sido capturados en las guerras anteriores. Al llegar el invierno, Manlio navegó a Roma con el botín, pero Régulo permaneció en Libia. Y los cartagineses se encontraron en toda clase de males, al ser devastado su país y alejarse los vecinos, y, acorralados en el muro, permanecían tranquilos. A Régulo, mientras acampaba junto al río Bagradas, se le apareció un dragón de tamaño extraordinario, cuya longitud se dice que era de ciento veintidós pies; pues incluso su piel fue llevada a Roma para exhibición; y tenía el resto del cuerpo en proporción. Este mataba a muchos de los soldados, tanto a los que se acercaban a él como a los que bebían del río. Régulo lo acabó con una multitud de soldados y máquinas lanzapiedras. Y así lo destruyó, y de noche se acercó a Amílcar, que acampaba en un lugar elevado y boscoso, y mató a muchos en sus lechos y a muchos que se habían despertado; y si algunos escapaban, morían al encontrarse con los que vigilaban los caminos. Y así se consumió una gran parte de los cartagineses y muchas de sus ciudades se pasaron a los romanos. Los que estaban en la ciudad, temiendo ser capturados, enviaron embajadores al cónsul para que, mediante alguna capitulación equitativa, lo enviaran y evitaran el peligro inmediato. Pero como se les exigía mucho y era gravoso, de modo que las condiciones se consideraban una captura precisa, prefirieron combatir. Sin embargo, Régulo, hasta entonces afortunado, se llenó de orgullo y arrogancia, hasta el punto de escribir a Roma que tenía las puertas de los cartagineses selladas por el miedo; lo mismo pensaban los que estaban con él y los que estaban en Roma. Por eso fueron engañados. Pues llegaron otros aliados a los cartagineses, y llegó también Jantipo desde Lacedemonia. Este tomó el mando supremo de los cartagineses; pues el pueblo le confió los asuntos con entusiasmo y Amílcar y los demás que estaban en el poder cedieron voluntariamente; preparó bien el resto, y bajó a los cartagineses de las alturas, en las que estaban por miedo, a la llanura, donde su caballería y sus elefantes iban a tener mayor fuerza. Y durante el resto del tiempo permaneció tranquilo, pero al observar una vez a los romanos acampando con desprecio, pues se sentían orgullosos por la victoria y despreciaban a Jantipo por ser griego; pues así llaman a los griegos y usan el apelativo contra ellos como un insulto de baja cuna; habían hecho los campamentos imprudentemente; así, pues, al estar los romanos en tal situación, Jantipo atacó y, tras poner en fuga a su caballería mediante los elefantes, mató a muchos y capturó a muchos, incluido al propio Régulo. Y por esto los cartagineses estaban orgullosos; pero salvaron a los capturados, para que los que habían sido hechos prisioneros anteriormente por los romanos no fueran asesinados. A los demás
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de los romanos capturados los tenían en servidumbre, pero a Régulo lo trataron con toda clase de maltratos, le llevaban alimento solo para sobrevivir y le acercaban continuamente un elefante, para que, aterrorizado por él, no descansara ni en cuerpo ni en mente. Tras maltratarlo así durante mucho tiempo, lo pusieron en una prisión. Los cartagineses trataron de la peor manera a sus propios aliados. Pues, no teniendo recursos para pagarles lo que habían prometido, los enviaron como si fueran a pagarles el salario en poco tiempo. Ordenaron a los que los llevaban que los desembarcaran en una isla desierta y navegaran en secreto. Y sobre Jantipo, unos dicen que lo hundieron navegando contra él cuando se iba, otros que le dieron una nave vieja que no contenía nada, calafateándola de nuevo por fuera, para que se hundiera por sí misma; pero él, al saberlo, subió a otra y así se salvó. Hacían esto para no parecer salvados por él; pues pensaban que, al morir él, también se perdería la gloria de las acciones. Los que estaban en Roma se afligían por lo sucedido, y más porque esperaban que los cartagineses navegaran contra la propia Roma. Por esto pusieron a Italia bajo vigilancia y enviaron con prisa a los cónsules, Marco Emilio y Fulvio Pletino, contra los romanos que estaban en Sicilia y Libia. Ellos, al navegar a Sicilia y vigilar los asuntos allí, se habían lanzado contra Libia; y al ser atrapados por una tormenta, fueron llevados a Corsura; tras devastar la isla y entregarla a una guarnición, navegaron de nuevo. Y en esto hubo una fuerte batalla naval contra los cartagineses. Pues unos luchaban por expulsar completamente a los romanos de su territorio, y los romanos por recuperar a los suyos abandonados en territorio enemigo. Mientras combatían igualadamente, los romanos que estaban en Aspis navegaron de repente contra la retaguardia de los cartagineses y, al encontrarlos rodeados, vencieron. Y después de esto, los romanos también vencieron con la infantería y capturaron a muchos; a quienes salvaron debido a Régulo y a los capturados con él. Tras realizar algunos saqueos, navegaron a Sicilia. Al encontrarse con una tormenta y perder a muchos, navegaron a casa con las naves que se salvaron. Los cartagineses tomaron también Corsura y pasaron a Sicilia; y si no se hubieran enterado de que Colatino y Cneo Cornelio navegaban con una gran flota, la habrían sometido toda. Pues los romanos habían equipado rápidamente una flota excelente y habían hecho las mejores levas, y se fortalecieron tanto que en el tercer mes regresaron a Sicilia. Era el año quinientos desde que se fundó Roma. Y tomaron sin dificultad la ciudad baja de Palermo, pero al asediar la acrópolis sufrieron penalidades, hasta que a los que estaban en ella les faltó el alimento. Entonces se entregaron a los cónsules. Los cartagineses, al observar que sus naves navegaban a casa, capturaron muchas llenas de dinero. Entonces los cónsules Servilio Cepión y Cayo Sempronio intentaron tomar Lilibeo pero fueron rechazados, pasaron a Libia y devastaban la costa. Al regresar a casa, se encontraron con una tormenta y fueron dañados. Por ello, el pueblo, pensando que sufrían daños por la inexperiencia de los marinos, votó abstenerse del resto del mar y vigilar Italia con pocas naves. En el año siguiente, Publio Cayo y Aurelio Servilio llegaron a Sicilia y sometieron otras cosas y también Hímera; sin embargo, no capturaron a nadie de los que estaban en ella; pues los cartagineses los sacaron de noche. Después de esto, Aurelio, tras recibir naves de Hierón y tomar a todos los romanos que estaban allí, navegó a Lípari y, dejando allí al tribuno militar Quinto Casio para que asediara sin batalla, regresó a casa. Quinto, sin preocuparse de la orden, se enfrentó a la ciudad y perdió a muchos. Sin embargo, Aurelio, después de esto, capturó a todos aquellos y los mató, y destituyó a Casio del mando. Los cartagineses, al enterarse de lo que habían decidido los romanos sobre la flota,
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enviaron a Sicilia, esperando someterla toda entonces. Y mientras ambos cónsules, Cecilio Metelo y Cayo Furio, estaban presentes, permanecían tranquilos; pero cuando Furio partió hacia Roma, despreciaron a Metelo y fueron a Palermo. Metelo, al enterarse de que habían llegado espías de los enemigos, reunió a todos los que estaban en la ciudad y, tras hablar con ellos, les ordenó que se tomaran unos a otros; y así, interrogando a cada uno sobre quién era y qué hacía, descubrió a los enemigos. Los cartagineses se formaron como para combatir, y Metelo fingía tener miedo. Al suceder esto durante varios días, los cartagineses se enorgullecieron y atacaron con más audacia. Y entonces Metelo dio la señal a los romanos; y desde esto, de repente, ellos salieron corriendo por todas las puertas y vencieron fácilmente, y los encerraron en un lugar estrecho, de modo que ya no pudieron retirarse a través de él. Pues, al estar estrechados, siendo ellos mismos muchos y teniendo muchos elefantes, se desordenaron. Y en esto, la flota libia, al navegar hacia ellos, fue la mayor causa de destrucción. Pues al ver las naves, se lanzaron hacia ellas y se esforzaban por subir, y unos caían al mar y perecían, otros morían al ser aplastados por los elefantes que se acercaban unos a otros y a los hombres, otros eran ejecutados por los romanos, y muchos fueron capturados vivos, tanto hombres como elefantes. Pues como se enfurecían al estar sin sus hombres habituales, Metelo hizo una proclamación a los cautivos dando salvación e impunidad a los que los capturaran; y así, al acercarse algunos a los más mansos de los suyos, los sometieron por la costumbre y atrajeron a los demás. A los que llevaron a Roma, siendo ciento veinte, tras cruzar el estrecho de esta manera. Tras atar muchos toneles unos a otros y separarlos con maderas, de modo que no se soltaran ni chocaran, extendieron vigas sobre ellos y cargaron madera y tierra, y tras cercar el lugar, de modo que pareciera un patio, los subieron a esto y los transportaron sin que siquiera se dieran cuenta de que navegaban. Metelo, pues, venció así, y Asdrúbal, el general de los cartagineses, que se salvó entonces, fue llamado más tarde por los cartagineses de casa y crucificado. Los cartagineses enviaron embajadores a los romanos por otras razones y por la multitud de cautivos, y enviaron con los embajadores al propio Régulo, pensando haber logrado todo mediante él por la virtud y la dignidad del hombre, y le hicieron jurar que regresaría. Y él, en lo demás, actuaba como uno de los cartagineses y ni recibió a su mujer para hablar ni entró en la ciudad, y esto siendo llamado, sino que, fuera del muro, al reunirse el senado, como era costumbre tratar con los embajadores de los enemigos, al ser introducido en el consejo dijo:" Padres, los cartagineses nos enviaron a vosotros; pues ellos me han enviado, ya que me he convertido en su esclavo por ley de guerra; y piden sobre todo terminar la guerra con las condiciones que parezcan bien a ambos, y si no, hacer un intercambio de cautivos". Tras decir esto, se retiró con los embajadores, para que los romanos deliberaran por sí mismos. Al ordenarle los cónsules participar con ellos en la decisión, no se dejó convencer antes de que se lo permitieran los cartagineses. Él, mientras tanto, callaba; pero cuando los senadores le ordenaron dar su opinión, dijo:" Soy uno de vosotros, padres, aunque sea capturado diez mil veces; pues mi cuerpo es de los cartagineses, pero mi alma es vuestra; aquello se ha alienado de vosotros, pero esta nadie puede hacer que no sea romana; y como cautivo pertenezco a los cartagineses, pero como no por cobardía, sino por entusiasmo, tuve mala suerte, soy romano y pienso como vosotros. Y no creo que de ninguna manera os convenga el intercambio". Esto dijo Régulo y añadió las razones por las que prohibía los acuerdos, y añadió:" Sé que me espera una muerte evidente; pues es imposible que ellos ignoren lo que aconsejé; pero aun así prefiero el interés común a mi propia salvación. Y si alguien dice,¿ por qué entonces no huyes o te quedas aquí? Oirá que les he jurado regresar, y no violaría los juramentos, ni siquiera si han sido hechos ante enemigos, y por otras razones, pero sobre todo porque, al cumplir el juramento, sufriré solo, pero si perjuro, toda la ciudad se llenará". El senado, por su salvación, deseaba hacer la paz e intercambiar los cautivos. Al saber esto él mismo, para que no traicionaran el interés por su causa, fingió haber bebido un veneno mortal y estar a punto de morir por él. Y ni se hizo el acuerdo ni el intercambio de los cautivos. Al irse él con los embajadores, lo retuvieron otros y también sus hijos y su mujer; pero los cónsules dijeron que no lo entregarían si él quería quedarse, ni lo retendrían si se iba. Y así, prefiriendo no violar los juramentos, regresó. Y tras ser torturado por ellos, como dice la fama, murió. Pues tras cortarle los párpados y encerrarlo durante algún tiempo en la oscuridad, luego, al arrojarlo a un recipiente compacto que tenía aguijones por todas partes y girarlo hacia el sol, así, por el maltrato y el insomnio al no poder acostarse en ninguna parte debido a los aguijones, lo destruyeron. Al enterarse de esto los romanos, entregaron a los principales de los cautivos que tenían a sus hijos para que los torturaran y mataran en represalia. Decidieron que los cónsules marcharan contra Libia, Cayo Atilio, el hermano de Régulo, y Lucio Manlio. Ellos, al llegar a Sicilia, atacaron Lilibeo e intentaron rellenar una parte de la zanja para la aproximación de las máquinas. Y los cartagineses, al excavar, retiraban la tierra. Al ser inferiores en número de manos, construyeron otro muro interior en forma de media luna. Y ellos trabajaban en túneles bajo el círculo, para que, al hundirse el muro en el espacio entre ellos, entraran; pero los cartagineses, al excavar en contra, recibían y mataban a muchos que ignoraban lo que sucedía, y a muchos destruían al arrojar fuego en ramas a las excavaciones. Y como algunos de los aliados, molestos por la prolongación del asedio y porque no se les pagaba el salario completo, enviaron embajadores para traicionar el lugar a los romanos, Amílcar descubrió el plan, pero no lo reveló para no hacerlos enemigos; tras proporcionar dinero a sus jefes y prometer otros al resto, los atrajo de tal modo que ni siquiera negaron la traición, sino que rechazaron a los últimos embajadores que regresaban. Estos, al desertar a los cónsules, recibieron tierra en Sicilia y otras cosas. Al oír esto, los cartagineses de casa envían a Ardeba con muchas naves a Lilibeo llevando grano y dinero. Y él, al aprovechar el invierno, entró navegando. Y desde esto, otros muchos se atrevían a llegar de igual modo; y unos tenían éxito, otros perecían. Mientras ambos cónsules estaban presentes, los combates eran igualados; pero al consumirlos la enfermedad y el hambre, y al retirarse el otro a casa con los soldados que estaban con él por estas razones, Amílcar, cobrando ánimo, salía y quemaba las máquinas y destruía a los que las socorrían, y su caballería, partiendo de Drépano, impedía a los romanos llevar los suministros y devastaba su alianza, y Ardeba, a veces de Sicilia, a veces de Italia, cortaba las costas; por lo que los romanos se encontraron en apuros. Mientras tanto, Lucio Junio preparaba una flota, y Claudio Pulcro, al apresurarse a Lilibeo y llenar trirremes, capturó mediante ellas a Hannón el cartaginés que salía en un quinquerreme; y se convirtió en ejemplo para los romanos de la construcción de las naves. Al estar la flota en peligro muchas veces, los romanos se sentían agobiados por la continua pérdida de naves; pues muchos hombres y mucho dinero en
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Con estos los destruían; sin embargo, no se rindieron, sino que incluso dieron muerte en el senado a uno que se pronunció a favor de una reconciliación con los cartagineses, y votaron que se nombrara un dictador. Así, Colatino fue nombrado dictador y Metelo fue su jefe de caballería; pero no hicieron nada digno de mención. Mientras Colatino era dictador, Junio tomó Érice, y Cartalón ocupó Egitalo y capturó a Junio. Al año siguiente, Cayo Aurelio y Publio Servilio, al asumir el cargo, hostigaban Lilibeo y Drépano, mantenían a los cartagineses alejados de la tierra y devastaban a sus aliados. Cartalón, tras intentar de diversas maneras enfrentarlos y ver que no lograba nada, se dirigió a Italia para atraer allí a los cónsules y, mientras tanto, dañar el territorio y tomar ciudades. Pero ni siquiera allí tuvo éxito; pues, al enterarse de que el pretor encargado de la ciudad se acercaba, zarpó de regreso a Sicilia. Allí, como los mercenarios se amotinaron por la paga, dejó a muchos abandonados en islas desiertas y envió a otros tantos a Cartago. Los restantes, al enterarse, se indignaron y estuvieron a punto de rebelarse. Amílcar, que sucedió a Cartalón, masacró a muchos de ellos durante la noche y a otros los arrojó al mar. Mientras tanto, los romanos concertaron una paz perpetua con Hierón y le perdonaron lo que recibían de él anualmente. Al año siguiente de la guerra naval, los romanos se abstuvieron oficialmente de ella debido a las desgracias y a los gastos, pero algunos, a título privado, solicitaron naves con la condición de devolverlas y quedarse con el botín; dañaron a los enemigos en otras cosas y, tras entrar en Hipona, ciudad libia, incendiaron todas las naves y muchos de los edificios. Como los habitantes bloquearon la boca del puerto con cadenas, se vieron en una situación difícil, pero salieron adelante gracias a la astucia y a la fortuna. Pues, al arremeter con ímpetu contra las cadenas, cuando los espolones de las naves estaban a punto de engancharse en ellas, los tripulantes se trasladaron a las popas, y así las proas, al aligerarse, se elevaron sobre las cadenas; luego, al saltar ellos de nuevo a las proas, las popas de las naves se elevaron. Así escaparon y, después de esto, vencieron a los cartagineses en naves cerca de Palermo. Los cónsules, Metelo Cecilio estaba cerca de Lilibeo, mientras que Numerio Fabio asediaba Drépano y tramó un plan contra el islote llamado Pelíade, ocupado por los cartagineses, enviando soldados de noche, quienes mataron a los guardias y tomaron la isla. Amílcar, al enterarse de esto al amanecer, atacó a los que habían cruzado; como Fabio no podía defenderlos, se acercó a Drépano, con la intención de tomar la ciudad por estar desguarnecida o de atraer a Amílcar fuera de la isla. Y se logró lo primero: pues Amílcar, temeroso, se retiró a la muralla. Fabio ocupó la Pelíade y, al rellenar el estrecho y pantanoso espacio entre esta y el continente, lo convirtió en tierra firme, y atacó más fácilmente la muralla por ser más débil allí. Los cartagineses los hostigaban frecuentemente navegando alrededor de Sicilia y cruzando a Italia. Intercambiaron los prisioneros hombre por hombre; y por los restantes, como no eran iguales en número, los cartagineses recibieron dinero. Desde entonces, diferentes cónsules ejercieron el cargo, pero no hicieron nada digno de historia; pues los romanos cometían el mayor error al enviar otros y luego otros gobernantes, y al cesarlos del mando justo cuando apenas estaban aprendiendo el oficio, eligiéndolos como si fuera para un ejercicio y no para un uso real. Los gálatas, que eran aliados de los cartagineses y los odiaban porque los trataban mal, al ser confiados con la guardia de una fortaleza, la entregaron a los romanos a cambio de dinero. Tras la deserción de los gálatas de los cartagineses, los romanos aceptaron a otros de sus aliados como mercenarios, sin haber mantenido antes tropas extranjeras. Animados por esto, y porque los particulares que poseían las naves habían saqueado Libia,
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ya no quisieron descuidar el mar, sino que organizaron de nuevo una flota. Fue elegido cónsul Lutacio Cátulo, y con él fue enviado Quinto Valerio Flaco como pretor. Al llegar a Sicilia, atacaron Drépano tanto por tierra como por mar y derribaron parte de la muralla; y la habrían tomado si los soldados no se hubieran distraído alrededor del cónsul al ser herido. Mientras tanto, al enterarse de que los enemigos habían llegado desde su patria con una gran flota, bajo el mando de Hannón, se dirigieron contra ellos. Y mientras se formaban para la batalla, un astro llameante apareció sobre los romanos y, elevándose desde la izquierda, se precipitó sobre los cartagineses. La batalla naval fue encarnizada por ambas partes, entre otras razones, para que los cartagineses llevaran a los romanos a la desesperación total por su flota, y estos para recuperar sus desgracias anteriores. Sin embargo, los romanos obtuvieron la victoria; pues las naves de los cartagineses, que transportaban carga además de otras cosas, grano y dinero, estaban pesadas. Hannón, tras escapar, se apresuró directamente a Cartago. Los cartagineses, presas de la ira y el miedo, crucificaron al primero y enviaron embajadores a Cátulo para pedir la paz. Para Cátulo era preferible terminar la guerra, porque, estando su mandato a punto de expirar, no esperaba tomar Cartago en poco tiempo ni quería dejar la gloria de sus esfuerzos a sus sucesores. Por ello hicieron una tregua, y dándole dinero, grano y rehenes, para que enviara embajadores a Roma con la condición de que ellos cedieran toda Sicilia a los romanos, abandonaran todas las islas circundantes, no hicieran la guerra a Hierón, entregaran parte del dinero al firmar la paz y el resto más tarde, y enviaran a sus desertores y prisioneros sin rescate, mientras que los suyos los comprarían. Tal fue el acuerdo pactado; pues Amílcar solo pidió que se evitara la humillación del yugo. Él, tras concertar esto y sacar a los soldados de las murallas, zarpó hacia su patria antes de que se prestaran los juramentos, mientras que en Roma se enteraron de la victoria en poco tiempo y se envanecieron como si hubieran vencido por completo. Y al llegar los embajadores, ya no pudieron contenerse y esperaban poseer toda Libia. Por ello, ni siquiera respetaron los acuerdos del cónsul, sino que les exigieron mucho más dinero del prometido; y les prohibieron navegar con naves largas tanto por Italia como por su alianza exterior, o utilizar mercenarios de ellos. La primera guerra de los romanos contra los cartagineses terminó así en el vigésimo cuarto año, y Cátulo celebró el triunfo por ella, mientras que Quinto Lutacio, tras ejercer el consulado, partió a Sicilia y, junto con su hermano Cátulo, estableció todo lo de allí; y desarmaron a los que estaban en ella. Sicilia fue así esclavizada por los romanos, excepto el dominio de Hierón, y a partir de esto hubo amistad entre ellos y los cartagineses. Pero ambos, poco después, se vieron envueltos en otras guerras por separado. Pues, contra los cartagineses, tanto los restos de los que habían servido como mercenarios, como los esclavos de la ciudad y muchos de los vecinos, se unieron contra ellos debido a sus desgracias. Los romanos, sin embargo, cuando los que estaban en guerra con ellos los llamaron, no accedieron, sino que, enviando embajadores a su vez y no pudiendo reconciliarlos, liberaron sin rescate a los prisioneros cartagineses que tenían, enviaron grano y permitieron que se llevaran mercenarios de su propia alianza, buscando más la reputación de equidad que preocupándose por su propio beneficio. De ahí tuvieron problemas después; pues aquel Amílcar, el Bárcida, cuando venció a sus adversarios, aunque odiaba mucho a los romanos, no se atrevió a hacerles la guerra, sino que partió hacia Iberia contra la voluntad de los gobernantes de su patria. Pero esto sucedió después; en aquel entonces, los romanos también hicieron la guerra a los faliscos, y Manlio Torcuato devastó su territorio.
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y al enfrentarse a ellos, fue derrotado en la infantería, pero venció con la caballería. Y al luchar de nuevo contra ellos, los venció, y les arrebató sus armas, sus caballos, sus enseres, sus esclavos y la mitad de su territorio. Más tarde, la antigua ciudad, situada en un monte escarpado, fue arrasada, y se construyó otra de fácil acceso. Después de esto, hicieron de nuevo guerras contra los boyos, contra los gálatas vecinos de estos y contra algunos ligures. A los ligures, Sempronio Graco los venció en batalla y los debilitó, y Publio Valerio, al enfrentarse a los gálatas, fue derrotado al principio, pero luego, al enterarse de que algunos venían de Roma en su auxilio, se enfrentó de nuevo a los gálatas, para vencer por sí mismo o morir; pues prefirió esto antes que sufrir la vergüenza de estar vivo; y de alguna manera, por fortuna, venció. En aquel entonces, esto fue lo que les sucedió a los romanos, y de los cartagineses obtuvieron de nuevo dinero por Cerdeña sin luchar, acusándolos de dañar a sus navegantes; pues los cartagineses, aún no fortalecidos, temían sus amenazas; al año siguiente, Lucio Léntulo y Quinto Flaco, al hacer campaña contra los gálatas, mientras permanecían juntos, eran invencibles, pero cuando comenzaron a saquear por separado, pensando que así obtendrían más botín, el campamento de Flaco se vio en peligro, rodeado de noche. Pero entonces los bárbaros fueron rechazados, y tras conseguir aliados con gran fuerza, marcharon de nuevo contra los romanos. Al encontrarse con ellos Publio Léntulo y Licinio Varo, esperaban que, debido a su gran número, los asustarían incluso sin batalla; y enviaron a exigir el territorio alrededor de Arímino y ordenaron que se desalojara la ciudad como si fuera suya. Los cónsules, no atreviéndose a enfrentarse por su escasez de tropas ni atreviéndose a ceder nada, pactaron una tregua para enviar embajadores a Roma. Estos, al llegar al senado, dijeron lo mismo. Como los embajadores no obtuvieron nada de lo que pedían, regresaron al campamento. Y encontraron sus asuntos arruinados; pues algunos de sus aliados, arrepentidos y temerosos de los romanos, se volvieron contra los boyos, y muchos murieron por ambas partes, y de ahí los restantes regresaron a sus casas, y los boyos hicieron un tratado sobre una gran parte de su territorio. Ya terminadas las guerras gálatas, Léntulo hizo campaña contra los ligures, rechazó a los que atacaban y tomó algunas fortificaciones. Varo, al dirigirse a Córcega y no poder cruzar por falta de naves, envió a un tal Claudio Clineas con una fuerza. Este, tras asustar a los corsos, entró en negociaciones y, como si fuera plenipotenciario, pactó. Varo, sin preocuparse por los tratados, hizo la guerra a los corsos hasta que los sometió. Los romanos, fingiendo no saber de la violación del tratado, les enviaron a Claudio entregándolo; como no fue aceptado, lo expulsaron. Al estar a punto de hacer la guerra a los cartagineses, por dañar a sus comerciantes, no lo hicieron, sino que, tras exigir dinero, renovaron los tratados. Pero ni siquiera así los tratados iban a durar mucho. Los asuntos de los cartagineses fueron pospuestos, y marcharon contra los sardos que no les obedecían; y vencieron. Después de esto, los cartagineses convencieron a los sardos de rebelarse secretamente contra los romanos. A estos se unieron los corsos y los ligures no permanecieron tranquilos. Al año siguiente, los romanos, dividiendo sus fuerzas en tres partes para que, al ser atacados todos a la vez, no pudieran ayudarse mutuamente, enviaron a Postumio Albino a Liguria, a Espurio Carvilio contra los corsos, y a Cerdeña al pretor Publio Cornelio. Los cónsules, no sin esfuerzo, pero no lentamente, cumplieron lo que se les ordenó; Carvilio sometió a los sardos, que no pensaban nada moderado, en una batalla fuerte; pues Cornelio y muchos de sus soldados murieron por enfermedad.
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y cuando los romanos se retiraron de su territorio, los sardos y los ligures se rebelaron de nuevo. Quinto Fabio Máximo fue enviado contra los ligures, y a Cerdeña, Pomponio Manio. A los cartagineses, considerándolos enemigos por ser los causantes de las guerras para ellos, enviaron embajadores para exigirles dinero y les ordenaron salir de todas las islas como si les pertenecieran. Manifestando su intención, les enviaron una lanza y un caduceo, ordenándoles elegir lo que quisieran. Ellos, sin amedrentarse, respondieron con dureza a otras cosas y dijeron que no elegirían ninguna de las cosas enviadas, pero que aceptarían con gusto cualquiera que dejaran. Desde entonces se odiaban, pero dudaban en comenzar la guerra. Al moverse de nuevo los sardos contra ellos, ambos cónsules, Marco Maleolo y Marco Emilio, hicieron campaña. Y tomaron muchos botines, pero al acercarse a los corsos, se los arrebataron. Por ello, después de esto, los romanos se dirigieron contra ambos. Marco Pomponio llevó la guerra a los sardos, y al enterarse de que la mayoría de ellos se habían escondido en cuevas boscosas y difíciles de encontrar, y no pudiendo encontrarlos, hizo traer perros de Italia de buen olfato, y a través de ellos, encontrando el rastro tanto de los hombres como del ganado, capturó mucho; Cayo Papirio expulsó a los corsos de las llanuras, pero al forzarlos hacia las montañas, perdió a muchos en emboscadas, y habría perdido a más por falta de agua, si no hubiera aparecido agua tarde y convencido a los corsos de llegar a un acuerdo. En este tiempo, Amílcar, el general de los cartagineses, murió tras ser vencido por los iberos. Pues, al enfrentarse a ellos, llevaron carros llenos de antorchas y brea frente al ejército de los cartagineses, y al acercarse los encendieron, y aguijonearon a las bestias que los tiraban. Y tras esto, al confundirse los adversarios, dispersarse y huir, los siguieron y mataron a él y a muchos otros. Y él, que había florecido al máximo, murió así, y al morir fue sucedido por Asdrúbal, su yerno. Y adquirió mucho de Iberia, y construyó en ella una ciudad, Cartago, con el mismo nombre que su patria. Los boyos y los otros gálatas, que vendían muchos otros botines y, sobre todo, muchos prisioneros, temiendo los romanos que alguna vez usaran el dinero contra ellos, prohibieron a cualquiera dar plata u oro a un hombre gálata. Desde entonces, los cartagineses, al enterarse de que los cónsules Marco Emilio y Marco Junio habían ido a Liguria, se prepararon para marchar sobre Roma. Al enterarse de esto los cónsules, y al marchar todos juntos contra ellos, se asustaron y se encontraron con ellos como amigos. Y ellos fingieron que no iban contra ellos, sino a través de su territorio hacia los ligures. Los romanos cruzaron el Jónico y tocaron el continente griego; el pretexto para el viaje fue el siguiente. Issa es una isla situada en el golfo Jónico. Sus habitantes, llamados isseos, se entregaron voluntariamente a los romanos, molestos por su gobernante Agrón, rey de los sardos, de linaje ilirio. Contra él enviaron embajadores los cónsules. Como él murió dejando a un hijo pequeño como sucesor, su esposa, madrastra del niño, dirigía el gobierno de los sardos. No trató a los embajadores con moderación, sino que, al hablar con franqueza, a unos los encarceló y a otros los mató. Cuando los romanos votaron la guerra contra ella, se asustó, prometió devolver a los embajadores supervivientes y decía que los muertos habían sido asesinados por piratas. Cuando los romanos exigieron a los culpables, dijo que no entregaría a nadie y envió un ejército contra Issa. Luego, asustada de nuevo, envió a un tal Demetrio a los cónsules, diciendo que estaba dispuesta a obedecerles en todo. Y se hicieron tratados con el enviado, entregándoles Corcira. Cuando los
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cruzaron a la isla, se envalentonó de nuevo, como mujer de mente ligera y voluble, y envió un ejército contra Epidamno y Apolonia. Cuando los romanos rescataron las ciudades y capturaron sus naves que venían del Peloponeso con dinero, y saquearon los lugares costeros, y Demetrio, debido a la insensatez de ella, se pasó a los romanos y convenció a otros de desertar, ella se asustó y se retiró del mando. Y Demetrio tomó el mando como tutor del niño, mientras que los romanos fueron elogiados por los corintios por esto, participaron en los juegos Ístmicos, y Plauto venció en el estadio. También hicieron amistad con los atenienses y participaron de su ciudadanía y de sus misterios. El nombre ilirio antiguamente se aplicaba a otros, pero más tarde se trasladó al continente superior y más allá de Macedonia, Tracia, dentro del Hemo y hacia Ródope, y está en medio de estas montañas y los Alpes, del río Hemo y del Istro hasta el Ponto Euxino, y en parte se extiende más allá del Istro. Como una vez llegó un oráculo a los romanos de que griegos y gálatas tomarían la ciudad, dos gálatas y otros dos griegos, un hombre y una mujer, fueron enterrados vivos en el mercado, para que así el destino pareciera cumplido y se creyera que, al estar enterrados, poseían algo de la ciudad. Después de esto, los sardos, considerándolo una afrenta que un general romano estuviera siempre establecido sobre ellos, se rebelaron; pero fueron esclavizados de nuevo. Los insubros, linaje gálico, tras tomar como aliados a los de su misma raza de más allá de los Alpes, llevaron armas contra los romanos; por lo que también ellos se prepararon. Tras saquear los bárbaros algunas cosas, finalmente, al ocurrir una gran tormenta de invierno por la noche, sospecharon que la divinidad se les oponía y se desanimaron, y asustados intentaron buscar la salvación en la huida. Régulo los persiguió, y al enfrentarse a los que protegían la retaguardia, fue derrotado y murió; Emilio, tras ocupar una colina, permaneció tranquilo. Al ocupar los gálatas otra, permanecieron quietos durante algunos días, luego los bárbaros, por la ira de lo sucedido y el orgullo de la victoria, bajaron corriendo y se enfrentaron. Durante mucho tiempo lucharon con fuerzas iguales, pero al final los romanos, rodeándolos con la caballería, los masacraron, tomaron su campamento y se llevaron los botines. Después de esto, Emilio dañó a los de los boyos, celebró el triunfo y llevó a los principales de los capturados armados al Capitolio, burlándose de ellos por haber jurado no quitarse las corazas antes de subir al Capitolio. A partir de esto, adquirieron todo el territorio de los boyos y cruzaron el Erídano por primera vez contra los insubros y saquearon su territorio. Al ocurrir prodigios en este tiempo, los que estaban en Roma se llenaron de gran miedo; pues un río en el Piceno fluyó con sangre, en Tirrenia pareció que el cielo ardía mucho, en Arímino brilló una luz de noche parecida al día, en muchos lugares de Italia aparecieron tres lunas de noche, y en el mercado se posó un buitre durante varios días. Debido a estos prodigios y porque algunos decían que los cónsules habían sido elegidos ilegalmente, los llamaron. Al recibir las cartas, los cónsules no las leyeron de inmediato, al estar apenas preparándose para la guerra, sino que, tras enfrentarse, vencieron. Después de la batalla, al leerse la carta, Furio obedeció de inmediato, pero Flaminio, envalentonado por la victoria, demostró que su elección era correcta a través de ella y, debido a la envidia hacia él, insistía en que los poderosos mentían sobre la divinidad. Por tanto, no quiso retirarse antes de establecer todo y dijo que enseñaría a los de casa a no dejarse engañar prestando atención ni a los pájaros ni a nada parecido. Él quería permanecer en el lugar e intentaba retener a su colega, pero Furio no obedeció. Los que estaban con Flaminio, al temer ser abandonados y sufrir algo por parte de los enemigos, y al rogarle que esperara algunos días, fue convencido, aunque no pasó a la acción. Flaminio, recorriendo el territorio, lo talaba y destruía algunas fortificaciones, y regaló todos los botines a los soldados, ganándoselos. Al regresar tarde a casa, fueron acusados por el senado de desobediencia, pues por la ira contra Flaminio deshonraron también a Furio, pero la multitud, rivalizando a favor de Flaminio, votó los triunfos. Y tras celebrarlos, dejaron el cargo. Otros cónsules, Claudio Marcelo y Cneo Escipión, elegidos en su lugar, hicieron campaña contra los insubros; pues no votaron la paz a los que la pedían. Ambos, al principio, al luchar, vencían en la mayoría de las cosas, luego, al enterarse de que su alianza era saqueada, se dividieron. Marcelo, al ir rápidamente contra los que saqueaban la alianza, no los encontró allí, pero persiguió a los que huían y, al enfrentarse, los venció, mientras que Escipión, permaneciendo en el lugar, asediaba Aceras, y al tomarlas las convirtió en base de la guerra, por ser oportunas y bien fortificadas. Desde allí, partiendo, sometieron Mediolano y otra pequeña ciudad. Al ser tomadas estas, los restantes insubros también llegaron a un acuerdo con ellos, dando dinero y parte de la tierra. Luego, Publio Cornelio y Marco Minucio hicieron campaña contra el Istro, y sometieron a muchas de las naciones de allí, unas por la guerra y otras por acuerdos. Lucio Veturio y Cayo Lutacio llegaron hasta los Alpes, y sin batalla se ganaron a muchos. Sin embargo, el gobernante de los sardos, Demetrio, como se ha dicho arriba, era odioso para los habitantes, cometía crímenes contra los vecinos y parecía abusar de la amistad de los romanos para cometer injusticias. Al darse cuenta de esto, los cónsules Emilio Paulo y Marco Livio lo llamaron. Como no obedeció, sino que incluso atacó su alianza, hicieron campaña contra él mientras estaba en Issa. Y al enterarse de antemano de que estaba fondeado en algún lugar de los desembarcaderos, enviaron parte de las naves a enfrentarse por el otro lado de la isla. Y tras esto, al volverse los ilirios contra ellos como si fueran los únicos, ellos, con calma, navegaron y acamparon en un lugar adecuado, y al atacarles los habitantes ese mismo día, los rechazaron con ira por el engaño. Al huir Demetrio a Faro, otra isla, navegaron también hacia ella, vencieron a los que se oponían y tomaron la ciudad por traición, mientras Demetrio huía. Él, que entonces fue a Macedonia con mucho dinero ante el rey Filipo, no fue entregado por él, pero al regresar ante los ilirios, fue capturado por los romanos y juzgado. Al año siguiente, los romanos se enemistaron abiertamente con los cartagineses, y esta guerra resultó ser mucho menor en tiempo que la anterior, pero en hechos y sufrimientos, mayor y más difícil. Esta fue provocada sobre todo por Aníbal, general de los cartagineses. Este Aníbal era hijo de Amílcar el Bárcida, y desde niño fue entrenado contra los romanos. Pues Amílcar decía que criaba a todos sus hijos como cachorros contra ellos, y al ver que aquel sobresalía mucho por naturaleza, le hizo jurar que les haría la guerra y por esto le enseñaba, entre otras cosas, las artes de la guerra aún más, teniendo quince años; por lo que no pudo sucederle en el mando al morir su padre. Pero cuando Asdrúbal murió, ya no dudó, teniendo entonces veintiséis años, sino que tomó inmediatamente el ejército en Iberia y, tras ser proclamado general por ellos, lo dirigió y obtuvo la confirmación del mando por parte de los gobernantes de su patria. Tras hacer esto, necesitaba un pretexto decoroso para el ataque contra los romanos, y lo hizo con los zacintios que estaban en Iberia. Pues estos, viviendo no lejos del río
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un desprendimiento de los europeos. Pues, habiendo puesto en otro tiempo a Breno como rey sobre ellos, invadieron Grecia y Tracia, y desde allí, cruzando hacia Bitinia, se apoderaron de ciertas partes de Frigia, Paflagonia, Misia junto al Olimpo y Capadocia, y se establecieron en ellas; y hoy son una nación propia que lleva el nombre de gálatas. Estos, ciertamente, causaron problemas a Manlio. Pero él también los venció, tomando la ciudad de Ancira por asalto y sometiendo a las otras mediante un acuerdo. Tras realizar esto y recibir una considerable suma de dinero de Ariarates, el rey de los capadocios, a cambio de la paz, partió hacia su hogar. Los etolios, habiendo enviado embajadores por segunda vez a Roma en busca de paz, volvían a rebelarse. Por ello, los romanos despidieron inmediatamente a los embajadores y encomendaron Grecia a Marco Fulvio. Este se dirigió primero a la ciudad de Ambracia, que era grande, pues en otro tiempo fue la residencia real de Pirro, pero entonces estaba ocupada por los etolios, y la sitió. Los etolios, por tanto, parlamentaron con él en busca de paz; y como no quiso pactar, enviaron una parte de su ejército a Ambracia. Los romanos intentaron tomar la ciudad mediante un túnel y excavaban desde lejos; al principio pasaban inadvertidos para los sitiados, pero cuando se acumuló la tierra, sospecharon lo que ocurría. Desconociendo por dónde se excavaba, colocaron un escudo de bronce sobre el suelo a lo largo del recinto; y al conocer el lugar por el eco, ellos mismos excavaron desde dentro y, al acercarse a los romanos, entablaron combates subterráneos. Finalmente, idearon un artificio de este tipo: llenaron una gran vasija de plumas, le prendieron fuego y le pusieron una tapa de bronce perforada en muchos lugares; llevaron la vasija al túnel y, dirigiendo su boca hacia los enemigos, introdujeron un fuelle en el fondo y, al aplicar aire con él, hacían que saliera un humo muy denso y molesto, como el que producen las plumas, que ninguno de los romanos pudo soportar. Por ello, los romanos, desesperados, pactaron y levantaron el sitio. Al acordarlo ellos, también los etolios cambiaron de parecer y lograron una tregua, y luego la paz, por parte del pueblo, entregando mucho dinero y también muchos rehenes. Fulvio sometió Cefalonia mediante un acuerdo y pacificó el Peloponeso, que estaba en sedición. Más tarde, siendo cónsules Cayo Flaminio y Emilio Lépido, murió Antíoco y le sucedió su hijo Seleuco; y al morir también este mucho tiempo después, reinó Antíoco, quien estaba como rehén en Roma. Filipo, por su parte, se atrevió a rebelarse porque fue privado de algunas ciudades en Tesalia y, además de ellas, de Eno y Maronea, pero no pudo debido a su vejez y a los sucesos ocurridos con sus hijos. También algunos gálatas, al cruzar los Alpes, quisieron fundar una ciudad dentro de ellos. Marco Marcelo les arrebató las armas y todo lo demás que llevaban; pero los romanos, al presentarse ellos como embajadores, les devolvieron todo con la condición de que se retiraran inmediatamente. En aquel tiempo murió también Aníbal. Pues, habiendo sido enviados embajadores desde Roma a Prusias, el soberano de Bitinia, por otros asuntos y también para que entregara a Aníbal, que estaba con él, este, al enterarse de antemano y no pudiendo escapar, se dio muerte a sí mismo. Habiendo recibido en otro tiempo un oráculo de que moriría en la tierra de Libisa, esperaba morir en su patria, Libia, pero resultó que murió en un lugar que casualmente se llamaba Libisa. También Escipión el Africano falleció entonces. Filipo, rey de los macedonios, murió tras matar a su hijo Demetrio y estar a punto de asesinar a su otro hijo, Perseo. Pues, como Demetrio se había vuelto querido por los romanos a raíz de su estancia como rehén, y tanto él como el resto de los macedonios esperaban que recibiría el reino después de Filipo, Perseo le tuvo envidia, ya que era mayor que él, y lo calumnió acusándolo de conspirar contra su padre. Aquel murió obligado a beber veneno, pero
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Filipo, no mucho después, al conocer la verdad, quiso vengarse de Perseo, pero no tuvo fuerzas; murió él mismo y Perseo le sucedió en el reino. Los romanos confirmaron esto para él y renovaron la amistad paterna. En los tiempos siguientes ocurrieron algunas cosas, pero no tan necesarias como para ser consideradas dignas de ser escritas. Más tarde, Perseo se declaró enemigo de los romanos. Para ganar tiempo antes de la guerra hasta estar preparado, envió embajadores a Roma para disculparse, tal vez, de aquello de lo que era acusado. Los romanos no los recibieron ni siquiera dentro de la muralla y, tras tratar con ellos fuera de la ciudad, no respondieron otra cosa sino que enviarían a un cónsul con quien hablaría de todo lo que quisiera. Los hicieron partir el mismo día, dándoles incluso guías para que no se relacionaran con nadie, y prohibieron a Perseo pisar Italia en el futuro. Los romanos, después de esto, enviaron al pretor Cneo Sicinio con una fuerza pequeña, pues aún no habían preparado la mayor, y Perseo, al entrar en Tesalia, se apropió de la mayor parte de ella; pero cuando llegó la primavera, enviaron contra él a Licinio Craso y, como comandante de la flota, a Cayo Lucrecio. Al encontrarse primero cerca de Larisa con Perseo en un combate de caballería, fracasó; sin embargo, más tarde prevaleció, de modo que Perseo se retiró a Macedonia. Craso atacó las ciudades griegas que estaban ocupadas por Filipo; fue rechazado en la mayoría, pero sometió a algunas; y tras arrasar algunas, vendió a los capturados. Los que estaban en Roma, al enterarse, se indignaron, castigaron más tarde a Craso con multas, liberaron a las ciudades capturadas y rescataron a los vendidos de ellas que fueron encontrados entonces en Italia de manos de quienes los habían comprado. Esto hicieron así los romanos, pero en la guerra contra Perseo sufrieron muchos y grandes infortunios, y sus asuntos sufrieron en muchos lugares, y Perseo se apoderó de la mayor parte de Epiro y Tesalia. Pues reunió una gran fuerza adicional y había entrenado a una falange de hoplitas contra los elefantes de los romanos, reforzando sus escudos y cascos con clavos afilados. Y para que no fueran temibles para los caballos, preparó figuras de elefantes que tenían un olor terrible debido a cierto ungüento, y que eran temibles también de ver y oír, pues emitían un sonido atronador a propósito, y los acercaba continuamente a ellos hasta que se acostumbraron. Perseo, pues, adquirió gran confianza por esto y se ilusionó con que superaría a Alejandro en gloria y en la magnitud de su imperio; pero los que estaban en Roma, al enterarse de esto, enviaron con urgencia al cónsul Marcio Filipo. Este, al llegar a Tesalia al campamento, entrenó a los romanos y a los aliados, de modo que Perseo, temiendo, se mantuvo tranquilo en Dio, en Macedonia, y junto a Tempe, y vigiló los pasos. Filipo, animado por esto, cruzó a través de las montañas y se apoderó de parte de los dominios de Perseo. Al avanzar hacia Pidna, escaseó de suministros y regresó a Tesalia. Perseo volvió a cobrar ánimo, recuperó lo que Filipo había ocupado y molestaba frecuentemente a los romanos con su flota, atrajo aliados y esperaba expulsar a los romanos de Grecia por completo. Pero debido a su excesiva e inoportuna tacañería, y al desprecio hacia los aliados que esta provocaba, se debilitó de nuevo. Pues, a medida que los asuntos de los romanos cedían y los suyos aumentaban, se volvió arrogante, como si ya no necesitara a los aliados, y no les daba el dinero que les había prometido. Al enfriarse el entusiasmo de unos y abandonarlo otros por completo, se desesperó tanto que incluso pidió una tregua. Y habría conseguido esto a través de Eumenes, si los rodios no hubieran enviado también embajadores; pues estos, al hablar con arrogancia a los romanos, impidieron que él obtuviera la tregua. Desde entonces, la guerra contra él fue encomendada a Paulo Emilio, que era cónsul por segunda vez.
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quien, trasladado con urgencia a Tesalia y habiendo organizado los asuntos de los soldados, forzó el paso a través de Tempe, pues pocos los custodiaban, y se lanzó contra Perseo. Como este había bloqueado el río Elpeo, que estaba en medio, y habiendo ocupado de antemano todo el espacio entre el Olimpo y el mar, lo hizo intransitable con muros de piedra, empalizadas y construcciones, y confiaba también en la falta de agua del lugar, el cónsul intentó pasar aun así, y se procuró un remedio para la falta de agua. Pues, al cavar la arena en las estribaciones del Olimpo, encontró agua abundante y potable. En esto llegaron embajadores de los rodios ante él con la misma audacia con la que habían enviado embajadores a Roma antes. Él, sin decirles nada más que les daría respuesta en pocos días, los despidió. Como al atacar no lograba nada, y supo qué montañas eran transitables, envió una parte del ejército al paso más difícil de ellas para ocupar los puntos estratégicos, pues debido a su difícil acceso tenía una guardia mínima, mientras que él mismo se acercó a Perseo con el resto del ejército, para que no sospechara nada y reforzara más estrictamente la vigilancia de las montañas. Después de esto, al ser ocupadas las cumbres de noche, se lanzó hacia las montañas y, en parte ocultándose y en parte forzando el paso, las cruzó. Al enterarse Perseo, y temiendo que le atacaran por la espalda o que ocuparan Pidna antes— pues la flota de los romanos navegaba al mismo tiempo—, abandonó la fortificación junto al río y, apresurándose hacia Pidna, acampó delante de la ciudad. Paulo también llegó allí, pero no se enfrentaron inmediatamente, sino que pasaron no pocos días. Al saber Paulo que la luna iba a eclipsarse, reunió al ejército hacia el atardecer, cuando debía ocurrir el eclipse, y predijo lo que sucedería, aconsejando que no se perturbaran por ello. Los romanos, al ver el eclipse, no sospecharon ningún mal de él, pero los macedonios sintieron miedo por esto y pensaron que el prodigio se dirigía contra Perseo. Estando ambos así, un suceso fortuito al día siguiente los hizo chocar en una batalla no declarada y puso fin a la guerra. Pues, como una bestia de carga de los romanos cayó al agua de la que se abastecían, y los macedonios se apoderaron de ella y los aguadores se resistieron, al principio estos lucharon por su cuenta, luego los demás, ayudando a los suyos, salieron poco a poco de los campamentos y todos chocaron de ambos bandos. Y tras una batalla desordenada pero intensa, los romanos prevalecieron y, persiguiendo a los macedonios hasta el mar, mataron a muchos ellos mismos y entregaron a muchos otros para ser asesinados por la flota que navegaba cerca. No habría quedado ninguno de ellos si la noche no los hubiera ayudado; pues la batalla ocurrió hacia el atardecer. Perseo, habiendo huido a Anfípolis como para recoger a los supervivientes y reorganizar los asuntos, al saber que nadie había acudido a él salvo mercenarios cretenses y que Pidna y otras ciudades habían optado por los romanos, se trasladó de allí y, poniendo en barcos el dinero que llevaba, navegó de noche hacia Samotracia. Al enterarse poco después de que Octavio, que estaba al mando de la flota, navegaba hacia allí, y que Paulo estaba presente en Anfípolis, le envió una carta pidiendo pactar. Y como se llamó rey en la carta, no obtuvo ni respuesta. Más tarde, al enviar una carta sin tal apelación, aceptó el discurso sobre la tregua, pero dijo que no pactaría de otro modo si no se entregaba a sí mismo y todo lo suyo a los romanos. Y por esto no pactaron. Después de esto, al ser reclamado por los romanos un tal Evandro, cretense, que había servido mucho contra ellos y era muy fiel a él, no lo entregó, temiendo que delatara lo que sabía de él, sino que, matándolo en secreto, fingió que se había suicidado. Entonces, los que estaban con él
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temiendo su deslealtad— pues no ignoraban lo ocurrido—, comenzaron a desertar. Y él, temiendo ser entregado a los romanos, intentó huir de noche. Y habría escapado al refugiarse con Cotis, un soberano tracio, si los cretenses no lo hubieran abandonado; pues, cargando el dinero en los barcos, partieron hacia su hogar. Él permaneció allí algunos días ocultándose con Filipo, uno de sus hijos, pero cuando supo que Octavio había capturado a los otros hijos y al séquito, se entregó voluntariamente. Al ser llevado a Anfípolis, Paulo no lo maltrató, sino que lo recibió, lo hizo comer a su mesa, lo mantuvo bajo custodia sin cadenas y lo tuvo con atención. Después de esto, fue trasladado a Italia a través de Epiro. Plutarco dice que Perseo fue llevado ante Emilio, y que se encontró con él llorando, y que aquel se arrojó a sus pies y, agarrándose de sus rodillas, profirió palabras innobles. Y que Emilio, mirándolo con rostro dolorido, dijo:"¿ Por qué, desdichado, haces esto? Con lo que parecerá que no injustamente sufres la desgracia, ni que te has hecho indigno del destino actual, sino del antiguo.¿ Por qué abates mi victoria y empequeñeces mi logro, mostrándote un adversario no noble ni digno de los romanos? La virtud tiene una gran parte incluso entre los desgraciados ante los enemigos, pero la cobardía, incluso si tiene éxito, es siempre lo más deshonroso para los romanos". En el mismo tiempo, Lucio Anicio, general enviado contra Gentio, venció a los que se enfrentaron a él y, tras perseguir a Gentio, que huía, lo encerró en Escodra, donde tenía sus palacios. Y en vano habría asediado la ciudad, pues está construida sobre la cima de una montaña y rodeada por profundos barrancos que tienen ríos caudalosos, y está ceñida por una muralla fuerte, si Gentio, confiando mucho en su fuerza, no hubiera salido voluntariamente a la batalla. Y a partir de esto, Anicio se apoderó de todo su imperio y, avanzando hasta Epiro, antes de que llegara Paulo, pacificó también aquella región que estaba en disturbios. Los que estaban en Roma supieron de la victoria de Paulo el cuarto día después de la batalla por un rumor, pero no lo creían con exactitud. Luego, al llegar cartas de Paulo sobre esto, se alegraron en extremo, y no celebraron como si hubieran vencido a Perseo y ganado Macedonia, sino como si hubieran vencido a aquel Filipo, el grande, y al mismo Alejandro con todo aquel imperio que había tenido. Al llegar Paulo a Roma, se le decretaron muchas cosas y su procesión triunfal fue brillantísima. Pues envió todo lo demás que había sido capturado, y envió también a Bitio, el hijo de Cotis, y a Perseo y a su mujer y a sus tres hijos en calidad de prisioneros. Temiendo, por el exceso de buena fortuna, que la divinidad les tuviera envidia, oró también él, según Camilo, para que ningún mal ocurriera a la ciudad por esto, sino a él mismo, si fuera necesario; y perdió a dos hijos, uno poco antes del triunfo y otro en la misma fiesta de la victoria. No solo era bueno como general, sino también despreciador del dinero. Prueba de ello es que, siendo cónsul por segunda vez y habiendo obtenido riquezas incalculables, vivió en tal pobreza que la dote de su mujer fue devuelta con dificultad tras su muerte. De los capturados, Bitio fue entregado como dote al padre, y Perseo fue confinado en Alba con sus hijos y su séquito; y allí resistió mientras esperaba recuperar el reino, pero cuando se desesperó, se suicidó. Filipo, su hijo, y su hija murieron poco después; solo el más joven sobrevivió durante algún tiempo trabajando como escribiente para los magistrados de los albanos. Así, Perseo, que se jactaba de haber nacido de veinte reyes, y que hablaba mucho de Filipo y más de Alejandro, perdió el reino, fue hecho prisionero y desfiló en el triunfo, llevando cadenas junto con la diadema. Los rodios, que antes se comportaban con arrogancia ante los romanos, entonces no quisieron que les guardaran rencor, y los que antes no aceptaban ser llamados aliados suyos, entonces se esforzaron mucho por conseguirlo; y consiguieron su propósito, pero tarde. Los romanos estaban enfadados con los cretenses, pero al usar estos muchas súplicas, finalmente abandonaron su ira. Prusias y Eumenes, el primero, al ir por sí mismo a la ciudad, entrar en el senado, besar el umbral y adorar a los senadores, fue compadecido y absuelto, y Eumenes obtuvo a través de su hermano Átalo que no le guardaran rencor. En aquel tiempo también se arreglaron los asuntos de Capadocia. Ariarates, que gobernaba allí, tuvo un hijo legítimo, Ariarates. Pero antes de tenerlo, como su mujer no concebía desde hacía mucho tiempo, adoptó a un niño llamándolo Orofernes. Al nacer después el legítimo, aquel fue descubierto y expulsado. Este, tras la muerte de Ariarates, se levantó supuestamente contra su hermano. Eumenes ayudaba a Ariarates, y Demetrio, el rey de los sirios, a Orofernes. Al ser derrotado Ariarates, huyó a los romanos y fue declarado por ellos copartícipe del reino con Orofernes. Como Ariarates era llamado amigo y aliado de los romanos, se apropió de todo el imperio a partir de esto. Átalo también, al suceder a Eumenes tras su muerte, expulsó completamente a Orofernes y a Demetrio de Capadocia. El que gobernaba Egipto, Ptolomeo, murió dejando dos hijos y una hija. Como los hermanos se pelearon entre sí por el poder, Antíoco, hijo de Antíoco el Grande, recibió al más joven que había sido expulsado, para entrar en los asuntos de los egipcios con el pretexto de ayudarle. Tras marchar contra Egipto, se apoderó de la mayor parte del país y sitió Alejandría. Como los otros huyeron a los romanos, Popilio, enviado ante Antíoco, le ordenó abstenerse de Egipto; pues los hermanos, al comprender la intención de Antíoco, se reconciliaron. Como aquel pospuso la respuesta, trazó un círculo a su alrededor con un bastón y allí mismo, estando él de pie, le exigió deliberar y responder. Desde entonces, Antíoco, temiendo, levantó el sitio. Al verse libres del miedo exterior, los Ptolomeos, pues así eran llamados ambos, se pelearon de nuevo. Luego se reconciliaron otra vez por los romanos con la condición de que el mayor tuviera Egipto y Chipre, y el otro los asuntos en torno a Cirene; pues esto también era de los egipcios entonces. El menor, indignado por la disminución, llegó a Roma; y obtuvo de ellos también Chipre. El mayor hizo nuevos pactos con el menor, dando algunas ciudades a cambio de Chipre y acordando pagar dinero y trigo. Al morir Antíoco después de esto y dejar el reino a un hijo homónimo, confirmaron esto para él y enviaron a tres hombres como tutores, pues era pequeño. Estos, al encontrar elefantes y trirremes contra los tratados, ordenaron matar a todos los elefantes y administraban lo demás según lo que convenía a Roma. Por esto, Lisias, a quien se le había confiado la tutela del rey, incitó a la multitud a expulsar a los romanos y a matar a Cayo Octavio. Al ocurrir esto, él envió inmediatamente embajadores a Roma disculpándose por lo sucedido, y Demetrio, hijo de Seleuco, hijo del niño Antíoco, que estaba como rehén en Roma a la muerte de su padre y privado del reino por Antíoco, el tío, al conocer la muerte de Antíoco, reclamó el imperio paterno, pero ellos no le ayudaron en esto ni le permitieron salir de Roma. Y él, aunque molesto, permanecía tranquilo. Pero cuando ocurrieron los asuntos de Lisias, ya no dudó, sino que huyó; y desde Licia envió una carta al senado diciendo que no tenía intención contra su primo Antíoco— pues así llamaban los antiguos a los primos—, sino contra Lisias, para vengar a Octavio. Al apresurarse a Trípoli de Siria y someterla como enviado por los romanos para el reino— pues nadie sospechaba su huida—, y tras apoderarse de Apamea y reunir una fuerza, marchó contra Antioquía, y al niño y a Lisias, que salieron a su encuentro amistosamente— pues temían a los romanos y no se opusieron—, los destruyó, recuperó el reino y envió a Roma una corona y a los asesinos de Octavio. Pero ellos, enfadados con él, no aceptaron ninguna de las dos cosas. Después de esto, los romanos hicieron campaña contra los dálmatas. Esta nación es de los ilirios que están junto al golfo Jónico, a quienes los griegos llamaban taulantios, y se encuentran en parte de Dirraquio. La causa de la guerra fue que hacían daño a algunos de los vecinos que estaban en amistad con los romanos, y al enviar embajadores los romanos en su nombre, no respondieron nada moderado, sino que incluso capturaron y mataron a los embajadores de los otros. Escipión Nasica los sometió al hacer campaña contra ellos; pues tomó sus ciudades y vendió a los prisioneros. También ocurrieron otras cosas en aquellos tiempos, pero no dignas de memoria ni de historia. Desde entonces se reavivó de nuevo la tercera guerra contra los cartagineses. Pues ellos no soportaban ser disminuidos, sino que preparaban también alianzas y una flota para la preparación de la guerra contra los nómadas, contra los tratados; los romanos, como habían arreglado los otros asuntos según su voluntad, no se quedaron tranquilos, sino que, enviando a Escipión Nasica, les reprocharon esto y les ordenaron disolver la preparación. Y como ellos culpaban a Masinisa y se negaban a hacer lo ordenado debido a la guerra contra él, les hicieron un pacto con Masinisa y los convencieron de cederle parte del territorio. Como no escuchaban más, los romanos, tras esperar un poco, al enterarse de que habían sido derrotados en una gran batalla contra Masinisa, les declararon inmediatamente la guerra. Los cartagineses, al enterarse, no estando bien por la desgracia, se asustaron y enviaron embajadores a Roma en busca de alianza, pues otros vecinos también los atacaban, y prometieron ceder en todo a los romanos. Pues, no teniendo intención de cumplir los tratados, prometían todo fácilmente. Al reunir el senado una deliberación sobre esto, Escipión Nasica aconsejaba aceptar la embajada de los cartagineses y hacer tratados con ellos, pero Marco Catón decía que no debían pactar con ellos ni levantar el decreto de guerra. Los senadores aceptaron la súplica de los embajadores, prometieron concederles tratados y pidieron rehenes por ello. Lucio Marcio y Marco Manilio, al llegar a Sicilia, recibieron a los que fueron enviados allí. Y enviaron a estos a Roma, mientras ellos se apoderaron de África con urgencia. Y al acampar, hicieron llamar a los magistrados de los cartagineses allí; y cuando llegaron, no revelaron todo lo que pedían a la vez, temiendo que, al saberlo de antemano, se lanzaran a la guerra con sus asuntos intactos. Al principio pidieron trigo y lo recibieron, luego las trirremes y, además de estas, las máquinas, luego pidieron las armas. Al recibirlo todo— pues los cartagineses tenían mucha otra preparación oculta—, finalmente les ordenaron arrasar su ciudad y construir otra en el interior, sin murallas, a ochenta estadios del mar. Ante esto, los cartagineses se deshicieron en lágrimas y, como si hubieran sido capturados, se lamentaban y pedían a los cónsules que no los obligaran a ser verdugos de su patria. Como no lograban nada, sino que se les ordenaba hacer lo mandado o reanudar la guerra, muchos permanecieron allí ante los romanos como si ya hubieran vencido, pero los otros, al regresar, mataron a algunos de sus propios magistrados porque no habían elegido la guerra desde el principio, destruyeron a los romanos que fueron encontrados dentro de la muralla y se lanzaron a la guerra. Por ello, liberaron a todos los esclavos, hicieron regresar a los exiliados y nombraron general a Asdrúbal.
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« dar a la gerusía tiempo de mando para César», pero él dijo que« dará», golpeando con la mano la empuñadura de su espada. Entonces se presentó la propuesta de que, si César no deponía las armas en un día determinado, se le considerara enemigo. Como Antonio y los que actuaban en nombre de César exigían que tanto César como Pompeyo depusieran sus cargos, todos estuvieron de acuerdo con la propuesta. Pero cuando llegaron cartas de César en las que cedía en lo demás, pero exigía que se le entregara la provincia de la Galia Cisalpina y el Ilírico con dos legiones, Pompeyo concedía lo demás, pero le quitaba los soldados. Los cónsules expulsaron del Senado a Antonio y a los que estaban con él. Estos, por miedo, disfrazados con ropas de esclavos, salieron de Roma en carros alquilados. Él incitó a los soldados, al ver a hombres ilustres y magistrados ultrajados. César, tras muchas reflexiones y haber tenido opiniones diversas, al final, pronunciando esta frase común:« que se eche la suerte», se puso en marcha, cruzó el río Rubicón y tomó Arímino, una gran ciudad de la Galia. Se dice que la noche anterior al cruce tuvo un sueño abominable; pues le parecía que se unía a su propia madre en una unión inefable. Cuando Arímino fue tomada, Roma, como si estuviera llena de vientos, agitación y oleaje, estuvo a punto de volcarse por sí misma. Pues los cónsules y la mayoría de los senadores huían, y al propio Pompeyo lo embargaba el estupor, y unos y otros lo perturbaban acusándolo de haber engrandecido a César contra sí mismo y contra el Estado, y nadie le permitía usar sus propios juicios. Por eso abandonó la ciudad, ordenando a la gerusía que le siguiera. La mayoría le siguió, eligiendo la huida como patria por causa de Pompeyo, y huyendo de Roma como si fuera el campamento de César. También Labieno, un hombre contado entre los amigos de César y que había luchado con él en las guerras con gran entusiasmo, abandonándolo, se fue con Pompeyo. César le envió a este, que lo había dejado, el dinero y el equipaje. Domicio, que ocupaba Corfinio, al llegar César contra él, desesperando de su situación, bebió veneno para morir; luego, al saber que César usaba una maravillosa filantropía con los capturados, se lamentó de sí mismo. Diciendo el médico que el veneno era somnífero y no mortal, se fue hacia César, y tras recibir su mano, volvió a desertar hacia Pompeyo. Estas noticias, al ser anunciadas en Roma, hacían a la gente más favorable, y algunos regresaban. César, habiéndose hecho fuerte, marchaba ya contra el propio Pompeyo. Este, huyendo a Brindisi, se embarcó. César, falto de naves, regresó a Roma y se convirtió en señor de toda Italia sin derramamiento de sangre en sesenta días. Al encontrar la ciudad establecida y a muchos de los del Senado en ella, les habló con moderación, pidiéndoles que enviaran embajadores a Pompeyo para negociar. Nadie se dejó convencer. Como el tribuno Metelo le impedía tomar dinero de los depósitos y le oponía las leyes, dijo que no era el mismo momento para las armas y para las leyes:« tú, por ahora, retírate; pues la guerra no necesita libertad de palabra. Cuando deponga las armas, entonces harás demagogia. Y esto», dijo,« lo digo cediendo de mis propios derechos; pues tú eres mío, y todos los que capturé de los que se rebelaron contra mí». Como no aparecían las llaves, ordenó romperlas. Como Metelo volvía a impedirlo y algunos lo alababan, amenazó con matarlo si no cesaba, diciendo:« joven,¿ no sabes que es más difícil para mí decirlo que hacerlo?». Hizo campaña en Iberia, y tras someter a las fuerzas y provincias de allí, marchó así contra Pompeyo. Elegido dictador por el Senado, hizo regresar a los exiliados y se ocupó de otros asuntos políticos. En once días, tras renunciar a la monarquía y nombrarse cónsul a sí mismo y a Servilio Isáurico, se ocupó de la campaña. Y tras cruzar el Jónico, toma Orico y Apolonia. Desde Apolonia, a escondidas de todos,
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decidió embarcarse en un navío de doce remos vestido con ropas de criado para dirigirse a Brindisi, estando el mar ocupado por las grandes flotas de los enemigos. Siendo invierno, la travesía parecía impracticable para el piloto, y ordenó a los marineros cambiar de rumbo para dar la vuelta al navío. César se dio a conocer. Y al quedar el piloto estupefacto ante la visión, dijo:« ten valor y no temas; llevas a César y la fortuna de César navegando contigo». También llegó Antonio trayendo las fuerzas. Y César, cobrando ánimo, desafiaba a Pompeyo. Siempre se producían combates esporádicos en torno a las fortificaciones de Pompeyo, y César salía victorioso en todos menos en uno, en el que, al producirse una gran derrota, estuvo a punto de perder el campamento, y él mismo estuvo a punto de morir. Pues a un hombre grande y robusto que huía, le puso la mano encima y le ordenó quedarse y volverse contra los enemigos; pero este, lleno de confusión, levantó la espada para golpearlo, y la habría golpeado, si el escudero de César no se hubiera adelantado y le hubiera cortado el hombro. César desesperó entonces tanto de su situación que, al no poner Pompeyo fin a su gran obra, sino encerrar a los que huían en el campamento y retirarse, dijo César:« hoy la victoria habría estado en manos de los enemigos, si hubieran tenido a alguien que supiera vencer». Desde allí, trasladando el ejército a Macedonia, avanzó contra Escipión. Esto animó al ejército de Pompeyo y a los jefes que lo rodeaban a seguirlo, como si César estuviera derrotado y huyendo. Pompeyo era cauto respecto a esto, y pedía desgastar y marchitar el vigor de los enemigos. Solo Catón alababa esta opinión, por ahorro de los ciudadanos. Quien incluso al ver a los enemigos caídos, siendo cerca de mil, se alejó cubriéndose el rostro y llorando. Todos los demás criticaban a Pompeyo por rehuir la batalla. De ahí que, incluso contra su voluntad, marchara a la batalla, persiguiendo a César. Cuando ambos entraron en Farsalia y acamparon, Pompeyo seguía con su opinión anterior, al haber tenido presagios no favorables y una visión durante el sueño, pues le parecía verse en el teatro siendo aplaudido por los romanos, mientras que los que lo rodeaban eran audaces y habían anticipado la victoria en sus esperanzas. César preguntaba a sus propios soldados si preferían luchar por sí mismos o esperar a otros que ya estaban cerca; ellos pedían no esperar. Al sacrificar César, el adivino indicaba que en tres días se decidiría contra los enemigos. Al preguntarle César sobre el resultado qué preveía, dijo que se manifestaba un gran cambio y transformación hacia lo contrario:« si ahora te va bien, espera una fortuna peor, y si mal, una mejor». La noche anterior a la batalla, mientras César recorría las guardias alrededor de la medianoche, se vio una antorcha de fuego celestial, que, al pasar sobre su campamento, pareció volverse brillante y llameante y caer en el de Pompeyo. Al amanecer ya el día, los centinelas anunciaban que los enemigos bajaban para la batalla. Lleno de alegría, se lanzó a la batalla, y al enfrentarse a los de Pompeyo, los puso en fuga. Pompeyo, al ver a los jinetes dispersos en huida, ya no era el mismo ni recordaba ser Pompeyo Magno, sino que, como si fuera dañado por un dios, se fue sin hablar hacia la tienda, y sentado, esperaba el futuro. Cuando los enemigos entraron en el campamento, se puso una vestimenta propia de quien huye y se escabulló. César tomó también el campamento de los enemigos y mezcló a los capturados vivos con sus propias legiones, y a muchos de los ilustres les dio perdón; entre los cuales estaba Bruto, el que lo mató después. Perseguía a Pompeyo. Este, tras embarcarse en un navío de carga y navegar pasando por Anfípolis, llegó a Mitilene, queriendo recoger allí a su esposa Cornelia y a su hijo. Ella era hija de Metelo Escipión, habiendo convivido desde su virginidad con Publio, el hijo de Craso, y tras morir este en Partia, se casó con Pompeyo. La joven era también en su belleza
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distinguida, pero además estaba bien instruida en las letras, en la lira y en la geometría, y estaba acostumbrada a escuchar útilmente discursos filosóficos, y a esto se añadía un carácter libre de curiosidad. Al escuchar, pues, que Pompeyo llegaba con una sola nave y además ajena, huyendo, cayó al suelo y yacía sin habla. Apenas recuperada, salió corriendo hacia el mar. Al encontrarse Pompeyo y abrazarla, dijo:« te veo, esposo, no como obra de tu fortuna, sino de la mía, arrojado en un solo esquife, tú que antes de las bodas de Cornelia navegaste este mar con quinientas naves.¡ Qué feliz habría sido yo si hubiera muerto antes de oír que Publio, el esposo virgen, yacía en Partia, y prudente después de él, como me propuse, abandonando mi propia vida!¡ Ay de ti también, Pompeyo Magno, que vas a sufrir una desgracia!». Él, ante esto, dijo:« conocías, Cornelia, una sola fortuna, la mejor, que quizás también a ti te engañó, porque me quedó más de lo habitual. Pero también esto hay que soportarlo siendo humanos, y hay que probar aún la fortuna. Pues no es desesperanzador pasar de esto a aquello, habiendo pasado de aquello a esto». Tras recoger a su esposa y a sus amigos, se trasladó. Y al llegar a Atalía, ciudad de Panfilia, encontró trirremes de Cilicia y soldados, y muchos de los senadores se reunieron a su alrededor. Tras muchas reflexiones, decidió finalmente huir a Egipto. Y al saber que Ptolomeo estaba en Pelusio, se dirigió allí. Siendo Ptolomeo muy joven, los asuntos los manejaba el eunuco Potino. Al saber sobre Pompeyo, reunió un consejo de los más poderosos que estaban con él. Unos aconsejaban expulsar a Pompeyo, otros recibirlo; el rétor Teodoto de Quíos presentó la opinión de matarlo, añadiendo que un muerto no muerde. Se enviaron, pues, algunos a llamar al hombre. Cuando los que estaban con él vieron que la acogida no era real ni brillante, sino que se acercaban en una sola barca de pescadores unos pocos hombres, sospecharon el desprecio y aconsejaron a Pompeyo que hiciera retroceder la nave hacia alta mar. Al acercarse la barca, le pidieron que pasara a ella saludándolo en griego, diciendo que había muchos bajíos y que el mar no tenía profundidad ni era navegable para un trirreme, al ser arenoso. Tras despedirse de Cornelia, que lloraba de antemano su fin, y ordenar a dos centuriones que subieran con él, y a uno de sus libertos, Filipo, y a un criado llamado Escita, volviéndose hacia su esposa y su hijo, dijo los yámbicos de Sófocles:« quien comercia con un tirano, es su esclavo, aunque llegue libre». Tras decir esto, subió. Y habiendo una gran distancia hasta tierra, Pompeyo, teniendo en un pequeño libro un discurso escrito por él en griego, que se había preparado para usar ante Ptolomeo, lo leía. Al acercarse a tierra, Cornelia, con sus amigos, desde el trirreme, llena de dolor, observaba el futuro, y en esto, mientras Pompeyo tomaba la mano de Filipo para levantarse, Septimio lo atraviesa primero por detrás con la espada, luego también Aquilas y otros. Él, tirando de la toga sobre su rostro con las manos, tras solo gemir y sin decir nada indigno de sí mismo, resistió los golpes, habiendo vivido cincuenta y nueve años. Los de las naves, al ver la matanza, lanzaron un lamento audible hasta tierra y huyeron. Le cortan la cabeza a Pompeyo, y el resto del cuerpo, arrojándolo desnudo de la barca, lo dejaron a los que necesitaban tal espectáculo. Filipo permaneció con él hasta que se hartaron de la visión; luego, tras lavar el cuerpo en el mar y envolverlo con una túnica de las suyas, al encontrar restos de una pequeña barca, lo quemó con ellos, y un hombre romano, ya anciano, que había servido en las primeras campañas con el joven Pompeyo, le ayudó. Quien, al acercarse a Filipo, dijo:«¿ quién eres, hombre, que te propones enterrar a Magno Pompeyo?». Al decir aquel que era un liberto,« pues no solo a ti», dijo,« te corresponderá este honor, acéptame también a mí como partícipe de un hallazgo piadoso, para tocar y envolver con mis manos al más grande autócrata de los romanos». Así fue enterrado Pompeyo; no mucho después, César, al llegar a Egipto, se apartó del que le ofrecía la cabeza de Pompeyo como de un asesino, y al recibir el sello del hombre, lloró, y mató a Aquilas y a Potino. El propio rey Ptolomeo, derrotado en batalla junto al río, desapareció. Teodoto, el sofista, escapó del castigo de César al salir de Egipto y vivir humildemente y siendo odiado, pero al encontrarse con Marco Bruto, el que mató a César, en Asia, y ser torturado con todo tipo de tormentos por él, fue ejecutado. A todos los amigos de Pompeyo que habían sido capturados por el que gobernaba Egipto, César los benefició y se los atrajo. También allí organizó una guerra, y a escondidas mandó llamar a Cleopatra desde el campo, ya expulsada del reino y de la ciudad por el eunuco Potino. Ella, con solo el siciliano Apolodoro, subió a un pequeño bote y se acercó a los palacios, y al meterse en un saco de cama, se estiró mucho, y Apolodoro, tras atar el saco con una correa, lo introduce a través de las puertas ante César. Y debido a este artificio, al aparecer ella encantadora, y vencido por su trato y gracia, la reconcilió con su hermano para que reinaran juntos. Mientras banqueteaban por la reconciliación, César, al descubrir una conspiración tramada por el general Aquilas y el eunuco Potino, mató a Potino, y Aquilas, al huir al campamento, le provoca una grave guerra. Al incendiar César la flota, también se incendió la gran biblioteca. Estando trabada la batalla, saltó desde el terraplén a un bote, y al atacarlo los egipcios desde muchos lados, se arrojó al mar y nadó con dificultad. Se dice que, sosteniendo muchos libelos, no los soltó mientras nadaba, sino que los mantenía sobre el mar con la otra mano, mientras era atacado. Al final, al retirarse el rey hacia los enemigos, avanzó y, trabando batalla, venció, cayendo muchos y desapareciendo el rey. Tras dejar a Cleopatra reinando en Egipto y poco después dando a luz un hijo de él, al que los alejandrinos llamaban Cesarión, se lanzó sobre Siria. Y tras luchar contra Farnaces, el hijo de Mitrídates, lo expulsó del Ponto y aniquiló su ejército. Y para mostrar la rapidez y agudeza de esta batalla, escribió a Roma tres palabras:« vine, vi, vencí». De ahí, tras ir a Italia, subía a Roma, terminando el año en el que había sido nombrado dictador por segunda vez, no habiendo ocurrido nunca antes que este cargo fuera anual; para el año siguiente fue nombrado cónsul. Contra los que estaban con Catón y Escipión, que tras la batalla de Farsalia habían huido a Libia y reunido fuerzas considerables, César hizo campaña; y en una pequeña parte de un día venció a tres campamentos, y tras matar a cincuenta mil enemigos, no perdió ni a cincuenta de los suyos. De los hombres consulares y pretorianos que habían huido de la batalla, unos se mataron al ser capturados, y César mató a muchos al ser capturados. Al matarse Catón, estaba claro que se había entristecido; por qué se había entristecido no está claro; dijo, pues:« oh Catón, te envidio la muerte; pues tú también me envidiaste la salvación». Pero al regresar a Roma desde Libia, celebró triunfos y realizó espectáculos de naumaquias y gladiadores. Al realizarse los censos, en lugar de los anteriores trescientos veinte mil, se encontraron conservados en total ciento cincuenta mil; tal destrucción del pueblo causó la guerra civil. Luego, elegido cónsul por cuarta vez, hizo campaña en Iberia contra los hijos de Pompeyo, que eran aún jóvenes,
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pero mostraban una audacia digna de mando. César se vio en peligro, hasta el punto de gritar mientras corría por las filas de los suyos, si no les daba vergüenza entregarlo a él a unos muchachos. A sus amigos, después de la batalla, les dijo que muchas veces había luchado por la victoria, pero ahora por primera vez por su vida. Al vencer César, el menor de los hijos de Pompeyo escapó, y le fue traída la cabeza del mayor días después. Esta fue la última guerra que César luchó. Al regresar a Roma, fue votado dictador vitalicio, lo cual era una tiranía en toda regla, al añadir a la responsabilidad de la monarquía el carácter hereditario. Al establecerse así en la monarquía, liberó a muchos de los que habían luchado contra él, y a algunos les dio cargos y honores, entre los cuales estaban Bruto y Casio, y levantó las estatuas de Pompeyo que habían sido derribadas. Al pedirle sus amigos que se hiciera escoltar, lo rechazó diciendo:« es mejor morir una vez que esperar siempre». Deseando cosas mayores y una gloria más nueva, tuvo la intención de hacer campaña contra los partos y, a través de Hircania, entrar en Escitia. Sin embargo, el odio de los hombres contra él y otras cosas lo provocaron, pero lo mayor lo causó el amor a la monarquía, por el cual los que lo rodeaban sembraron también un rumor en el pueblo de que, según los escritos sibilinos, no sería posible que los romanos tomaran las cosas de los partos, si un rey no luchaba con ellos. Y al venir César de Alba a Roma, algunos se atrevieron a llamarlo rey. Al alborotarse el pueblo, él dijo que no se llamaba rey, sino César. Se decía que César, como algunos piensan, nació porque su madre murió al dar a luz, y él fue sacado a la luz mediante una incisión. Pero esto no es cierto; pues los que escribieron sobre él atestiguaron que su madre vivía incluso cuando él se hizo hombre. Lo de venir a la vida mediante incisión no ocurrió con él, sino con uno de sus antepasados, y de ahí tomaron el nombre sus descendientes. Al acercarse una vez los cónsules, los pretores y todo el Senado siguiéndolo, el hecho de que no se levantara estando sentado, no solo entristeció al Senado, sino también al pueblo, como si la ciudad fuera ultrajada en el Senado, y la mayoría se fue enseguida con tristeza. A estos contratiempos se añade el ultraje a los tribunos. Pues se celebraba una fiesta en la ciudad, y César, sentado en un trono de oro, estaba adornado con un adorno triunfal; Antonio, siendo cónsul, entró en el ágora llevando una diadema entrelazada con una corona de laurel, y se la daba a César. Y se produce un aplauso no brillante por preparación; al rechazarlo César, todo el pueblo aplaudió; y al ocurrir esto dos veces, la prueba quedó al descubierto y César se levantó. Cuando también se vieron estatuas suyas adornadas con diademas reales, los tribunos las arrancaron y llevaban a prisión a los que llamaban rey a César. Y el pueblo aplaudía ante esto y llamaba a los hombres Brutos; pues Bruto era, como se ha narrado arriba, el que derrocó a Tarquinio y devolvió el poder al pueblo desde la monarquía. Ante esto, César, irritado, privó a los tribunos del cargo, y al acusarlos, a la vez que insultaba al pueblo, llamaba a menudo a los hombres Brutos. De ahí se vuelven hacia Marco Bruto, que parecía descender de Bruto el antiguo; y hacia él solo miraban primero los que deseaban un cambio, pero no se atrevían a hablarle, sino que de noche arrojaban escritos alrededor de la tribuna y el trono en el que despachaba como pretor, diciendo:« duermes, oh Bruto» y« no eres Bruto». También Casio lo incitaba. Y se dice que a César le ocurrieron muchas señales que indicaban su perdición, de las cuales una es esta. Al dormir junto a su esposa, percibió que ella emitía voces confusas y gemidos inarticulados; le parecía que él lloraba teniéndolo en sus brazos
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degollado. Incluso durante el día le pedía a su esposo que no saliera al Senado. Como los adivinos, tras sacrificar, decían que los presagios eran malos, decidió enviar a Antonio para suspender el Senado. Sin embargo, Bruto Albino, en quien César confiaba, pero que participaba de la conspiración con los que estaban con Marco Bruto y Casio, se burlaba de los adivinos y atacaba a César como si se estuviera atribuyendo calumnias de desprecio hacia el Senado. Pues decía que este había venido por orden suya, y que todos estaban dispuestos a votar para que fuera proclamado rey de las provincias fuera de Italia y que, al recorrer la otra tierra y el mar, se ciñera la diadema. Diciendo esto a la vez, Bruto llevaba a César tomándolo de la mano. Un criado ajeno, deseando encontrarse con él al salir, al no poder, se entregó a la esposa de César para que lo guardara, diciendo que tenía grandes asuntos que anunciar a César al regresar. Un sofista, Artemidoro de Cnido, tras escribir un libro sobre la conspiración y acercarse a él, dijo:« esto, César, léelo solo y rápidamente; pues te anunciará grandes cosas y que te importan». Él, al recibirlo, se dispuso a leerlo, pero al no poder por los que se encontraban con él, lo retenía en la mano y pasó así al Senado. Ella se levantó. De los que estaban con Bruto, unos se colocaron detrás de su trono, otros se acercaron como si pidieran por algún exiliado. A Antonio, que era fiel a César y robusto, lo retenía fuera Bruto Albino. Al sentarse César y rechazar las peticiones, es golpeado primero por Casca con una espada en el cuello, un golpe no mortal. Al desenvainar cada uno de los conspiradores la espada, se dice que luchaba contra los demás envolviéndose y gritando, pero cuando vio a Bruto con la espada desenvainada, se cubrió la cabeza con el manto sin luchar más. Tras recibir veintitrés heridas, estando allí una estatua de Pompeyo, fue encontrado yaciendo alrededor de la base y ensangrentándola, de modo que parecía que Pompeyo estaba presente en el asesinato del enemigo. Cayo Julio César murió así por ambición y deseo de mando. Pues los que lo adulaban, al notar su afán de primacía y su afán de gloria, no cesaban de votarle una cosa tras otra. Tales eran las cosas votadas: llevar siempre la vestimenta triunfal, sentarse en el trono de mando, usar siempre a los lictores con laureles, ser llamado padre de la patria, ser grabado en la moneda, celebrar públicamente su cumpleaños, y que se levantaran estatuas suyas en los templos de Roma y en todas las ciudades. En la tribuna levantaron dos estatuas suyas, una como salvador de los ciudadanos, otra como libertador de la ciudad del asedio; ambas estaban coronadas con las coronas acostumbradas para tales casos. Ordenaron construir un nuevo edificio para el Senado, para que fuera llamado Juliano en su nombre. Lo votaron censor vitalicio y único, y que tuviera también los privilegios de los tribunos; y si alguien lo ultrajara de obra o de palabra, decretaron que fuera sagrado y sujeto a maldición. Qué significaba ser sagrado ya me ha sido narrado antes. Al verlo alegrarse con esto, le dieron un trono dorado y la vestimenta que los reyes usaban antiguamente y una guardia de caballeros y senadores, y legislaron orar públicamente por él y jurar por su fortuna y que todo lo que fuera hecho por él fuera válido, y lo llamaron Júpiter Julio, y otras muchas cosas, para no cansar al oyente enumerando cada una, le votaron. Por lo cual pareció envidioso o más bien detestable, y provocó a muchos contra sí mismo, hasta que llegó al fin que le sobrevino. Y él yacía así degollado, y todos los presentes estaban perturbados, desconociendo la intención de los asesinos, y huyendo como si fueran a estar en peligro al instante, y a los
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fue honrado. El joven ayudó a escapar a Quinto Cicerón, hermano de Marco, y, aunque fue torturado por ello, no reveló nada. Su padre, al enterarse de lo sucedido y compadeciéndose del joven, se entregó voluntariamente a los verdugos. Muchos, ocultándose, escaparon y se dirigieron a Bruto y a Casio. La mayoría, sin embargo, se unió a Sexto. Pues, habiendo sido elegido anteriormente almirante y habiendo tenido éxito en el mar durante algún tiempo, se había hecho con una fuerza propia, a pesar de que más tarde fue privado del mando por César, y ocupó Sicilia. Luego, cuando se proclamó la proscripción contra él también y se produjeron las otras matanzas, ayudó enormemente a sus semejantes, acogiendo a quienes acudían a él y ayudándoles de todas las formas posibles; de ahí que muchos acudieran a él. Tales cosas sucedían en torno a las matanzas, y muchas situaciones absurdas ocurrían también con respecto a los bienes de los demás: las casas de los ricos eran saqueadas, y exigieron un alquiler anual de todas las casas de la ciudad y del resto de Italia, cobrando el total a las que estaban alquiladas, y la mitad a aquellas en las que vivían sus dueños, según el valor de la propiedad; también arrebataron a los propietarios de las tierras la mitad de sus ingresos, y entregaron las propiedades de los ejecutados a los soldados, unas veces como regalo y otras vendiéndolas a bajo precio; pues estaba prohibido que nadie más se presentara en la subasta para comprar, estableciendo la muerte como castigo para quien se presentara. Concedían magistraturas, honores y sacerdocios, borraban unas leyes y escribían otras, y hacían todo lo que les parecía, de modo que la monarquía del asesinado César llegaba a parecer buena.
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Así pues, hicieron esto durante aquel año; pero al año siguiente, siendo cónsules Lépido, hijo de Marco, y Planco, hijo de Lucio, se renovaron los impuestos que ya habían expirado y se establecieron otros nuevos, y se hicieron muchas cosas tanto sobre la tierra como sobre los esclavos. Lo que más molestó a todos por encima de todo fue que se diezmara el patrimonio de cualquier hombre o mujer, por rico que fuera. Pues, aunque de palabra se recaudó la décima parte del patrimonio de cada uno, en realidad no se le dejó ni la décima parte a nadie. Y se ideó otra cosa más: se permitió a quien quisiera renunciar a todo su patrimonio para reclamar después la tercera parte del mismo, es decir, no recibir nada y además tener problemas. Pues,¿ cómo iban a recuperar la tercera parte aquellos a quienes se les arrebataban abiertamente las dos terceras partes? Y se impusieron muchas otras cosas a los hombres que los empujaban a la pobreza, y solo los que tenían las armas se enriquecieron excesivamente. Así actuaban aquellos tres hombres, y al mismo tiempo glorificaban a aquel César anterior, y le votaron honores variados y numerosos. Tras hacer esto, Lépido permaneció en Roma para gobernar la ciudad y el resto de Italia, mientras que César y Antonio marcharon contra Bruto y Casio. Pues estos, al enterarse de que César Octaviano se estaba apoderando de los asuntos y apropiándose de la multitud, perdieron la esperanza en la democracia y, temiéndolo, se fueron a Atenas. Los atenienses los recibieron espléndidamente y les votaron estatuas de bronce, como a quienes habían emulado a los tiranicidas de entre ellos, me refiero a Harmodio y Aristogitón. Luego, al enterarse de que César se estaba haciendo más fuerte, Casio se dirigió a los sirios, que le eran familiares, y Bruto organizó Grecia y Macedonia. Y le prestaban atención tanto por la fama de sus acciones como porque había tomado consigo a muchos soldados, algunos que vagaban por allí tras la batalla de Farsalia y otros que habían quedado atrás de los que habían salido con Dolabela, y también le habían enviado dinero desde Asia a través de Trebonio. Así pues, se ganó a los griegos sin esfuerzo, y tras tomar también toda Macedonia y el Epiro, envió una carta al Senado informando de lo sucedido. Ellos, pues casualmente estaban recelosos de César en aquel momento, lo elogiaron y le ordenaron gobernar todo lo que estaba allí. Y a partir de entonces él se volvió más decidido y los súbditos se sometieron sin excusas.
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Cuando César se hubo asentado en Roma y castigó abiertamente a los asesinos de su padre, observaba cómo defenderse de él cuando avanzara, y rechazó algunas conspiraciones que se habían tramado contra él por parte de algunos. Y se retiró a la Macedonia superior, teniendo la parte más fuerte del ejército, y desde allí navegó a Asia, para que los soldados no cambiaran de bando al enterarse de que lo que sucedía en Roma se anunciaba de forma más aterradora. Luego, de nuevo, se apresuró hacia Europa, temiendo que se produjera alguna novedad. Por el mismo tiempo, Casio también cruzó a Asia hacia Trebonio, y tras recibir de él dinero y muchos jinetes y otros muchos de los cilicios y asiáticos, atrajo a los de Tarso y a los acantos a la alianza. Y al llegar a Siria, se apoderó sin lucha de todo lo de los pueblos y de los ejércitos. Tras tomar Siria, pues, marchó hacia Judea, al enterarse de que los soldados que habían quedado en Egipto bajo el mando de César se acercaban. Así pues, se ganó fácilmente tanto a aquellos como a los judíos. Así, Casio se hizo fuerte rápidamente y envió al Senado lo mismo que Bruto; y el Senado le confirmó el mando de Siria y le votó la guerra contra Dolabela. Pues este había sido designado para gobernar Siria, pero mientras permanecía en Asia se había enterado del decreto, y no se dirigió a Siria, sino que, quedándose allí, mató a Trebonio con engaños en Esmirna y ocupó toda Asia. Al hacerse así dueño de Asia, fue a Cilicia, mientras Casio se encontraba en Palestina, y tras atraer a los de Tarso voluntariamente, venció a los guardias de Casio que estaban en Egas; pero invadió Siria, y fue rechazado de Antioquía, aunque se apoderó de Laodicea. Y la flota se le unió; y fortalecido desde allí, se marchó a Arado, donde, al quedar con pocos, corrió peligro. Tras escapar, pues, se encontró con Casio, y al enfrentarse a él fue derrotado, y fue sitiado en Laodicea. Obligado por la falta de provisiones, y temiendo ser capturado vivo, se suicidó. Lo mismo hizo su lugarteniente Marco Octavio. Casio, cuando hubo establecido los asuntos en Siria y Cilicia, llegó a Asia hacia Bruto. Pues cuando se enteraron de la conspiración de los tres hombres, sabiendo que aquellos hacían todo contra ellos, también ellos, con mayor determinación, deliberaban y actuaban todo en común. Y ellos mismos, recorriendo lugares y enviando a otros, atraían a los que no estaban con aquellos y reunían dinero y soldados, y cuando algunos no se convencían de aliarse con ellos, se volvieron contra ellos. Y Casio venció a los rodios en una batalla naval y les arrebató las naves y el dinero, y después de esto capturó y mató a Ariobarzanes; Bruto se apoderó de los licios, y atrajo a la mayoría de las ciudades sin lucha, pero puso a Janto bajo asedio, y la tomó y la incendió. Luego fue a Pátara, y los invitó a ser amigos; como no obedecieron, envió a los prisioneros jantios que eran parientes suyos, esperando atraerlos a través de ellos. Pero ni aun así cedieron. Tras vender, pues, a algunos de los prisioneros, liberó a los demás. Al ver esto, los patareos se unieron inmediatamente a él como a alguien que poseía virtud. Esto mismo hicieron los mireos, después de que liberó a su general al capturarlo en el puerto. Y también sometió el resto en poco tiempo. Desde allí ambos llegaron a Asia y se apresuraron hacia Macedonia.
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Gayo Norbano y Decilio Saxa fueron enviados por César y Antonio a Macedonia, y tras acampar cerca de Filipos, ocuparon el camino más corto. Por ello, Bruto y Casio, rodeando por otro camino más largo y forzando la guardia de allí, pasaron hacia la ciudad por las alturas y acamparon allí. Superando en número a los enemigos, ocuparon el monte Símbolo y obtenían las provisiones tanto del mar como bajando al llano. Norbano y Saxa no se atrevían a enfrentarse a ellos, sino que llamaban a César y a Antonio. Ellos dejaron una parte del ejército para la guardia de Italia, pero con la mayor parte cruzaron el Jónico. César, habiendo enfermado, permaneció en Dirraquio, pero Antonio marchó sobre Filipos, y tras tender una emboscada a algunos de los enemigos que buscaban provisiones, fracasó. César, temiendo por ambos lados, tanto si Antonio era derrotado al enfrentarse solo, como si vencía— pues pensaba que, por un lado, Bruto y Casio, y por otro, Antonio, se fortalecerían totalmente contra él—, se apresuró aun estando enfermo; y los que estaban con Antonio se animaron. Estando los ejércitos enemigos frente a frente, se producían escaramuzas por ambas partes, pero ninguna batalla en formación, aunque tanto César como Antonio se esforzaban por enfrentarse. Casio y Bruto, sin embargo, se retrasaban, no por miedo a la batalla, sino por si podían vencer sin riesgos ni pérdida de hombres. Pero como los ejércitos se sentían pesados por la demora y despreciaban a los adversarios, porque los que estaban con César y Antonio realizaron la purificación que se hace antes de los combates dentro del recinto como si tuvieran miedo, y los de Bruto se lanzaron a la batalla y decían que, si se retrasaba más, abandonarían el campamento y se dispersarían, así pues, contra su voluntad, se enfrentaron.
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No fijaron el día de la batalla, sino que, como por un acuerdo, salieron al amanecer armados y se formaron en orden y silencio. Luego, al enfrentarse, utilizaron mucho empuje, mucho uso de espadas y mucha determinación; y nadie utilizó retiradas ni persecuciones, sino que allí mismo donde estaban herían, eran heridos, mataban y eran matados. Bruto, luchando contra los que estaban con César, vencía, mientras que Casio, enfrentado a los que estaban con Antonio, había sido derrotado, y los campamentos fueron tomados por ambos lados. Sin embargo, ni los derrotados conocían la victoria de los otros, ni los vencedores la derrota; pues los campamentos estaban muy alejados y, al levantarse una nube de polvo inmensa, ignoraron el resultado de la batalla. Entretanto, tanto el foso de César como el de Antonio fueron saqueados, y todo lo que había en ellos fue tomado, de modo que si César no hubiera salido del recinto según el sueño del médico, habría sido capturado en él y habría corrido peligro. Casio se salvó de la batalla, pero al ser saqueado también su recinto, se retiró a una colina que tenía vistas hacia el llano, y sospechando que también Bruto había fracasado, envió a un centurión a observar y a anunciarle dónde estaba Bruto y qué hacía. Pero cuando el enviado se encontró con jinetes que Bruto había enviado para informarse sobre la situación de Casio, fue rodeado por ellos mientras lo saludaban y recibían, y Casio creyó que los que se acercaban eran enemigos y que el centurión había sido capturado por ellos, y ordenó a un tal Píndaro, un liberto, su propia muerte. Y él tuvo tal fin, y el centurión, al regresar y conocer el hecho, tras maldecirse por su lentitud, se suicidó también; pero Bruto, al enterarse de la derrota de Casio y de su muerte, lloró, y tras reunir a los soldados de aquel que se habían salvado, los consoló con palabras y con entrega de dinero. Cayeron en la batalla de estos unos ocho mil, y de los de César y Antonio más del doble. Por ello, aquellos estaban desanimados, hasta que un tal Demetrio, siervo de Casio, llegó por la tarde ante Antonio, llevando las clámides y la espada de aquel. Al ser entregadas, se animaron tanto que al amanecer avanzaron con el ejército armado para la batalla. Bruto no quería luchar en formación, sino que intentaba perturbar y confundir a los enemigos por la noche. Y una vez, desviando el río, inundó gran parte de su recinto. Cuando supo que algunos de los suyos desertaban hacia los enemigos, temiendo que se produjera alguna novedad mayor, decidió enfrentarse a ellos. Como había muchos prisioneros en su campamento, al no saber cómo disponer de ellos en el momento de la batalla, ordenó matar a la multitud de esclavos, pero a los libres, a unos los liberó abiertamente, y a otros los salvaba ocultándolos y enviándolos fuera, viendo que los líderes eran implacables, aunque los enemigos mataban a los soldados suyos que eran capturados vivos.
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Al atardecer, cuando iban a luchar al día siguiente, apareció a Bruto el espectro que había visto la noche anterior al cruzar desde Asia; era así. La noche era profunda y una luz no muy brillante estaba encendida en su tienda; él estaba despierto pensando y calculando algo. Le pareció, pues, que alguien entraba en la tienda, y al mirar hacia la entrada vio una visión terrible y extraña de un cuerpo monstruoso que estaba de pie en silencio ante él. Al preguntarle:"¿ Quién eres o qué quieres al venir?", escuchó de él:" Soy tu malvado demonio, Bruto, y me verás cerca de Filipos". Y Bruto, sin inmutarse, dijo:" Te veré". Este espectro volvió a verse de nuevo mostrando la misma visión, sin decir nada, sin embargo, sino marchándose. Y dicen que dos águilas que chocaron en el espacio entre los campamentos lucharon entonces, y que la que estaba junto a Bruto cedió y huyó. Al enfrentarse, pues, a los enemigos, él también fue derrotado. Pues su infantería, tras luchar igualadamente durante mucho tiempo, cedió, y a partir de esto también la caballería, aunque luchaba noblemente, se rindió. Allí también Marco, el hijo de Catón, situándose entre los mejores y más nobles de los jóvenes, no cedió al ser presionado ni huyó, sino que, usando su mano y diciendo quién era y nombrándose por su padre, cayó sobre muchos cadáveres de enemigos. Caían también los más valientes de los demás que luchaban por Bruto. Un tal Lucilio, hombre bueno, al ver a unos jinetes bárbaros cabalgando impetuosamente hacia Bruto, dijo que él era Bruto y pidió que lo llevaran ante Antonio, como si temiera a César. Ellos llevaron al hombre, enviando mensajeros por delante. Cuando estuvieron cerca, Antonio dudaba sobre cómo debía recibir a Bruto, pero Lucilio, al ser llevado, dijo:" A Marco Bruto, Antonio, nadie lo ha capturado ni un enemigo lo matará. Que la fortuna no prevalezca tanto sobre la virtud. Él será encontrado vivo o muerto, yaciendo dignamente de sí mismo". Antonio, admirado, dijo a los soldados que lo llevaban:" Lleváis mal, compañeros de armas, el engaño, tal vez; pero sabed que habéis capturado una presa mejor que la buscada; pues buscando a un enemigo, nos traéis a un amigo". Bruto, habiendo llegado a un lugar boscoso, ya siendo de noche, estando pocos líderes a su alrededor, mirando al cielo exclamó:" Zeus, que no se te escape el responsable de estos males". Plutarco registra que dijo este verso; pero Dión narra que Bruto dijo entonces:"¡ Oh, desdichada virtud, eras pues solo una palabra, yo te practicaba como una realidad, pero tú servías a la fortuna!". Al decir alguien que debía huir, dijo:" Ciertamente, hay que huir, pero con las manos, no con los pies". Y al decir esto y arrojarse sobre su espada desnuda, murió. Antonio, al encontrar su cadáver, lo cubrió con la más lujosa de sus púrpuras. Porcia, la mujer de Bruto e hija de Catón, siendo vigilada y no permitiéndosele suicidarse, arrebató brasas del fuego y, tragándolas, murió. Sobre ella escribió Plutarco que, antes de la matanza del César anterior, al ver a su marido pensativo y lleno de una turbación inusual, y al notar que albergaba un plan difícil de resolver, no le preguntó sobre los secretos antes de ponerlo a prueba. Pues, dice, tomando un cuchillo, se hizo un corte profundo en secreto en el muslo, de modo que poco después surgieron dolores intensos y fiebres espantosas por la herida. Bruto, angustiado, estando ella en el punto álgido del dolor, le dijo:" Yo, Bruto, no te fui dada solo para compartir lecho y mesa como las concubinas, sino para ser compañera tanto de los bienes como de los males. Tus asuntos matrimoniales son irreprochables, pero¿ qué prueba o gratitud hay de mi parte si no comparto contigo ni un sufrimiento secreto ni una preocupación que requiera confianza? Sé que la naturaleza femenina parece débil para soportar un secreto; pero hay una fuerza en la buena crianza y en la buena compañía para el carácter. A mí se me añade el ser hija de Catón y mujer de Bruto. En los que antes confiaba menos, ahora me he conocido a mí misma como invencible ante el dolor". Al decir esto, le muestra la herida y le cuenta la prueba. Él, asombrado, suplicó a los dioses que le permitieran tener éxito en la empresa y mostrarse digno de Porcia.
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Los soldados que estaban en Britania, pues, al amotinarse y ser por ello reprendidos, enviaron a mil quinientos de entre ellos a Italia; a estos, al acercarse a Roma, Cómodo les salió al encuentro y les dijo:"¿ Qué queréis, compañeros de armas, al venir aquí?". Ellos respondieron:" Venimos porque Perenio conspira contra ti". Él se dejó convencer y les entregó al hombre; y los soldados lo maltrataron y lo descuartizaron, a pesar de que había dirigido el gobierno de la manera más incorruptible y sensata. Una vez librados de él, los cesarianos, de los cuales Cleandro resultaba ser el más destacado, hicieron todo lo peor sin temor alguno; pues todo lo vendían, ultrajaban y cometían excesos. Cleandro, por su parte, elevado en gran medida por la fortuna, concedió y vendió cargos de senador, mandos militares, intendencias, gobernaciones y, en suma, todo. Y algunos compraron el ser senadores de todo lo que poseían, de modo que se dijo de Julio Solón, un hombre de lo más oscuro, que, habiendo sido despojado de su patrimonio, fue exiliado al senado. Y nombró a veinticinco cónsules para un solo año, lo cual no sucedió ni antes ni después. Recaudando dinero, pues, de todas partes, adquirió muchísimas riquezas, de las cuales entregaba la mayor parte a Cómodo y a sus concubinas. Y, sin embargo, habiendo sido elevado así por la fortuna, pereció ignominiosamente. Pues, habiéndose producido una escasez de grano en Roma, Papirio Dionisio, encargado del suministro de trigo, la agravó aún más, para que los romanos odiaran y destruyeran a Cleandro como responsable del mal debido a sus robos. Se celebraba, pues, una carrera de caballos; y, cuando los caballos estaban a punto de competir, una multitud de niños irrumpió en el hipódromo; y los guiaba una virgen alta y de aspecto sombrío, que más tarde fue considerada un demonio. Los niños gritaron al unísono, y el pueblo, a raíz de esto, prorrumpió en gritos y se lanzó hacia Cómodo, que se encontraba en un suburbio, suplicando por él, pero maldiciendo a Cleandro; él envió soldados contra ellos, quienes hirieron y mataron a algunos, pero no pudieron contener al pueblo, sino que aquel, confiando en la multitud o en la fuerza de sus guardaespaldas, se apresuró. Al acercarse así, Cómodo, que era de lo más cobarde, se asustó, de modo que ordenó que Cleandro y su hijo fueran ejecutados al instante. El niño, pues, fue arrastrado y asesinado, mientras que los romanos, tomando el cuerpo de Cleandro, lo arrastraron y maltrataron, y su cabeza fue paseada sobre una lanza. Y destruyeron a otros de los que tenían poder junto al emperador. Cómodo, sediento de sangre, también eliminaba a los hombres ilustres y fue de lo más cruel con todos los romanos, obligándoles por necesidad a votar a su favor lo que voluntariamente votaban por benevolencia a su padre. Se le votaron, pues, muchísimas otras cosas, incluso una estatua de oro de mil libras de peso. Y decretó que todos los meses fueran llamados por su nombre; y eran estos: Amazonio, Aniceto, Eutiques, Eusebes, Lucio, Elio, Aurelio, Cómodo, Augusto, Heracleo, Romano, Superante. Pues todos estos nombres se los atribuía a sí mismo, y al senado le escribía así:" El emperador César Lucio Elio Aurelio Cómodo Augusto, piadoso, afortunado, invicto, romano, Hércules, sumo pontífice, en el decimoctavo año de su potestad tribunicia, emperador por octava vez, cónsul por séptima vez, padre de la patria, a los cónsules, pretores, tribunos y al senado Comodiano, afortunado, salud". Y le erigieron muchas estatuas en figura de Hércules. Y se votó que el siglo bajo su reinado fuera llamado y escrito como el de oro; pues era llamado, además de por sus otros nombres, el de oro y dios. Pero, al gastar mucho, el dinero se le agotó; de donde, imputando cargos tanto a hombres como a mujeres, a unos los asesinaba, mientras que a otros les vendía la salvación de sus propios bienes. Conducía carros en privado, pues en público se avergonzaba de hacerlo, y combatía como gladiador, en privado hasta la muerte, pero en el teatro sin hierro y sin sangre humana. En privado, a algunos les rapaba el cabello, a otros les cortaba la nariz, a otros las orejas, y a otros alguna otra cosa. Al entrar en el teatro, utilizaba la figura de Hermes, manejando un caduceo de oro.
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Se vanagloriaba mucho también de ser zurdo. Y, al cansarse mientras competía, bebía, y los senadores y los caballeros presentes debían gritar continuamente:"¡ Que vivas!", y"¡ Eres el señor!", y"¡ Eres el primero!", y"¡ Vencerás las victorias más afortunadas de todas!", y"¡ Amazonio, vences!". A los privados de pies o a los lisiados por enfermedad o desgracia, los reunió una vez, y habiéndoles atado formas de serpientes alrededor de las rodillas, los mataba como a gigantes golpeándolos con una maza como Hércules. A punto de combatir de nuevo como gladiador, ordenó a los caballeros y al senado entrar en el teatro con la vestimenta ecuestre y los mantos, lo cual no se acostumbraba a hacer a menos que algún emperador hubiera muerto; y su casco, en el último día de los juegos, fue sacado por las puertas por las que se sacaba a los difuntos; y esto a todos les pareció una señal de que pronto se verían libres de su tiranía. Y esto sucedió poco después; pues Emilio Leto, el prefecto, y el procónsul Eclecto, molestos por lo que él hacía, le aconsejaban no hacer tales cosas; él los amenazaba y se enfurecía; y ellos, temiendo, conspiraron contra él, dándole veneno en carne de buey. Como no muriera rápidamente por el veneno, sino que incluso se hubiera recuperado, sospechando lo sucedido y amenazando, lo estrangularon mientras se bañaba por medio de un tal Narciso, después de haber reinado solo durante doce años, nueve meses y catorce días, y haber vivido treinta y un años y cuatro meses. Con él terminó la casa de los verdaderamente Aurelios en el poder autocrático. En el primer año del reinado de Cómodo, Juliano fue encargado del obispado de Alejandría, habiendo administrado este Agripino durante doce años y habiendo partido de este mundo. Entonces también se daba a conocer Clemente, el autor de los Stromata, y Panteno, el filósofo, estudioso y heraldo del misterio que profesamos. Más arriba, el relato ha historiado que, en la iglesia de Jerusalén, después de los de la circuncisión, Marcos tomó la dirección, habiendo sido reconstruida la ciudad por Adriano y poblada por gentiles. A este le sucedió Casiano, y a este Publio, y a Publio Juliano, y a aquel Gayo, y a Gayo Símaco. Este cambió de vida bajo otro Gayo. Luego otro Juliano sucedió en el obispado, y sucesor de este fue Capitón, y de Capitón, Valente, y de Valente, Doliciano, y sobre todos ellos Narciso fue el trigésimo obispo de Jerusalén desde los apóstoles. En el décimo año del reinado de Cómodo, Eleuterio, que había sido obispo de la iglesia de los romanos durante trece años, partió de este mundo, y Víctor se puso al frente de los fieles de allí. Y habiendo dirigido Juliano la iglesia de los alejandrinos durante diez años y habiendo cumplido con su deber, Demetrio fue encargado del ministerio del obispado. En la iglesia de los antioquenos, después de Maximino, Serapión fue obispo de los que llevan el nombre de Cristo, siendo el octavo sumo sacerdote desde los apóstoles. Entonces también Apolonio, hombre reputado por su educación y filosofía, partió hacia las moradas eternas con un fin martirial en Roma por decreto del senado. Cómodo, pues, habiendo corrompido los asuntos del gobierno, como se ha dicho, también él fue destruido; pero los que estaban en torno a Eclecto y Leto eligieron a Pertinax para el poder autocrático debido a su virtud y su dignidad. Él, habiendo verificado que Cómodo había muerto, aceptó el poder, entró en el campamento y, con la presencia de Leto y con generosas donaciones, se ganó a los soldados. Luego, llegando al senado, dijo:" He sido nombrado emperador por el ejército, pero renuncio al poder debido a mi edad, mi mala salud y la dificultad de los asuntos". Como fuera alabado y elegido por el senado, fue proclamado emperador, y Cómodo fue declarado enemigo. El senado y el pueblo lo ultrajaban y derribaban sus imágenes. Querían también arrastrar y despedazar su cuerpo; pero habiendo dicho Pertinax que ya estaba oculto en la tierra, se abstuvieron de ello, pero lo llamaban impío y
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tirano, conductor de carros y gladiador, y muchas otras cosas más. Pertinax era libio, de Alba Pompeia, de padre no noble, habiendo sido tribuno entre los caballeros. Era afable, escuchaba con prontitud y respondía lo que le parecía. Así, pues, Pertinax se hizo cargo del poder y, además de los otros títulos, fue nombrado, según la costumbre antigua, príncipe del senado. Todo lo que estaba dispuesto de manera incorrecta fue transformado hacia el orden por la administración y previsión del emperador, y la deshonra de los injustamente asesinados fue reparada por él. Tal era la escasez de dinero en el palacio que solo se encontraron veinticinco miríadas de dracmas. Apenas, pues, Pertinax, habiendo reunido dinero de estatuas, armas, muebles y de los juguetes de Cómodo, dio lo que había prometido a los guardaespaldas y cien dracmas al pueblo. Pues todo lo que Cómodo había utilizado para el lujo, la esgrima y la conducción de carros, fue puesto a la venta. Leto elogiaba a Pertinax, pero ultrajaba a Cómodo. Y a unos bárbaros, que habían recibido de él mucho oro por la paz, mientras aún estaban en camino, los hizo llamar y les quitó el oro, diciendo:" Decid a los de casa que Pertinax gobierna"; pues conocían el nombre del hombre por lo que habían sufrido. Y otras cosas similares hizo Leto para difamar a Cómodo. Pero este no permaneció fiel a Pertinax por mucho tiempo. Pues, no obteniendo lo que deseaba, incitó a los soldados contra él. Ellos, impedidos de sus rapiñas por él, lo odiaban y conspiraron con Leto. Por ello, acordaron hacer emperador al cónsul Falcón, que brillaba por su linaje y riqueza. Al saber esto Pertinax, que pasaba el tiempo junto al mar debido al aprovisionamiento de trigo, se apresuró a la ciudad y, habiendo entrado en el senado, habló. Mientras los senadores estaban a punto de condenar a Falcón, Pertinax gritó:"¡ No suceda que un senador sea ejecutado injustamente mientras yo gobierno!". Leto destruyó a algunos de los soldados como si fuera por orden de aquel; los demás, temerosos, se amotinaron. Doscientos de los más audaces, desenvainando las espadas, se lanzaron hacia el palacio. Al entrar, su esposa le anunció la presencia de estos; él, aunque podía resistir y destruirlos con la guardia nocturna y los caballeros, no hizo esto ni eligió esconderse y huir, sino que, esperando quizás asustarlos al ser visto y convencerlos al hablar, salió al encuentro de los que se acercaban. Ellos, al principio, se contuvieron por respeto y metieron las espadas en las vainas, pero cuando uno de ellos se adelantó y dijo:" Esto te han enviado los soldados", mostrándole la espada, lo golpeó, y los demás se movieron al unísono y descuartizaron al emperador y a Eclecto. Luego, los soldados, atravesando la cabeza de Pertinax con una lanza, la paseaban, vanagloriándose de la acción. El hombre vivió sesenta y siete años menos cuatro meses, habiendo gobernado solo ochenta y siete días. Anunciada la matanza de Pertinax, Sulpiciano, enviado al campamento por aquel para establecer los asuntos de allí, permaneció en él y actuaba para ser nombrado emperador. Y en esto, Juliano Didio, hombre de negocios y codicioso, deseando siempre asuntos nuevos y por ello desterrado por Cómodo a Mediolano, su patria, al saber la muerte de Pertinax, se apresuró y llegó al campamento. Y estando a las puertas, uno desde fuera y Sulpiciano desde dentro, compraban Roma y su poder a los soldados, anunciando algunos y diciendo a cada uno:" Tanto da este" y" Tanto da aquel,¿ qué añades tú?". A pesar de que muchos habían prometido a los soldados por parte de Juliano, lo prefirieron a él, temiendo sobre todo a Sulpiciano como alguien que se vengaría por Pertinax, por ser su suegro. Admitido en el campamento y nombrado emperador, Juliano se dirigió desde allí al ágora y al senado,
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llevando consigo muchísimos guardaespaldas, para atemorizar con ellos tanto al senado como al pueblo. Y dijo al senado:" También vosotros necesitáis un gobernante, y yo mismo, si alguien más lo es, soy el más digno de gobernaros". Si bien era odiado por su arrogancia y por los soldados armados que rodeaban el senado, sin embargo, por el miedo, confirmó el poder autocrático desde el senado; y subió al palacio. Al día siguiente, los del senado se acercaron a él para no ser descubiertos como molestos por él, pero el pueblo mostraba abiertamente su tristeza; y al llegar el emperador al senado, todos gritaron como por acuerdo, llamándolo parricida y usurpador del poder. Como él fingiera no enfadarse y les prometiera algo de dinero, se indignaron por ser sobornados y todos gritaron:" No queremos, no aceptamos". Juliano ordenó matar a los que decían esto. El pueblo se irritó aún más, recordaban a Pertinax y se burlaban de Juliano. Y muchos, siendo heridos y asesinados en muchas partes de la ciudad, resistían, y tomando armas se reunieron en el hipódromo, donde pasaron noche y día sin comer, gritando contra los demás soldados, y más contra Níger Pescenio y los que estaban con él en Siria. Luego, debilitados por el hambre y el insomnio, se dispersaron y permanecieron tranquilos. Juliano, habiendo arrebatado así el poder, lo ejercía de manera innoble, adulando al senado y a los que tenían algún poder, concediendo unas cosas y prometiendo otras; y todo lo hacía para congraciarse con los poderosos, aunque no era creído. Y esto sucedía en Roma; pero los tres jefes de los ejércitos, Severo, que gobernaba Panonia, Níger el de Siria, y Albino el de Britania, al saber lo ocurrido sobre él, se habían movido para la destitución de Juliano. Severo, siendo más astuto que los otros, consideró que, si derrocaban a Juliano, los tres disputarían entre sí por el poder. Decidió, pues, ganarse a uno. Como Níger estaba más lejos de él y conjeturaba que se creía importante por haber sido aclamado por el pueblo, como se ha dicho, se inclinó hacia Albino y le escribió en secreto que lo haría César. Y él permaneció en su lugar, confiado en que compartiría el poder con Severo. Severo se apresuraba hacia Roma. Y Juliano, al saber esto, preparó al senado para declarar a Severo enemigo, se preparó para la guerra y fortificó el palacio con rejas y puertas fuertes; pues, como pensaba que los soldados no habrían matado fácilmente a Pertinax si hubiera estado encerrado, creía que, encerrado en él, podría prevalecer si era derrotado. Asesinó también a Leto y envió a muchos contra Severo para asesinar al hombre. Pero cuando aquel invadió Italia y se ganó Rávena, y los enviados se pasaron a él, y los guardaespaldas se acobardaron por la presencia de Severo, convocó a los del senado y ordenó que votaran a Severo como socio en el poder. Como Severo escribiera a los soldados que no sufrirían ningún mal si entregaban a los asesinos de Pertinax, convencidos, los capturaron y comunicaron esto a Silio Mesala, que era cónsul. Él, habiendo reunido al senado en el Ateneo, llamado así porque allí los estudiantes realizaban sus ejercicios, comunicó a este lo que venía de los soldados. El senado condenó a muerte a Juliano y proclamó a Severo inmediatamente emperador. Y desde allí, Juliano fue asesinado en el palacio, diciendo:"¿ Qué mal he hecho y a quién he matado?". Vivió sesenta años con cuatro meses y otros tantos días, habiendo gobernado ochenta y siete días. Severo, sin embargo, habiendo tomado el poder autocrático, condenó a muerte a los soldados que habían matado a Pertinax, y a los demás, tras reprocharles amargamente, los privó de las armas, les quitó los caballos y los expulsó de Roma. Y así entró en Roma
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caminando; y el ejército armado lo seguía, y toda la ciudad estaba coronada con flores y laureles, y la gente, vestida de blanco, lo aclamaba y deseaba verlo y oírlo con ansia. Al entrar, se mostró joven, como los antiguos buenos emperadores, diciendo que no mataría a ninguno de los senadores, y juró sobre esto, y ordenó que esto fuera confirmado por decreto común. Pero no pasó mucho tiempo antes de que violara esta ley. Pues al mismo Julio Solón, que incluso había redactado el decreto de este, lo mató poco después, y eliminó a muchos otros; y no hacía cosas gratas al senado. Y siendo costumbre que los guardaespaldas fueran de Italia y de otras naciones más moderadas en aspecto y más sencillas en costumbres, él, contra la costumbre, llenó la ciudad de soldados, a los que era terrible ver, espantoso oír y muy rústicos al tratar. Le ocurrieron algunos signos que presagiaban su mando. Le pareció una vez en sueños que una loba lo amamantaba, como se cuenta de Rómulo; y mientras dormía, brotó agua como de una fuente; y en sueños, todo el senado y el pueblo de los romanos se le acercaban y lo saludaban. Y de nuevo le pareció que, cabalgando en el ágora romana, Pertinax era arrojado del caballo, y él mismo lo tomaba voluntariamente. Siendo joven, se sentó en el trono real sin saberlo, pero no por previsión. Habiendo gobernado, honró a Pertinax de muchas maneras e hizo un funeral costosísimo para él, aunque hacía tiempo que había muerto. Luego marchó contra Níger; este era italiano, de los caballeros, pero no de los muy ilustres. Y habiéndose librado diversas guerras, finalmente en Isos de Cilicia, cerca de las llamadas Puertas, llamadas así por la estrechez del lugar, pues por un lado se elevan montañas escarpadas y por el otro descienden profundos precipicios hacia el mar, tras una dura batalla, Níger fue derrotado; y la mayor parte de su fuerza pereció allí, y él, huyendo, fue capturado y asesinado. Severo, enviando su cabeza cortada a Bizancio, la crucificó, para que los bizantinos, al verla, se pasaran a su bando. Mientras Severo juzgaba a los que habían apoyado a Níger, un senador, Casio Clemente, siendo juzgado ante él, habló con franqueza diciendo:" Yo no conocía ni a ti ni a Níger, pero, capturado en su bando, no quería luchar contra ti, sino derrocar a Juliano; y al esforzarme por lo mismo que tú, no cometí injusticia. Pero tampoco porque no me pasara a ti después; pues ni tú habrías querido que ninguno de tus compañeros desertara hacia él. Examina, pues, no nuestros cuerpos ni nuestros nombres, sino los hechos mismos; pues todo lo que condenes de nosotros, esto mismo lo dictas contra ti mismo y contra tus compañeros". Severo, admirando su franqueza, lo dejó conservar la mitad de su patrimonio. Los bizantinos, tanto vivo como muerto Níger, hicieron muchas cosas admirables, siendo sitiados durante tres años. Pues capturaban algunos barcos que pasaban, y capturaban trirremes de los que estaban en el puerto de los enemigos. Pues cortando sus anclas con buceadores submarinos y clavando clavos en sus remos y atando cuerdas a estos, los arrastraban, pareciendo que navegaban solos. Cuando se les agotó todo, sin embargo resistían, y usaban maderas de las casas para los barcos y cuerdas que tejían cortando el cabello de las mujeres. Y cuando los enemigos atacaban las murallas, lanzaban contra ellos estatuas de piedra y bronce, y caballos. Cuando les faltó todo lo considerado comestible, remojaban pieles y las comían. Y agotadas también estas, se volvieron unos contra otros y probaron carne humana. Luego, a regañadientes, entregaron la ciudad, y los romanos ejecutaron a los soldados y a todos los que estaban en el poder. Severo se alegró mucho por la toma de la ciudad. Quitó la libertad de la ciudad y su dignidad política, y haciéndola tributaria
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confiscando los bienes de los ciudadanos, se la regaló a los perintios junto con su territorio. Derribando las murallas de la ciudad, no les causó más daño que privarlos de la gloria que disfrutaban por su propia exhibición, pero derribó un gran punto de partida de los romanos contra los bárbaros del Ponto y de Asia, y además un refugio; pues las murallas de Bizancio eran muy fuertes. Severo, vanidoso, marchó contra los bárbaros osroenos, los adiabenos y los árabes, y llegando a Nísibis, envió desde allí generales y legiones contra las naciones mencionadas, quienes devastaban su territorio y tomaban las ciudades. De nuevo se produjo una guerra civil para Severo. Pues él no daba a Albino ni siquiera el título de César, y este pedía el de emperador. Siendo conmovido el mundo por esto, el pueblo, reunido en el hipódromo, se lamentó muy claramente gritando:"¿ Hasta cuándo sufrimos tales cosas?" y"¿ Hasta cuándo somos combatidos?", y otras cosas similares, como si estuvieran poseídos por una inspiración divina.¿ Cómo tantas miríadas dijeron al unísono y sin error como bajo un director de coro? Entretanto, habiéndose librado una batalla y habiendo tenido el conflicto muchas formas, cambios y giros, Albino fue derrotado, habiendo caído romanos de ambos lados superando casi el número, y Albino se suicidó. Severo, regodeándose sobre el cadáver y burlándose, ordenó que el resto del cuerpo fuera arrojado, pero envió la cabeza a Roma y la crucificó. Y mató a muchos del senado, y a algunos los liberó. Después de esto, marchó contra los partos que habían tomado Mesopotamia. Y construyendo barcos en el Éufrates, tomó Seleucia y Babilonia, que había sido abandonada. Y habiendo tomado Ctesifonte, permitió a los soldados saquearla, y mató a muchos y capturó a más vivos. No persiguió a Vologeso, que gobernaba a los partos y se había retirado a su casa, ni retuvo Ctesifonte, sino que se fue como si hubiera marchado solo para saquearla. Mientras guerreaba, mató a dos hombres ilustres: a Crispo Julio, tribuno de los guardaespaldas, porque se molestaba por el desgaste de la guerra y había dicho algo de paso, y nombró tribuno en su lugar al soldado que lo acusó; y a Leto, porque tenía espíritu y porque era amado por los soldados, y decían que no marcharían de otra manera si Leto no los guiaba. Y atribuía su muerte a los soldados, porque, habiéndolo matado por envidia, no tenía causa que decir. Luego marchó contra Hatra. Esta es una ciudad árabe, en la que estaban depositadas muchas otras riquezas y también las ofrendas del Sol, a quien estaba consagrada la ciudad. No logrando nada, aunque había derribado la muralla exterior y perdido a muchos de los suyos, se retiró; y llegó a Palestina y a Egipto, y vio todo y escudriñó lo oculto. Pues era del tipo de no dejar nada divino ni humano sin investigar. Y tomó los libros que tenían secretos de todos los santuarios, todo lo que había podido encontrar hasta entonces. Esto es así; dígase de paso también lo que encontramos que dice Dión sobre el Nilo, de dónde brota y por qué realiza la crecida en verano. Dice, pues, que brota del Atlas, y que el Atlas es una montaña en la Macenítide junto al mismo Océano hacia el oeste, y que se eleva sobre todas las montañas, de modo que es llamado por los poetas columna del cielo por su altura. Pues nadie ha subido nunca a su cima ni ha visto sus cumbres siempre llenas de nieve, de la cual fluye mucha agua en verano, y por esto entonces el Nilo se llena. Dice que esto ha sido verificado por los romanos a partir de los hombres de la Mauritania inferior, vecinos de la Macenítide, y que muchos de los romanos que hicieron campaña allí llegaron también al Atlas. Esto es todo.
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Fueron rechazados, pero al avanzar sobre Atenas, la tomaron. Y tras reunir todos los libros que había en la ciudad, quisieron quemarlos. Sin embargo, uno de los que entre ellos pasaban por sensatos disuadió a sus compatriotas de tal empresa, alegando que, al ocuparse los griegos de estas cosas, descuidan los asuntos bélicos y, por tanto, se vuelven fáciles de vencer. Pero Cleodemo, un ateniense que logró escapar y reunir una multitud, los atacó desde el mar con naves y mató a muchos, de modo que incluso los que quedaron huyeron de allí. Claudio, lanzándose contra ellos, los venció en los muchos territorios en que se habían dispersado, ya fuera en batallas navales o en combates trabados por tierra. También las tormentas los maltrataron, y el hambre los oprimió y los destruyó. Estando Claudio en Sirmio, enfermó y, tras convocar a lo más distinguido del ejército, les habló sobre el emperador y dijo que Aureliano era digno del imperio. Hay quienes dicen que incluso lo proclamó emperador al instante. Otros dicen que el Senado en Roma, al enterarse de la muerte de Claudio, quiso otorgar el imperio a Quintilo, su hermano, por el afecto que sentían hacia Claudio, pero que el ejército proclamó a Aureliano. Siendo Quintilo ingenuo y ajeno al manejo de los asuntos, al enterarse de la proclamación de Aureliano, se quitó la vida cortándose la vena de su propia mano y expirando por el flujo de sangre que de allí brotó, tras haber soñado con el imperio solo diecisiete días. Pero ni siquiera sobre el tiempo del reinado de Claudio se ponen de acuerdo los historiadores. Pues unos relatan que reinó un año, mientras que otros, entre ellos Eusebio, dicen que dos. Nieto de este emperador Claudio era Constancio Cloro, el padre del gran Constantino. Aureliano, una vez que hubo ascendido al mando de los romanos, preguntó a los que estaban en el poder cómo convenía reinar. Uno de ellos le dijo:" Si deseas reinar bien, debes rodearte de oro y hierro, usando el hierro contra los que te causan daño, mientras recompensas con oro a los que te sirven". Él fue el primero, según se dice, en disfrutar de este consejo, pues poco después probó el hierro. Este emperador al principio se comportaba con benevolencia hacia quienes veneraban a Cristo, pero al avanzar el tiempo de su autocracia, cambió, y él mismo planeó levantar una persecución contra los fieles, y ya incluso se redactaban edictos. Pero la justicia divina detuvo el ímpetu de su maldad contra los que veneraban a Jesús el Cristo, cortando su vida. Pero no hablemos aún de su final, sino que hay que narrar lo que hizo durante su autocracia. Pues, siendo muy estratega, ganó muchas guerras. Sometió a los palmirenos, y a su reina Zenobia, que se había apoderado también de Egipto y había capturado a Probo, que entonces comandaba allí el ejército, él mismo, tras marchar contra ella, la derrotó y la sometió. Algunos dicen que fue llevada a Roma y unida a uno de los hombres más ilustres, mientras que otros dicen que murió en el camino, afligida por el cambio de fortuna; y que Aureliano tomó a una de sus hijas por esposa, y casó a las demás con hombres notables de los romanos. Este también recuperó para el imperio romano las Galias, que durante muchísimos años habían estado ocupadas por algunos tiranos, y tras establecer gobernadores en ellas, él mismo regresó a Roma y celebró un triunfo sobre un carro de cuatro elefantes. Pero también derrotó a los galos que se habían sublevado entonces. Y cuando emprendió la campaña contra los escitas, fue asesinado, encontrándose en Heraclea de Tracia. Pues un tal Eros, llamado así, y que era el encargado de las respuestas que venían de fuera, o, como relatan algunos, un espía que informaba al emperador de lo que algunos decían sobre él, al enfurecerse Aureliano con él, conspiró contra él. Y, imitando su letra, redactó un escrito que contenía los nombres de algunos poderosos, ordenando que fueran llevados a la muerte; y
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tras mostrarlo a aquellos, les presentó a los hombres para el asesinato del emperador. Pues ellos, temiendo por su propia vida, atacaron a Aureliano y lo mataron, habiendo cumplido seis años en el imperio, faltando pocos meses. A este le sucedió Tácito, un hombre anciano; pues se registra que tenía setenta y cinco años cuando fue elegido para la monarquía. El ejército lo proclamó incluso estando ausente; pues entonces residía en Campania. Allí, tras recibir el decreto, entró en Roma con atuendo privado y, por decisión del Senado y del pueblo, se revistió con la vestimenta imperial. Los escitas, tras cruzar el lago Meótide y el río Fasis, atacaron el Ponto, Capadocia, Galacia y Cilicia. Tácito, uniéndose a ellos, y Floriano, que era prefecto, mataron a muchos, y los restantes buscaron su salvación en la huida. Tácito nombró a un tal Maximino, pariente suyo, gobernador de Siria; pero este, usando mal el poder, fue asesinado por los soldados. Y los que lo mataron, temiendo que el emperador no los dejara sin castigo, lo persiguieron y también lo mataron, sin haber cumplido aún siete meses en el imperio, o, según algunos, ni siquiera dos años completos. Y al ser este degollado, fueron proclamados dos emperadores al mismo tiempo, Probo en Oriente por los soldados, y Floriano en Roma por el Senado. Y ambos gobernaban, Probo en Egipto, Siria, Fenicia y Palestina, y Floriano desde Cilicia hasta Italia y las regiones de Occidente. Pero este, sin haber cumplido ni siquiera un trimestre en el poder, cayó tanto de la vida como del mando, al ser asesinado por soldados que se decía habían sido enviados por Probo. Muerto este, como se ha dicho, Probo se ciñó todo el poder. Se relata que fue muy ilustre, que erigió trofeos contra muchas naciones, y que reunió a los soldados que habían matado a Aureliano y a Tácito, los reprendió duramente y los mató. Cuando Saturnino el mauritano intentó una tiranía, siendo que era muy querido por él, castigó al que lo había denunciado, desconfiando del informe; pero Saturnino fue asesinado por los soldados. Otro más tramó una deserción en Britania, a quien el emperador puso al mando durante su gobierno, habiéndolo solicitado Victorino el mauritano, que se había hecho allegado suyo. Al enterarse de esto, Probo reprochó a Victorino. Y este pidió ser enviado ante aquel, y se fue como si supiera huir del emperador, y fue recibido con agrado por el que había tiranizado. Pero él, durante la noche, lo mató y regresó ante Probo. Probo era amado por todos por ser manso, benévolo y generoso. Este, al enfrentarse a la nación de los germanos que atacaban las ciudades bajo dominio romano, habiéndose prolongado la guerra por más tiempo, se encontró en una situación difícil, al haber sobrevenido hambre en su ejército. Se dice que una lluvia torrencial cayó en su campamento, y que con la lluvia fue arrastrado mucho trigo, si es que esto puede creerse; y que el ejército, tras recogerlo, se alimentó de él, escapó del peligro y derrotó a los enemigos. También ocurrió otra sublevación contra él. Pues Caro, que gobernaba una parte de Europa, supo que los soldados bajo su mando planeaban proclamarlo emperador, y se lo comunicó a Probo, pidiendo ser llamado de allí. Pero él no quería quitarle el mando. Entonces, los soldados rodearon a Caro y lo obligaron a aceptar el mando de los romanos, y al instante se lanzaron con él hacia Italia. Y Probo, al enterarse de esto, envió un ejército con un comandante para oponerse a él. Pero cuando los enviados ya se acercaban a Caro, ataron a su comandante y se entregaron a sí mismos y a él a Caro. Y Probo fue asesinado por sus propios guardaespaldas, al enterarse de la deserción de los soldados hacia Caro. El tiempo de la autocracia de Probo no llegó a seis años completos. Caro, al hacerse dueño del imperio,
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ciñó a sus propios hijos, Carino y Numeriano, con la diadema real. Y al instante marchó contra los persas junto con uno de sus hijos, Numeriano, y tomó Ctesifonte y Seleucia. Pero el ejército de los romanos estuvo a punto de correr peligro. Pues acamparon en un lugar cóncavo; lo cual, al verlo los persas, desviaron el río que fluía por allí hacia aquel lugar cóncavo mediante un canal. Caro, al atacar a los persas, tuvo éxito y los derrotó; y regresó a Roma llevando una multitud de cautivos y mucho botín. Luego, al sublevarse la nación de los sármatas, tras enfrentarse también a ellos, los vence y somete a la nación. Él era de origen gálata, pero valiente y hábil en los asuntos de guerra. El relato sobre su muerte no se escribe igual por los historiadores. Pues unos dicen que fue asesinado allí tras haber hecho campaña contra los hunos, otros dicen que acampó junto al río Tigris, y que allí, habiendo levantado su ejército el campamento, un rayo cayó sobre su tienda y relatan que él mismo pereció junto con ella. Cuando, ya fuera de esta manera o de otra, su vida llegó a su fin, Numeriano, su hijo, quedó como único emperador en el campamento. Y al instante hizo campaña contra los persas; y al trabarse la guerra, y siendo los persas más fuertes y habiendo vuelto la espalda los romanos, unos relatan que fue capturado en la huida y que le arrancaron la piel de todo el cuerpo como a un odre y así murió, otros escribieron que, al regresar de Persia, contrajo una enfermedad ocular y fue asesinado por su propio suegro, el prefecto del campamento, que codiciaba la autocracia, aunque no la obtuvo. Pues el ejército eligió a Diocleciano como emperador, que estaba presente allí entonces y había mostrado muchas obras de valentía en la guerra contra los persas. Sin embargo, el otro de los hijos de Caro, Carino, que vivía en Roma, resultó ser cruel para los romanos, volviéndose lascivo, sanguinario y rencoroso; fue asesinado por Diocleciano, quien había llegado a Roma. El tiempo de su gobierno no llegó a tres años completos. En estos tiempos, Manes, el tres veces maldito, tras infiltrarse desde los persas en el mundo habitado por nosotros, vomitó en él su propio veneno. De donde el nombre de los maniqueos no ha desaparecido hasta el presente. Él, a veces se llamaba a sí mismo paráclito y espíritu santo, en quien el espíritu de maldad estaba manifiestamente instalado, y a veces se llamaba a sí mismo Cristo, él, que fue ungido para el servicio de aquellos por los demonios, y se hacía acompañar por doce discípulos, cómplices y heraldos de su desvarío, que reunió de muchas doctrinas impías de las herejías que ya se habían extinguido. Sin embargo, habiendo cumplido Dionisio, el que pastoreaba a los fieles en Roma, nueve años en este ministerio y habiendo fallecido, Félix sucedió en el trono sacerdotal de Roma. Y tras morir este al cabo de cinco años, Eutiquiano fue digno del episcopado de los romanos. Pero este, sin haber sido obispo ni siquiera diez meses, cambió de vida, y fue introducido en el ministerio pastoral Cayo. Tras presidir este la iglesia unos quince años, Marcelino se convirtió en su sucesor. Estos estaban en los tiempos de las persecuciones. En la iglesia de los antioquenos, tras Domno, fue obispo Timeo, a Timeo le sucedió Cirilo, y tras Cirilo el trono recibió a Tirano, bajo el cual el asedio de las iglesias alcanzó su apogeo y la tiranía se volvió insoportable. De la iglesia de Jerusalén, tras Himeneo, presidió Zabdas, y tras dormir este, poco después Hermón adornó este trono. En Alejandría, tras Máximo, que después de Dionisio cumplió el servicio sagrado durante dieciocho años, habiendo cumplido su destino, Teonas fue obispo. A quien sucedió Pedro, quien también recibió la corona del martirio, al ser decapitado. Las sucesiones de estos sumos sacerdotes fueron, pues, así. Diocleciano, al obtener el mando, que era dálmata de origen,
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de padres oscuros, y algunos dicen que era liberto de Anulino el senador, de soldado humilde llegó a ser duque de Misia. Otros dicen que llegó a ser conde de los domésticos; y algunos consideran que los domésticos son los jinetes. Al hablar con los soldados, aseguraba no haber participado en el asesinato de Numeriano; y al decir esto, girándose hacia Aper, que era prefecto del ejército, dijo:" Este es su asesino", y al instante lo mató con la espada que tenía en la mano. Al estar en Roma, se hizo cargo de los asuntos del imperio y se ocupó de su administración. Al mirar hacia la pesadez del imperio, toma como socio de este, en el cuarto año de su mando, o según otros en el segundo, a Maximiano el Herculio, considerando que él solo no bastaba para la administración de un imperio tan grande. Ambos, pues, habiendo conspirado, levantan una persecución contra los cristianos, más violenta y salvaje que todas las que habían ocurrido antes. Pues con entusiasmo, o más bien con frenesí, se apresuraban a borrar de toda la tierra el nombre salvador de nuestro Dios, Jesucristo. Entonces, en cada ciudad y territorio, tantos se mostraron valientes por la confesión en Cristo, que casi no era fácil ni siquiera someterlos a recuento; pues consideraban esta tarea más importante que todas las demás. Al inclinarse hacia la deserción las ciudades egipcias de Busiris y Copto, situadas cerca de Tebas, Diocleciano, tras marchar contra ellas, las tomó y las arrasó. Luego, de nuevo, Alejandría y Egipto levantaron la mano contra los romanos, habiendo inducido a los egipcios a esto un tal Aquileo; pero al avanzar los romanos contra ellos con Diocleciano, no resistieron por mucho tiempo, y muchos de los causantes de la sedición fueron asesinados, y el mismo Aquileo. Diocleciano y Maximiano nombraron césares a sus propios yernos, Diocleciano a Maximino el Galerio, tras unirle a su propia hija Valeria; y el Herculio Maximiano a Constancio, quien fue llamado Cloro por su palidez, siendo nieto de Claudio, el que había reinado poco antes, como ya he dicho, y él mismo prometió a este a su propia hija Teodora. Y ambos césares tenían esposas, pero debido al parentesco con los emperadores, a unas las repudiaron, y con las hijas de los emperadores se casaron. Al sublevarse un tal Amando en las Galias, Maximiano, al llegar allí, sofocó la sublevación. A Craso, que había ocupado Britania durante tres años, lo mató el prefecto Asclepiodoto; y a cinco gentianos que habían ocupado África, el Herculio los derrotó. El césar Constancio, luchando en las Galias contra los alamanes, fue derrotado y venció el mismo día. Pues al principio, al lanzarse los alamanes con gran ímpetu contra su ejército, todos se pusieron en fuga. En la cual el mismo Constancio, al huir también, fue capturado por poco. Pues al regresar, encontró cerradas las puertas de la ciudad. Los perseguidores, al acercarse ya, estaban listos para capturarlo, y habría sido llevado prisionero, si no hubieran bajado cuerdas desde arriba del muro y lo hubieran izado con ellas. Así, tras salvarse y estar dentro de la ciudad, y tras reunir al ejército al instante y despertarlo a la valentía con palabras exhortativas e inspirarle tal coraje, sale de inmediato y, al enfrentarse a los enemigos, obtiene una victoria brillante, de modo que cayeron unos sesenta mil de ellos. Reinando los persas Narsés, quien se registra que fue el séptimo en reinar sobre los persas desde Artajerjes, de quien la historia no mencionó antes que hubiera renovado el reino para los persas; pues tras este Artajerjes o Artaxares, que tenía doble nombre, Sapor gobernó a los persas, y tras él Hormisdas, luego Vararanes, y tras este Vararaques, y de nuevo otro Vararanes, y tras estos Narsés; pues Narsés, al saquear entonces Siria, Diocleciano, al ir a través de Egipto contra los etíopes, envió a su propio yerno Galerio Maximino
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a enfrentarse a él con una fuerza capaz de luchar. Quien, al enfrentarse a los persas, fue derrotado y huyó. Pero Diocleciano lo envió de nuevo con un ejército mayor. Al enfrentarse, pues, a ellos de nuevo, venció de tal manera que incluso hizo olvidar la derrota anterior. Pues mató a la mayoría de los persas y persiguió a Narsés, que había sido herido, hasta el interior de Persia, y llevó cautivas a sus mujeres, hijos y hermanas, y se apoderó de todo el dinero que Narsés llevaba al hacer campaña, y de muchos de los ilustres entre los persas. Narsés, al recuperarse de la herida, envió una embajada a Diocleciano y Galerio, pidiendo que le fueran devueltos sus hijos y mujeres y establecer tratados de paz. Y obtuvo lo que pedía, cediendo a los romanos todo lo que querían. Y Diocleciano y Maximiano llevaron a cabo con éxito muchas otras guerras, unas por sí mismos o por los césares, otras por medio de generales, y ampliaron los límites del imperio. Envanecido por esto Diocleciano y sintiéndose grande, ya no soportaba ser saludado por el Senado como antes, sino que decretó ser adorado, y adornó sus vestiduras y calzado con oro, piedras y perlas, y añadió mayor suntuosidad a las insignias imperiales. Pues los emperadores anteriores habían sido honrados según los cónsules, y solo tenían como insignia del imperio un manto púrpura. Al intensificarse la persecución, y muriendo innumerables hombres y mujeres por la confesión en Cristo, y aumentando aún más los fieles, estos tiranos, enloquecidos, alrededor del decimonoveno año del reinado de Diocleciano, enviaron edictos a todas partes ordenando que las iglesias de los cristianos fueran demolidas y arrasadas, y sus libros quemados, y sus sacerdotes, como maestros y heraldos de la fe, fueran destruidos sin compasión, y que los demás que estaban inscritos en cargos o servicios militares fueran expulsados ignominiosamente de su cargo y servicio, y los que eran de condición privada fueran esclavizados. Ya habiendo cumplido Diocleciano el vigésimo año en el poder, de común acuerdo ambos emperadores depusieron el imperio, diciendo públicamente que se despojaban de la carga de los asuntos; pero a quienes revelaban los secretos de su corazón, confesaban por desesperación que deponían el poder, porque no habían podido vencer a los cristianos ni extinguir el nombre cristiano, ni elegían disfrutar del imperio. Tras deponer el poder el mismo día por señal, uno en Nicomedia y el otro, Maximiano, en Mediolano, y viviendo como particulares, Diocleciano vivía en Salona, ciudad de Dalmacia, que era también su patria, y el Herculio en Lucania. Pero antes de la deposición del poder, tras regresar de la victoria sobre los persas, celebraron un triunfo en Roma, en el cual celebraron el triunfo sobre las esposas de Narsés, sus hijos y parientes, y sobre los jefes de otras naciones y la riqueza que saquearon de los persas. Pero aquí es bueno aclarar de dónde se ha tomado el nombre de triunfo. Dicen, pues, que este fue llamado así por los trios, que son las hojas de la higuera. Pues antes de que se inventaran las máscaras para los actores, cubriendo sus rostros con hojas de higuera, hacían las burlas mediante yambos; y también los soldados en las procesiones de victoria, poniéndose hojas de higuera ante sus ojos, se burlaban de los que hacían las procesiones; y de ahí se cree que las procesiones de victoria fueron llamadas triunfos. Otros dicen que el triunfo fue llamado así porque los que completaban la procesión consistían en tres órdenes: el Senado, el pueblo y los soldados, y por caminar juntos los tres órdenes, fue llamado una especie de triambo, y en lugar de la letra tau se adoptó la theta por ser más eufónica. Tras esta procesión de victoria, ellos se apartaron del poder, y mostraron a los césares como emperadores, repartiéndoles el mando,
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y asignando la parte oriental a Galerio con Maximino junto con el Ilírico, y asignando a Constancio Cloro las regiones occidentales junto con África. Al suceder esto así, los soldados, que eran llamados pretorianos, proclamaron emperador en Roma a Majencio, hijo del Herculio Maximiano. De estos tres, pues, Constancio, que gobernaba en Britania, los Alpes Cotios y las Galias, se comportaba muy benévolamente con los que veneraban a Cristo, pero también con todos los que estaban bajo él, y era despreciador de las riquezas. Maximino, que gobernaba Oriente, levantó una persecución muy gravosa contra los cristianos y se comportaba muy duramente con los demás súbditos. Pues, siendo muy mujeriego y adúltero, no solo tomaba a mujeres privadas al oírlas y las adulteraba, sino que también, arrebatando por la fuerza a las esposas de hombres ilustres, las ultrajaba y así las devolvía a sus propios maridos. Se había dedicado tanto a las adivinaciones que no hacía ni lo más mínimo sin ellas, y los que realizaban los secretos eran tenidos en honor por él. Este decretó la destrucción total de los piadosos, y sentenció que sus bienes fueran confiscados, no imputando a los inocentes ninguna otra acusación que el conocimiento de Dios y la fe en Cristo. Majencio, en Roma, no resultaba ser un tirano más moderado con sus súbditos, sino que administraba los asuntos del poder igual que Maximino, enfureciéndose también él contra los cristianos bajo su mano, y sometiéndolos a toda clase de males, y mostrándose muy amargo con todos los que estaban bajo él. Pues realizaba matanzas de muchos hombres ilustres sin ningún juicio justo, y se atrevía a cometer adulterios y corrupciones de mujeres y vírgenes nobles cada día, ultrajándolas descaradamente, y aplicaba despojos injustos de bienes a los acomodados, y oprimía al súbdito con nuevos y pesados impuestos. Este, en Roma, habiéndose enamorado con amor lascivo de una mujer muy noble, pero también casta, que vivía con su marido, uno de los ilustres de Roma, envió a los que le servían en tales cosas para que trajeran a la mujer. Cuando ella supo que los alcahuetes habían llegado a la casa, y se hubo enterado de la causa de su llegada, y comprendió que la partida hacia el tirano era inevitable, pues su marido, temiendo morir, cedía a que tomaran a la mujer y la llevaran, y por otro lado no tenía ayuda, pidió que le concedieran un breve tiempo para adornarse y así partir con ellos. La mujer también veneraba a Cristo y estaba iniciada en el misterio divino. Entró, pues, en su habitación, y al quedarse sola, se quitó la vida, para permanecer sin ultraje y no perder su castidad, eligiendo la muerte voluntaria, y dejando el cuerpo muerto a los alcahuetes y al amante impío. Ellos, pues, gobernaban así, y Diocleciano y Maximiano murieron viviendo como particulares. Sobre su muerte discrepan los historiadores. Pues Eusebio, en el octavo libro de la historia eclesiástica, dice que Diocleciano sufrió un éxtasis de mente y, habiendo quedado su cuerpo esquelético por una enfermedad crónica, exhaló violentamente su alma miserable, y que Maximiano el Herculio se quitó la vida mediante la horca; otros no relatan que murieron así, sino que, arrepentidos y queriendo retomar el poder, fueron descubiertos y asesinados por decreto del Senado. Hay también quienes dicen que el Herculio, deseando de nuevo el imperio, comunicó a Diocleciano el intentar retomar el imperio; pero que él se negó. Y que aquel, al presentarse ante el consejo de los romanos, dijo que su hijo no bastaba para la administración de los asuntos públicos. Al moverse los soldados a ira por su discurso, como si estuviera usurpando el poder, el Herculio, temiendo el peligro, dijo que no tenía tal intención, sino que estaba haciendo una prueba de los soldados, para ver qué disposición tenían hacia su hijo,
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Dijo esto y así logró calmar el tumulto de los soldados. Luego se dirigió a las Galias para encontrarse con el gran Constantino, quien era su yerno por estar casado con su hija Fausta, pero que también conspiraba contra él e intentaba arrebatarle el imperio; al ser descubierto allí mismo y frustrado en su intento, se ahorcó. Pero estos, de una u otra manera, terminaron sus vidas como se ha dicho. Constancio, habiendo cumplido once años en el poder desde que fue proclamado César, y habiendo gobernado con mansedumbre y afabilidad, terminó su vida mientras residía en Britania, dejando a sus súbditos sumidos en el duelo por su bondad, tras haber establecido previamente como sucesor al mayor de sus hijos, el gran Constantino, a quien había engendrado con su primera esposa. De su segunda esposa, Teodora, hija de Herculio, tuvo otros hijos: Constantino, Anabaliano y Constancio. Sin embargo, el gran Constantino fue preferido a ellos, porque los otros fueron juzgados por su padre como ineptos para el imperio. Todo esto fue dispuesto por Dios en favor de la predicación divina, o más bien en favor de todos los que estaban sujetos al imperio romano, para que a través de él fueran destruidas las tiranías. Se dice, en efecto, que mientras Constancio estaba enfermo y abatido por el fracaso respecto a sus otros hijos, se le apareció un ángel que le ordenó dejar el poder a Constantino.
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Maximino había tomado como socio en el poder a Licinio, quien descendía de los dacios y era cuñado del gran Constantino por ser hermano de su esposa. Tras hacerlo partícipe del imperio, dejó a este en el Ilírico para que defendiera a los tracios, que eran saqueados por los bárbaros, mientras él mismo llegaba a Roma para luchar contra Majencio. Luego, al sospechar de sus propios soldados y temer que se pasaran al enemigo, abandonó la batalla y se retiró. Arrepentido de haber acogido a Licinio, primero conspiró contra él en secreto y luego entabló abiertamente una batalla contra él. Al enfrentarse, fue derrotado y, en su huida, se quitó la vida.